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viernes, 13 de febrero de 2015

Penny Dreadful. Bienvenidos al Grand Guignol.

                  

Los Penny Dreadful fueron publicaciones decimonónicas de matiz terrorífico, cuyo precio de un penique bautizó aquellos brumosos fascículos victorianos. Estos “horrores del penique” llevaban la inquietud y la distracción, para enfrentar las inclemencias del mundo real. Algunas zonas londinenses eran entonces infectas cloacas donde la vida humana se desarrollaba en condiciones miserables como refleja Jack London en La Gente del Abismo (1903) y las andanzas reales de Jack The Ripper, no tenían nada que envidiar a estos folletos morbosos, antecedentes de la literatura “pulp”, en una sociedad que se divertía acudiendo a los espectáculos de “Grand Guignol”, donde la hemoglobina era la reina de la función, mientras Sweeney Tood practicaba una modalidad de afeitado; marca de la casa; en un espectáculo apto para una mayoría de analfabetos, a los cuales les estaba vedado el acceso a la poética de la época (Shelley, Keast) o las obras perseguidas del histriónico Oscar Wilde. Penny Dreadful retoma el espíritu de aquellos panfletos sin caer en la tentación fácil del “coctel de monstruos” que tan caro le fue a la Universal. No es una reunión de viejas glorias del fantástico, con el objetivo de derramar líquido carmesí a raudales y recurrir al susto de parvulario. 
Penny Dreadful tiene un reverso tenebroso que va más allá de su externa goticidad, una cara sombría que trasciende los caracteres de los personajes; por una vez no puros arquetipos; para clavarse en el espectador como una saeta inquietante. No en vano toca temas trascendentales (e ineludibles), los incardina en una trama aunque muchas veces vista, regada con el obsequio de una puesta en escena extraordinaria y unos diálogos que destilan filosofía y oscuridad al mismo tiempo. El Londres victoriano recreado con una fidelidad pasmosa, las interpretaciones de Eva Green, Timothy Dalton o Josh Hartnett, son los pilares sobre los que se sostiene este edificio con referencias a la Dime Novel (novela de diez centímos) y que alcanza su cenit en los dos primeros episodios (dirigidos por Jose Antonio Bayona) donde la atmósfera conseguida por la fotografía de Xavi Jiménez es brillante y cautivadora. Imposible no trazar referencias a la Liga de los Hombres Extraordinarios, joya indiscutible de Alan Moore, cuya versión cinematográfica no alcanzó un nivel estimable, sin que por ello sea desdeñable como espectáculo (indiscutible Sean Connery) y evasión de sobremesa. Con este antecedente de historia coral, la productora Showtime (Dexter, Shameless, Homeland) trata de aproximarse a los éxitos de HBO, retomando una galería mítologica de la literatura y el cine. 

El atormentado Dorian Gray, surgido de la pluma del irreverente y excéntrico Oscar Wilde, el Victor Frankenstein pergueñando modos alternativos de existencia; nacido por una apuesta; desde  la pluma de Mary Shelley; o el personaje emblemático de Bram Stoker. Mil veces revisitado, y en escasas ocasiones dignamente reflejado (leáse Noferatu, Coppola o algunos productos Hammer) con respecto a la calidad clásica del original literario. Nada falta en esta enésima revisión de los iconos del fantástico, desde las referencias al Nosferatu de Murnau (vampiros albinos de cráneo despejado) hasta la inclusión de personajes menos gratos como el Lobo Humano, interpretado por Josh Harnett que componen un Olimpo decimonónico, gótico y tenebroso. La trama se sustenta sobre el rostro anguloso y torturado (excepcional Eva Green, con sabor a tiniebla) de Vanesa Ives, la sobriedad clásica de Dalton y la contención de Josh Hatnett en un difícil rol de pistolero, licántropo/exorcista, en el que demuestra una solvencia, no ajena a las labores de dirección. Tampoco faltan a la cita coral de ultratumba el profesor Val Hensing; autor del diario en el Drácula original, Mina, y toda la galería de patronímicos que tan afines  son al “connaisseur” del género oscuro. Producida por Sam Mendes (American Beauty, Camino a la Perdición) y John Logan, el carácter explícito de las exposiciones, los matices sexuales (marca de Showtime) y hemoglobínicos, la convierten en un producto incómodo para su visionado por el espectador sensible. 

Pero no nos equivoquemos, aquí la factura técnica mantiene ausentes los postulados radicales del gore. Esto es Grand Guignol, incluso metaliteratura. El personaje creado por Victor Frankenstein, se gana la vida en un teatro en el que  se representa precisamente este estilo, creado por Oscar Métiener, donde la marca de la casa se apoyaba en miembros cercenados, amputaciones diversas, ojos extraidos (antes de Viernes 13, Freddy y demas zarandajas), y la imprescindible venganza perpetrada por maridos engañados. Esta catarsis a que asistía el espectador, está reflejada en la serie con generosidad de coágulo y amputación. El Grand Guignol no desaparecería por completo. La compañía Thrillpeddlers, con montajes como “Laboratorio de Alucinaciones“ o en el suelo patrio: La Fura dels Baus, con espectáculos como Imperium o XXX, mantuvieron encendida la antorcha de este género nacido para epatar el buen gusto burgués, antecedente de los efectos especiales cinematográficos (vísceras, humo, explosiones) y que la serie recoge con cuidada ambientación. Esta liga extraordinaria formada por el necrofílico Frankenstein, la perturbadora Vanesa, el amoral Gray, el ambivalente Ethan y el torturado aristócrata interpretado por Dalton navega a través de subtramas en los diversos capítulos, donde cada personaje tiene su momento de gloria, para enlazar con la trama principal. Destacar el capítulo dedicado a Eva Green, donde la francesa (Soñadores, El Reino de los Cielos) tiene un trabajo físico brutal que define su posición de soporte oscuro del guión. Algo fallidas las escenas de acción por repetitivas e inanes, requieren de atención para elevar el nivel en la segunda temporada, así como el look y la personalidad de los oponentes, apenas esbozados, frente al potente carisma de Green y sus acólitos. 


La serie adolece de adversarios pujantes y con entidad para ofrecerle densidad al otro lado, y un tempo de adagio que en ocasiones solicita un allegro moderato. Postulados clásicos y pulso narrativo contemporáneo, tascas, callejones sombríos, sórdidos clubes, referencias a los estilemas del género e innovación en el concepto. Un ritmo fluido beneficiaría esta historia que introduce mundos ocultos y alternativos en los orígenes de la industrialización. Shwotime no es nueva en la palestra del Horror Film, ya hace años realizó la controvertida Masters of Horrors, donde algunos de los mejores cineastas (Argento, Takasi Miike) aportaban su granito de arena. Reseñar que uno de los mejores episodios de la serie fue El Fin del Mundo en 35 Milímetros, inteligente parábola, dirigida por Carpenter. Estas publicaciones semanales victorianas están avaladas por la diseñadora Gabriella Pescucci, oscar por La Edad de la Inocencia, arropadas sonoramente por Abel Korzeniowski (Un Hombre Soltero). Abigarrada galería de personajes tortuosos del folklore fantástico y literario, giros sorpresivos de guión, querencia enfermiza por lo gótico, guiños a Jack el Destripador o El Fantasma de la Ópera, dinamitación de los arquetipos. todo esto ofrecen estos “horrores del penique” para arrastrar al espectador al lado oscuro y la insanía. Si los autores elevan el listón en los guiones, mejoran la envoltura del harén vampírico, y lo dotan de suficiente entidad, nos encontraremos ante una serie estimable y disfrutable. Bienvenidos  al lado oscuro.


 

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