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viernes, 24 de octubre de 2014

El Cuerpo

No es nada fácil desarrollar una película en un único ámbito cerrado. La creación de espacios personales es uno de los factores más exigentes a la hora de ponerse delante de una cámara, y diferencia al autor del artesano adocenado. Situar el guión en un espacio casi exclusivo como una morgue; en tiempo real; es un tour de force, que se apoya en la solvencia de actores como Jose Coronado, quien tras su nihilista y autodestructivo policía de No habrá paz para los malvados, recrea un protagonista obsesionado, atormentado, además de lucir un look infumable. Belén Rueda, cada vez más intensa y cercana a la cámara, esboza una víctima de presencia ambivalente, y Hugo Silva, navega, un poco desnortado dentro de un personaje que no llega a cuajar. La subyugante y obsesiva atmósfera juega al engaño con el espectador vendiendo trucos de barraca de feria, para hacernos creer que vamos a visionar un relato de terror clásico, con apariciones, sustos al uso y griterío vario. Pero el timón da un viraje radical para regalar un thriller autoconclusivo, dónde las trampas y agujeros formaban parte del juego. Básicamente el argumento es la historia de una obsesión, donde el listillo cinéfilo de turno; ese mismo que destripaba El Sexto Sentido y perjuraba que había adivinado el final; se aplicará a lo suyo una vez concluida la cinta. Nada más lejos de la realidad.El Cuerpo atrapa en su giro argumental. Lo hace con morosidad narrativa vocacional. Moviéndose en un espacio donde todo es posible, ayudado de la asfixiante y notable fotografía. La trama solicita la complicidad del espectador ante lo inverosímil. Algo común, por otra parte,a todas las propuestas que vemos en pantalla, si nos detenemos a pensarlo. Inicio. Desarrollo. Desenlace. Todo esto entreteniendo. Eso es el cine. A destacar en el elenco la presencia seductora de Aura Garrido, un valor a tener en cuenta.

jueves, 23 de octubre de 2014

Alatriste



A dia de la fecha pocos lectores irredentos pondrán en duda que las aventuras del llamado Diego Alatriste se encuentran entre lo más florido y elaborado de la abundante producción literaria perezrevertiana. Muchos y fértliles son los aciertos que pueden hallarse en la aventurera saga, siendo el principal la utilización de un narrador homodiégetico o testigo, que le permite manejar con soltura el lenguaje del Siglo de Oro, circunstancia que en tercera persona hubiera resultado menos dinámica y espontánea para el lector. Alatriste refleja con acierto los claroscuros de una época preñada de personajes con querencia literaria: pícaros, espadachines a sueldo, hidalgos y soldadesca varia, cuyo reflejo cinematográfico puede resultar algo escueto y cicatero, para el aficionado fagocitador de la saga. Imposible realizar un calco cinematográfico de dichas aventuras y lances en una sola película. Las novelas del fingido capitán, necesitarían una película para cada una de ellas. El director nos muestra retazos de diversos momentos aparecidos en las distintas entregas que se han editado de estas novelas-río, cuyas pinceladas tratan de dibujar la complejidad de un personaje atrapado; con dignidad; entre los engranajes de la corrupción y la estulticia imperantes en la España del XVII. Parámetros de los que se podría efectuar una relectura, por su semejanza, en los tiempos actuales. Hay que aproximarse a la película como gestación independiente, sin tratar de situar todos los percances que acaecen en la saga, y que no tienen cabida en el tempo fílmico. Los reflejos en la pantalla grande de obras literarias, con frecuencia suelen devenir inferiores a sus referentes, aunque también hay casos en los que la recreación del director da como resultado una obra que descolla sobre su origen escrito. Tal es el caso de Blade Runner, celuloide imprescindible, libremente elaborada por Ridley Scott en base a la narración El Cazador de Androides de Philip K. Dick. Escasamente se encuentran recreaciones cinematográficas, en las que la aportación del director consigue un cosmos independiente de calidad similar a su simiente literaria, y que brillen con luz propia. Recordemos la notable El Nombre de la Rosa, que Jean Jacques Annaud destiló a partir de la inmensa crónica medieval de Umberto Eco. Para aproximarse al Alatriste cinematográfico, hay que dejar de lado el aventurero sobre el papel. De este modo nos encontramos una película preclara, que no ha tenido miedo de acercarse a la producción histórica, un referente bastante arriesgado en nuestro cine, pero sin perder los matices intimistas necesarios para el lucimiento de actores. Las incursiones de nuestros creadores en este subgénero pasaron por las hagiografías de CIFESA, realzando los valores patrios en panfletos como Agustina de Aragón, Jeromín, o productos directamente dedicados a la exaltación del Régimen y sus  consignas: El Santuario No Se Rinde, Harka, Los Ultimos de Filipinas, etc. La fotografía de Alatriste refleja los claroscuros interiores de los personajes, descritos con pinceladas certeras. Mostrando la decadencia y el mundo de apariencias en que se mueven. Detrás de los cortinones  y las puertas labradas de las mansiones, tan solo restan meos y desconchados. Sostenido sobre el pilar de unas interpretaciones contundentes; incluido ese híbrido inquisidor interpretado por la actriz Blanca Portillo, y sostenido por una ambientación cuidada y realista. Se respira el desmoronamiento del imperio de carton-piedra, de una sociedad atrapada en conspiraciones y emboscadas (políticas y callejeras), para mantener un mundo de apariencias. En ningún momento se sacrifica el intimismo, para beneficiar al fresco histórico o la acción adrenalínica. Alatriste es un producto digno, que en manos de algún director de comedias urbanitas y chorradas conceptuales habría seguido el mismo camino del Imperio: la desintegración. El Siglo de Oro es a nuestro país lo que el wenstern a Estados Unidos, un referente valioso para la cinematografía o la literatura. En el caso patrio, escasamente aprovechado. Un apunte final, que no enturbia en absoluto la esforzada interpretación de Vigo Mortensen. Su acento hubiera; sin duda; llamado la atención en los siniestros y húmedos callejones de aquel Madrid decadente. 

martes, 21 de octubre de 2014

La Mirada Infinita. Manuel Barrero









Nos encontramos sin duda ante la obra mas completa de aproximación a uno de los artistas más evasivos, escurridizos y autónomos de la historia del cómic. Dibujante que nunca se sometió a estéticas o géneros y creció como artista independiente. Este es un riguroso estudio; no exento de amenidad y humorada; sobre el historietista más evanescente, independiente y huidizo que se pueda imaginar. Barry Winsord-Smith, posee una elegancia mágica en sus trazos, influidos por los Prerrafaelistas como Edgard Burne-Jones, o las fascinadoras líneas de Dante Gabriel Rossetti. Posee una obra poco extensa en comparación con otros dibujantes, pero su influencia y estilo han superado la mayor capacidad de trabajo (o de sumisión a la editorial) y son referentes ineludibles para cualquier amante del noveno arte. Este trabajo recoge su vida y obra de modo ameno, y es difícil desertar una vez comenzado. En su infancia, el dibujante comenzó a interesarse  por los cómics de Harold R. Foster (Principe Valiente, Tarzán) no es mal comienzo inspirarse en uno de los príncipes de la historieta, pero Barry también reconoce influencias del ilustrador William Heath Robinson, que pueden rastrearse en su temática mitológica. Lector incansable de John Steinbeck, su aproximación al teatro; fomentado por el movimiento de los “Jóvenes Airados”; como Allan Sillitoe, autor de la aclamada: La Soledad del Corredor de Fondo, que quizás influencia al dibujante para su posterior independencia ,y defensa de su trabajo frente a las imposiciones. Seducido por el Pop Art, vivió en un Londres invadido de chicas con impermeables multicolores, que escuchaban a los revolucionarios The Beatles, leían a Burroughs y Kerouak. Nadó en la corriente contracultural que inundaba el país. En algunos de sus primeros trabajos, se pueden encontrar influencias del Art Nouveau, especialmente de Alphonse Mucha, pero el artista pronto se decantó por seguir el estilo de Jack Kirby, a quien llegó a conocer y con el que cruzó escasas palabras. Esta proverbial timidez le llevaría a tener exiguo trato con un vecino suyo llamado ¡John Lennon¡ En sus primeros cómic-book de superhéroes (Dr. Strange, Daredevil) comienzan a perfilarse los estilemas que después le llevarían al Olimpo de la ilustración, cuando la suerte acercó a su pluma, un personaje que habitaba una era remota antes del hundimiento de Atlantis: Conan de Cimmeria. Las editoriales descubrieron un artista capaz de fabricar atmósferas de un lirismo decadente, dentro de unos decorados abigarrados de influencia modernista. El encuentro del joven dibujante inglés y el héroe arquetípico nacido de la mente del tejano Robert E, Hodward, conseguiría plasmar en viñetas la poética truculenta y primordial de una Era imaginaria y matriz. El personaje de Conan el Bárbaro, significó para Barry Winsord-Smith, la entrada en el universo de los grandes, a través del otro universo paralelo del autor de las novelas. De esta época nacen de la fértil pluma del británico joyas como Red Nails (Uñas Rojas) o la mítica: La Torre del Elefante. Epítome de la creación de un cosmos personal, que presentaba al completo la técnica que le convertirá en uno de los mejores ilustradores del cómic. Un dibujo lleno de detalles, de un manierismo desgarrador, intrincados diseños que crean atmósferas irreales. Este autor nos ha dejado una serie de obras maestras para el mundo de las viñetas: La Canción de Red Sonja, The musketeers, The Paradoxman, pero su creación pictórica; menos conocida; es también excelente convirtiéndole en un gurú de la poética mitológica, donde la perfección del trazo, se aúna con una creatividad desbordada, paisajes etéreos y personajes fantásticos. Barry Windsor-Smith es uno de los grandes y en este libro, de forma amena y erudita, se  nos regala un acercamiento al hombre y a su obra. Imprescindible para conocer una de las personalidades más controvertidas del mundo de la ilustración.


