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martes, 14 de octubre de 2014

El Orfanato



















Después de la exquisita Suspense (The Innocents), dirigida en 1961 por Jack Clayton, toda película asociada con niños y casas encantadas, no es otra cosa que un remix continuado. Una turmix cinematográfica donde se mixturan el lugar común, el final previsible o la narración de electroencefalograma plano, teñidas de una sensación de déjà vue que induce al sopor. Inspirada en, Otra vuelta de tuerca; narración gótica de Henry James; sentó las bases para el futuro cine de mansiones encantadas con espíritus de niños zangolotinos. Aunque para disfrutar de impúberes que causan verdadero terror, es obligatorio el visionado de algunas cintas alejadas del cine de terror: El Viento en las Velas, pervertido cuento de hadas sobre la ambigüedad del mal en la infancia, o la impactante A las Nueve cada Noche. Sin dejar de lado, la sombría producción La Mala Semilla (The Bad Seed) de 1956, que dejan en pañales a todos los espíritus malignos infantiles que en el cine han sido. El Orfanato bebe de las mismas fuentes que Los Otros, El Espinazo del Diablo, Poltergeist, Al Final de la Escalera o la ya citada Suspense. Está realizada con elegancia, quizás con un cierto academicismo formal. Lo agradece aquel sector del público, que precisa de biodramina cuando aparecen las cámaras con Parkinson Terminal, o los ejercicios tipo steady cam (cámara amarrada con un arnés) que terminan provocando el hastío (o vómito). Tantas veces utilizada para sustituir carencias de ámbito o verdadero aliento fantástico. No es el fantaterror una variedad precisamente distinguida en los anales del cine patrio. Incursiones en el  seudogénero denominado terror cañi,  fueron las sonrojantes aportaciones de directores que hoy en día se han convertido en objeto de culto. El tito Jess Franco, acompañado de sus omnipresentes, y sexuales, vampiras chuponas. Lugar aparte merece Armando de Osorio, con su tetralogía de Los Templarios sin Ojos, deudora de los grandes clásicos de la Universal. El terror carpetovetónico, convive con lo más casposo en las producciones ruborizantes de Paul Naschy. Licántropos pilosos de tupés imposibles, hemoglobina a raudales, sexo celtibérico y homenajes-plagio a las producciones Hammer. Los delirios de Nascy desprenden un bizarro tufillo peninsular. Aparte de los referidos perpetradores de susto hispánico, hay escasas incursiones en las proposiciones fantásticas. Como la de Jorge Grau (Ceremonia Sangrienta) o Narciso Ibáñez Serrador (La Residencia, ¿Quién puede matar a un niño?), preñada de guiños hitconianos. El ecléctico argentino Leon Klymovsky, perpetra La Noche de Walpurgis, casquería hispana en estado puro, y alguna obrilla con húmedas vampiras correteando en negligé. La amalgama de caspa ibérica, creo esta variedad de cine de pipas, apropiado para que la parienta se arrimara a la pareja en la fila de los mancos. Producciones creadas para cines de sesión doble que despiden un tufillo naif. Sus presupuestos grotescos, sus interpretes infumables, constituyeron la cantera de esta calaña nacional de pata negra con aroma a tebeo rancio, capaz de los mayores dislates narrativos. Zombis gallegos, monstruos cañís, vampiras sexualmente insatisfechas, afanadas en la mostración de unos encantos nada autóctonos. La censura de la época se encargaba de dar tijeratazo. La doble versión estaba destinada a países menos civilizados y decadentes (esos perdidos). Aquí nos digeríamos el folklore nacional o la grandeza de la raza, regalada por rubicundas y recatadas señoritas de varios refajos. Destacables son las aportaciones de Edgar Neville con su notable La Torre de los Siete Jorobados y una rareza en nuestro terruño como la bienintencionada Memorias de un Ángel Caído, que destacan en el panorama infértil del fantástico patrio. Fueron nombres como Alex de la Iglesia, Balagueró o Amenazar quienes enriquecieron este panorama aportando películas como Los sin Nombre, Los Otros, El Día de la Bestia, Darkness o Frágiles. Se agradece en El Orfanato la evitación del elemental recurso del higadillo y la casquería.  La apuesta por la elegancia en la puesta en escena. Lo agradecen los seguidores del cine que insinúa, y no desean ver una tropa de despiezados, sorbiendo con una pajita los sesos de Belen Rueda. Si algo define al fantastique, es la capacidad de mantener la tensión argumental in crescendo, no necesariamente en base a la puesta en escena (sustos, gritos, hemoglobina o mutilaciones variadas) Se aprecia en estas incursiones la ausencia de modelos en ropa interior de diseño, masacradas por un fulano con una máscara, que frecuentemente suceden en la ducha (no hay como la higiene hispánica). También se muestra gratitud por la ausencia de algún fulano papeándose un píloro como aperitivo (aunque la bohemia cinéfila  considere estos detallitos el summun de la transgresión) No proceden las críticas para El Orfanato por falta de calidad técnica. La fotografía es apreciable. El ritmo narrativo correcto. La interpretación de Belen Rueda, notable (eclipsando al resto del elenco) Tampoco se le puede achacar el presunto fusilamiento de otros argumentos. Desde que los hermanos Lumiére rodaron: La Salida de los Obreros de la Fábrica, la historia del cine (también se puede aplicar a la literatura) es la de un plagio recurrente con pequeñas aportaciones personales. Dar palos de ciego a una obra apreciable, en el agrietado panorama español, lleno de comedia urbana, con salidillos que no mojan, preñado de actores recién escapados de series teenagers, que balbucean y gesticulan como  posesos, no sería nada positivo. Es la aceptación de que nos encontramos con una coctelera de escenas y situaciones ya vistas. Esto mismo lo hace Tarantino y en lugar de llamarlo fusilamiento, lo denominan “guiños y homenajes cinéfilos”. Hay un sector de espectadores que prefiere ver una historia con final pasteloso, antes que visionar una joven con una ametralladora ortopédica en la pierna recién amputada y llamarlo “homenaje” a la Serie Z. Y un cuerno. Si nos detenemos en otra gran obra multipremiada como El Laberinto del Fauno, la pregunta es: Si el epílogo (también sumamente pasteloso) y previsible, habría recibido tantos parabienes del crítico cañero, de no existir unos fascistones de tomo y lomo, que reciben lo suyo al final.  El director de El Orfanato, no ha tratado de coquetear con el cine de autor, no tenía entre sus objetivos la innovación, ni arriesgar o transgredir,  para eso ya están otros autores, que concibiendo todas estas cabriolas, no terminan de transmitir al respetable. Bayona únicamente pide al espectador que se introduzca en su mundo. Lo tomas o lo dejas. Crees en lo que está pasando y te dejas arrastrar, o te dedicas a contar cabezas de espectadores. Así de simple. El mensaje para el cine español es transparente. Nada de cuotas de pantalla. Nada de obligar a películas patrias. Hagan buen cine. El Orfanato es una película apreciable en su género, de corrección formal y cuidada estética que se ve con agrado, aunque sea sospechosamente parecida a la francesa Saint Ange, producto rutinario que no levanta, ni apoyándose en la presencia neumática de Virginie Ledoyen. Para el resto de espectadores, aficionados a otras latitudes propongo un final alternativo: Imaginemos que en la última secuencia; en el interior de La Casita de Tomas;se escucha un sonoro regüeldo (eructo). Primer plano del niño relamiéndose, mientras da buena cuenta del páncreas de Belén Rueda. Esto si que es de un transgresor que te rilas.

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