Google+ Followers

jueves, 29 de enero de 2015

THE GRAND MASTER (El Arte de la Guerra) 2013


Era tarea compleja retornar a la biografía; más o menos novelada; del que fuera maestro de Bruce Lee después de la notable Ip Man, interpretada por un solvente (en lo marcial y lo interpretativo) Donnie Yen. Difícil de creer, si el que nos regala este biopic es nada menos que Wong Kar-Wai, dirigiendo a su actor-fetiche. Otro hongkonés. Una estrella del cine asiático como Tony Leung (Hero, Chungking Express, CycloDeseando Amar). La modelo y actriz Zhang Ziyi ameriza en este particular experimento visual, después de haber participado en hitos del cine de temática oriental como Tigre y Dragón, La Casa de las Dagas Voladoras o Memorias de una Geisha, haber sido nominada a los BAFTA y a un Globo De Oro, y colaborar en el video de Coldplay “Magic”. El director de la novedosa Deseando Amar, nos transporta a los años de la invasión japonesa de China. Ip Man debe representar a la zona sur de china y salvaguardar su estilo de lucha frente a las provincias del norte. Pero en el camino se le cruza Gong Er (la hermosa Zhang Ziyi) guardiana del estilo kungfu de las Sesenta y Cuatro Manos. Es el inicio de un amor imposible a través de los años. El director dota a la producción de unas tonalidades sepia y colores fríos, huyendo del cine de artes marciales tradicional y del biopic al uso, regalando sus habituales incursiones en espejos empañados y puertas para evocar el pasado. El director de la infravalorada My Blueberry Nights, trata de evitar la etiqueta de cine de mamporro, utilizando la evocación interior como arma. La dilatación del tiempo y el intimismo como instrumentos. 






















 



Pese a ello, alguna secuencia lleva impresos los estilemas del cine marcial oriental, no pudiendo evitar la desmesura en las técnicas, las perfomances físicamente imposibles, o esa querencia que lastra las producciones, de enfrentar a los litigantes con la ley de gravedad, con piruetas improbables y antinaturales. Incluso cuando la plástica es tan hermosa y la coreografía técnicamente abrumadora, estos excesos con referencias heredadas del más clásico (y casposo) cine marcial de los setenta, chirrían en un conjunto visualmente estilizado y hermoso. Producto enfocado a mostrar la identidad cultural y riqueza del acervo chino, al espectador occidental le resulta difícil comprender este modo de vida pausado, melancólico, trágico y de aceptación, pero capaz de explotar con una pirotecnia luminosa. Eso si, respetando tradiciones y normas hasta en los intensos momentos de cuerpo a cuerpo. A este tipo de cine se puede acceder desde dos vertientes distintas, pero complementarias. Como “connaiseur” del andamiaje marcial se podrá disfrutar de las coreografías y detectar las técnicas, los excesos y la eficiencia plástica. La otra opción es centrarse en la estructura dramática e interpretativa y pasar de puntillas por las escenas cuyo contenido técnico se escapa como una leve mariposa. 

Quienes poseen lo mejor de ambos mundos, pueden degustar estos manjares con intensidad absoluta. A partir de la enérgica escena inicial de lucha bajo la lluvia, queda patente que se trata de un ejercicio de autor, con cámara lenta, eliminación de frames por segundo, primeros planos sostenidos, nada que ver con el cine de apósitos y mamporro. Intenso esfuerzo el de Tony Leung, mucho menos versado en estas artes ancestrales, que la ¿frágil? bailarina Zhang Ziyi. Los intensos diálogos, la filosofía vertida en esos retazos de vida que comparten, la delicadeza de los sentimientos y la capacidad para enfrentarse a la tragedia, alejan a este film de cualquier otro experimento físico sobre lucha (y también lo alejan del espectador occidental), del cine adocenado de saltimbanquis. Conceptos como el honor, la honradez o el sacrificio son ajenos a los tiempos que corren. El amor imposible entre los dos maestros de lucha es similar al de los protagonistas de Deseando Amar. La eficacia espartana y economía de medios del Wing chun, frente a la coreografía y plasticidad del estilo practicado por Zhang Ziyi, deviene metáfora de un amor condenado. La secuencia de lucha entre los dos imposibles amantes, carece de toda violencia semejando un cortejo sensual, una onírica danza de respeto mutuo y atracción. El director combina su habitual estilo en interiores, bares o angostos callejones, con las escenas rodadas bajo la lluvia, en la nieve o entre las brumas de un andén ferroviario. Concede una importancia trascendente a la percepción de sonidos, roces, arrastre de pies, dotándolos de fisicidad como un personaje más en la coreografía.



El cromatismo lánguido que imprima la obra como un lienzo historico (Philippe Le Sourd), se rompe frente al vitalista colorido de las cortesanas del Golden Pavillion, lugar de reunión de eruditos, destilando una referencia a su compatriota Zhang Yimou, que en Las Flores de la Guerra ya trató el tema de los prostíbulos durante la ocupación japonesa. Acusando el recorte de metraje inicial (cuatro horas), quizás en la versión extendida se rellenaran huecos y despejaran incógnitas para el espectador. La interpretación de Leung y Ziyi son capaces de trasmitir que el verdadero combate se libra en el interior. Y esta es una lucha donde no hay vencedor ni vencido. No es esta la primera incursión del autor en el mundo del wuxia, ya realizó la notable (y masacrada en el montaje) Ashes of Time (1994), pero incluso en estas producciones más dinámicas siempre subyace el Wong Kar- way pleno de sensibilidad.            


