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viernes, 25 de septiembre de 2015

Byzantium de Neil Jordan

                                               


El irlandés Neil Jordan decide cerrar, momentáneamente, su mirada cinematográfica sobre la esencia fantástica. Cuando hace ya diecinueve años de su estética adaptación de la obra de Anne Rice “Entrevista con el Vampiro”. Jordan es conocido por el público principalmente por su film “Juego de Lágrimas”, fábula situada en el conflicto irlandés. Huyendo servicialmente del cliché, Jordan ha decidido dar una última vuelta de tuerca al universo hemoglobínico, y se permite todas las licencias literarias posibles para enriquecer y sacar del anquilosamiento la mitología del chupasangre, tan revisitada por productos con vampiros con las hormonas alteradas que brillan al sol (Crepúsculo) o tratan de alimentarse de alimañas. Jordan se apropia del universo nosferatu de la dramaturga Moira Buffini, donde los vampiros al uso dan un giro de 360 grados.
 En primer lugar la conversión no tiene lugar al modo habitual: un mordisquete directamente a la carótida y bienvenido a la familia. Las vampiresas protagonistas de Byzantium utilizan una larga uña del pulgar para sondar artesanalmente las arterias del respetable. Aparte de esta incursión espelelológica, el acceso al universo de las sombras se realiza siguiendo un mapa que les lleva a una isla remota. En una cueva tiene lugar el encuentro con un doble ¿benefactor? que les concede la inmortalidad. Aquí Jordan y la guionista mixturan el material del universo transilvano con la mítica del doppelgänger. El doble que todos deberíamos tener en un universo paralelo. Edgar Allan Poe escribió un magnifico cuento sobre este gemelo, un doble pertinaz, en su magnifico William Wilson. Esta es uno de los mejores “Relatos extraordinarios” del autor, ya que confluyen los dos protagonistas en un marco espacio-temporal y establecen una relación que termina negativamente para ambos. En el campo del cine una poética obra como “El Estudiante de Praga” también se aproximó al componente duplo de la personalidad en clave de terror. 

Huyendo de cualquier versión truculenta o tarantiniana del mito, las vampiresas de Byzantium están condenadas a pasar la eternidad junta. No poseen poderes extraordinarios y además se ven obligadas a trabajar.
Gemma Atterton (imposible una vampiresa más sensual) trabaja como prostituta para mantener a su hija y a ella misma. Aquí Jordan aprovecha para la crítica social descarnada. La madre; convertida en prostituta durante las guerras napoleónicas por un militar; le dice a la hija ante sus reproches: “En que otra cosa podría trabajar”. Nada ha cambiado en el mundo. Byzantium es un ejercicio sobre la memoria. 
La memoria que una soberbia Saoirse Ronan (no se puede decir más con menos gestos) vuelca en las cuartillas que escribe cada día, arranca y lanza por la ventana contando su historia de siglos. ¿Cómo es la memoria de alguien que es inmortal? Para alguien que vislumbra el tiempo como una repetición constante de lo ya vivido. Jordan soluciona visualmente este devenir agónico (la inmortalidad es lo que tiene) a base de planos en espejos y ventanas, a los que se asoman las protagonistas, que se reflejan en los espejos. Otro tópico hecho añicos. Hay violencia y sangre a borbotones, pero no chirrían en el conjunto, ni rompen el halo de poética enfermiza, pausado, que nace de la relación entre Saoirse Ronan y un adolescente terminal (y viscoso), interpretado con maestría por Caleb Landry Jones. Toda la narrativa es un canto al miedo a la soledad. Jordan apuesta por un cromatismo irreal, reflejando la sordidez y una belleza siniestra de atmósfera opresiva, apoyada por la lánguida fotografía de Sean Bobbitt (12 años de Esclavitud, Shame, Hunger). La Aterton es un animal cinematográfico como ya demostrara sobradamente en "Tamara Drew". En cuanto a Saoirse Ronan, crece como la espuma oceánica, desde sus papeles adolescentes, consiguiendo interpretaciones intensas (esos ojos, Dios mío) sin necesidad de aplicar excesos y desmesuras (Desde mi cielo, Hanna, Camino a la Libertad). Esta actriz parece escapada de un cuadro de Dante Gabriel Rossetti. Sublime el duelo de Eleanor con la profesora leyendo las páginas del trabajo en el colegio donde ella le cuenta su verdadera historia. Consigue transmitirnos el terror de la mujer, mirando al rostro prerrafaelita de Saoirse, en un “tour de force” inolvidable. Neil Jordan opta por elegantes flashbacks donde se cuenta la historia pasada de las protagonistas, alternando con los descubrimientos en el presente. En esta narración reconstructiva, el director aprovecha para sacar toda su artillería lúgubre y barroca. Lo hace de modo elegante, y en esta rememoración la fábula gana muchos puntos. No falta la retroalimentación y los referentes fílmicos. En una de las secuencias, Eleanor apaga con desgana y hastío el televisor donde se puede ver una escena de “Drácula, Príncipe de las Tinieblas” de Terence Fisher, en un divertido juego metacinematografico. 

Los mordedores clásicos parecen aburrirle. En cuanto al nombre de Clara, puede rastrearse una estela genésica en la novela “Carmilla”, escrita por Sheridan Le Fanu, donde aparece por primera vez en la literatura una vampiresa. Otra de las opciones elegidas por la guionista, es el rechazo de la mujer vampiro por parte de una hermandad de vampiros masculinos, que las repudia y trata de destruirlas. Nunca había sido tan mal tratado el género femenino colmilludo desde la aparición espectral de las tres arpías en negligé en el “Drácula” de Bela Lugosi, luego remedadas por Coppola en su versión, aunque mejoradas (las tres macizas del gineceo coppoliano eran la Belluchi, Michaela Bercu y Florina Kendrick). Como para no dejarse hincar el diente. En los últimos años apreciables producciones como “Déjame Entrar” (2008), remakeada ¡como no! en los E.E.U.U, realizaron notables variaciones del imaginario vampírico. No anotaremos en estas aportaciones los adolescentes de hormonas alteradas por la purpurina en la saga juvenil de Stephanie Myers. 