Perdida. David Fincher


La adaptación a la pantalla del best-seller Gone Girl, de Gillian Flynn por un director tan contundente y certero como Fincher, se gesta dentro de su género predilecto. Como ya demostró en Seven, esta elección particular (thriller),  profetiza lo que se va a obtener de ella: ambientes sórdidos, encuadres perfectos, esos giros de tuerca; marca de la casa; envueltos en fotografía espléndida, la insanía infiltrada en lo cotidiano, sumada a una experta dirección de actores. Esta perversa aproximación al mundo de la pareja, descansa su peso literalmente sobre el cuello de garza de la hermosa Rosamund Pike, que se enfrenta al reto de desarrollar  una de las más completas psicópatas vistas en pantalla, para salir triunfante del desafío. Precisamente es ahí dónde flaquea el desarrollo del guión, en algunos instantes más seducido por el impacto, basado en lo inesperado y la sorpresa, que por el desarrollo o la construcción de caracteres. Esto hace peligrar el edificio, presentando personajes unidimensionales en la luz o la oscuridad, que solicitan una mayor complejidad en sus motivaciones ocultas y deseos. A pesar de recrearse en un tempo lento, la cinta transcurre como el agua de un arroyo, fluida, canalizada certeramente. Este es otro de los escollos de un argumento; por otra parte excepcional; que hubiera necesitado dilatarse hasta el infinito si se hubiera detenido en la mostración de recovecos sensoriales, motivaciones soterradas o ese peregrinaje por el interior del personaje, que se echa de menos. Estos aparecen como conducidos, inexorablemente, de la mano de un demiurgo fatídico. Arrastrados sin voluntad en su éxodo, hacia una anhelada oscuridad. Los personajes de Affleck y Pike, forman una pareja atípica, basada en la manipulación y la aceptación. Ambas partes del binomio se someten al acuerdo tácito; no escrito; en el cual la sociópata marca las reglas y el ritmo. La ruptura de este pacto pervertido, por parte del marido, provoca que despierte toda la sintomatología, que la bella esposa ocultaba, cuando el mundo giraba a su alrededor: Frialdad afectiva, falta de empatía, manipulación. El diario de la protagonista en paralelo a la acción real y los flashback, nos van acercando a un mundo sórdido, donde nada es lo que parece, haciendo evolucionar el thriller hacia el humor negro, acercarnos a un cinismo nihilista y retorcido. Esta no es una película que brinde otra vuelta de tuerca sobre el matrimonio, tampoco sobre la crisis de la pareja, como se ha publicitado. Ni es un estudio sobre la diferencia económica o la crisis. La omnipresencia de los medios de comunicación, es meramente coyuntural. Esta es una certera narración sobre dos personajes alienados, condenados a la destrucción voluntaria en una relación preñada de insanía, de la que no pueden escapar. El trabajo de los secundarios es impecable, Carrie Coon como la hermana del protagonista y la cerebral policía pergeñada por Kim Dickens. El cómico Tyler Perry, aprovecha el metraje para hacer lo suyo como un abogado vividor y carroñero. Bebe la protagonista femenina ( sin llegar a superarla) de la arpía interpretada por Gene Tierney en Que el Cielo la Juzgue, aunque se la desmitifique dentro de la gama de sicópatas impávidos al uso, permitiendo que la humillen dos pardillos. Pero después de este contratiempo, resurge la mente calculadora, fría, que utiliza su incapacidad afectiva como arma, para conceder un impactante, incómodo e inesperado final. Ben Afflleck tiene un registro actoral limitado, aunque en este caso quizás su inexpresividad y perplejidad beneficien a un personaje obtuso, de una simplicidad irritante, que navega entre la sumisión y la adicción, sin resultar del todo creíble. Su faceta como director ha dado frutos mucho más maduros como ArgoAdios pequeña, adios. No nos equivoquemos, esta no es una mirada ácida, ni cínica sobre el matrimonio. La esposa es una sociópata de manual y el marido adolece de un puntillo de insanía y ginedependencia, que no deja claro nunca que esta pensando. Perdida, es un rompecabezas rocambolesco sobre la ambigüedad, que trata de funcionar como un mecanismo de relojería. Aunque bien mirado ningún thriller resiste un análisis exhaustivo sin que comiencen a aparecer flecos y retalillos. Los personajes nunca acaban de resultar traslúcidos, incluso el pagafantas interpretado por Neil Patrick Harris (Cómo conocí a vuestra madre), cuyas intenciones parecen ser dejar encerrada en su castillo/mansión; vigilado por cámaras; a la oscura princesa, rezuma sospechosas intenciones (lúbricas, sádicas, libidinosas o vaya usted a saber) Como cualquier otro thriller, Perdida precisa de la complicidad del espectador. Donde unos verán giros imaginativos, montañas rusas argumentales, precisión milimétrica y matemática del guión, otros verán saltos sin red, incoherencia guionistica y tosquedad narrativa. Lo que nadie podrá negar es la presencia incorpórea, sin manierismos, absorbente, de Rosamund Pike, que refleja en esos ojos almendrados toda la oscuridad y turbación del mejor Fincher. Nadie duda que Affleck es un tipo listo, coguionista de El Indomable Will Hunting, director de The Town (2010), no quiere resignarse al rol de guaperasenpeliculasdeaccion, con que tratan de encasillarlo. Busca ser un hombre del Renacimiento, aunque todavía necesita curtirse interpretativamente. Aunque este cuento de hadas pervertido pone su acento en los embaucadores medios de comunicación, que con su circo mediático y su manipulación, son culpables en parte de que el desenlace pueda desarrollarse en esos términos surrealistas, no nos equivoquemos. Que los árboles nos dejen ver el bosque. No hay ningún análisis sociológico del matrimonio moderno. Los periodistas son mera excusa narrativa. Fincher, envolviéndolo en una excusa argumental mediática y de crisis social, nos regala uno de sus obsequios envenenados. Al igual que el epílogo de Seven, esputaba una pregunta retorcida en el rostro del espectador, para que no quedara indiferente: ¿Cómo habríamos reaccionado al encontrarnos en el lugar del personaje interpretado por Brad Pitt? Aquí el regalo fincheriano, es de mayor calado. Después de pasearnos por el cosmos sombrío, por la afectividad pervertida de dos personajes que viven al límite del abismo y la anormalidad, la escena final se condensa en una escalofriante pregunta, oculta tras los increíbles ojos de Rosamud Pike. ¿Que habríamos hecho nosotros?
http://elgabinetedekaligari.blogspot.com.es/2014/10/perdida-david-fincher.htmlhttp://elgabinetedekaligari.blogspot.com.es/2014/10/perdida-david-fincher.html

