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jueves, 4 de septiembre de 2014

Mariza y Javier Conde en Badasom

Mariza y Javier Conde en Badasom
 

De esta feliz idea de fusión de sones y estilos hermanados en lo cercano (fronterizo) y en lo musical; el sentimiento carece de barreras; surgen espectáculos notables (también  inolvidables) como este homenaje al Maestro Paco de Lucía, que el año anterior había bendecido los rincones del Auditorio con sus trémolos cristalinos. Javier Conde es cualquier cosa menos una promesa. La promesa está más que consumada. No sólo por su técnica apabullante, fruto de miles de horas rompiéndose las falanges, de noches interminables con los dedos sangrantes. Para llegar al culmen del sentimiento y la belleza es necesario dejarse el alma (y el cuerpo) en las inmolaciones de la técnica. Y este guitarrista lo ha hecho desde niño. Por eso sus dedos se comen la cabuyería, recorren el mástil como si de un alfabeto secreto se tratara, diciéndonos al resto de los mortales que él habla el lenguaje de las seis cuerdas, que la bajañí tiene duende y también tiene reflejos de verde luna (que diría Lorca). Por que su versión de la rondeña por soleá de La Cueva del Gato, suena a bronce, tiene sabor a musgo cabal y equilibrado, pero no exento de esa locura espontánea de aquellos a los que les habita el duende entre la prima y el bordón. La brisa repartió por el Auditorio Ricardo Carapeto la nostalgia de Entre dos Aguas (versión extendida) interpretada al alimón con su padre (de casta le viene) y que dejó al respetable en estado catatónico, con esos increíbles picados (técnica apabullante) y un sentimiento de lo mas jondo. Javier Conde se fue por la puerta grande, abarcando un horizonte de trémolos y arzapúas para dar paso a la levedad mozanbiqueña, a la fuerza disfrazada de elegancia  en el terciopelo de la voz de Mariza. Del jaleo al fado, del trino flamenco a la melancolía de la guitarra portuguesa. A Mariza le gusta Badajoz (y viceversa) Eso se degusta en sus afectuosas referencias, en sus sinceros elogios. Mariza sabe dominar el tempo escénico como nadie. Va y viene como las olas de un mar inalcanzable, flujo y reflujo. Se detiene y prolonga la voz (y el instante) haciendo que el respetable dance con su cadencia exótica, respire al ritmo de su voz. Mariza desgranó una primera parte con sus éxitos, acompañados por gran parte del público luso (uno de los grandes aciertos de este Badasom) que palmeaba y bailaba en las gradas (Rosa Branca) o escuchaba melancólicamente las piezas más íntimas (Chuva). No conforme con deleitar a sus seguidores con esa voz prodigiosa; plena de matices: la diosa desciende a lo terrenal, paseando entre fervientes seguidores su espigada silueta y saludando, como aperitivo del banquete que vendría después. La de Mouraria regaló a los presentes una segunda parte, plena de complicidad y afecto con la ciudad, interpretando en géneros e idiomas que no son habituales en sus conciertos. Para finalizar, al espectador exigente le hubiera gustado ver una fusión entre el cristalino sonido de la guitarra flamenca y la nostálgica melodía de la portuguesa. Un duelo de titanes. El guitarrista acompañante de Mariza ya había demostrado sus dotes, interpretando una obra de Vicente Amigo. No pudo ser. Aunque la noche se volvió intemporal con estos regalos que donó la fadista. Entre el público, quedaba un grito unánime: Mariza, vuelve cuando quieras…

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