Un escriba de las emociones y la dictadura del tiempo. Mosaico del cuerpo como plástica marcial, meditación visualmente barroca sobre la infalibilidad del destino, experimento rompedor de fronteras temporales y narrativas, la lucha del cantonés es consigo mismo más que con sus contrarios. Detrás de ese funambulismo audiovisual, se agazapa lo etéreo de la existencia humana. Impagable ese final que, sustituyendo los actores por otros occidentales, podría figuran entre los grandes clásicos de las décadas de oro. Primeros planos de Zang Yiyi, dónde una sola lágrima destila todo el dolor del mundo y la escena en el callejón, alejándose para siempre, hacen que esta película merezca la pena a pesar de su dispersión narrativa en distintos niveles, como esa partida de ajedrez a que se refiere Gonr Er (Zang Yiyi) y que da por terminada en ese tristísimo (pero estimulante) epílogo de esta aventura humana contra el destino. Cierto que este no es el poeta de la imagen fascinante de Deseando Amar, el revisitador oriental de la “nouvelle vague”, el perpetrador de Happy Together que se empeña en rodar sin guión, ni siquiera el realizador que drige actores occidentales (Jude Law, Natalie Portman) en la incomprendida My Blueberry Nights. Pero es cierto que nos encontramos ante una película notable, apreciable en lo estético y lo humano. Con instantes que permanecen en la piel después de los títulos de crédito. A diferencia de las otras realizaciones sobre la biografía de Ip Man, el epílogo no incide (ni siquiera lo nombra) en la personalidad del niño que comienza a entrenar en su Dojo. Con los años se convertiría en leyenda. Sobran las palabras.

miércoles, 28 de enero de 2015

LA MALDICIÓN DEL ALTAR ROJO. 1968


Acercarse a una obra de estas características precisa de una toma de posiciones difícil y solicita ciertos sacrificios cinéfilos. Tratándose de un film realizado en un periodo clásico del género fantástico, con un elenco que para el mitómano resulta enormemente atractivo; y lejanamente basado en una narración de Lovecraft; contiene todos los ingredientes para ser adorado como objeto de culto sin razonamientos; desde la visceralidad del aficionado acérrimo; o ser vilipendiado por el crítico exigente al que no le sirven las nostalgias ni las adicciones. Aquel que busca la perfección técnica en cada fotograma y expresión. La Maldición del Altar Rojo es uno de esos cócteles tan afines al fantastique, que se preparaban agitando viejas glorias y aderezándolas con un terroncito de dislate y desparrame conceptual. En esta ocasión, la vieja guardia está formada por tres solventes leyendas del cine de sustos británico: el carismático Chistopher Lee, Boris Karloff y la etérea musa del terror italiano: Barbara Steele. Añadamos en la coctelera el eficiente secundario; vieja figura (e imprescindible) de las producciones Amicus; Michael Gough, y la cena estará servida. Al elegir un relato del maestro de Providence para desarrollar el guión, los responsables no debía ser conscientes de en que tipo de  terreno pantanono se estaban metiendo. Adaptar el universo lovecraftiano a la pantalla es una tarea ardua y resbaladiza, como las criaturas sinuosas del escritor de Rhode Island. 


Howard Phillips Lovecraft renovó la narración clásica del cuento de terror, dinamitándola y creando toda una cosmogonía (el sueño de cualquier autor) que se ha transmitido y convertido en icono cultural y referente plástico. Un mundo donde lo cósmico muda en cotidiano, lo extradimensional en aprensible, y las pesadillas pueden acercarse a nuestros dormitorios a través de portales sobrenaturales."Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn"A diferencia del maestro Poe, cuyas narraciones independientes y autoconclusivas, tan sólo constituyen universo personal  como  concepto generalista de coincidencias temáticas, alrededor de aquello que altera la lógica cotidiana. Por mucho que se empeñase Roger Corman en darles unidad cromática y temática, en adaptaciones bizarras para su ciclo de Poe (La Máscara de la Muerte Roja, Ligeia, etc) Mientras que H. P. Lovecraft, con sus Mitos de Cthulhu (de extraña pronunciación) asentó las bases de una metaliteratura, convirtiendo estas narraciones en fuente de colaboración de numerosos escritores (denominado  Circulo Lovecraft), que desarrollaron fantasías en torno a los mismos universos y obsesiones viscosas. Creador de una mitología en relación a lo inesperado y lo probable, comparable a los universos nacidos de la pluma de Tolkien en el fantástico épico (El Señor de los Anillos), o de Robert E. Howard, padre de la Era Hyboria, imaginario cosmos  donde descabezaba indeseables Conan el Cimmerio. Pletórico de fuerzas sombrías, entidades amorfas y resbaladizas o fuerzas antinaturales, el universo barroco del solitario creador tiene difícil plasmación en la pantalla. 
Prueba de ello son los numerosos fiascos que se han perpetrado en su nombre o “lejanamente inspirados”. Resulta árida empresa enumerar las adaptaciones que el creador del Necronomicón, libro mítico buscado por algún despistado en las bibliotecas, ha tenido en el cine o en la televisión, hasta llegar a influenciar en series de gótico sureño como True Detective, o la enorme (y rastreable) influencia sobre escritores como Stephen King o Bentley Litle, o el mundo mediático (el asilo Arkhan de Gotham City (Batman) fue invención suya. Las religiones pervertidas, los oníricos seres arquetípicos nacidos de su; voluntariamente arcaico; vocabulario han visto la luz en diversas ocasiones. La mayor parte de ellas con escasa fortuna. El Palacio de los Espíritus fue la aproximación del stajanovista Roger Corman a la cosmogonía del literato en un relato mediocre visualmente; además de embustero, ya que lo titularon como un poema de Poe, pensando en la comercialidad cuando está basada en la novela El Caso  de Charles Dexer Ward. Otra de las adapaptaciones que mezcló los mundos del “solitario de Providence” y el dipsómano Poe, fue Die, monster die. (1965), insólita mezcolanza de La Caída de Casa Usher (del autor de Baltimore) con El Color que cayó del Cielo, con un cromatismo kistch y fotografía atractiva. La larga lista repasa mutaciones y lejanos parecidos con bodrios como Reanimator, dignas referencias (El Resucitado. 1991), incursiones castizas (Dagón, con Paco Rabal), o la curiosa transcripción al cine silente “La Llamada de Cthulhu (2005)”. La televisión también ha tomado nota de sus creaciones, en series míticas como Night Gallery y su episodio número 18 (Aire Frío) un relato convincente y digno, o El Modelo de Pickman, episodio desarrollado en un Boston Victoriano, y arruinado por la mostración final  de la criatura (ya lo dijo Jacques Tourneur: Sugerir, pero no enseñar). 