sábado, 18 de octubre de 2014

La Dama Duende. Teatro Lopez Ayala








La Dama Duende es el acercamiento en la madurez creativa de Calderón de la Barca, en el género de capa y espada, en la cercanía de creación de su mayor obra La Vida es Sueño en 1630. Es una empresa valiente, en los tiempos que corren, arriesgar un montaje de una obra clásica y en verso aúreo. Y es una empresa loable, permitirnos degustar sobre las tablas el bagaje cultural que nos ha hecho ser quienes somos. Fallecido el director Miguel Narros, se repuso la obra en el Teatro Español de Madrid como homenaje, aunque con un elenco distinto del que nos regala este montaje. Acercamiento, teñido de comicidad, a la perfidia y manipulación femenina, preñado de versos certeros, que la habilidad de los intérpretes consigue que apenas se perciba o resulte forzado. Hay fluidez en la dicción y en la proyección de las voces. El único escollo, la perdida de acústica cuando los interpretes no están direccionados emitiendo hacia el espectador. Quizá resultado de la altura y densidad del hermoso, clásico, (y efectivo) escenario, donde la verticalidad domina las líneas. Una suerte de trampantojo gobierna los movimientos escénicos. Móvil alacena, que da paso de una habitación a otra, permitiendo; hábilmente; los enredos y situaciones equívocas que reclama el género. Debe ser difícil entregarse con intensidad con un 21% de IVA y la platea medio llena. Toda una heroicidad volcar profesionalidad, un día tras otro pateando ciudades para dar un espectáculo distinto y renovado cada día. Un aplauso para todos aquellos valientes que nadan a contracorriente. ¡Con la que está cayendo! En esta obra póstuma del director, la adaptación requería de su habitual dirección de actores, su querencia por el teatro clásico y un cuidado del vestuario y escenografía, para presentarnos la jocosa situación de un poltergeits del siglo de oro. La dama, entrando y saliendo por el pasadizo que comunica las dos estancias; simulándose duende: trasciende los estilemas del género (lances, galanteo, o ese concepto del honor tan calderoniano), para presentarnos una trama de tinte sobrenatural, que bebe del mito de Psique y Cupido, vía Lope de Vega (La Viuda Valenciana) hasta El Soldado Píndaro de Gonzalo de Céspedes. Los protagonistas se convencen de que un ente sobrenatural entra y sale de las habitaciones, dando lugar a situaciones de enredo que culminarán en el compromiso final de los amantes, de acuerdo a la moral imperante en la época. Le cuesta arrancar a la trama, aunque una vez superado los primeros escollos (en especial para espectador menos avezado), se suceden las situaciones hilarantes (o edificantes) No olvidemos los antecedentes religiosos de Calderón. Chema León compone un Don Manuel gallardo, perplejo ante los acontecimientos sobrenaturales, y sobre todo, bastante menos inteligente que Doña Ángela, el enamorador duende bordado por Diana Palazón. Hay un forzamiento voluntario de los personajes hasta aproximarlos a la caricatura, cualidad no atribuible al original, más bien a la dirección. Esta exageración del gesto, hace próximo al personaje, reconocible, y juega con la carcajada, dando dinamismo a un texto concebido para un público de antaño. 



Se desprende del texto una defensa de la libertad femenina y el desarmamiento del hombre frente a su entereza. De hecho la protagonista duende es el motor y demiurgo de todos los personajes. También se imprime una latencia erótica desvergonzada y explícita (pellizcos, azotes en el trasero, etc.), que indudablemente supera las concepciones tradicionales de la obra original. A destacar la excelente música de Luís Miguel Cobo, recreando y adaptando conceptos musicales del período histórico referido, pero siempre en un plano atmosférico, sin destacar sobre lo que sucede en escena; como en un breve interludio; que termina integrándo para ir difuminándose, sin interferir en lo dramático. Hay un enfrentamiento tácito entre el honor instaurado por una sociedad falocrática, y el derecho de la mujer, maniatado, cercado por la costumbre y la situación social. Calderón se decanta por una protagonista luchadora, algo manipuladora (no tiene otra opción) pero garante de su propio destino, independientemente de los deseos de quienes le rodean. La Dama-Duende es una abanderada militante contra el oscurantismo y una pionera en la libertad amorosa. Desafortunadamente este aire de libertad, concebido en el siglo XVII, todavía no ha llegado en nuestros días a algunos países. Cabe destacar que los personajes masculinos son en su mayoría fantoches, en manos de la inteligencia e intrigas de las damas que les sobrepasan, manipulando un mundo que fue creado para ellos. Los puristas suelen atacan estas adaptaciones de clásicos sagrados aludiendo que sacrifican el ingenio y la sutileza por la sal gorda, el chascarrillo en aras de una falsa modernidad o de una adaptación homologada para todos los públicos, donde los sutil reconvierte en obvio o chabacano. Defienden la construcción de la obra sobre los diálogos, no sobre la gestualidad, las gracietas y las acrobacias. Tienen razón. El verso castellano, esa rima de gran belleza, no debería precisar un proceso de descafeinado para llegar envasado al público. Pero bastante tiene ya, con esa batalla perdida contra el emborregamiento de los grandes hitos deportivos y las manipulaciones mediáticas. Es preferible un cierto aggiornamento, que nos llegue un Calderón en clave burlona, un Shakespeare adaptado (o masacrado) a que no llegue ninguno. El verdadero problema está cuando no se da la oportunidad desde la infancia de disfrutar en directo de estos espectáculos. Una obra de teatro, una ópera, un concierto de jazz en directo, te convertirán para toda la vida en adicto o en enemigo visceral, pero al menos se habrá tenido la oportunidad de decidir y crear un criterio para el futuro. No es otra cosa que un problema de niveles de conocimiento. El elenco desarrolla la obra de Calderón con acierto notable y algunos altibajos (esas transiciones a oscuras para cambiar el atrezzo), pero el resultado es una obra fresca, bienintencionada y valiente. Una ovación para que estas iniciativas lleguen a buen puerto y el verbo de oro de nuestros clásicos sigua brillando en los escenarios como ya lo han hecho El Caballero de Olmedo o La Estrella de Sevilla. Queda después lo efímero del instante, esa característica de lo inaprensible que tienen algunas artes y las convierten en experiencia personal e intransferible. Quedan todos esos personajes que luchan por existir sobre las tablas y desaparecen al bajar el telón. Algo de nosotros también muere con ellos.








El Niño. Una Historia del Holocausto. Dan Porat




Ese libro es la historia de una obsesión. El profesor Dan Porat, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, ve una fotografía terrible en el Museo del Holocausto. En ella un niño camina, sin comprender nada del horror que le rodea, con las manos en alto. El niño lleva una gorra en la cabeza junto a otros judíos vigilados por miembros de las SS. Impactado por la historia que le narró el guía: El niño se convirtió en médico y vivía en Nueva York, el autor trato de seguir los pasos de los protagonistas de aquel retazo de historia detenido. Es el comienzo de una apasionante narración, dónde no sabemos donde termina la novela y comienza la investigación, narrada de forma amena y subyugante. Recorriendo todos los rincones, comienza un viaje iniciático que también es un sendero al fondo del corazón humano, en una aventura cautivadora. Este inmenso puzzle nos conduce más allá del trabajo de investigación, a los componentes humanos, las razones históricas y los sentimientos. Tratando de averiguar el paradero de los protagonistas, va encajando las piezas en un demoledor fresco histórico de una época terrible y convulsa. Manifiesto sobre el sufrimiento, la manipulación humana en situaciones límite, trata de hallar respuesta en todos los protagonistas de esa fotografía, desde el niño judío que camina sin saber que sucede, al soldado que le apunta con el fusil. La reconstrucción histórica es certera y cruda, con ausencia de elementos literarios innecesarios que lastren la realidad.

