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jueves, 5 de marzo de 2015

The Black List. Hiperbólico laberinto de desmesuras.





Gran apuesta de la NBC, The Black List consiguió auparse a los primeros puestos con una sugestiva proposición, que corría un peligro equivalente al de los equilibristas: jugar demasiado con la suerte. The Black List, era claramente serie de una sola temporada. Hubiera terminado redonda, autoconclusiva y en su punto, como las buenas recetas de cocina. Partiendo de una original premisa: un delincuente de alto standing se entrega al FBI para solicitar inmunidad. La carta de cambio será la información facilitada sobre  peligrosos criminales del inframundo: terroristas, guerra biológica, hackers invisibles, de los cuales no tiene conocimiento la ley. El peso recae sobre un cautivador James Spader, cuya mirada mórbida es el motor de la trama y que compone un delincuente “black collar” cínico, carismático, de una chulería sin límites. Con ramalazos del personaje que interpretara en Boston Legal (Alan Shore) este Raymond Redington, es lo mejor de la función. Un Aníbal Lecter del crimen organizado que resulta atractivo para el público, a pesar de tener zonas oscuras. Este es otro de los aciertos del guión. Esa trama de muñecas rusas, de capas que se van abriendo para dar paso a nuevos enigmas es lo que mantiene la tensión y el interés. 
El elenco no está a la altura de Spader, que hace girar el mundo en  torno a su personalidad arrolladora. Megan Boone cumple con profesionalidad, sin dejarse arrastrar por el vendaval Spader sirviendo de contrapunto a los excesos; casi megalómanos; de un Spader que, más que convicto, semeja el amo de marionetas. Megan Boone sigue la saga de detectives curtidos a golpe de decepción (Sydney en “Alias” o Olivia Dunham en “Fringe”) frente al sarcasmo autosuficiente de Redington, que parece de vuelta de todo. La Matrioskas que nos ofrecen los capítulos precisan de la complicidad del espectador adicto a estos menesteres, ya que desmesura y la inverosimilitud planean peligrosamente por unos esquemas, ya vistos y explotados en series como Mentes Criminales o CSI, donde inteligentísimos y rebuscados sicópatas traen en jaque a los investigadores, a pesar de los agujeros del guión. ¿Quiere esto decir que la serie no entretiene? En absoluto. Los seguidores de este tipo género, disfrutaran cada capítulo sin percatarse de los flecos, desbarres y desmesuras a que somete la adrealínica trama. 
Encontramos varias reminiscencias (por así definirlas) de El Silencio de los Corderos, Homeland, Persons of Interest y refritos varios. Poca chicha para el interprete de Sexo, Mentiras y Cintas de Video (redondo estudio sobre la neurosis y la sexualidad que abanderó el cine independiente de los 90, Crash (morbosa incursión de Cronnenberg en los laberintos de la mente) o Secretariy (anticipación de calidad, de saldillos como 50 Sombras de Grey). Menesterosa empresa para el interprete de Boston Legal. El primer actor en ganar idéntico premio dos veces, interpretando al mismo personaje en distintas series. Spader es un actor de culto, pleno de turbiedad. Aunque hayan desaparecido sus rizos, se merece guiones más inteligentes. Ideal para seguir el disparatado argumento en tardes palomiteras, o para olvidarse de cómo está el patio. Producto de evasión; sin buscarle tres pies al gato. Aceptable (y olvidable). A partes iguales.

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