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martes, 13 de enero de 2015

El Sueño de Ellis (Cotillard. ¡Oh mi Cotillard!)


           Título originalThe Immigran
           Año 2013

Duración
117 min.
País
 Estados Unidos
Director
James Gray
Guión
James Gray, Ric Menello
Música
Chris Spelman
Fotografía
Darius Khondji
Reparto
Marion Cotillard, Joaquin Phoenix, Jeremy Renner, Angela Sarafyan, Antoni Corone,Dylan Hartigan, Dagmara Dominczyk                          

Nos hallamos, sin dudas, ante una de las películas del año. Con la presencia de un Joaquin Phoenix en estado de gloria, y una Marion Cotillard que se sale de la pantalla. Personalísima propuesta, que bebe de fuentes iconográficas como El Padrino II, Erase una vez en América, o los claroscuros de Caravaggio (obsérvese la secuencia en los baños). Argumento que se impregna del mejor “mélo”, vía Douglas Sirk o Jonh M. Stall. Personajes torturados, condenados, con retazos de Elia Kazan o Nicholas Ray. Modificados los códigos del lenguaje clásico, el espíritu y la pasión del melodrama prevalece, o se adapta a la moderna narrativa, pero sus personajes, su sensibilidad, su fuerza primordial (Cukor, Leo McCarey) permanecen, impregnando películas como este soberbio Sueño de Ellis, donde Ewa recrea todas las heroínas que nos han hecho sufrir en la pantalla. Esta emigrante polaca que busca el American Dream, tan sólo para encontrar sus angostas cloacas, es una mujer fuerte. Como antaño lo eran Stanwick, Paulette Goddard o Louise Brook. La Ewa; recreada magistralmente por Cotillard; arriba en un portal hacia los infiernos, y queda a merced de los buitres. Porque la felicidad cuesta (y aquí es donde vais a empezar a pagar) que sentenciaría la profesora de Fama. Viviendo una encrucijada existencial, con encontronazos entre creencia, realidad y supervivencia. Ewa sacrifica su propio yo, para ayudar a su hermana enferma. Así cae en las garras del proxeneta Bruno (Phoenix); con ramalazo psicópata explosivo; que termina enamorado de ella. 

En realidad Bruno no es Mefistófeles, es un pobre diablo que sobrevive en el submundo, con un burdel camuflado de cabaret. La lucha de Ewa por mantener su integridad, mientras traiciona sus creencias en estos espacios cerrados opresivos (notable fotografía, de vocación tenebrista de Darius Khondji), la introducen en una pesadilla de claroscuros y opresión, casi tan limitados como la propia isla de Ellis. El celuloide navega en un microcosmos alejado de esa Estatua de la Libertad con que se abre el film. Pasillos casi expresionistas. Un mundo paralelo, donde Dickens y Dostoievski son los amos. Candiles y niebla será todo el sueño espectral, al que tendrá acceso esta Ewa, que buscaba su jardín del Edén. No desea James Gray una grandilocuencia escénica para este su primer personaje femenino. Una set piece al estilo de Coppola o Cimino, el objetivo del director encuentra su esplendor en el interior de los personajes, en la angustiosa cotidianeidad, en los naufragios que amenazan el devenir de los personajes, que a la larga son marionetas que tratan de levantarse por si mismas. No es nuevo en este director el entorno opresivo (La otra cara del Crimen, Two Lovers) o las madrigueras delincuenciales (La Noche es Nuestra). El director aprisiona los personajes en entornos vacíos, sórdidos, espacios decadentes donde lo principal es la vivencia del personaje. Las habitaciones y escenarios semejan cárceles emocionales y vacías, paisajes mentales donde ubicar la desesperación. Los personajes son ambiguos, mutantes, espectrales. La tragedia planea sobre un final que adivinamos no va a ser complaciente. La consumación de este ritual de pasiones, nos deja con un muerto, una condena por asesinato y un imprevisible futuro cuidando una hermana enferma, Nada de happy end. El lado oscuro del sueño. El peso del film se sostiene sobre la arquitectura interpretativa de tres grandes interpretes. Cotillard, una actriz todoterreno, que compone infinidad de matices para esta Ewa de aparente languidez, siempre creciente (Big Fish, La Víe en Rose). 


