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miércoles, 12 de noviembre de 2014

En un Lugar del Quijote. Teatro Liceo. Salamanca







Producida por la compañía Ron Lalá, ha venido acompañada de buenas críticas y premios y su paso por los teatros. La sinopsis ya nos pone en advertencia y aviso para navegantes: no esperen encontrar las mil y pico páginas del quijote ni condensadas, ni sin edulcorar. Las compañías de teatro modernas quieren adaptarse a los tiempos que corren, quieren aportar a la obra su visión y jugar con lo que está escrito. De este propósito puede salir una propuesta interesante o algún espectáculo extraño. O, si nos encontramos con mucha humildad, trabajo y un equipo que se coordina con la precisión de una máquina de engranajes; podemos salir del teatro con la sensación de que han conseguido rompernos los esquemas y de que no es necesario, siempre que se respeten ciertas bases,  seguir al dedillo el texto original. La compañía Ron Lalá lo sabe y no se ha conformado con aprenderse las hermosas sentencias del Quijote, sino que han querido cantarlas, jugar al intelect con ellas y confundir letras escritas y mano del escritor. Proponiéndonos un ejemplar de metateatro realizado con mimo y acierto.
Pero ¿qué hace tan especial a esta nueva versión? ¿Merece la pena acercarse a verla? Para realizar ese análisis con criterio, catalogaremos, a grosso modo, las tres razones por las cuales una obra de teatro podría merecer nuestra atención: actores en estado de gracia, que se cargan el peso de la obra a sus espaldas (similar a lo que ocurre en películas malas, ahora obras de culto gracias al esfuerzo del actor de turno); que la obra original sea magistral y se respete punto por punto (en este caso la obra es magistral, pero ni mucho menos se ha querido respetar su estructura) o que la compañía combine diversos factores y en todos ellos actúe con maestría, dando lugar a un todo, que sí es la suma de sus partes. Este último caso sucede con la versión ronlaliana de En Un lugar del Quijote.
Actuar, actúan. Vaya si actúan. Íñigo Echevarría, el único que no pone voz a las canciones, a cambio se come el escenario con su mirada alucinada. Si Cervantes le hubiese visto el perfil y lo hubiese visto actuar pudiera haberlo confundido con su criatura, de tan implicado que está con el personaje. Daniel Rovalher, consigue un Sancho Panza bruto, deslenguado, actual, que tan pronto canta como recita refranes a revoltijo, o maneja la mesa de mezclas (camuflada como pila de libros). Cuando no está Don Quijote, se come el escenario por mérito propio. Álvaro Tato es camaleónico, y decir que interpreta ocho personajes, no es hacerle justicia: bachiller, caballero, cura, Montesino, Cide Hamete… Aportando a cada uno toques singulares, los cuales a su vez interpretan a otros personajes, lo convierten en una herramienta más del metateatro que se despliega a nuestros ojos. Juan Cañas, como Cervantes y algún travestismo delirante, enamora. Un falso manco que se mete en su propia obra, habla por y con sus personajes, transmuta a sus amigos en personajes y se convierte en el hilo conductor entre las dos realidades. Y ¿como no? terminar mencionando a Miguel Magdalena, director musical y responsable de actuaciones cargadas de humor, salero y capacidad para la adaptación soberbias. Cuando no, de los sublimes gags, o versos musicales más tronchantes de la función.
En el apartado técnico no sólo sorprenden: innovan e inventan. Con un espacio mínimo, aprovechan hasta el último de los recursos. Las luces lunares se desplazan con ellos, los focos se convierten en escenas al completo, el esqueleto de una falda representa al traje de Duquesa, un culo hinchado simula a Teresa Panza. Juegan con la iluminación, lo figurativo, lo poético y la complicidad con el espectador; al que invitan a imaginar, soñar y completar con su mente aquello que falta sobre el escenario (a modo de figura de la Gestalt). Encierran al auditorio en la intimidad de su microcosmos. Los efectos de sonidos los ponen ellos y en directo: música de fondo, ruidos, entrechocar de espadas. Mientras unos actúan los otros juegan con las posibilidades del escenario e introducen sonidos de un verismo alucinante, estimulando la imaginación más insípida y apagada. Funcionando como una maquinaria perfecta: sus voces se coordinan, apenas empieza uno interviene otro, si alguno toca la batería, el otro golpea el escritorio de Cervantes, mientras Don Quijote se asusta porque oyó ruidos en el bosque. Tiene momentos de una precisión que pone los pelos de punta y son, de hecho, estas las mejores escenas de la obra: cuando se les nota tan compenetrados que le hace a uno pensar si no son una misma persona multiplicada.
Hasta aquí cumplen con creces y les hubiese salido un espectáculo muy currado (incluida escenografía onírica y vestuario metateatral, en que la coraza de Don Quijote son las mismas páginas en que se escribe su historia). Pero esta compañía, aportó un paréntesis final para cerrar la ecuación: La música.Canciones ingeniosísimas. Y lo más importante: desternillantes. Cada vez que rasgan sus guitarras, tañes sus laúdes o golpean las cajas flamencas, sabes que vas a disfrutar de unos minutos de murga en estado de gracia. Aquí despuntan con soberbia, y redondean un espectáculo del que se despide; como no; cantando y previniendo los posibles comentarios del revenido crítico de turno: “Es que se saltan escenas. Es que no respetan la esencia de la obra. Es que Miguel de Cervantes no hace chistes sobre Leroy Merlín, a costa del parecido nombre con el famoso mago…”.
A todos ellos, además de los aplausos y vítores merecidos; del “El Quijote entero duraría 20 horas”; y de un subidón del estado de ánimo; contestarles con los versos finales de estos cinco "máquinas" cervantinos y su equipazo: “Quien quiera el Quijote entero, que se lea Don Quijote”. 
                                                                                                  Fin de la nota al pie.

El espectador regresa a su escasamente cervantesca realidad. Convertido en ferviente y quijotesco ronlalista. Anhelando el instante, en que le sea permitido saborear la obra: Siglo de oro, siglo de ahora (Folía)  por la  que la compañía obtuvo el Premio Max 2013.

Luis Collado

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