La otra serie que intento traducir el texto escrito a imágenes fue Masters of Horrors, con el episodio, cuyo original que también lo es del guión de La Maldición del Altar Rojo. El capítulo titulado: Tras las Paredes, nos regala una adaptación de Sueños en la Casa de la Bruja, bastante más fiel al original, que su referente cinematográfico. En cuanto a prestamos culturales, un repaso al guión de la formidable serie True Detective, donde las influencias de Ambrose Bierce, August Deller y todo el gótico norteamericano revolotean como cuervos. Aunque rastreando las tentáculos de su  vasto mundo de arcanos y primordiales, podremos encontrarlas en un amplio panteón  que abarca desde Erick Von Däniken y sus dioses astronautas, hasta las franquicias de Marvel y sus cósmicos villanos, sin olvidar el rastro dejado en las películas de terror nipón, para desembocar en  el monstruo trimandibular de Alien. Pero su traslación definitiva de la literatura en papel a la literatura visual del cine, aún tendrá que esperar. El principal escollo se encuentra en su estilo ampuloso, en primera persona y la percepción subjetiva que los personajes tienen al enfrentarse a los horrores (Ya rillegg Cthulhu!!). Hay un abismo entre describir la percepción que se tiene de un ser viscoso, que se arrastra en oscuras dimensiones (o acecha en el umbral) y su exposición visual en la pantalla, donde pierde todo el factor imaginativo que aporta la subjetividad del lector. Narraciones como La Sombra Sobre Ismouht, Las Ratas en las Paredes y El que Acecha en el Umbral, o la inquietante Los Perros de Tíndalos, tendrán que esperar todavía algún genio del celuloide para su interpretación audiovisual. El director del film, Vernon Sewell, fue un fecundo artesano de SERIE B, vertiente fantástica, con obras notables como The Blood Beast Terror, autor de un clasicazo “Ghost Ship” como tarjeta de presentación. Curse of the Crimson Altar es una obra de escasas pretensiones, cuya mayor baza es la presencia conjunta de grandes iconos consafgrados del fantástique, sin llegar a esa tendencia decadente denominada “coctel de monstruos” en que degeneraron algunas de las ideas de productoras tan solventes como la Universal (La Zingara y los Monstruos, La Mansión de Drácula) cuando no desatada comedia autoparódica (El Club de los Monstruos) o casposo producto carpetovetónico, perpetrado por el ínclito Paul Naschy: Los Monstruos del Terror, El Carnaval de las Bestias



En aquella época, floreciente para el género, en Inglaterra convivían productoras dedicadas casi exclusivamente a esta tendencia cinematográfica. Capitaneando el barco la Hammer Films, exportadora de mitos, de cromatismo manierista y sexualidad efervescente, en tanto Amicus, especializada en cine de skets autoparódicos y con un humor negro apreciable. Y junto a las “mayors” peleaba la Tigon, que produjo esta película, aplicando algunas de sus características: el escaso  cuidado en el detalle  o la atención al costumbrismo. En La Maldición hay instantes en que el vestuario recuerda algún desfile de carnaval, como esas mazmorras de la inquisición intentando emular el erotismo Hammer con vocación casposa, o el atuendo diseñado para la numen Barbara Steele (maquillaje marciano incluido), recién cosido para un parque de atracciones del Medioevo. La actriz, ya convertida en mito, había protagonizado la mítica cinta de Mario Bava “La Máscara del Demonio”, convirtiéndose en la reina del terror de bajo presupuesto. Merced a su peculiar físico, un rostro que mezclaba inocencia, con el aspecto de recién salida de la tumba, la mirada de una alienada y la turbiedad del otro lado, consiguió papeles como “El Pozo y el Péndulo (Corman) o El Largo Cabello de la Muerte. En los setenta fue abandonando el cine hasta convertirse en referente cardinal en los cenáculos culturetas, e icono para los nostálgicos y frikis del fantaterror más irredento. Incluso el grupo germano Boom Boom Chuck & the Sychedelic Berrys, le dedicó una canción a sus ojos (The Eyes of Bárbara Steele). No iba a ser Bette Davis la única en tener una canción admirando sus peculiares ojazos. Mientras la Hammer se especializaba en mostrar esculturales mozuelas de escaso atuendo (Prehistoric Women, Hace un Millón de Años, She) a vampiras en negligé, sus competidores hacían lo que les permitía su presupuesto e imaginación. No hay que olvidar que una película tan extraordinaria como The Flesh and The Fiends*, nació de las mazmorras de Tigón, con Peter Cushing capitaneando la nave de un clásico a revisitar. Chistopher Lee, es con mucho lo mejor de la función, aportando esa sobriedad y elegancia “brithits” (en la mejor escuela de Peter Cushing) que le caracterizaba. Karloff luce con corrección, como siempre. Sus planos revelan el solvente actor que era, desconocido para el público, debido a sus más emblemáticos trabajos (Frankenstein o El Resucitado) alejado de sus papeles más completos (Beldham, La Patrulla Perdida, o la recuperable El Ladrón de Cadáveres, disección sobre los primeros experimentos de la naciente cirugía). Las escenas en que dialogan estos dos actores son lo más eficiente de este film que, aunque mediocre, merece ser rescatado de los anaqueles polvorientos del olvido por diversos motivos.



La Maldición del Altar Rojo es menos gótica y más costumbrista que el resto del género de la época, como corresponde a su productora. Es “terror ye-yé” en estado puro (la escena del baile pop semiorgiástico; con reminescencia pagana; nos remite a tiempos pretéritos) con referencias a las experiencias lisérgicas, mucha bota alta de latex y faldas-cinturón, comocorresponde a una película situada en plena época contracultural. En cuanto a las escenas sicotrónicas que revive en sus pesadillas el protagonista, viajando  al pasado, la iconografía es netamente de portada de revista pulp. Prevaleciendo ese erotismo bizarre de perfil bajo, con ropajes semidestrozados,  o ceremonias que precisan de una estación del año bastante calurosa a juzgar por la falta de ellos. Impagable el maquillaje travelo de la Steele o el extraño monje, o el secundario con cuernos de ciervo jugando a las cartas. Ninguna posibilidad tenía este pastiche de enfrentarse a films míticos como “El Experimento Quatermass” o Twins of Evil, que por entonces barajaba la  Hammer. Aunque si tomamos como refrrente, lo  que andábamos perpetrando por aquí: hombres lobos gallegos de tupés imposible, astracanadas seudoeróticas, vergonzantes monstruos carpetovetónicos, spaguetty wenstern, etc. Tampoco la película escapa demasiado mal parada. Por otra parte,  sus rivales de Amicus exprimían el terror sicológico, con escasa hemoglobina y abundante inteligencia en clásicos como Dr.Terror, Dro Who y los Dalek (aportación cinematográfica a la inabarcable serie), El Sicópata, del solvente Freddie Francis o Torture Garden