Los testimonios de los protagonistas; desgarradores; unos por su dolor, otros por el cinismo y el fanatismo que conducen al hombre por el camino de la perdición y el horror. A pesar de lo desasosegador de los hechos, este análisis de una vida congelada, detenida en el instante de una fotografía, se convierte en paradigma de la conducta humana. En símbolo del coraje del hombre frente a la locura de sus semejantes. El mensaje que podemos extraer de esta lectura que llega a obsesionar, es que aún existe luz al final del túnel.

martes, 14 de octubre de 2014

El Orfanato



















Después de la exquisita Suspense (The Innocents), dirigida en 1961 por Jack Clayton, toda película asociada con niños y casas encantadas, no es otra cosa que un remix continuado. Una turmix cinematográfica donde se mixturan el lugar común, el final previsible o la narración de electroencefalograma plano, teñidas de una sensación de déjà vue que induce al sopor. Inspirada en, Otra vuelta de tuerca; narración gótica de Henry James; sentó las bases para el futuro cine de mansiones encantadas con espíritus de niños zangolotinos. Aunque para disfrutar de impúberes que causan verdadero terror, es obligatorio el visionado de algunas cintas alejadas del cine de terror: El Viento en las Velas, pervertido cuento de hadas sobre la ambigüedad del mal en la infancia, o la impactante A las Nueve cada Noche. Sin dejar de lado, la sombría producción La Mala Semilla (The Bad Seed) de 1956, que dejan en pañales a todos los espíritus malignos infantiles que en el cine han sido. El Orfanato bebe de las mismas fuentes que Los Otros, El Espinazo del Diablo, Poltergeist, Al Final de la Escalera o la ya citada Suspense. Está realizada con elegancia, quizás con un cierto academicismo formal. Lo agradece aquel sector del público, que precisa de biodramina cuando aparecen las cámaras con Parkinson Terminal, o los ejercicios tipo steady cam (cámara amarrada con un arnés) que terminan provocando el hastío (o vómito). Tantas veces utilizada para sustituir carencias de ámbito o verdadero aliento fantástico. No es el fantaterror una variedad precisamente distinguida en los anales del cine patrio. Incursiones en el  seudogénero denominado terror cañi,  fueron las sonrojantes aportaciones de directores que hoy en día se han convertido en objeto de culto. El tito Jess Franco, acompañado de sus omnipresentes, y sexuales, vampiras chuponas. Lugar aparte merece Armando de Osorio, con su tetralogía de Los Templarios sin Ojos, deudora de los grandes clásicos de la Universal. El terror carpetovetónico, convive con lo más casposo en las producciones ruborizantes de Paul Naschy. Licántropos pilosos de tupés imposibles, hemoglobina a raudales, sexo celtibérico y homenajes-plagio a las producciones Hammer. Los delirios de Nascy desprenden un bizarro tufillo peninsular. Aparte de los referidos perpetradores de susto hispánico, hay escasas incursiones en las proposiciones fantásticas. Como la de Jorge Grau (Ceremonia Sangrienta) o Narciso Ibáñez Serrador (La Residencia, ¿Quién puede matar a un niño?), preñada de guiños hitconianos. El ecléctico argentino Leon Klymovsky, perpetra La Noche de Walpurgis, casquería hispana en estado puro, y alguna obrilla con húmedas vampiras correteando en negligé. La amalgama de caspa ibérica, creo esta variedad de cine de pipas, apropiado para que la parienta se arrimara a la pareja en la fila de los mancos. Producciones creadas para cines de sesión doble que despiden un tufillo naif. Sus presupuestos grotescos, sus interpretes infumables, constituyeron la cantera de esta calaña nacional de pata negra con aroma a tebeo rancio, capaz de los mayores dislates narrativos. Zombis gallegos, monstruos cañís, vampiras sexualmente insatisfechas, afanadas en la mostración de unos encantos nada autóctonos. La censura de la época se encargaba de dar tijeratazo. La doble versión estaba destinada a países menos civilizados y decadentes (esos perdidos). Aquí nos digeríamos el folklore nacional o la grandeza de la raza, regalada por rubicundas y recatadas señoritas de varios refajos. Destacables son las aportaciones de Edgar Neville con su notable La Torre de los Siete Jorobados y una rareza en nuestro terruño como la bienintencionada Memorias de un Ángel Caído, que destacan en el panorama infértil del fantástico patrio. Fueron nombres como Alex de la Iglesia, Balagueró o Amenazar quienes enriquecieron este panorama aportando películas como Los sin Nombre, Los Otros, El Día de la Bestia, Darkness o Frágiles. Se agradece en El Orfanato la evitación del elemental recurso del higadillo y la casquería.  La apuesta por la elegancia en la puesta en escena. Lo agradecen los seguidores del cine que insinúa, y no desean ver una tropa de despiezados, sorbiendo con una pajita los sesos de Belen Rueda. Si algo define al fantastique, es la capacidad de mantener la tensión argumental in crescendo, no necesariamente en base a la puesta en escena (sustos, gritos, hemoglobina o mutilaciones variadas) Se aprecia en estas incursiones la ausencia de modelos en ropa interior de diseño, masacradas por un fulano con una máscara, que frecuentemente suceden en la ducha (no hay como la higiene hispánica). También se muestra gratitud por la ausencia de algún fulano papeándose un píloro como aperitivo (aunque la bohemia cinéfila  considere estos detallitos el summun de la transgresión) No proceden las críticas para El Orfanato por falta de calidad técnica. La fotografía es apreciable. El ritmo narrativo correcto. La interpretación de Belen Rueda, notable (eclipsando al resto del elenco) Tampoco se le puede achacar el presunto fusilamiento de otros argumentos. Desde que los hermanos Lumiére rodaron: La Salida de los Obreros de la Fábrica, la historia del cine (también se puede aplicar a la literatura) es la de un plagio recurrente con pequeñas aportaciones personales. Dar palos de ciego a una obra apreciable, en el agrietado panorama español, lleno de comedia urbana, con salidillos que no mojan, preñado de actores recién escapados de series teenagers, que balbucean y gesticulan como  posesos, no sería nada positivo. Es la aceptación de que nos encontramos con una coctelera de escenas y situaciones ya vistas. Esto mismo lo hace Tarantino y en lugar de llamarlo fusilamiento, lo denominan “guiños y homenajes cinéfilos”. Hay un sector de espectadores que prefiere ver una historia con final pasteloso, antes que visionar una joven con una ametralladora ortopédica en la pierna recién amputada y llamarlo “homenaje” a la Serie Z. Y un cuerno. Si nos detenemos en otra gran obra multipremiada como El Laberinto del Fauno, la pregunta es: Si el epílogo (también sumamente pasteloso) y previsible, habría recibido tantos parabienes del crítico cañero, de no existir unos fascistones de tomo y lomo, que reciben lo suyo al final.  El director de El Orfanato, no ha tratado de coquetear con el cine de autor, no tenía entre sus objetivos la innovación, ni arriesgar o transgredir,  para eso ya están otros autores, que concibiendo todas estas cabriolas, no terminan de transmitir al respetable. Bayona únicamente pide al espectador que se introduzca en su mundo. Lo tomas o lo dejas. Crees en lo que está pasando y te dejas arrastrar, o te dedicas a contar cabezas de espectadores. Así de simple. El mensaje para el cine español es transparente. Nada de cuotas de pantalla. Nada de obligar a películas patrias. Hagan buen cine. El Orfanato es una película apreciable en su género, de corrección formal y cuidada estética que se ve con agrado, aunque sea sospechosamente parecida a la francesa Saint Ange, producto rutinario que no levanta, ni apoyándose en la presencia neumática de Virginie Ledoyen. Para el resto de espectadores, aficionados a otras latitudes propongo un final alternativo: Imaginemos que en la última secuencia; en el interior de La Casita de Tomas;se escucha un sonoro regüeldo (eructo). Primer plano del niño relamiéndose, mientras da buena cuenta del páncreas de Belén Rueda. Esto si que es de un transgresor que te rilas.