Muchas especulaciones se han hecho sobre quien habría sido mejor actor, Joaquin o el malogrado River. El primogénito de los Phoenix era un actorazo (Mi Idaho Privado) y Joaquin (The Master, Her), es capaz de atreverse con desafios como I ´m Still Here, el falso documental de Casey Affleck, o regalarnos un megalómano y complejo emperador Cómodo en Gladiator. En cuanto a Jeremy Renner, rescatado de sus héroes de acción (Bourne, Ojo de Halcón), desarrolla un personaje rico en matices, sobrio, contenido, cuyo enfrentamiento con Bruno da lugar a escenas memorables. La historia adolece ¿o tiene la virtud? de un tempo lento, pausado, recreándose en los planos de Cotillard o Phoenix para transmitir su evolución interior, y un diseño espléndido de los paisajes parduzcos del Lower East Side. También se agradece la contención, casi irritante para algunos espectadores, y la sobriedad al adentrarse en terrenos escabrosos, favoreciendo el factor humano sobre el efectismo. Arriesgada y valiente elección: Centrarse sobre la tragedia humana. El Sueño de Ellis (adulterado título para The Immigrant) es la historia de una heroína wagneriana, con referencias a todos los iconos del cine mudo. Una Lilliam Ghish con reminiscencias de Las Dos Huerfanitas. Oscura, excesiva y deudora del cine de antaño, del que toma modos y maneras, consciente y voluntariamente. 


Nacida de la petición que su esposa hizo al director, durante la contemplación de una ópera, para escribir un guión con personajes femeninos como los que protagonizaban Greer Garson (La Señora Miniver), Barbara Stanwyck (Bola de Fuego, Amarga Victoria) o la inmensa Bette Davis (Eva al Desnudo) y escrita directamente para Phoenix (actor fetiche); aficionado a personajes excesivos; y para la oscarizada Cotillard (Edith Piat). El diseño de producción de Happy Massee, es una lograda ambientación que palpita como un personaje más en este melodrama de corte clásico y vocación universal. La cámara mima el rostro de una actriz, (casi virado en sepia) que consigue aparecer hermosa, incluso cuando intenta estar desaliñada, y recuerda a los primeros planos de la Falconetti, en La Pasión de Juana de Arco (Dreyer. 1928). Destacar la presencia impactante de Dagmara Dominczyk (La venganza del conde de Montecristo). La banda sonora, esplendida de Chris Spelman, impregna la narración de dramatismo.

Otro de los aciertos es la huida del maniqueísmo, la evitación de militancia en una manida reivindicación social o política, y concentrarse en la odisea y el paisaje humano, siempre zozobrando, siempre saliendo a flote. Aunque; no nos engañemos; esta es otra de las bombas sin espoleta del director de Two Lovers, aunque en su epílogo chaplinesco, nos introduzca en el sendero de la redención. No hay autocomplacencia en esta obra, ponzoñosa como un Dickens pervertido, deambulando sin rumbo por ese Nueva York dantesco, opresivo, tan diametralmente alejado del pretendido “sueño”. Voluntariamente morosa. Exquisito manjar, destinado a gourmets cinéfilos, horneado para degustar sin prisas, hasta su operístico final. Armado de la perfección icónica, de diva del cine silente, que destila Cotillard. El Sueño de Ellis es un ensayo sobre el melodrama; un cuento de hadas enfermizo, ardiente y apasionado; con una interprete capaz de expresar todas las mañanas del mundo, en una sola y apasionada lágrima. Y demuestra que Cotillard, junto a Meryl Streep, se mueve con enorme soltura en el terreno de los acentos. Parafraseando al profesor John Keating en El Club de lo Poetas Muertos: ¡Cotillard. Oh, mi Cotillard...! 




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