Las compañías solían compartir intérpretes y directores (Lee, Cushing, Roy Ward Baker, Pleasance) algo lejano del férreo sistema de productoras de EE. UU. Barbara Steele interpreta a la bruja Lavinia, directamente rescatada (y adulterada) de los textos de Lovecraft, aunque su presencia es meramente testimonial. Mark Eden como  protagonista principal es algo descafeinado y no se puede enfrentar interpretativamente a Lee, ni a Karloff, pasando sin pena ni gloria. En los últimos tiempos Hammer se ha reinventado. Produciendo obras apreciables como Dejamé entrar (Let me in. 2010) revisitando la temática del vampiro o la obra; visualmente gótica; La Mujer de Negro con el renacido interprete de Harry Potter. A nivel arquitectónico esta maldición, es deudora del cine de la época: interiores abigarrados, laberínticos decorados, plano contra plano de actores acreditados en el género y que hacen creíble lo grotesco y anécdota estirada hasta el final. Le tocó convivir el mismo año en que se iba a dinamitar el espacio del cine de terror, con filmes como La Semilla del Diablo o La Noche de los Muertos Vivientes. El concepto clásico estaba muriendo frente a la reescritura del género de maestros como Polansky o George A Romero. Nada de esto le resta su patina de producto kistch para consumo exclusivo de nostálgicos, serie B de explotación. Buena fotografía de John Coquillon, para un manjar reservado a fervorosos adoradores, a quienes no detenga la falta de carisma, o la irregularidad del conjunto. Como curiosidades cinéfila: Esta es la primera película de terror donde aparecen bomberos. No trate de localizar el mentado Altar Rojo. Simplemente, no se encuentra.









lunes, 26 de enero de 2015

INSOLACION. Teatro López de Ayala

                                               
Para escribir Insolación Emilia Pardo Bazán se aleja del naturalismo y del triunvirato que se había formado literariamente en torno a este estilo; con Leopoldo Alas y Benito Perez Galdós; para adentrarse en la psicología de los personajes. Novela de un feminismo cabal y militante donde se da un repaso contundente a la doble moral y la situación constreñida de la mujer en la sociedad. Asís Taboada es un pija marquesa decimonónica, delicada viuda de conducta irreprochable, piadosa y acomodada. Un ejemplar de raza, de aquella España de cerrado y sacristía que versificaba Machado. Pero Asís desconoce las características físicas que acompañan a la pasión amorosa. Su encuentro con Diego; un resabaiao gaditano de armas tomar; la hará replantearse todos sus afectos (y deseos más profundos) para enfrentarse a la moral imperante en busca de la felicidad. La obra comienza in res media, cuando la protagonista sufre una fuerte jaqueca debido a la insolación, producto de su excursión con el calavera Diego a la romería de San Fermín. Una puesta en escena austera, escueta e imaginativa, con un decorado que se transforma y se utiliza para enlazar las diversas escenas o llega a convertirse en lámina daliniana en la última parte. 



Los personajes de Jose Manuel Poga (con referencias de Magritte) y Pepa Rus, permanecen en fotográfica quietud (hermoso recurso visual) mientras se desarrolla la escena culminante entre la reprimida Asís (El Norte) y el seductor Diego (El Sur). Un final abierto, inconcluso, acorde con el espíritu de la obra no nos revela el resultado final, o el futuro del enfrentamiento de la protagonista con la convención social y la moral imperante. La obra fue clasificada por Clarín con una carga sexista que la situó “entre la obra pornográfica y la artística”, clara demostración de que; incluso un anticlerical confeso; estaba influenciado por la asfixiante moral imperante en la época. No era nada nuevo. Eça de Queiroz también sufrió furibundos ataques por su libro O Primo Basilio

En el caso de Insolación, la gravedad era mayor, por que se trataba de ¡una mujer! La introducción de la obra (el coloquio en casa de la marquesa) es un hachazo frontal a un país carpetovetónico. Es la disección entomológica de una España negra y profunda, llena de tópicos, huidiza de esa luz que domina el escenario en forma de globo solar, llena de tertulias aparentemente ilustradas, de salones de té, donde la apariencia y las buenas maneras ocultan un mundo soterrado de pasiones, hipocresía y deseos frustrados. Texto casi autobiográfico, la pasión de la aristócrata y el disoluto andaluz levantó ríos de indignación, en una sociedad pacata y manipulada moralmente. No en vano además del componente de liberación femenino, se atisbaba un guiño para acabar con las separaciones de clase en aquella España del diecinueve. 


El multipremiado Pedro Villorra ha efectuado un difícil traslado desde la subjetividad del texto decimonónico en primera persona, y lo ha dotado de una estructura dramática dinámica y vanguardista. No es la primera vez que Maria Adánez pisa las tablas de este teatro. Ya lo hizo con aquella excelente versión de El Principe y la Corista (Terence Rattigan) arropada de Emilio Gutierrez Caba, y con eficaz adaptación de Molina Foix. En aquella ocasión, Maria Adánez componía una corista Elsi Marina dulce, casquivana (indudablemente hermosa), pero fuerte. Capaz de depositar sobre el espectador la nostalgia de aquello que pudo ser, en la escena final. Su composición en esta obra fue merecidamente premiada. Maria Adánez es de esas actrices capaz de combinar en sus personajes una feminidad a flor de piel con un carácter enérgico. La dulzura, con una contundente personalidad. Su trayectoria teatral, enriquecida con obras como La Señorita Julia, Las Brujas de Salem o La Tienda de la Esquina, es un referente de calidad para el espectador curtido. En esta ocasión la marquesa interpretada, es fuerte y señera como aquella, pero debe enfrentarse a las dificultades de una época para encontrarse a sí misma. El elenco, a quien el espectador reconocerá por su vertiente televisiva, que no les permite la versatilidad del escenario, las inflexiones, los matices y; sobre todo; la faceta de improvisación, es conocido por su participación en diversas series televisivas. Ésta coherente; y cómplice; estructura de interpretes es la que sostiene el aparato dramático. Un cuadro de excelentes actores capaces de componer personajes palpitantes y cercanos. Chema León (Hospital Central, Amar en Tiempos Revueltos) compone un visceral Don Juan. Un carismático “pisha” (de Caí, vamos), bordando un personaje vividor con gracejo, pero con hondas pasiones. Jose Manuel Poga (Grupo 7. La Que se Avecina) es el vértice de este triángulo amoroso, derrochando buen hacer en un ingrato papel con doble moral: individuo que resulta ser peor que aquello que crítica. A Pepa Rus (Aída) la disfrutamos por partida triple, desempeñando los roles de la progresista Duquesa de Sahagún, una ventera vital y dicharachera, o como la tierna criada Ángela. En todas derrocha ese “savoir faire” y comicidad, esa vis cómica; intuitiva y espontánea; que atrapa al espectador. Texto reivindicativo y progresista, llevado a las tablas de la mano de Luis Luque (de quien ya disfrutamos Diario de un Loco) que regala un espectáculo ameno, pero militante. Entretenido, pero docto. Gracioso, pero no exento de recámara y mala leche. Destacar la escenografia de Monica Borromello, que con ese sol asfixiante, consigue transmitir la simbólica claustrofobia de los interiores (condicionamientos sociales), frente a la luz exquisita y el viento exterior, que comienza a vislumbrar Asís Taboada, conducida firmemente por María Adánez con riqueza de matices y recursos. Un canto a la independencia y al libre albedrío del ser humano, independientemente del sexo o la condición social. La luminosa música de Luis Miguel Cobo, combina un precioso vals como “leiv motiv” con pinceladas costumbristas, siendo colofón adecuado para una obra compacta, redonda, certera y agridulce, como el cuarteto protagonista. ¡Chapeau!