300 de Zack Snyder



















Pocos  autores de cómic o novela gráfica, tienen la  satisfacción de ver reflejado en la pantalla su mundo creativo con una dignidad que no desmerezca el original. La incursiones del cine en el ámbito de la literatura dibujada, han ofertado altibajos y sinsabores junto a obras de calidad apreciable. Frank Miller puede disfrutar de la adaptación al cine de dos de sus obras, acompañadas de una calidad extrema, pero conservando el espíritu de su génesis en papel. Sin City es una obra maestra que lo toma como referente, respetándolo y sublimándolo, en cuyo proceso participó el mismo autor. En el caso de 300, el director a seguido la misma vía, elevándose hasta el discurso visual del dibujo mediante las posibilidades del cine digital, recreando las estética del original con una fidelidad portentosa. 300 nos hizo retornar a aquellas tardes de sesión doble, cuando íbamos (con escasas pesetas) a ver una de romanos. Aquella versión se llamó El León de Esparta de Rudolph Maté, también conocida como Los Trescientos Espartanos. En ella (1964) ya aparecían todas las vicisitudes que 300 nos ha devuelto: El duro entrenamiento del ejército hoplita, la alusión a las flechas que taparían el sol, la despedida orgullosa de las abnegadas mujeres espartanas, que regalaban a sus hijos al cumplir veinte años el escudo llamado hoplón. Vuelve con tu escudo, o sobre él. Eeatan Eepitas. El icono del género durante esa década fue Steve Reeves, un Mister Universo reciclado en actor, para un género donde la censura permitía lucimiento de muslo viril, bajo escasos faldellines. Otras sesiones, era el hierático Victor Mature, en el papel del gladiador Demetrius, quien amenizaba las tardes con su habitual parquedad expresiva. 300 fue acusada de ser tan solo un festival de físicos armónicos, un catálogo de abdominales pulidos y coreografía marcial. Se trató de demonizar la película aplicando al año 480 antes de Cristo, clichés comedidos y soplagaitas, de nuestra descafeinada época. Los tertulianos charlatanes y casposos, cuyo acercamiento a la literatura comienza (y termina) en las hojas del Libro de Familia, deben dejar paso a historiadores y eruditos (palabreja maldita en la estructura light, soplagaitas y descafeinada del gallinero mediático) o abstenerse de enumerar chorradas en debates políticamente correctos. Este film, no es solamente un ejercicio visual impecable, una narración digna con montaje dinámico y apasionante. No es la recreación (o glorificación) de una acción épica pasada por el tamiz de la pantalla, siempre dispuesta a la hagiografía o la desmesura. Es, fundamentalmente, la recreación de cómo un grupo de ciudadanos libres (con un par de gónadas) decidieron que los otros iban a seguir siéndolo, aún a costa de sus vidas. Hay que tenerlos bien puestos para dar jaque a un ejercito mestizo, el más potente de la época, armados de lanzas y escudos. Sin obviar que el amigo Jerjes; Rey de Reyes; no venía precisamente en plan coleguita. Mal aconsejado por sus ministros y astrólogos armó la mayor máquina bélica de la época. Los cálculos de Herodoto, resultan exagerados. Dos millones de persas, frente al ejército griego (entre cinco y siete mil soldados). El soberano no se presentaba de buen rollito, con una alfombra persa bajo el brazo (Compra, paisa, barato, barato). Allá en el fondo portaba la revoltosa intención de darles los suyo, y lo de un bombero, a Leónidas y sus muchachos, para: a continuación; descabezar un poco al resto de la población helénica. Los adivinos y orates de pacotilla, no auguraron su propio futuro. Al regresar Jerjes, derrotado en Salamina y Timea, encargó que las cabezas de tan eficaces astrólogos dejasen de estar unidas al cuerpo. Los valientes helenos murieron luchando. Pero no contra Jerjes. No contra sus unidades de Inmortales, que perdían con rapidez esta cualidad frente a las lanzas hoplitas. Murieron combatiendo el oscurantismo y la tiranía. No se puede negar una criticable estructura social militarista. Sus infanticidios. arrojando recién nacidos con defectos desde el monte Taigeto. Pero aquel puñado de valientes hizo posible lo que hoy llamamos Europa. La sangre derramada del Rey de Esparta y sus hombres (que para nada profesaron la Alianza de Civilizaciones) hizo posible, que hoy se puedan escribir estas líneas sin que un Imán analfabeto y tarado, nos coloque un cinturón lleno de bombas para tomar el expreso al Paraíso.  Su sacrifico permitió que las mujeres puedan salir a la calle sin que un ayatolá reprimido, las azote públicamente por que su velo ha dejado ver unos centímetros de su rostro. Los soldados de largos cabellos y escudos de bronce salvaron nuestra civilización con todas sus miserias (muchas y variadas), nuestros sueños. La  democracia (con sus defectillos) y todo ese concepto del Mundo; opuesto a la represión fanática; que hoy gozamos. Todo esto nació de los cojones de un grupo de hombres, que cantaron a la libertad, mientras las flechas de la tiranía silbaban una canción de muerte. Si hoy tenemos  independencia para leer, opinar o arrojar a la basura estas páginas, es porque aquellos hombres decidieron que su siguiente cena, la celebrarían en el Hades. Y a los políticamente correctos, que les vayan dando.

viernes, 10 de octubre de 2014

El Cruzado. Stephen J. Rivelle






Nos encontramos ante una novela destinada a aficionados el género histórico. Concretamente a seguidores del mundo medieval y de aquella locura colectiva (física y espiritual) que fueron Las Cruzadas. Quienes se hayan aproximado a otras obras desarrolladas en esta época, reconocerán fácilmente los personajes y situaciones, uno de los escollos que suelen encontrar los lectores no versados en esta variedad literaria, desarrollada en distintas épocas. Partiendo del supuesto diario de Roger, Duque de Lunel, que abandona su Provenza natal por arrepentimiento, seguimos la evolución humana del protagonista. Unido a los peregrinos y milites que van a protagonizar la Primera Cruzada, con la promesa de indulgencias y salvación. Roger descubrirá a lo largo de su peripecia que la codicia, la crueldad, el asesinato y la destrucción, acompañan a aquellos guerreros de Dios. En su lucha contra el infiel, encuentra el amor en los brazos de una mujer musulmana, descubriendo que para sus oponentes, ellos también son infieles, y dando un vuelco total a su mundo. El ambicioso Raimundo de Tolosa, el atípico obispo Ademar; espada en mano; el Conde Bohemundo, La Santa Lanza, personajes y situaciones reconocibles por cualquier buen aficionado al mundo medieval. Atrapados entre las tensiones de la Iglesia Romana y la Bizantina, nos encontramos ante una hermosa historia de amor a dos bandas. Los sentimientos de Yasmín y Roger en el epicentro de la  locura de un mundo convulso, y el amor (oculto y prohibido) de Eustaquio hacia Roger, capaz de vencer todos los obstáculos. Roger de Lunel vive en primera persona la carnicería genocida que fue la toma de Jerusalén, y todas sus creencias comienzan a tambalearse. A su alrededor la superstición, el fanatismo, la intolerancia religiosa, ermitaños o visionarios juegan un papel fundamental en un mundo de maniobras políticas, donde la consecución del  poder y las pasiones terrenales, están enmascaradas tras coartadas religiosas. Deus le vult (Dios lo quiere), es el grito de los cruzados que; decidiendo la voluntad de Dios; acometen todo tipo de atrocidades. Escrito como un cuaderno de memorias, nos traslada hasta los últimos días del protagonista, que nos relata su desesperanzado (y predecible) final. Único epílogo que podía esperarse en aquellos pavorosos días. Un epitafio doloroso, que deja un nudo en la garganta del lector. La grandeza de un hombre que no se rinde, que no pierde la esperanza aunque se sabe derrotado. El Cruzado se deja leer con intensidad. Su desarrollo histórico es apreciable, certero, sin un exceso de información que lastre la dramatización. Pero ante todo es crónica y  testimonio de una epopeya humana que no deja indiferente.

