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miércoles, 28 de enero de 2015

LA MALDICIÓN DEL ALTAR ROJO. 1968


Acercarse a una obra de estas características precisa de una toma de posiciones difícil y solicita ciertos sacrificios cinéfilos. Tratándose de un film realizado en un periodo clásico del género fantástico, con un elenco que para el mitómano resulta enormemente atractivo; y lejanamente basado en una narración de Lovecraft; contiene todos los ingredientes para ser adorado como objeto de culto sin razonamientos; desde la visceralidad del aficionado acérrimo; o ser vilipendiado por el crítico exigente al que no le sirven las nostalgias ni las adicciones. Aquel que busca la perfección técnica en cada fotograma y expresión. La Maldición del Altar Rojo es uno de esos cócteles tan afines al fantastique, que se preparaban agitando viejas glorias y aderezándolas con un terroncito de dislate y desparrame conceptual. En esta ocasión, la vieja guardia está formada por tres solventes leyendas del cine de sustos británico: el carismático Chistopher Lee, Boris Karloff y la etérea musa del terror italiano: Barbara Steele. Añadamos en la coctelera el eficiente secundario; vieja figura (e imprescindible) de las producciones Amicus; Michael Gough, y la cena estará servida. Al elegir un relato del maestro de Providence para desarrollar el guión, los responsables no debía ser conscientes de en que tipo de  terreno pantanono se estaban metiendo. Adaptar el universo lovecraftiano a la pantalla es una tarea ardua y resbaladiza, como las criaturas sinuosas del escritor de Rhode Island. 


Howard Phillips Lovecraft renovó la narración clásica del cuento de terror, dinamitándola y creando toda una cosmogonía (el sueño de cualquier autor) que se ha transmitido y convertido en icono cultural y referente plástico. Un mundo donde lo cósmico muda en cotidiano, lo extradimensional en aprensible, y las pesadillas pueden acercarse a nuestros dormitorios a través de portales sobrenaturales."Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn"A diferencia del maestro Poe, cuyas narraciones independientes y autoconclusivas, tan sólo constituyen universo personal  como  concepto generalista de coincidencias temáticas, alrededor de aquello que altera la lógica cotidiana. Por mucho que se empeñase Roger Corman en darles unidad cromática y temática, en adaptaciones bizarras para su ciclo de Poe (La Máscara de la Muerte Roja, Ligeia, etc) Mientras que H. P. Lovecraft, con sus Mitos de Cthulhu (de extraña pronunciación) asentó las bases de una metaliteratura, convirtiendo estas narraciones en fuente de colaboración de numerosos escritores (denominado  Circulo Lovecraft), que desarrollaron fantasías en torno a los mismos universos y obsesiones viscosas. Creador de una mitología en relación a lo inesperado y lo probable, comparable a los universos nacidos de la pluma de Tolkien en el fantástico épico (El Señor de los Anillos), o de Robert E. Howard, padre de la Era Hyboria, imaginario cosmos  donde descabezaba indeseables Conan el Cimmerio. Pletórico de fuerzas sombrías, entidades amorfas y resbaladizas o fuerzas antinaturales, el universo barroco del solitario creador tiene difícil plasmación en la pantalla. 
Prueba de ello son los numerosos fiascos que se han perpetrado en su nombre o “lejanamente inspirados”. Resulta árida empresa enumerar las adaptaciones que el creador del Necronomicón, libro mítico buscado por algún despistado en las bibliotecas, ha tenido en el cine o en la televisión, hasta llegar a influenciar en series de gótico sureño como True Detective, o la enorme (y rastreable) influencia sobre escritores como Stephen King o Bentley Litle, o el mundo mediático (el asilo Arkhan de Gotham City (Batman) fue invención suya. Las religiones pervertidas, los oníricos seres arquetípicos nacidos de su; voluntariamente arcaico; vocabulario han visto la luz en diversas ocasiones. La mayor parte de ellas con escasa fortuna. El Palacio de los Espíritus fue la aproximación del stajanovista Roger Corman a la cosmogonía del literato en un relato mediocre visualmente; además de embustero, ya que lo titularon como un poema de Poe, pensando en la comercialidad cuando está basada en la novela El Caso  de Charles Dexer Ward. Otra de las adapaptaciones que mezcló los mundos del “solitario de Providence” y el dipsómano Poe, fue Die, monster die. (1965), insólita mezcolanza de La Caída de Casa Usher (del autor de Baltimore) con El Color que cayó del Cielo, con un cromatismo kistch y fotografía atractiva. La larga lista repasa mutaciones y lejanos parecidos con bodrios como Reanimator, dignas referencias (El Resucitado. 1991), incursiones castizas (Dagón, con Paco Rabal), o la curiosa transcripción al cine silente “La Llamada de Cthulhu (2005)”. La televisión también ha tomado nota de sus creaciones, en series míticas como Night Gallery y su episodio número 18 (Aire Frío) un relato convincente y digno, o El Modelo de Pickman, episodio desarrollado en un Boston Victoriano, y arruinado por la mostración final  de la criatura (ya lo dijo Jacques Tourneur: Sugerir, pero no enseñar). 