viernes, 23 de enero de 2015

PARA ELISA.2014


                                                      


Cada vez hay más jóvenes realizadores que se decantan por el fantástico o el terror para elaborar sus operas primas, iluminados por el faro de aquellos que han obtenido sus laureles como neófitos en un difícil, y a la vez gratificante, género que acoge gran número de aficionados y seguidores. Arriesgarse forma parte del juego y el resultado puede suponer el lanzamiento del director o la indiferencia, pese a que el esfuerzo para poner en pie el edificio es el mismo en ambos casos. Para Elisa se halla a medio camino entre el cortometraje y la cinta estándar, ya que no encontramos ante un extraño híbrido infrecuente en la pantalla: el mediometraje. En sus 70 minutos, la película es oferente y prometedora de otros menesteres, para luego coquetear con el lugar común y el adocenamiento. La historia de una estudiante, que como fuente de ingresos, recurre a un anuncio para ejercer de canguro, la llevará a un mundo paralelo, donde una antigua pianista sicotica mantiene a su hija vestida como una muñeca de porcelana, en tanto le busca otras compañeras para su colección. Con referencias a The House of the Devil  o joyas como A L´interieur, la cinta esta dotada de una fotografía apreciable y maneja el tema musical principal (Para Elisa) como un instrumento más de inquietud y desasosiego. La promesa inicial se va transmutando en cliché a pesar de la notable interpretación de Diamantina (la pianista sicotica) y las esforzadas perfomances de las jóvenes Ona Casamiquela y Ana Turpin, con un reto como es equilibrar la desmesura con la naturalidad, particular reservado para actores muy curtidos. Lo peor es cuando la trama se introduce directamente en el “gran guignol” con ramalazo gore, cuchillo de carnicero y miembro amputado como toda referencia. Cierto es que se evita convertir a la protagonista en un “scream queen”, y esta falta de gritos se debe en parte a la pócima paralizadora que la pianista echa en la bebida, por lo que el “tour de force” de la protagonista se basa en comunicar la angustia de esa parálisis a la hora de escapar. Bebiendo claramente de fuentes como ¿Qué fue de Baby Jane?, Psicosis, Muñecos Infernales, o de Misery en la escena de quebrantamiento de las piernas, el resultado final deja insatisfecho al espectador. Por no faltar, se nos regala el consabido plano de muñeca de porcelana victoriana para crear inquietud. Destacable la secuencia en la comisaría donde el novio de la joven acude a denunciar su desaparición y se encuentra con dos policías (Pep Antón Muñoz y Enrique Villén) dos émulos de Pepe Gotera y Otilio; mezclando café con el boligrafo; que ningunean la situación y le mandan a freír espárragos, basándose en el protocolo. Esto si que es verdaderamente terrorífico. Sin perder el aroma de cortometraje engordado, este producto fallido contiene sin embargo el germen de lo que podrá dar de si en un futuro Juanra Jiménez. Hay creación de atmósfera. En ciertos momentos se transmite la angustia, pero se desaprovecha dotar a los personajes de psicología y se abusa del lugar común. Como curiosidad reseñar que la composición llamada Para Elisa, tan conocida por los alumnos de preparatorio, se denomina así por una errónea trascripción ilegible del autor y debería titularse Para Therese. Si en alguna ocasión le invitan a café en un caserón repleto de muñecas de porcelana, tules y puntillas, utilice su mejor excusa. No acuda.


miércoles, 21 de enero de 2015

THE EXTRAORDINARY TALE. 2013

                                            
 Título original

The Extraordinary Tale of the Times Table
Año
2013
Duración
79 min.
País
 España
Director
José F. OrtuñoLaura Alvea
Guión
José F. Ortuño
Música
Hector Perez
Fotografía
Fran Fernández Pardo
Reparto
Aïda BallmannKen AppledornMari Paz Sayago
Productora
Acheron Films / Dosdecatorce Producciones / Áralan Films S.L.
Género
ComediaDrama | Comedia negraRealismo mágico




Gratificante y estimulante sorpresa en el panorama creativo patrio. Obviamente por su contenido y propuestas; para otro sector; se convertirá en estomagante e insufrible castigo. Film de nacencia andaluza, pero de factura e inteligencia universales. Insólita y valiente empresa que bebe directamente de Jeunet (Delicatessem); argumental y cromáticamente; que recibe influencias de Amelie y Tímidos Anónimos, con respaldo soterrado de la pesadilla lynchyana (Cabeza Borradora), para; en su segunda parte; devenir en negra comedia, de clara vocación polanskiana


Una rareza deliciosa, con todos los puntos para convertirse en obra de culto coleccionable en los cenáculos culturetas. José F Ortuño y Laura Alvea nos regalan un homenaje cinéfilo que pasea por el cine mudo (Keaton, Chaplin) de latencia naif, hasta desembocar en la comedia negra mas vital y perspicaz. La historia desmesurada, encantadoramente pueril; de una elegante extravagancia; de la mujer-niña que se ha criado en una buhardilla de colorido inverosímil (y que decir de su vestuario) recogiendo su aprendizaje sobre el mundo de los libros, o escuchando a los vecinos a través de la pared, está narrada con una frescura y desenfado que hacen olvidar su peligroso equilibrio entre humorada negra y realismo mágico. 