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miércoles, 8 de octubre de 2014

Ong-Bak. El Guerrero Muay Thay

 
Lo confieso. Me gusta el cine de mamporros. Mea culpa. Convicto y confeso. Profesar como dillettante de un subgénero como el que traigo a colación, me asegurará anatemas y rasgado de vestiduras de la cofradía  Kultureras y Ratas de Cineclub. S.A. Quizás sean los miles de horas visionando todo tipo de celuloide (en V.O. y del otro), las montañas de libros y revistas devorados, las enciclopedias desgastadas, lo que te inmuniza frente a opiniones que en algún caso parten; con certeza; del desconocimiento. Lo mismo sucede en la esfera del cine denominado infantil/juvenil, dónde con frecuencia escuchamos opiniones; incluso en medios de comunicación; con un incompetencia total, o convictas de flagrante ignorancia (ni siquiera han visionado la película). Me reconozco culpable de catar y digerir estos productos taquilleros y palomiteros. Vaya este particular por delante. Siempre he defendido la idiosincrasia de los subgéneros. No es posible juzgar con los mismos parámetros la aventura sociológica y humana del último estreno iraní o armenio, o algún soporífero pestiño francés que nos han vendido con aura de qualité. Tampoco debemos creer que todo el cine que procede de lugares exóticos (Pakistán, Corea, Brasil), vaya a proporcionarnos un hálito de connaisseurs en las tertulias de la cafetería. Algunas de estas propuestas son directamente olvidables. Ralentizar las neuronas de vez en cuando, de tanta promesa con ínfulas, resulta reconfortante y catárquico. El amplio abanico que abarca el subgénero de tiritas y vendas, puede llevarnos desde la contundencia y técnica de un inexpresivo Van Damme, en su primera época, dónde un film como Kick Boxer, muestra una elasticidad y técnica más allá de toda duda, al elegante (y extravagante) concepto visual del Wuxia. Este género oriental de espadachines, teñido de un ligero velo fantástico, ha dado apreciables resultados en La Casa de las Dagas Voladoras, iniciadora junto a Tigre y Dragón de una estética preciosista, dónde se confunden la danza y la lucha, el cromatismo espectacular y las composiciones plásticas. Nada que ver con aquellas casposas producciones orientales que nos acercaban al cine a ver “una de chinos”. Fueron estas menesterosas producciones setenteras, donde unos tipos con pantalones patadeelefante y camisas picudas, se liaban a mamporros emitiendo unos extraños sonidos guturales; a caballo entre el estreñimiento y el óbito; las que abanderaron la invasión. A pesar de sí mismo, el cine cutresalchichero que nos invadió esa década, se halla en la base de todo el cine de artes marciales que vendría después, redimido por las inverosímiles performances del artista marcial llamado Bruce Lee. En aquellos días, un sinnúmero de películas vergonzantes se colaron en las pantallas. Los ¿interpretes? Tan sólo necesitaban esgrimir una gesticulación epiléptica que incluía señalar constantemente con el dedo de forma amenazante, o pasear con indumentaria que invitaba a entregarles una limosna. Por no hablar de las barbas y cejas artificiales de color blanco que gastaban unos maestros ancianos, con la piel sospechosamente tersa. Por entonces ya existían cinéfilos que tenían acceso al cine de Kurosawa o de Ozu, pero en las pantallas se proyectaban engendros como Los cinco dedos de la furia o la ortopédica El luchador manco (iconos de la caspa marcial) que abrieron paso al paladín de esta modalidad cinematográfica: Bruce Lee. Emigrante afincado en EEUU, se convirtió en mentor de actores, con el arte marcial creado por él: el Jet-kune-do. Sus películas son objeto de culto para los seguidores, aunque con las perspectiva de hoy en día, tan sólo contienen técnicas repetitivas y grititos animalescos, no hay duda de que exportó todos los tópicos que ha mantenido después en el cine de apósitos. Por aquí ya desfilaban  los estilemas que proporcionarían una cohesión interna: La lucha entre escuelas rivales, la muerte del maestro, el combate ritual y progresivo hasta completar la venganza, el proceso iniciático, etc. Los seguidores del subgénero no exigían demasiada neurona implicada en el guión. También Bruce aportó ciertas dosis imaginativas y de desmesura creativa. Véase su mítico combate contra un Chuck Norris, que le superaba en treinta kilos en el Coliseo de Roma, o como se tapiña a todos los alumnos de un Dojo sin despeinarse. Durante los años ochenta la querencia se acerca hacia argumentos mixturados con lo policíaco o el fantástico. En sus primeros filmes el belga Van Damme mostraba exhibición de cualidades físicas, prometiendo a los aficionados algo que no cumpliría, al diluirse en productos nada afortunados que le relegaron a un segundo plano. El impasible (e indigerible) Steven Seagal, nunca ha logrado despegar de argumentos con justicieros desahuciados y previsibles, con filosofía de mesa-camilla. Tan sólo el inefable Jackie Chan ha conseguido mantenerse a flote adaptándose a los tiempos. La clave de su mayor longevidad en pantalla, es el tratamiento humorístico (humor incomprensible en occidente) que imprime a sus coreografías, verdadero ballet del arte del kung-fú, y su adaptación a otras latitudes (La Vuelta al Mundo en Ochenta Días) dónde continúa con más de lo mismo, con distinto plumaje. Atrás quedaron sus inicios con  La Serpiente a la Sombra del Águila (poético) o El Mono Borracho en el Ojo del Tigre, dónde lo mejor del conjunto eran los títulos. Manufacturas de humor cantonés, que; a pesar de su factura foránea y exótica; se introdujeron en las pantallas de medio mundo. Lo que diferencia a El Guerrero Muay Thay de las tendencias actuales en el mundillo, es su vocación de cinema verité, y saber presentar su propia carestía de medios materiales como sello. Los intérpretes son menesterosos, acartonados, paupérrimos en lo gestual y lo conceptual. El cine tailandés no anda sobrado de medios para utilizar vestuarios y decorados como los de Hero o Acantilado Rojo. Esto lo compensa decantándose por la acción sin paliativos. El mamporro como estética y regalando alguna de las mejores coreografías de los últimos años se ha convertido en su sello. En Ong-Bak, no hay trampa ni cartón. Tony Jaa, el protagonista, de nombre imposible, se ha introducido por derecho propio entre los iconos del cine de patadón y tententieso. Una preparación física excepcional, sumada a un dominio sin par del milenario arte letal del Muay Thay, se enfrenta a la apabullante desmesura del Wuxia, de indudable aliento poético. La efectividad del arte tailandés frente al lirismo preciosista y la nostalgia zen; poblada de guerreros solitarios; verdaderos quijotes de ojos rasgados. La propuesta tailandesa, la técnica rápida y efectiva, midiéndose con las circunvoluciones estéticas, guerreros voladores envueltos en gasas multicolores. Tony Jaa se enfrenta a la melancolía de Tigre y Dragón, al hipnótico cromatismo de HERO, al quijotesco sentido del honor de Guerreros del Cielo y la Tierra o la legendaria epopeya, de esplendida fotografía de Siete Espadas. Desde la cutredad de sus propuestas estéticas, el tailandés, ofrece un abanico de técnicas eficientes y certeras en el subgénero para que han sido creadas. Es por tanto apreciable su contundencia sin florituras, y su savoir faire en las escenas de acción, que le redimen de lo penoso de argumentación o la caligrafía fílmica rupestre. Sin coartadas estéticas se ofrece este nuevo cine marcial, aunque tomando nota. Ya en la segunda parte, titulada en un culmen de originalidad: Ong.Bak 2, la propuesta estética bebe de fuentes externas, claramente influenciada por las otras cinematografías. Queda patente en el enfrentamiento de Tony Jaa con el guerrero de color, practicante de Capoeira, realizado en el interior del templo con el suelo mojado, iluminado por la luz de las velas. También toma nota el cine coreano; que tras aquella bienintencionada Figuras en el Viento; (poético título) de pobreza visual y gestual, aunque con técnica marcial depurada, produjo esa epopeya histórica, notable y de cuidada realización que es Guerra de Flechas. Los seguidores de este subgénero no echan de menos un diálogo introspectivo a lo Bergman, antes de los combates, ni tampoco añoran  un travelling de quince minutos siguiendo al prota a lo largo de una ribera, al estilo Solaris. Aunque servidor sigue prefiriendo por encima de todas, la biografía del artista marcial chino Huo Yuanjia, interpretada por Jet Li en Fearless (Sin Miedo) Tampoco debemos de tener miedo de reconocer que nos gusta este tipo de cine. Si el kultureta quiere dialogar sobre otros estilos y géneros, también hay material en la recámara para echar unos ratitos…

