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miércoles, 15 de abril de 2015

El Gran Gastby (2013)

                                                   



Excentricidad y desmesura. No hay otro modo para definir el hiperbólico mundo visual de Brad  Luhrmann, donde lo excesivo del espectáculo visual, solapa el factor humano y la grandilocuencia fílmica se sobrepone al  entorno dramático. No hay lugar para la preciosa prosa de Fitzgerald en este entorno de exuberancia, que en ocasiones roza la línea del buen gusto. El Gran Gastby, es una ópera visual con aciertos y manejo de recursos en la dirección, en especial en la primera parte: la recreación del valle de las cenizas, el ritmo narrativo. Pero chirriante y carente de hálito dramático. La reconstrucción de los felices 20 es apabullante. Y, aquí el primer  error del film: la banda sonora. ¿Que demonios hace el rap infiltrado en una fiesta de “flappers”? ¿Como cuadrar a Lana del Rey y a Florence and The Machine en la misma cinta? Muy sencillo, con el estilo ecléctico, pletórico y carente de sentido del ridículo de Luhrmann. 


El espectador hubiera agradecido un poco de “dixieland” por aquí, un poco de charleston por allí, pero el director nos coloca un anacrónico rap en medio de una orgiástica celebración. 

El guión parece concentrarse mas en los aspectos dionisíacos, que en las vivencias humanas. Si, hay una dolorosa historia de amor, pero ya estaba ahí en el libro y con matices muchos más sutiles y delicados. La concepción  kitsch (y no carente de osadía) del director pergueña un entorno imposible, que realza con grandilocuentes movimientos de cámara, en un ensayo sobre la megalomanía (la del personaje y la del mismo cineasta), que no deja indiferente. El Gran Gastby, nos recuerda a uno de esos malabaristas que ofertan un número sorprendente y revolucionario, para a continuación vendernos humo y decepción. En el plano visual, el producto es impecable y personalísimo (de esto no hay duda), las interpretaciones solventes y notables. Di Caprio; cada vez más actor; compone un Gastby humano, alterado, que no acaba de encontrar su lugar en el mundo. Ha construido su vida sobre un sueño de amor. 

Carey Mulligan (soberbia en “An Education”), regala una interpretación deliciosa y contenida, como la amada que no merece los afectos de Gastby, ya que en el epílogo se revela embustera, traidora y conformista. Tobey Maguire es un actor interesante, como ya ha demostrado, pero esa autosuficiencia de anuncio de dentífrico, que derrama durante el metraje, termina ahogando los buenos momentos. Otro de los escollos del guión es el aura de misterio que rodea al personaje, para que las expectativas no lleguen a cuajar, dejando a Di Caprio totalmente desnortado, o el escaso aprovechamiento de un decorado como “El Valle de las Cenizas”, para elaborar una tesis sobre desigualdades sociales, ocultada por el espectáculo de fuegos artificiales. 
La cinta obvia el posible objeto de deseo que para Nick es el magnate Jay Gastby, sin molestarse en hacerse la pregunta: ¿Por que esa fascinación? ¿Por que para Nick es tan importante escribir la historia de Gastby? Aunque la trama nos indique una relación de Nick con Jordan Baker, deberíamos leer entre líneas. El problema de Luhrmann, es que sus “adaptaciones” literarias no son tales. Son reinterpretaciones de querencia videoclipera pasadas por su personalísima turmix, como ya sucediera con con la parafernalia derramada en “Romeo y Julieta” o la celebrada “Moulin Rouge”. Francis Scott Fitzgerald, publicó en 1925 "El gran Gastby", una de las obras cumbre de la literatura universal del siglo XX. Ciertamente la imaginería que destila el director, ni siquiera podía preverse que llegara a existir en la época genésica de la narración. 


Flota sobre el film una sensación de ajeneidad, donde el barroquismo visual devora la densidad dramática, donde los sentimientos y pasiones demostrados, son extraños y chirrían sobre todo en los momentos mas intensos (véase la discusión en el hotel, cuando Gastby pierde los papeles). Situaciones de las que se podía haber extraído un coeficiente escénico superior. El  director ofrece una ópera manierista y excesiva, en la que; utilizando símiles musicales; el coro no deja escuchar las arias. Se echa de menos ese lamento individual y catártico. El desencanto de esa “Generación Perdida” que Fitzgerald abanderó junto con otros enormes escritores (John Dos Passos, Ezra Pound, Ernest Hemingway, John Steinbeck), se echa de menos el canto de cisne de esa sociedad que esta a punto de sumergirse en el Crack del 29, mientras ahoga en excesos su angustia vital. De una juventud desencantada envuelta en vapores de jazz y ginebra. Aquí los árboles no dejan ver el bosque. El enfoque visual y plástico (sobre todo la anacrónica banda sonora, aunque intercale notas de Gershwin), parece dirigido a ganarse un público adolescente, con reclamo de un antiguo ídolo teen, reconvertido en gran actor, en lugar del crítico retrato de la alta sociedad estadounidense que concibiera Fitzgerald. La moraleja de esta fábula se disuelve cuando desaparece el envoltorio y el interior aparece carente de la densidad necesaria, pese a algunos momentos apreciables, nacidos del talento de los actores. Critica ácida al “sueño americano”, Gastby resulta ser un vulgar trapichero, que roza la ilegalidad en sus negocios. 


Continua siendo despreciado por los que son ricos de cuna, que le consideran un advenedizo, a pesar de su fortuna, en un mundo donde la apariencia lo es todo. El universo de Fitzgerald precisa de atmósfera, del lirismo que destila su prosa, de una percepción de sueños rotos y tragedia clásica, que no acaba de cuajar en esta versión adrenalínica. No se puede ocultar bajo una paleta cromática desmesurada la falta de enjundia, no basta para reflejar el concepto snob de las flappers y sus allegados, con atronadoras explosiones visuales. No basta el uso permanente del croma. La artificiosidad no consigue sustituir la veracidad narrativa. El espectador desea sentir el profundo tormento de Gastby, y este se le escapa de las manos al cineasta, envuelto en oropeles, desmesura y fatuidad. Pese a la esforzada perfomance de Di Caprio es difícil no sentir añoranza por la interpretación de estética setentera (clásica y epidérmica) de Robert Redford, dirigido por Jack Clayton (1974), que también vió mejores días cinematográficos (A las Nueve Cada Noche, Suspense). Quizas el Gastby definitivo, aún aguarde en el escritorio de un guionista. El mundo decadente de Jay Gastby sigue esperando su demiurgo. Quizas los amantes de Fitzgerald, aún puedan vislumbrar (al igual que Gastby) una luz verde al final de la bahía.

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