Impregnada de un romanticismo “fou”, desmesurado (como toda ella), la fábula de amor entre dos almas gemelas, a través de las cartas redactadas en una maquina de escribir, está acompañada de una excepcional (y ditirámbica) banda sonora, impregnada de vitalidad y ritmo hiperbólico, que se acomoda como un personaje más a los estados de animo y vivencias. La eficaz partitura de Héctor Pérez, rememora acordes de barrio bohemio o introduce un sentimental teclado en los momentos intimistas, para describir musicalmente el devenir y la relación entre la enferma de anhedonia (extraordinaria Aida Ballman) y su comprensivo amante el actor afincado en España: Ken Applendorn.




De un romanticismo políticamente incorrecto, esta parábola agridulce sobre la incapacidad para la maternidad, encuentra una actriz en estado de gracia con los recursos expresivos necesarios, que abarcan desde la revisitación del clown hasta el infantilismo mágico del cuento de hadas. Con un desparpajo gestual pasmoso y equilibrado dominio del “gag” visual.  Prueba irrefutable de que el talento, reñido con las subvenciones de la “casta” cinematográfica, los escasos presupuestos y el tiempo ridículo de rodaje, puede florecer en una pequeña joya de la cual deberían aprender los directores aforados al capital y al sufragio de Ministerios mecenas. Un escenario opresivo, una pieza de cámara para terceto (los dos protagonistas y la madre). Los actores no salen de las cuatro paredes de la casa. La vocacional huída argumental del cine patrio más reiterativo (rancias comedias urbanas con reprimido sexual, o el postrero bodrio sobre la Guerra Civil), elevan la ecuación de esta película al cubo de la cinematografía valiente y creativa. Humorístico acercamiento a la dificultad de la convivencia y la paternidad (a lo cual contribuye, no poco, la presencia inquietante del niño zangolotino). Bizarrada en color rosa con final nada acomodaticio, las escenas en que la protagonista intenta acercarse; infructuosamente; al desconocido mundo de la maternidad están solventadas con pericia. Navegando entre el slapstick y el comic más desatado. Destacar la secuencia donde la pareja se acerca al mundo del sexo a través de un libro. El peregrinaje de estos dos outsiders, de infancia complicada, tenía que acabar necesariamente en naufragio y en un abrupto final abierto, donde se deja a juicio del espectador lo que ha podido suceder con el “enfant terrible”. Ballman compone una Melibea sin nombre, (a su pareja lo conocemos como “querido amigo), infantiloide, que no ha recibido instrucción sobre la vida; su madre solo le enseñó a multiplicar; encantadora, e incapaz de superar las vicisitudes de la maternidad. The Extraordinay Tale llega cargada de premios fuera de nuestras pantallas. Un cuento de hadas con mala leche, como todos si los analizamos detenidamente, que parece nacido de una  pesadilla de Tim Burton, introducida en la turmix junto al universo de Wes Anderson Una sorpresa, de fresca teatralidad e ingeniosa sátira, que al espectador adocenado y medio se le atragantará a la altura del esófago. Bon Apetit!



lunes, 19 de enero de 2015

DALLAS BUYERS CLUB. 2014

                                                     




Mattew Mconaughey, redimido de sus pecadillos de juventud en comedias inanes; luego hablaremos de esto; se trasmuta en un David enfrentado al Goliat de las grandes corporaciones y la burocracia crematística. Biografía, más o menos adornada, de Ron Woodroof. Vaquero machista, politoxicómano, y vividor transmutado en estraperlista; aprovechando un vacío legal; y posteriormente en persona altruista. Todo el esfuerzo de la cinta recae sobre el demacrado tex-mex al que da vida generosamente un casi transparente Mconaughey. Aunque la primera reacción de Woodroof, no es precisamente la de un Robin Hood, su progresión humana y su gestualidad imponen más que el esfuerzo en la báscula, también realizado por otros actores (De Niro en Toro Salvaje o Christian Bale en El Maquinista). No hay sensiblería en Dallas Bullers Club, es contundente como un bofetón en pleno rostro o un toro salvaje que te desmonta de su lomo. El protagonista está acompañado en este descenso a los infiernos de un formidable Jared Leto y una eficiente Jennifer Gagner. Huyendo de la tendencia al film lacrimógeno de enfermo terminal. No se burla de la inteligencia del espectador con maniqueísmos al uso. Es sincera en el tratamiento humano de personajes, que no son héroes ni villanos, tan solo seres humanos abatidos por una tragedia que comparten y termina acercándolos, a pesar de empezar en polos opuestos. Quizás la secuencia que impregna nuestras retinas, es aquella en que Woodroof defiende a Rayon (Jared Leto) de un repugnante machista. La mirada de Leto es uno de esos momentos de cine auténtico, que emociona a flor de piel, en un film que anduvo dos décadas dando vueltas por los despachos, sin encontrar ningún apoyo. 

No estamos ante la hagiografía de un antihéroe, no es un discurso sobre la redención, ni un santoral de mártires por el VIH. Aquí hay carne y piel, fluidos y dolor, degradación y supervivencia, y sobre todo el instinto de aguantar frente a la adversidad, que deviene metáfora la escena final cuando Ron Woodroof intenta aguantar un segundo más sobre el toro de rodeo. Aunque el papel se le resistió; debido a sus anteriores trabajos; McConaughey estaba encasillado en comedias superficiales (Como perder un chico en diez días) o papeles esforzados que no se estiraban más allá del guaperas eficiente (Tiempo de Matar, Sahara). Aunque no ha llegado a renegar de su pasado como rey de las Rom-Com. En recientes entrevistas el autor manifiesta la dificultad de que todo parezca sencillo en este género, de fácil digestión y pronto olvido. Sus ultimas interpretaciones desde la formidable serie True Detective hasta Interstellar, pasando por el carismático striper de Magic Mike, sin olvidar en el camino el psicópata de la turbia e impactante Killer Joe, nos muestra un interprete que crece y tiene mucho que ofrecer. Olvidadas sus veleidades tipo metrosexual de anuncio, tras darle bastante tarea a su endocrino. La obra navega fotográficamente dentro de un realismo ochenteno que le da verosimilitud, un look de serie B que se aposenta en las miserias humanas de los personajes y sus sentimientos. Con esta interpretación, el actor le levantó el oscar al “lobo” de DiCaprio, con quien se enfrentaba en un tête a tête, en la película de Scorsese, rehabilitado de sus pecados de juventud, aunque no arrepentido, McConaughey defiende aquellas producciones románticas.

