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jueves, 29 de enero de 2015

THE GRAND MASTER (El Arte de la Guerra) 2013


Era tarea compleja retornar a la biografía; más o menos novelada; del que fuera maestro de Bruce Lee después de la notable Ip Man, interpretada por un solvente (en lo marcial y lo interpretativo) Donnie Yen. Difícil de creer, si el que nos regala este biopic es nada menos que Wong Kar-Wai, dirigiendo a su actor-fetiche. Otro hongkonés. Una estrella del cine asiático como Tony Leung (Hero, Chungking Express, CycloDeseando Amar). La modelo y actriz Zhang Ziyi ameriza en este particular experimento visual, después de haber participado en hitos del cine de temática oriental como Tigre y Dragón, La Casa de las Dagas Voladoras o Memorias de una Geisha, haber sido nominada a los BAFTA y a un Globo De Oro, y colaborar en el video de Coldplay “Magic”. El director de la novedosa Deseando Amar, nos transporta a los años de la invasión japonesa de China. Ip Man debe representar a la zona sur de china y salvaguardar su estilo de lucha frente a las provincias del norte. Pero en el camino se le cruza Gong Er (la hermosa Zhang Ziyi) guardiana del estilo kungfu de las Sesenta y Cuatro Manos. Es el inicio de un amor imposible a través de los años. El director dota a la producción de unas tonalidades sepia y colores fríos, huyendo del cine de artes marciales tradicional y del biopic al uso, regalando sus habituales incursiones en espejos empañados y puertas para evocar el pasado. El director de la infravalorada My Blueberry Nights, trata de evitar la etiqueta de cine de mamporro, utilizando la evocación interior como arma. La dilatación del tiempo y el intimismo como instrumentos. 






















 



Pese a ello, alguna secuencia lleva impresos los estilemas del cine marcial oriental, no pudiendo evitar la desmesura en las técnicas, las perfomances físicamente imposibles, o esa querencia que lastra las producciones, de enfrentar a los litigantes con la ley de gravedad, con piruetas improbables y antinaturales. Incluso cuando la plástica es tan hermosa y la coreografía técnicamente abrumadora, estos excesos con referencias heredadas del más clásico (y casposo) cine marcial de los setenta, chirrían en un conjunto visualmente estilizado y hermoso. Producto enfocado a mostrar la identidad cultural y riqueza del acervo chino, al espectador occidental le resulta difícil comprender este modo de vida pausado, melancólico, trágico y de aceptación, pero capaz de explotar con una pirotecnia luminosa. Eso si, respetando tradiciones y normas hasta en los intensos momentos de cuerpo a cuerpo. A este tipo de cine se puede acceder desde dos vertientes distintas, pero complementarias. Como “connaiseur” del andamiaje marcial se podrá disfrutar de las coreografías y detectar las técnicas, los excesos y la eficiencia plástica. La otra opción es centrarse en la estructura dramática e interpretativa y pasar de puntillas por las escenas cuyo contenido técnico se escapa como una leve mariposa. 

Quienes poseen lo mejor de ambos mundos, pueden degustar estos manjares con intensidad absoluta. A partir de la enérgica escena inicial de lucha bajo la lluvia, queda patente que se trata de un ejercicio de autor, con cámara lenta, eliminación de frames por segundo, primeros planos sostenidos, nada que ver con el cine de apósitos y mamporro. Intenso esfuerzo el de Tony Leung, mucho menos versado en estas artes ancestrales, que la ¿frágil? bailarina Zhang Ziyi. Los intensos diálogos, la filosofía vertida en esos retazos de vida que comparten, la delicadeza de los sentimientos y la capacidad para enfrentarse a la tragedia, alejan a este film de cualquier otro experimento físico sobre lucha (y también lo alejan del espectador occidental), del cine adocenado de saltimbanquis. Conceptos como el honor, la honradez o el sacrificio son ajenos a los tiempos que corren. El amor imposible entre los dos maestros de lucha es similar al de los protagonistas de Deseando Amar. La eficacia espartana y economía de medios del Wing chun, frente a la coreografía y plasticidad del estilo practicado por Zhang Ziyi, deviene metáfora de un amor condenado. La secuencia de lucha entre los dos imposibles amantes, carece de toda violencia semejando un cortejo sensual, una onírica danza de respeto mutuo y atracción. El director combina su habitual estilo en interiores, bares o angostos callejones, con las escenas rodadas bajo la lluvia, en la nieve o entre las brumas de un andén ferroviario. Concede una importancia trascendente a la percepción de sonidos, roces, arrastre de pies, dotándolos de fisicidad como un personaje más en la coreografía.



El cromatismo lánguido que imprima la obra como un lienzo historico (Philippe Le Sourd), se rompe frente al vitalista colorido de las cortesanas del Golden Pavillion, lugar de reunión de eruditos, destilando una referencia a su compatriota Zhang Yimou, que en Las Flores de la Guerra ya trató el tema de los prostíbulos durante la ocupación japonesa. Acusando el recorte de metraje inicial (cuatro horas), quizás en la versión extendida se rellenaran huecos y despejaran incógnitas para el espectador. La interpretación de Leung y Ziyi son capaces de trasmitir que el verdadero combate se libra en el interior. Y esta es una lucha donde no hay vencedor ni vencido. No es esta la primera incursión del autor en el mundo del wuxia, ya realizó la notable (y masacrada en el montaje) Ashes of Time (1994), pero incluso en estas producciones más dinámicas siempre subyace el Wong Kar- way pleno de sensibilidad.            


Un escriba de las emociones y la dictadura del tiempo. Mosaico del cuerpo como plástica marcial, meditación visualmente barroca sobre la infalibilidad del destino, experimento rompedor de fronteras temporales y narrativas, la lucha del cantonés es consigo mismo más que con sus contrarios. Detrás de ese funambulismo audiovisual, se agazapa lo etéreo de la existencia humana. Impagable ese final que, sustituyendo los actores por otros occidentales, podría figuran entre los grandes clásicos de las décadas de oro. Primeros planos de Zang Yiyi, dónde una sola lágrima destila todo el dolor del mundo y la escena en el callejón, alejándose para siempre, hacen que esta película merezca la pena a pesar de su dispersión narrativa en distintos niveles, como esa partida de ajedrez a que se refiere Gonr Er (Zang Yiyi) y que da por terminada en ese tristísimo (pero estimulante) epílogo de esta aventura humana contra el destino. Cierto que este no es el poeta de la imagen fascinante de Deseando Amar, el revisitador oriental de la “nouvelle vague”, el perpetrador de Happy Together que se empeña en rodar sin guión, ni siquiera el realizador que drige actores occidentales (Jude Law, Natalie Portman) en la incomprendida My Blueberry Nights. Pero es cierto que nos encontramos ante una película notable, apreciable en lo estético y lo humano. Con instantes que permanecen en la piel después de los títulos de crédito. A diferencia de las otras realizaciones sobre la biografía de Ip Man, el epílogo no incide (ni siquiera lo nombra) en la personalidad del niño que comienza a entrenar en su Dojo. Con los años se convertiría en leyenda. Sobran las palabras.

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