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miércoles, 14 de enero de 2015

Las Inquietudes de Shanti Andia. 1947


El hombre, en la vida y en el mar no tiene más que dos caminos: el torcido y el derecho.

Las Inquietudes de Shanti Andia es la primera de las novelas que Pío Baroja dedica al mar, inclinado por el ambiente familiar marino y sus lecturas (se había zampado a Stevenson, Verne y Defoe). Y es también una de esas películas basadas en la calidad literaria del original, que conserva su dignidad, añadiendo características propias a la narración estrictamente visual. Pío Baroja,  maestro de la economía expresiva, nos dejó en Las Inquietudes, una diatriba contra la vulgaridad frente a la uniformidad, un canto a la grandeza del mar (que conlleva respeto a su peligrosidad), y nostalgia de su bravura cuando uno se adocena en tierra. Obra atípica, frente al planteamiento de la cinematografía nacional en aquella época, volcada en folklores patrióticos casposos, risibles españoladas y comedias de teléfonos blancos. El director Arturo Ruiz Castillo realiza una película de aventuras; basada en la narración oral; con planificación intrépida, con angulaciones de cámara notables y primeros planos que reflejan la psicología de los personajes. El protagonista (Jorge Mistral) va uniendo retazos de vida, de historia, de sus antepasados, en base a un diario y los recuerdos que desgranan los personajes, interpretados por aquellos excelentes secundarios, que llenaban estas producciones de calidad, (impostaciones correctísimas de voz, expresividad natural, etc.). Lleno de nostalgia por el mar de antaño, Shanti rememora su historia y la de su tío: Juan de Aguirre, trasunto de marinos vascos, que fabricó continuamente su destino. 


Con notable fotografía y una poesía melancólica que forma parte indisoluble de las emociones humanas, puertos brumosos y horizontes plomizos tras los ventanales. El mar omnipresente, peligroso, noble, que con su imponente grandeza, condiciona las vidas de quienes lo aman y temen, es el protagonista principal de un film lleno de ritmo  interno, relaciones humanas intensas, e historias trenzadas, narradas con profundo respeto a la obra barojiana. Quizás ese mismo respeto a la obra genésica (diálogos excesivamente literarios) lastra levemente el desarrollo cinematográfico, pero la calidad de los intérpretes, evita la morosidad en el desarrollo de la trama. 

Los personajes tienen un diseño robusto, del mejor cine clásico. Para esta arriesgada opera prima, el cineasta se encargó del diseño de figurines y decorados, ya que había sido también portadista de libros. De ahí la extraordinaria fuerza visual y el expresionismo latente en los decorados. Arturo Ruiz Castillo navegó entre dos aguas, pues al mismo tiempo que fue uno de los fundadores de la mítica compañía de teatro ambulante La Barraca; junto a Lorca; y activo en la escena cultural de la II República, también realizó una película ad maiorem gloriam del franquismo: El Santuario no se Rinde, tras lo cual intervino en los géneros más tópicos de panorama nacional: folklórico, futbolero, sainete o patriótico. Este pecadillo no cambia la calidad de un film como Las Inquietudes de Shanti Andia, interpretado con sobriedad y eficiencia por Jorge Mistral y Josita Román, cuya ampulosa perfomance recuerda a una Aurora Bautista en sus inicios. Irene Caba Alba y Jose Mª Rodero redondean, como certeros secundarios, una propuesta atípica, testamento de un director que nunca volvió a alcanzar el nivel de esta obra primeriza. Plena de un lirismo visual notable, consigue conjugar con la aventura clásica con el acento intimista. Como dato anecdótico figura la interpretación de si mismo que hace Baroja en el epílogo cuando el marino termina su historia y le promete escribirla. Un giro de tuerca inteligente y emocionante.
 














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