Este club de desahuciados es, hasta la fecha, el mayor éxito del canadiense Jean-Marc Vallée (Café de Flore) y su primera incursión en la cinematografía yanqui con este montaje palpitante. La historia de dos almas perdidas situadas en extremos opuestos, que terminan por confluir, da la oportunidad de lucimiento a estos actores y de paso permite la denuncia de las manipulaciones e intereses que mueven el mundo de las farmacéuticas. De este modo se permiten licencias en el guión: presentar a Woodroof como el homófobo que no era, para encontrar posteriormente su redención. El tono indie aleja a este film de aquellos más convencionales y timoratos como Philadelfia, Paciente Cero o Fiesta de despedida. En cuanto a Jared Leto (El Club de la Lucha, Alejandro Magno, Réquiem por un sueño) se come literalmente la pantalla con ese personaje bombón, verdadera mujer (y hermosa) atrapada en un cuerpo ajeno. Ambientada en la época en que el sida todavía se consideraba la “peste rosa” y los enfermos como apestados, castigados y condenados. El estigma social está presente en conversaciones donde la testosterona y las birras van a partes iguales, hasta que el drama alcanza a quien no lo esperaba, y su vida da un giro de 360º. Emocionante retrato humano. Fresco acerca de la dignidad, cine social militante y reivindicativo, que no recurre al happy end, ni en su empresa contra los gigantes farmacéuticos, ni en el inevitable final de los protagonistas. Toda la banda sonora es diegética, dentro de la propia historia para acentuar aun más la sensación de desamparo, reforzada por los pitidos que atormentan a Ron en algunos momentos. Hay un simbolismo latente en la escena que el antiguo vaquero se deja habitar de mariposas; insectos de precaria existencia; al tiempo que Rayon abandona el mundo en el hospital. Ron finaliza la película en el mismo lugar donde la inició, pero ya no es la misma persona, ni su lucha es la misma de las escenas originarias, donde se asombraba de que un galán como Rock Hudson hubiera muerto de SIDA. La transformación espiritual de Ron es paralela a la perfomance física de McConaughey. Una película; que si no es redonda y absoluta; surge rotunda desde las tripas, para llegar al corazón.





viernes, 16 de enero de 2015

PURGATORIO. 2014. Pau Teixidor



                                      



Opera prima cuyo peso recae totalmente sobre Ona Chaplin, desarrollada en un malsano ambiente. Pieza de cámara de atmósfera opresiva e incomoda que destila sabor a cortometraje. El director ya había demostrado su capacidad para este tipo de narración en el corto Leyenda. En esta obra nos trasladamos a un edificio de apartamentos, apartado del centro urbano, casi deshabitado, ya que acaban de entregar las llaves. Aquí como en una especie de “huis clos” polanskiano, un piso claustrofóbico, en un difícil “toru de force”, ya que exceptuando un garaje, es espacio único y omnipresente durante la narración. La joven pareja protagonista ha sufrido recientemente una tragedia, la perdida de un hijo. Cuando su vecina (eficiente Ana Fernandez) le deja a cargo a su hijo para ir la hospital, la protagonista ignora el componente psicópata de la criaturica, que transmite ansiedad a su alrededor y momentos de verdadera incomodidad, como las conversaciones nihilistas en el sofá o la precoz sexualidad que muestra el infante. Pronto el guión se abre camino entre lo fantástico y lo psicológico, utilizando para crear inquietud la banda sonora compuesta por Aaron Rux, y el sonido directo. Con este film, el catalán se suma a la, ya larga lista de cineastas que han decidido adentrarse en el género fantástico o de terror, con resultados notables. Aménabar, adicto al género desde Tesis, Balagueró, con la inquietante Los Sin  Nombre o la siniestra Darkness, el Intacto de Juan Carlos Fresnadillo, la estilizada El Orfanato de Bayona, una rareza como Nos Miran de Norberto Lopez Amado, sin olvidar Memorias de un Angel Caído (1997), de Fernando Cámara, entre otras incursiones en el mas acá. Después de recibir el Premio del Público al mejor cortometraje en San Sebastián o el Premio del Jurado en el Fantasia Internacional Fail Festival de Canada, este ayudante de dirección se adentró en los terrenos del cine con mayúsculas. La propuesta de Teixidor tiene aún el sabor de lo primerizo, junto a la espontaneidad exenta de anclajes al mercado. 
En su contra, la sensación de cortometraje engordado y alargado, en la que consigue navegar sin zozobrar. Las bases son las interpretaciones de Ona Chaplin y el joven Sergi Méndez. La involuntaria canguro Marta tiene que hacerse cargo de un desconocido que se comporta de forma asocial, enfermiza, y crea tensión sexual a pesar de su corta edad. 
El miedo entra en su vida cuando el joven sociopata dice que hay otro niño en la casa, al que puede ver y habla con él, y describe al hijo fallecido. Hay economía de medios, salvada con una capacidad de crear ámbitos imprescindible en el fantástico menesteroso, y un hábil juego de muñecas rusas que nos impide saber hasta el último instante, si  el delirio habita en la mente enferma del sicoteenager o se trata de un film de casa encantada al uso. Buen uso de la oscuridad y los encuadres, sin perder el aroma a cortometraje. Nuevamente aparece el espejo como puerta hacia otros mundos (Dark Water, El otro lado del Espejo (2003) Reflejos (Kiefer Shutherland), y puente de acceso hacia seres amados (o criaturas impresentables). Carente por completo de factor hemoglobínico, la única sangre es la de Marta cuando se corta al preparar frenéticamente un sándwich. Es ahí donde se encuentra el quid de la narración, la capacidad de ir irritando progresivamente a espectador, a pesar de los reducidos decorados (o por esto mismo) e introducirle a pulso en un mundo de inquietud y zozobra, donde hay que preguntarse como  reaccionaríamos ante una situación similar. Hubiera preferido un final menos acomodaticio, más febril, incluso perverso, para este espartano poema de la  cotidianeidad rota por ajeneidad (en verso). Una banda sonora ambiental, ecléctica, intensa. Un ambiente opresivo, insano. Un manejo hábil de los mecanismos del género. Esto es lo que hay. Purgatorio es una rareza en el  panorama actual, una rara avis, no redonda, con algunos lugares comunes y alargada en exceso (como corto hubiera sido perfecta) pero que deja entrever; y desear; un aliento fresco en próximas producciones de este director. Savia nueva. Bienvenido al lado oscuro.