La otra serie que intento traducir el texto escrito a imágenes fue Masters of Horrors, con el episodio, cuyo original que también lo es del guión de La Maldición del Altar Rojo. El capítulo titulado: Tras las Paredes, nos regala una adaptación de Sueños en la Casa de la Bruja, bastante más fiel al original, que su referente cinematográfico. En cuanto a prestamos culturales, un repaso al guión de la formidable serie True Detective, donde las influencias de Ambrose Bierce, August Deller y todo el gótico norteamericano revolotean como cuervos. Aunque rastreando las tentáculos de su  vasto mundo de arcanos y primordiales, podremos encontrarlas en un amplio panteón  que abarca desde Erick Von Däniken y sus dioses astronautas, hasta las franquicias de Marvel y sus cósmicos villanos, sin olvidar el rastro dejado en las películas de terror nipón, para desembocar en  el monstruo trimandibular de Alien. Pero su traslación definitiva de la literatura en papel a la literatura visual del cine, aún tendrá que esperar. El principal escollo se encuentra en su estilo ampuloso, en primera persona y la percepción subjetiva que los personajes tienen al enfrentarse a los horrores (Ya rillegg Cthulhu!!). Hay un abismo entre describir la percepción que se tiene de un ser viscoso, que se arrastra en oscuras dimensiones (o acecha en el umbral) y su exposición visual en la pantalla, donde pierde todo el factor imaginativo que aporta la subjetividad del lector. Narraciones como La Sombra Sobre Ismouht, Las Ratas en las Paredes y El que Acecha en el Umbral, o la inquietante Los Perros de Tíndalos, tendrán que esperar todavía algún genio del celuloide para su interpretación audiovisual. El director del film, Vernon Sewell, fue un fecundo artesano de SERIE B, vertiente fantástica, con obras notables como The Blood Beast Terror, autor de un clasicazo “Ghost Ship” como tarjeta de presentación. Curse of the Crimson Altar es una obra de escasas pretensiones, cuya mayor baza es la presencia conjunta de grandes iconos consafgrados del fantástique, sin llegar a esa tendencia decadente denominada “coctel de monstruos” en que degeneraron algunas de las ideas de productoras tan solventes como la Universal (La Zingara y los Monstruos, La Mansión de Drácula) cuando no desatada comedia autoparódica (El Club de los Monstruos) o casposo producto carpetovetónico, perpetrado por el ínclito Paul Naschy: Los Monstruos del Terror, El Carnaval de las Bestias



En aquella época, floreciente para el género, en Inglaterra convivían productoras dedicadas casi exclusivamente a esta tendencia cinematográfica. Capitaneando el barco la Hammer Films, exportadora de mitos, de cromatismo manierista y sexualidad efervescente, en tanto Amicus, especializada en cine de skets autoparódicos y con un humor negro apreciable. Y junto a las “mayors” peleaba la Tigon, que produjo esta película, aplicando algunas de sus características: el escaso  cuidado en el detalle  o la atención al costumbrismo. En La Maldición hay instantes en que el vestuario recuerda algún desfile de carnaval, como esas mazmorras de la inquisición intentando emular el erotismo Hammer con vocación casposa, o el atuendo diseñado para la numen Barbara Steele (maquillaje marciano incluido), recién cosido para un parque de atracciones del Medioevo. La actriz, ya convertida en mito, había protagonizado la mítica cinta de Mario Bava “La Máscara del Demonio”, convirtiéndose en la reina del terror de bajo presupuesto. Merced a su peculiar físico, un rostro que mezclaba inocencia, con el aspecto de recién salida de la tumba, la mirada de una alienada y la turbiedad del otro lado, consiguió papeles como “El Pozo y el Péndulo (Corman) o El Largo Cabello de la Muerte. En los setenta fue abandonando el cine hasta convertirse en referente cardinal en los cenáculos culturetas, e icono para los nostálgicos y frikis del fantaterror más irredento. Incluso el grupo germano Boom Boom Chuck & the Sychedelic Berrys, le dedicó una canción a sus ojos (The Eyes of Bárbara Steele). No iba a ser Bette Davis la única en tener una canción admirando sus peculiares ojazos. Mientras la Hammer se especializaba en mostrar esculturales mozuelas de escaso atuendo (Prehistoric Women, Hace un Millón de Años, She) a vampiras en negligé, sus competidores hacían lo que les permitía su presupuesto e imaginación. No hay que olvidar que una película tan extraordinaria como The Flesh and The Fiends*, nació de las mazmorras de Tigón, con Peter Cushing capitaneando la nave de un clásico a revisitar. Chistopher Lee, es con mucho lo mejor de la función, aportando esa sobriedad y elegancia “brithits” (en la mejor escuela de Peter Cushing) que le caracterizaba. Karloff luce con corrección, como siempre. Sus planos revelan el solvente actor que era, desconocido para el público, debido a sus más emblemáticos trabajos (Frankenstein o El Resucitado) alejado de sus papeles más completos (Beldham, La Patrulla Perdida, o la recuperable El Ladrón de Cadáveres, disección sobre los primeros experimentos de la naciente cirugía). Las escenas en que dialogan estos dos actores son lo más eficiente de este film que, aunque mediocre, merece ser rescatado de los anaqueles polvorientos del olvido por diversos motivos.