martes, 7 de octubre de 2014

Syn City. La Ciudad del Pecado


Hay películas que nacen con vocación de convertirse en objeto de culto. Extravagancias fílmicas que apasionan al cinéfago vocacional, y hacen patinar las neuronas del espectador palomitero, amante del taquillazo a ultranza, o adicto al  guaperas de turno, cuyo oficio es imprimir glamour a producciones que ya eran cadáveres antes de proyectarse. Nos encontramos ante una adaptación respetuosa del cómic homónimo de Frank Miller, realizada con veneración y calidad en ambos medios. Sin duda puede añadirse a la lista formada por el peculiar Batman de Tim Burton, la notable Hell Boy de Guillermo del Toro o La Liga de los Hombres extraordinarios, aunque inferior a su original en viñeta (Alan Moore), sin duda una propuesta refrescante con una presencia poderosa de Sean Connery. Otras versiones del mundo de la bande dessinée han sido producciones bienintencionadas, pero carentes de lado oscuro, o ávidas de un público teenagers que reviente las taquillas: X-man, Spiderman o Hulk. todas ellas procedentes del universo Marvel, gran productor de cómic durante generaciones, que ha encontrado una nueva vía en el cine con los últimos éxitos: Iron man o Los Vengadores; todas ellas adscritas al blockbuster; innegable chorreo de divisas para la industria fílmica. Por el camino se quedan intentos mediocres o directamente infumables como Los Cuatro Fantásticos, Capitán América o la vergonzante El Castigador, mercaderías prescindibles, para arrinconar en el baúl del olvido. De la querencia entre el Octavo arte y el Séptimo, nace la Syn City de Robert Rodríguez. Un fresco de hiperviolencia conceptual (y material) desplegada en glorioso blanco y negro, que queda tamizada por el barroquismo visual de su estética, y las referencias cáusticas al Gran Guignol. Basada en una imaginería de fuertes contrastes, casi expresionista, que permite digerir como una abstracción las pinceladas gore, que podrían haber influenciado fisiológicamente a los espectadores más sensibles. No apta para estómagos tiernos, la película presente la cruda certidumbre en la cotidianeidad de la ciudad del pecado. Enmascarado tras la sórdida tapadera del mal; se agazapa un romanticismo enfermizo donde el amor fou, es el protagonista, y al mismo tiempo el motor que sacude a los personajes. Insana exposición de una patología romántica a tres bandas. Las historias se funden en una coda final que envía el mensaje: todavía es posible el sacrificio por amor. Impagables los personajes; ya condenados al terreno de los mitos; como la letal y fascinante Miko, dándole lo suyo a los cantamañanas con castradoras katanas. Bruce Willys deviene hilo de Ariadna, para conducir las diversas ramificaciones del libreto. Demostrando solvencia fílmica de sobra, cuando tropieza con un binomio (director-guión) que consiguen extraerle el registro adecuado. Rememoremos  también su interpretación en la excelente 12 Monos, que permitió su redención por participar en productos infumables. Irreconocible bajo el maquillaje; lo cual es de agradecer; Mike Rourke. El antaño sex-symbol, con una soberbia caracterización, tan sólo equiparable a la de Benicio del Toro, un policía de costumbres harto extrañas. El elenco femenino lo conforma un gineceo rompedor: Rosario Dawson, musa enfundada en traje dominatrix. Sensual Jessica Alba (inquietante bomba de relojería) ejecutando una hipnótica danza. Sin olvidar a la malograda Britany Murphy, en quien ya no quedaba nada de la niña de Ni Una Palabra. Syn City destila humorada negra y mala leche a mansalva. Chef d´oeuvre para paladares entrenados. Formidable ofrenda de amor a la novela gráfica, de la que parasita modos y maneras. No apta para visionar durante una copiosa merienda.

viernes, 3 de octubre de 2014

El Club de Los Pringaos. Daniel Montero



Premonitorio y certero título del periodista Daniel Montero, para esa sensación de pertenecer a este selecto club que se nos queda, tras conocer como y quien se lo lleva por la patilla, y que organismos y entidades dejan que se lo lleven muerto. Pocas opciones  les quedan a los miembros  del Club de los Pringaos, salvo seguir con el paganini de toda la vida, para que otros vegeten a nuestra costa. Con una prosa clara y sin filigranas, no las precisa, el autor nos va desvelando los secretos del submundo de los defraudadores, evasores y otras yerbas ponzoñosas y como sobreviven a cualquier intento de erradicación. Descubra con estupor las SICAV. Creadas teóricamente para que 100 paganos de a pie pudieran invertir en bolsa con escasos impuestos, fueron olfateadas por los tiburones. Estas sociedades de inversión colectiva, pagan solo el uno por ciento de sus beneficios en bolsa Ya podían los pringaos olvidarse del asunto. Las fortunas consiguieron mariachis, hombres de paja a cambio de nada. El resultado: las grandes fortunas del país controlan unas sociedades de que presuntamente se crearon para favorecer al pagano de a pie. Deléitese aprendiendo como ese equipo de sus amores y el futbolista de moda intentan por todos los medios defraudar, cediendo los derechos de imagen a empresas que gestionan su patrimonio. Deje que le resbale el venenillo por la comisura del labio cuando lea como el presentador al que sigue y la tertuliana semianalfabeta de moda, canalizan sus beneficios a través de empresas para facturar con ellas y pagar menos impuestos. Afíllese el colmillo mientras comprende por que usted paga generosamente todos los años el IBI, garaje y voladizos por unos cochinos 90 metros cuadrados, mientras la Duquesa de Alba no paga  por el Palacio Liria. Deguste como los Partidos Políticos (todos) miman al gran capital para que no se vayan a otra parte, o para que no dejen de financiarlos. Diviértase con el modelo plutocrático que tenemos que aceptar sin remedio, camuflado de democracia. Entreténgase contando los paraísos fiscales dónde esconden el dinero nuestros empresarios, deportistas de élite y artistas. Descojónese cuando descubra que Bono, el vocalista de U2 y su lucha contra el hambre en el mundo, se traducen en tributar en Holanda como sus compañeros los Rolling Stones para tangar al fisco de sus países. Alucine con el timo del camión de gasóleo, que se compra para vehículos comunes, pero se factura como si estuviera destinado a usos agrícolas dónde los impuestos son menores. Asómbrese viendo como el número de inspectores que Hacienda dedica a investigar grandes fortunas, tendría que ver una fortuna al día e inventariar y auditar a ritmo de ametralladora para simplemente aproximarse a un control racional. Irrítese (usted, pagano de a pie) a quien Hacienda crucifica con apremios e intereses, cuando conozca que las grandes empresas se pasan por el forro los apercibimientos del fisco (pasan de contestar) y aquí no pasa nada. Descubra el chollo de tener una fundación, de utilizar mendigos como testaferros, de ser deportista de élite. Descubra lo que oculta la frase “amo a España, pero vivo en Miami. Y en fin, descubra como, gracias al fisco y los gobiernos sucesivos, este país (o lo que sea) funciona gracias a la sangría que nos someten. ¿Se le ha quedado la cara a cuadros? Bienvenido al exclusivo Club de los Pringaos. No es necesario hacerse socio. Ya se encargan ellos.