EL SIGNO DE LA CRUZ. 1932. Cecil B. DeMille


Título original: The Sign of the Cross
Año: 1932
País: Estados Unidos
Duración: 118 min.
Género: Drama, Históric
Director: Cecil B. DeMille
Guión: Wilson Barrett, Waldemar Young, Sidney Buchman
Música: Rudolph G. Kopp, Jay Chernis, Paul Marquardt, Milan Roder
Fotografía: Karl Struss
Reparto: Fredric March, Elissa Landi, Claudette Colbert, Charles Laughton, Ian Keith, Arthur Hohl, Harry Beresford, Tommy Conlon


el-signo-de-la-cruz
 Hubo un tiempo que Cecil B.de Mille era uno de los realizadores con mayor éxito en taquilla. La palabra espectáculo iba unida a este director que se interpretó a si mismo; por deseo de Billy Wilder; en El Crepúsculo de los Dioses, extraordinaria disección del mundo hollywoodiense, donde no podía faltar una figura de esta importancia. Extrañamente es un autor poco revisitado, quizás por el aura de cine grandilocuente, espectáculo en estado puro, a la que; erroneamente; se le ha condenado. También debido a sus convicciones ideológicas extremas, o a su participación en la Mcartiana “Caza de Brujas” (Elia Kazan también tendría algo que decir sobre estos particulares). Añadir su ayuda a la elaboración de listas negras y su relación tormentosa; nunca aprobó la boda; con su yerno (Anthony Quinn). Nada de esto merma el potencial del autor y su conocimento del lenguaje cinematográfico. 

El Signo de la Cruz es uno de estos ejemplos de buen cine donde se conjuga el espectáculo con el intimismo, las interpretaciones notables con un “savoir faire” para el entretenimiento y el disfrute del respetable. DeMille dota al cine histórico de una patina personal, la psicología de los personajes, sus pasiones están definidas y no se dejan apabullar por los movimientos de masas y los monumentales decorados. La historia del romano, enamorado de una joven que profesa una extraña fe, prohibida por el Imperio, está desarrollada en un mundo de perversión y depravación (escandálos romanos), cuyos mascarones de proa son dos formidables actores: Claudette Colbert en una pérfida y sofisticada Popea y el inmenso Charles Laughton, (su interpretación tuvo que ser visionada una y otra vez, sin coartadas, por el Nerón de la producción Quo Vadis (1951), el también inmenso (geográficamente) Peter Ustinov. DeMille imprime un sesgo sadomaso latente entre el látigo de Marcus Superbo (¡sutil apellido!), y la virginal sonrisa e inocencia de una seductora Marcia Elissa Landi, por cuyas curvas fenece de amor.

Para quienes acusan a DeMille de rancio y conservador aclarar que este film sufrió los tijeretazos de nefasto Codigo Hays, que realizó numerosos cortes al celuloide, especialmente en las escenas del circo. Actitud comprensible (desde una mente cerril) en una narración que tenía el atrevimiento  de mostrar a una Popea cuyos senos flotaban (literalmente) en un baño de leche de burra, y que además invitaba a su amiga a acompañarla en el recreo lácteo, incluyendo un metafórico fotograma de dos gatitos retozones. Añadir las escenas circenses pletóricas de amazonas, derrochando carnadura, con un; nada sutil; sesgo felliniano. Salvajes semivestidas (o semidesnudas) y malvadas torturas. Enanos sanguinarios, recién escapados de La Parada de los Monstruos, de Tod Browning. Cocodrilos sometidos aL ayuno, para culminar en una extraña orgía visual donde un gorila se acerca a una joven atada a un poste; adornada con flores que ocultan casualmente las partes pudendas; con sospechosas intenciones, que únicamente adivinamos en los rostros de la espectadora; plebeya y melindrosa; que se tapa los ojos. Neron aparece en tribuna acompañado de un fibroso efebo. 
 

A pesar del parecido razonable con Quo Vadis, proceden de fuentes literarias diferentes, ya que The Sing Of the Cross, se adapta a partir de la obra del dramaturgo británico Wilson Barret. El origen de Quo Vadis es una novela histórica escrita por el polaco Henryk Sienkiewicz, aunque en esta segunda hay castigo ejemplar para los malvados. La pareja protagonista (Deborah Keer y Robert Taylor); de acuerdo a los códigos de la época; marchan hacia un futuro prometedor, mientras que los infortunados protagonistas de la primera, ven al final de la escalera, la puerta que les ofrece la arena del circo, donde aguarda un sanguinario público impaciente.
 
La historia está narrada con ritmo, las emociones retratadas con intensidad, y las interpretaciones de Colbert (libidinosa y pérfida) y Laughton (megalómano e inmaduro); un pelele en manos de Popea; son excelentes. En aquellos años, el joven británico todavía no sospechaba que llegaría a dirigir una única película, un cuento de hadas poéticamente pervertido, que se convertiría en un clásico: La Noche del Cazador. Pieza codiciada para el museo de caza de cualquier director. Colbert, comúnmente asociada a la screwball comedy, se mueve con elegancia felina imprimiendo un alto voltaje erótico a la narración. El diseño de producción es notable, la espléndida fotografía en blanco y negro, fue nominada para un Oscar. Tras el diseño de vestuario se halla Mitchell Leisen, antes de convertirse en un director afamado de la Paramount. Y antes de dirigir a Fedrich March (Marcus Superbus) en ese delicioso fantastique, que es La Muerte de Vacaciones (1934)
Fedric March ya haia regalado na de sus más notables interpretaciones para la historia del cine, en la mejor versión del clásico de Stevenson El Hombre y el Monstruo (Robert Mamoulian), donde se debatía entre la dualidad de Jekyll y Hyde, una obra maestra del director georgiano. Las continuas reposiciones televisivas de las películas más conocidas de Cecil B. DeMille, no le han beneficiado. Los doblajes; ampulosos y rancios, de Los Diez Mandamientos, Sanson y Dalila o El Mayor Espectáculo del Mundo, terminan aburriendo al espectador, y alejándolo de un director que rodó obras notables como Policía Montada del Canadá (Gary Cooper y una placentera Paulette Goddard como mestiza), Los Inconquistables, o Piratas del Mar Caribe, plenas de espíritu épico, humorada y secuencias memorables.  Por estas obras ya merecería figurar entre los grandes