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sábado, 18 de octubre de 2014

La Dama Duende. Teatro Lopez Ayala








La Dama Duende es el acercamiento en la madurez creativa de Calderón de la Barca, en el género de capa y espada, en la cercanía de creación de su mayor obra La Vida es Sueño en 1630. Es una empresa valiente, en los tiempos que corren, arriesgar un montaje de una obra clásica y en verso aúreo. Y es una empresa loable, permitirnos degustar sobre las tablas el bagaje cultural que nos ha hecho ser quienes somos. Fallecido el director Miguel Narros, se repuso la obra en el Teatro Español de Madrid como homenaje, aunque con un elenco distinto del que nos regala este montaje. Acercamiento, teñido de comicidad, a la perfidia y manipulación femenina, preñado de versos certeros, que la habilidad de los intérpretes consigue que apenas se perciba o resulte forzado. Hay fluidez en la dicción y en la proyección de las voces. El único escollo, la perdida de acústica cuando los interpretes no están direccionados emitiendo hacia el espectador. Quizá resultado de la altura y densidad del hermoso, clásico, (y efectivo) escenario, donde la verticalidad domina las líneas. Una suerte de trampantojo gobierna los movimientos escénicos. Móvil alacena, que da paso de una habitación a otra, permitiendo; hábilmente; los enredos y situaciones equívocas que reclama el género. Debe ser difícil entregarse con intensidad con un 21% de IVA y la platea medio llena. Toda una heroicidad volcar profesionalidad, un día tras otro pateando ciudades para dar un espectáculo distinto y renovado cada día. Un aplauso para todos aquellos valientes que nadan a contracorriente. ¡Con la que está cayendo! En esta obra póstuma del director, la adaptación requería de su habitual dirección de actores, su querencia por el teatro clásico y un cuidado del vestuario y escenografía, para presentarnos la jocosa situación de un poltergeits del siglo de oro. La dama, entrando y saliendo por el pasadizo que comunica las dos estancias; simulándose duende: trasciende los estilemas del género (lances, galanteo, o ese concepto del honor tan calderoniano), para presentarnos una trama de tinte sobrenatural, que bebe del mito de Psique y Cupido, vía Lope de Vega (La Viuda Valenciana) hasta El Soldado Píndaro de Gonzalo de Céspedes. Los protagonistas se convencen de que un ente sobrenatural entra y sale de las habitaciones, dando lugar a situaciones de enredo que culminarán en el compromiso final de los amantes, de acuerdo a la moral imperante en la época. Le cuesta arrancar a la trama, aunque una vez superado los primeros escollos (en especial para espectador menos avezado), se suceden las situaciones hilarantes (o edificantes) No olvidemos los antecedentes religiosos de Calderón. Chema León compone un Don Manuel gallardo, perplejo ante los acontecimientos sobrenaturales, y sobre todo, bastante menos inteligente que Doña Ángela, el enamorador duende bordado por Diana Palazón. Hay un forzamiento voluntario de los personajes hasta aproximarlos a la caricatura, cualidad no atribuible al original, más bien a la dirección. Esta exageración del gesto, hace próximo al personaje, reconocible, y juega con la carcajada, dando dinamismo a un texto concebido para un público de antaño. 



Se desprende del texto una defensa de la libertad femenina y el desarmamiento del hombre frente a su entereza. De hecho la protagonista duende es el motor y demiurgo de todos los personajes. También se imprime una latencia erótica desvergonzada y explícita (pellizcos, azotes en el trasero, etc.), que indudablemente supera las concepciones tradicionales de la obra original. A destacar la excelente música de Luís Miguel Cobo, recreando y adaptando conceptos musicales del período histórico referido, pero siempre en un plano atmosférico, sin destacar sobre lo que sucede en escena; como en un breve interludio; que termina integrándo para ir difuminándose, sin interferir en lo dramático. Hay un enfrentamiento tácito entre el honor instaurado por una sociedad falocrática, y el derecho de la mujer, maniatado, cercado por la costumbre y la situación social. Calderón se decanta por una protagonista luchadora, algo manipuladora (no tiene otra opción) pero garante de su propio destino, independientemente de los deseos de quienes le rodean. La Dama-Duende es una abanderada militante contra el oscurantismo y una pionera en la libertad amorosa. Desafortunadamente este aire de libertad, concebido en el siglo XVII, todavía no ha llegado en nuestros días a algunos países. Cabe destacar que los personajes masculinos son en su mayoría fantoches, en manos de la inteligencia e intrigas de las damas que les sobrepasan, manipulando un mundo que fue creado para ellos. Los puristas suelen atacan estas adaptaciones de clásicos sagrados aludiendo que sacrifican el ingenio y la sutileza por la sal gorda, el chascarrillo en aras de una falsa modernidad o de una adaptación homologada para todos los públicos, donde los sutil reconvierte en obvio o chabacano. Defienden la construcción de la obra sobre los diálogos, no sobre la gestualidad, las gracietas y las acrobacias. Tienen razón. El verso castellano, esa rima de gran belleza, no debería precisar un proceso de descafeinado para llegar envasado al público. Pero bastante tiene ya, con esa batalla perdida contra el emborregamiento de los grandes hitos deportivos y las manipulaciones mediáticas. Es preferible un cierto aggiornamento, que nos llegue un Calderón en clave burlona, un Shakespeare adaptado (o masacrado) a que no llegue ninguno. El verdadero problema está cuando no se da la oportunidad desde la infancia de disfrutar en directo de estos espectáculos. Una obra de teatro, una ópera, un concierto de jazz en directo, te convertirán para toda la vida en adicto o en enemigo visceral, pero al menos se habrá tenido la oportunidad de decidir y crear un criterio para el futuro. No es otra cosa que un problema de niveles de conocimiento. El elenco desarrolla la obra de Calderón con acierto notable y algunos altibajos (esas transiciones a oscuras para cambiar el atrezzo), pero el resultado es una obra fresca, bienintencionada y valiente. Una ovación para que estas iniciativas lleguen a buen puerto y el verbo de oro de nuestros clásicos sigua brillando en los escenarios como ya lo han hecho El Caballero de Olmedo o La Estrella de Sevilla. Queda después lo efímero del instante, esa característica de lo inaprensible que tienen algunas artes y las convierten en experiencia personal e intransferible. Quedan todos esos personajes que luchan por existir sobre las tablas y desaparecen al bajar el telón. Algo de nosotros también muere con ellos.








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