jueves, 2 de octubre de 2014

El Nombre De Los Nuestros. Lorenzo Silva


Profesé cono seguidor ferviente de Lorenzo Silva tras la degustación de esa tragedia clásica, con envoltura de modernidad, que es La Flaqueza del Bolchevique. La obsesión del protagonista por la nymfette; crónica de una muerte anunciada; alterna en el tiempo con la peripecia vital de las zarinas, y la imaginación sobre su terrible fin a manos de los fanáticos bolcheviques. Pero lo que realmente me apasiona de Lorenzo Silva, es su incursión en territorios poco explorados, como la aventura (si se le puede llamar así) del Protectorado Español en Marruecos. Casi desconocida historia, desarrollada aquellos desolados parajes rifeños, para sostener un imperio de cartón-piedra. La agonía cotidiana de unos soldados de reemplazo; obligados por los intereses de la canalla política y los plutócratas; que ansiaban obtener beneficios. La muerte, lejos de sus familias, llegada de formas escalofriantes, en una sangría sinsentido. Soldaditos de leva, los “borregos”, que al carecer de medios económicos, no podían pagar los dos mil reales que los hijos de familia adinerada entregaban para que fuera otro a morir en su lugar. Peones en una guerra orquestada desde la estupidez de una monarquía inoperante para enfrentarse a los intereses de industriales y empresarios, a quienes no les importaba esta “carne de cañón”, barata y sustituible. Frente a estos infelices, sometidos a una serie de mandos inoperantes, que desprecian al enemigo y pasean su charcutería de medallas sobre  los yermos campos de cadáveres, se encuentra un enemigo terrible. Hombres que defienden su tierra y su familia. No son soldados, la Harka son guerreros con mayúsculas. Hombres que pueden aguardar días agazapados tras una roca sin comida, ni agua, para realizar un disparo que nunca falla. Equipados con armas antiguas y en mal estado. Con escritura limpia y certera, el autor desgrana unos personajes de amplio calado humano. Es difícil no identificarse con alguno de ellos. El sargento Molina,  profundo conocedor de la inutilidad y estulticia de sus mandos, pero que respeta el ejército y cree que su presencia puede ayudar a salvar vidas, el anarquista Andreu, atrapado en una estructura que odia, el cabo Haddou, que vive y comprende ambos mundos. Los personajes son sólidos, con una aura de fatalismo y premonición del desastre que se avecina. La obra es un grito desgarrador, un homenaje póstumo a héroes anónimos que perdieron la vida (de forma terrible) en el mayor error estratégico y político que se pueda imaginar. La literatura nos había acercado la debacle africana de la mano de autores como Ramon J. Sender y su excelente Imán, Una Guerra Africana de Ignacio Martínez de Pisón, más centrada en la peripecia sentimental de los protagonistas, o La Forja de un Rebelde de Arturo Barea. El propio Silva, reutiliza la peripecia africana también en su excelente novela Carta Blanca. Con prosa magistral, el lector consigue mascar la arena de aquellas infinitas soledades, o morir de sed en el blocao, donde los reclutas bebían su propia orina para sobrevivir, o pasar miedo frente a la precisión de los disparos harqueños. La galería de personajes es un abanico de pasiones humanas. Oficiales achulados y clasistas, llenos de prejuicios, sordos a todo lo que no fuera su bizarra visión de la historia. Soldados embrutecidos por el alcohol y las durísimas condiciones de supervivencia. Hay equilibrio entre la acción y la introspección. El lenguaje es descarnado, cuartelero, blasfemo cuando así lo precisan los diálogos, realistas, de hombres sometidos a sevicias, sin olvidar las descripciones poéticas de los bellísimos atardeceres o ciudades. Hay agilidad narrativa, pero precisión humana en los diálogos que retratan a los personajes. También hay rigor histórico, mixturado con las características ficticias imprescindibles. Esto se percibe en las descripciones minuciosas de esta región ascética, de una sequedad dolorosa; que el autor recorrió antes de escribir el libro; y del que también extrajo su libro de viajes: Del Rif al Yebala. A destacar la utilización del léxico del entorno, fruto de esa investigación, y que tanto agrada a los buenos connaiseurs. Precisión de las que carecen esas novelas pretendidamente históricas que invaden el mercado. Rescata verbos como paquear, palabra basada en el sonido que emitían el eco de los fusiles rifeños (pa-cooo), la fusila, nombre que daban al máuser, o borregos, para designar al infeliz  recluta. Aportaciones que enriquecen el entorno y hacen creíble, cercana, esta epopeya humana (o tragedia) que les tocó protagonizar a miles de jóvenes, gracias a la incompetencia, o la avaricia de gobernantes ignorantes y militares empecinados. Los protagonistas son héroes a su pesar. Corderos inmolados en el altar de los intereses económicos. Tienen ritmo de adagio las interminables partidas de cartas, la espera eterna en los blocaos, sobreviviendo a las moscas, los edificantes (en su crudeza) diálogos de los protagonistas. El Nombre de los Nuestros es un fresco histórico de una etapa vergonzosa y casi olvidada, además de un rendido homenaje a hombres que murieron por una entelequia llamada “razón de estado”. Hombres cuyos huesos reposan entre la calima, ofrendados al desierto por toda la eternidad. Quienes quieran ampliar conocimientos sobre tan apasionante etapa histórica, pueden acercarse al excelente libro de Juan Pando: Historia Secreta de Annual, donde se describe el llamado Expediente Picasso, una investigación encargada para depurar, e intentar aclarar anormalidades (y amoralidades) realizadas por militares y políticos. Algunos oficiales se lo estaban llevando por la patilla, vendiendo armas y munición a la morisma. Y es que como reza el Eclesiastés: No hay nada nuevo bajo el sol.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Retrato de un asesino. Jack el Destripador .Caso Cerrado de Patricia Cornwell



Dentro de las teorías que rodean al asesino de siete mujeres en otoño de 1888, que sembró el pánico en Londres, e hizo volver la mirada hacia la miseria de Whitechapel, el hogar de la “gente del cubo de la basura”, donde las desdichadas; como se les conocía vulgarmente; luchaban por sobrevivir y alimentar a sus hijos con la profesión más antigua del mundo, se encuentran de las más racionales, a las más descabelladas elucubraciones. Por menos de un penique se podía gozar de los favores de estas infelices que atendían a marineros, borrachos y morralla, ocultándose en callejones húmedos y sombríos, habitados de moscas. Mujeres desnutridas que en patios y escaleras lejanos, atendían a clientes que, afortunadamente, estaban tan alcoholizados como ellas, y eran fáciles de engañar. La policía era ineficiente con sus medios. Desconocían cualquier técnica actual de investigación científica, ni siquiera eran capaces de distinguir la sangre de un animal de la de un humano, o aplicar  el descubrimiento realizado por el argentino Vucetich, sobre las huellas digitales. Un coto de caza excepcional para el sicokiller que campó a sus anchas por las calles del East End, donde la niebla impedía la visión de alguien unos metros más allá. En una zona donde las trifulcas, las peleas domésticas y las bandas delincuenciales campaban a sus anchas, nadie se preocupaba por lo que sucedía. Este era un campo de recreo para un depredador inteligente y frío como el hielo. De haberse utilizado en la época las técnicas de que disponía la autora durante la elaboración de este libro, es posible que la identidad del merodeador londinense hoy en día no fuera un secreto. Los análisis actuales y los avances en criminología hubieran facilitado el acercamiento al criminal. Y así es como Patricia Cornwell intenta resolver una de las mayores incógnitas, la identidad, el nombre que se ocultó bajo el apodo de Jack el Destripador. Y lo hace como si se tratase de una novela de Kay Scarpetta, su detective novelesco, pero aplicando las más modernas técnicas en el campo de la investigación criminológica. Todo ello tras un objetivo (o una obsesión) huyendo de las teorías conspiratorias; tan cinematográficas; que implican a al Casa Real en los crímenes, la autora trata de demostrar que tras la fachada de este  monstruo se ocultaba el pintor Walter Sickert. Para demostrar su teoría gastó una fortuna en la adquisición de cuadros, correspondencia, documentación, archivos, etc, que analiza con la eficiencia de un detective. Estas páginas son un estudio caracterológico del pintor,  basado en declaraciones de la época, notas y cartas, que revelan un personaje de rasgos sicopáticos, narcisista y mentiroso patológico. La investigación transcurre como una novela, progresivamente. La aportación de datos, grafología, ADN, etc termina llevando a una cierta lógica. El estudio de los cuadros del pintor con sospechoso parecido a las escenas de crímenes o patéticos rostros de prostitutas, presentan cuando menos una sombra de extrañeza sobre las elecciones artísticas de Sirkert.
Varias son las aportaciones al imaginario del Destripador, que añade la autora. La más destacada, es su afirmación sobre que los crímenes no terminaron con los llamados “canonicos”, que consideran que el último fue la orgía demencial que realizo sobre la infortunada Mary Kelly. Para esto añade documentación  sobre otros posteriores no resueltos y datos que aclaran donde podía encontrarse el pintor en esas fechas. Incluso en aquellas callejuelas, acostumbradas a todo tipo de violencia y miserias, estas muertes impactaron por su crueldad inaudita e incomprensible. A pesar de presentarnos un sospechoso manipulador, embustero, falto de empatía, esto no lo convierte necesariamente en el asesino que aterrorizó aquel otoño las desventuradas callejuelas del inframundo londinense. Algunos de los descubrimientos realizados, destacan por que en su día escaparon a la investigación policial: el papel utilizado en las supuestas cartas era caro y extraño en una sociedad donde el analfabetismo y la miseria campaban a sus anchas. Si algo queda claro tras esta lectura (entretenida, bien documentada y estructurada) es que todavía queda mucho por decir sobre Jack The Ripper.