La Maldición del Altar Rojo es menos gótica y más costumbrista que el resto del género de la época, como corresponde a su productora. Es “terror ye-yé” en estado puro (la escena del baile pop semiorgiástico; con reminescencia pagana; nos remite a tiempos pretéritos) con referencias a las experiencias lisérgicas, mucha bota alta de latex y faldas-cinturón, comocorresponde a una película situada en plena época contracultural. En cuanto a las escenas sicotrónicas que revive en sus pesadillas el protagonista, viajando  al pasado, la iconografía es netamente de portada de revista pulp. Prevaleciendo ese erotismo bizarre de perfil bajo, con ropajes semidestrozados,  o ceremonias que precisan de una estación del año bastante calurosa a juzgar por la falta de ellos. Impagable el maquillaje travelo de la Steele o el extraño monje, o el secundario con cuernos de ciervo jugando a las cartas. Ninguna posibilidad tenía este pastiche de enfrentarse a films míticos como “El Experimento Quatermass” o Twins of Evil, que por entonces barajaba la  Hammer. Aunque si tomamos como refrrente, lo  que andábamos perpetrando por aquí: hombres lobos gallegos de tupés imposible, astracanadas seudoeróticas, vergonzantes monstruos carpetovetónicos, spaguetty wenstern, etc. Tampoco la película escapa demasiado mal parada. Por otra parte,  sus rivales de Amicus exprimían el terror sicológico, con escasa hemoglobina y abundante inteligencia en clásicos como Dr.Terror, Dro Who y los Dalek (aportación cinematográfica a la inabarcable serie), El Sicópata, del solvente Freddie Francis o Torture Garden




Las compañías solían compartir intérpretes y directores (Lee, Cushing, Roy Ward Baker, Pleasance) algo lejano del férreo sistema de productoras de EE. UU. Barbara Steele interpreta a la bruja Lavinia, directamente rescatada (y adulterada) de los textos de Lovecraft, aunque su presencia es meramente testimonial. Mark Eden como  protagonista principal es algo descafeinado y no se puede enfrentar interpretativamente a Lee, ni a Karloff, pasando sin pena ni gloria. En los últimos tiempos Hammer se ha reinventado. Produciendo obras apreciables como Dejamé entrar (Let me in. 2010) revisitando la temática del vampiro o la obra; visualmente gótica; La Mujer de Negro con el renacido interprete de Harry Potter. A nivel arquitectónico esta maldición, es deudora del cine de la época: interiores abigarrados, laberínticos decorados, plano contra plano de actores acreditados en el género y que hacen creíble lo grotesco y anécdota estirada hasta el final. Le tocó convivir el mismo año en que se iba a dinamitar el espacio del cine de terror, con filmes como La Semilla del Diablo o La Noche de los Muertos Vivientes. El concepto clásico estaba muriendo frente a la reescritura del género de maestros como Polansky o George A Romero. Nada de esto le resta su patina de producto kistch para consumo exclusivo de nostálgicos, serie B de explotación. Buena fotografía de John Coquillon, para un manjar reservado a fervorosos adoradores, a quienes no detenga la falta de carisma, o la irregularidad del conjunto. Como curiosidades cinéfila: Esta es la primera película de terror donde aparecen bomberos. No trate de localizar el mentado Altar Rojo. Simplemente, no se encuentra.









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