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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Belleza Prohibida

                       
  Título original: Stage Beauty
  Año: 2004   Duración: 120 min
  Director: Richard Eyre
  Guión: Jeffrey Hatcher
 Intérpretes: Billy Crudup, Claire Danes, Rupert Everett, Tom      Wilkinson, Ben Chaplin, Hugh Bonneville,  Richard Griffiths


La dificultad de aproximación a un film como Belleza Prohibida, radica en las referencias que se van a intentar buscar con otra obra como Shakespeare In Love. Simetrías escasamente acep, ya que deviene en absurdo la comparación entre obras independientes, con entidad propia, con la única similitud de que se desarrollen en época similar, o dentro de  unos parámetros (teatro, sociedad) comunes. Durante el Siglo XVII, Ned Kynaston, es la “actriz” más cotizada de un Londres donde convive lo sórdido con los privilegios de la nobleza, los callejones habitados de heces de caballo, junto a la suntuosidad de la Corte del rey Carlos II (Rupert Everett). La prohibición de pisar los escenarios a las mujeres, obliga a que todos los papeles sean representados por el género masculino. Partiendo de esta absurda injusticia histórica (similar al fenómeno castrati en lo musical), Richard Eyre nos ofrece un notable retablo de época, preñado de cinismo, dentro de un ejercicio de amor por el teatro en lenguaje cinematográfico puro, transiciones visuales potentes y la cámara alternando ritmos narrativos de allegro y adagio, acordes con las sensaciones y vivencias del elenco. Acompañada en todo momento de una banda sonora que alterna compases célticos con aproximaciones al barroco cortesano y se convierte en un personaje más, narrador de las pulsiones de los protagonistas. 

Ejercicio metateatral, de continuas referencias para el aficcionado sagaz; incluso se refieren a los personajes de Punch y Judy, aquellas violentas marionetas de cachiporra, íconos del teatro británico; que convierte el texto en uno de los puntales sólidos de esta producción. Si nuestro solar patrio respirara la admiración por su Siglo de Oro que los ingleses sienten por su era dorada, otro gallo cantaría. La narración del ascenso y caída de Edward Kynaston, está planteada en clave adulta. No es un film complaciente o edulcorado, ni un cuento de hadas de la Restauracion, aunque incluso en las escenas más cruentas adquiere un tono satírico y distanciador, no exento de humor. Edward es un personaje exiliado de sí mismo, educado durante años para imitar las inflexiones, los gestos y modos de mujer, no sabe encontrar su propia identidad, y se convierte en amante del Duque de Buckingham (notable Ben Chaplin) En uno de sus diálogos, se encuentra lo que puede ser un fallo de scrip o de traducción, ya que es difícil que un noble de esa época descargue una frase como “ igual me dejo caer por allí” El amor entre bambalinas que Marie siente por el andrógino actor, es abnegado al tiempo que práctico, ya que es una mujer fuerte, que además de imitar y mimetizar los gestos, sus recursos escénicos y movimientos, utiliza el tiempo libre para actuar de incógnito; disfrazada, en un teatro suburbial. El trajín de idas y venidas en esta primera parte, contrapunteado por melodías célticas (reminiscencias Lords of the Dance) imprime un ritmo visual casi de Comedia de puertas (otras vez el metaeatro). El plantel de secundarios, de lujo, Rupert Everett (La Boda de mi Mejor Amigo, Un Marido Ideal) y Tom Wilkinson (Full Monty, ¡Olvídate de Mí!), apuntalan el edificio de una trama donde el rey es un tipo caricaturesco, excéntrico y con un satírico humor de lo más brithish, y el director del teatro, un hombre cabal y práctico que ama la escena y vive para ella. Sin olvidar la pizpireta Nell (Zoe Tapper), amante del rey, toda vitalidad; que protagoniza algunas de las escenas más picantes y políticamente incorrectas. La cortesana, actriz aficionada, sirve como eje motor de la trama que permite a la mujer volver a las tablas. Este hecho significará el ascenso de María como figura teatral y el descenso a los infiernos de Kynaston, que termina en un antro interpretando canciones obscenas y procaces, como una burla de sí mismo. María acude a rescatarlo para hacerle encontrar su propio ser. Kynaston la ayuda con su personaje  Desdémona en la representación de Otelo, interpretando al pérfido moro. 

Durante el último acto, y ante el asombro de los espectadores, exorcizan todos sus demonios interiores. Aunque presentado como un tratado sobre la confusión, el final  requerido no  es el esperado por los palomiteros, y deja en el aire la conclusión. Belleza Prohibida es un juego de espejos ambiguos, con escenas notables y diálogos inteligentes (algo que se agradece) chispeantes y equívocos. Parábola sobre la resistencia al cambio y las injusticias  sociales, colmada de geniales secuencias, como la comida en el Palacio, el instante en que el director del teatrucho clandestino se refiere a los senos de Claire Daines (Es ilegal que esas suban a escena), o el escabroso diálogo en el carruaje, donde dos damas petimetras han invitado al actor/actriz, para ver que morboso tesoro oculta bajo sus ropajes. La historia de un hombre condenado al ostracismo, despechado por su amante por no ser femenina, admirado por su interpretación por no ser masculina, incapaz de interpretar, por no saber que es realmente, está llena de amor al teatro, aunque las transiciones y ritmo sean claramente cinematográficos. No en vano el multipremiado Richard Eyre fue director del Royal National Theatre, donde produjo más de 100 obras (sin olvidar la oscarizada Iris) y está basada en la obra de teatro “Compleat Female Stage Beuty” de Jeffrey Hatcher (quien hace la adaptación al guión). Esta es una película románticamente incorrecta que posee no sólo solidez narrativa y textual, que se adentra profundamente en la psicología de los personajes, en un muestrario de miserias, sevicias, ignominias y dudas. Apoyando todo el edificio sobre la interpretación, fresca, sensible, cercana, cotidiana de una Claire Daines inmensa en su sencillez, y en el lenguaje equívoco; gestual y vital; de Billy Cudrup, en una difícil perfomance por su cercanía a la caricatura, o su peligroso sesgo patético, pero que ambos superan con creces. Belleza Robada es obra notable desde todos los ángulos. No precisa comparaciones ni modelos a seguir. Su propia inteligencia, atrevimiento, su diseño de producción, y ese impactante final en la representación/catarsis de Otelo son todo un testimonio de vida, amor al teatro y de talento narrativo. Solo este talento hace que admitamos que en 1660, los actores supuestamente negociaban contratos con porcentajes de taquilla, como estrellas de Hollywood, y que Kynaston se convierta en pionero del método Stanislavski, ofreciendo la interiorización del personaje y el naturalismo, enfrentada al amaneramiento,  la impostada afectación y artificialidad  del teatro de la época. Una broma interna que no lastra la veracidad del personaje.


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