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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Diferente de Alfredo Alaria




Independientemente de la desigual performance de Alfredo Alaria y su particular síndrome de hombre poliédrico (actor, coreógrafo, bailarín, guionista), el interés que despierta una película con  las características de Diferente, es ajeno al terreno exclusivamente cinematográfico. Planteada como un musical al servicio del bailarín argentino -tras el fracaso comercial, disuelve la compañía y regresa a su país- constituye uno de los títulos mas peculiares rodados durante la dictadura franquista. La irregularidad de los números musicales; introducidos con calzador; no ha contribuido a mantener en el recuerdo una obra, cuya única particularidad es la aparición del primer homosexual declarado en el cine español. Arias salgado; guardián de la moral y los sacrosantos valores patrios; se encontraba al frente del Ministerio de Información y Turismo, aunque la vigilancia de sus cancerberos no sirvió para detectar la perspectiva homosexual que Alaria imprimió en la pantalla. Ante la miopía de los férreos inquisidores; después del escándalo provocado el año anterior por Viridiana; esta modesta producción supuso un mazazo psicológico al autocrático y garbancero gobierno. Ninguno de los valores artísticos de Diferente; en el caso de que existieran; habrían permanecido en el recuerdo cinéfilo, sin la complicidad de aquellas escenas que escaparon a la vigilancia del burócrata censor de turno. El fulano de bigotito recortado, gafas oscuras y camisa azul del Movimiento dejo pasar sin detectar ninguna anormalidad (o inmoralidad) el guión del argentino,  por sus manos inquisidoras de tijera fácil. En una de las escenas, el protagonista visita a un empleado. El hijo de éste se le insinúa (atrevimiento insólito en la época). Pero el instante fetiche es cuando Alaria se recrea en la contemplación de un musculado obrero de la construcción. Un escultórico héroe clásico, aunque la mirada febril lo despoje de toda aura mitológica, mientras trabaja con una taladradora de connotaciones fálicas. La cámara; como un alter ego del protagonista; mediante el zoom acerca los planos de hinchados bíceps y torso diamantino. Alaria corre hacia la puerta del joven que anteriormente había rechazado y llama, hasta que le abre con una sonrisa. Menudos lumbreras. Los bienpensantes guardianes de la cultura rupestre, que velaban por las buenas costumbres tijera en mano, incapaces de descifrar mensajes subliminales, como la secuencia en que la cámara recorre la biblioteca del personaje interpretado por el bailarín, dónde se amontonan las obras de Oscar Wilde, García Lorca y Freud. Notable culturón el de los interfectos. El argumento deviene vehículo dedicado al lucimiento de su demiurgo. La planificación se recrea en su físico con complacencia y detalle. El film aportó una estética desconocida hasta ese momento en el cine patrio. Sus números musicales resultaron innovadores, abarcando desde coreografías kitsch (baile en un Saloon del Oeste), hasta ramalazos de la modernidad más atrevida. Todo ello estaba extraído del espectáculo que Alaria presentaba en los escenario con el atrayente título De las Vegas a España. Cosa fina.

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