Otro de los tributos a la mitología es el rol desempeñado por Eleanor como “ángel exterminador” que es identificado por ancianos y enfermos desahuciados, para que les ayude a la transición sin dolor, succionando su sangre. La banda sonora de Javier Navarrete acompasada con las hechizantes imágenes de este mundo en decadencia donde hasta el nombre del hotel “Byzantium” es un juego cronológico con el crepúsculo del imperio romano de oriente. 
En algunos países ni siquiera se ha estrenado esta película, que sin llegar al lirismo y precisión de aquel cuento de hadas pervertido (cuento dentro de otros cuentos) titulado “En Compañía de Lobos” (vertiente británica e intimista) donde una adolescente concentraba las personalidades de Alicia y Caperucita, o a la precisión narrativa de “Entrevista con el Vampiro” (vertiente superproducción del autor). Byzantium es una, más que notable, y poética muestra de buen cine, aunque con final acomodaticio. 

El espectador puede quedarse con lo mejor del fantástico de Jordan (mencionado anteriormente) o disfrutar de su creación más realista con las excelentes “Juego de Lágrimas” o la efectiva “Michael Collins”, relato irlandés encumbrado por la gracia de Liam Neesom. Sin olvidar la curiosa “En mis sueños” con un atípico Robert Downey Jr. Aunque parte del auditorio se decantará por la comercial/traspiés, en manos de desnortada Jodie Foster “La Extraña que hay en mi” o la poética “Ondine” con sirena incluida. 

El autor se homenajea en el film a si mismo, con la capucha roja que utiliza Saoirse Ronan, recién salida del licantrópico cuento. Metáfora sobre el tiempo y sus consecuencias. De como el reloj afectaría a la inmortalidad. Palabras mayores.

La Banda Sonora

El turolense Javier Navarrete (El Laberinto del Fauno, Furia de Titanes) firma la partitura de esta cinta, con el añadido de standards y canciones. La diferenciación temática está bien definnida. El uso de música electrónica y zumbidos, frente al bloque orquestal donde la cuerda y el conjunto coral son la marca de clase. De la melancolía al tenebrismo. Del efectismo del conjunto vocal a la evocación de las obras utilizadas de otros autores como “Sonata in C Major, Opus 2, Nº 3 del maestro alemán Beethoven. A destacar la fusión perfecta entre las imágenes y la partitura. La atmósfera opresiva, oscura, permite destilar notas lúgubres o intensas. Los momentos de añoranza también tienen su movimiento en este score, donde tienen cabida incluso interpretaciones de Atterton como la tradicional: “El Sepulcro Inquieto” o la voz de Etta James en “Do not Cry Bebé”. A destacar “The coventry Carol” una coral de voces empastadas, de atmósfera catedralicia. Polifonia “de qualité”.



El tema “Eleanor´s Dream” una mezcla de teclado y coral electrónica escalofriante con efectos atemporales.
My Mother. Evocadora y sensible en su sencillez armónica.
My Mother Was Dying. La sección de cuerda es el juego. Evocadora y romántica. En la sección final el teclado cambia la atmósfera y la vuelve densa y opresiva.
 
Navarrete tiene experiencia en la creación de atmósferas como hizo en la excelente “El Espinazo del Diablo”, cuya soundtrack fue nominado a los Premios Goya y Oscar en 2006. Ganó el Emmy con el telefilm interpretado por Nicole Kidman y Clive Owen “Hemingway & Gellhorn, una mascarada impropia de la cadena HBO capaz otrora de series como Roma o Boardwaldk Empire. Una historia de amor entre el escritor y la periodista (germen de Por Quien Doblan las Campanas) preñada de tópicos, con una guerra civil/wenstern, protagonistas caricaturescos y perdidos, con profusión de lugares comunes. Nada de esto resta méritos al pentagrama de Javier Navarrete. En esta banda sonora, evocadora y dramática, encontramos desde canciones tradicionales “Red River Valley” con una precioso arreglo, que se repite después con el nombre de “Jarama Valley” (versión Brigadas Internacionales). 


Gran habilidad orquestadora en temas como “Real Hoenymoon”, utilización de guitarra española o del folklore patrio: “Ay Carmela”. Una partitura artesanal con temas electrónicos de voces humanas en “Dachau” o “La Alegría de Riego”, de hispánicos y folklóricos aires. La pieza “No ha muerto aún”; viento y cuerda; es una hermosa despedida en tonos sepia. Completa un excelente álbum, donde también encontramos temas interpretados por la cantante afro-peruana Marina Lavalle (Amado), hermoso homenaje retro, con aires caribeños en una poderosa voz. Iniciado en la música electrónica con músicos como Eduardo Polonio o Carles Santos. Después pasó al minimalismo electrónico.

 
An Empty Island. Melodía misteriosa, coros lejanos, totalmente acorde coros lejanos, sonidos atmosféricos y predominio de lo electrónico.
Clara Inmortal: Lo mejor del score. Coros, cuerda y atmósfera turbia.

Dentro del film también se escuchan otros temas no compuestos por el autor.
Coventry Carol. Bellísima coral tradicional interpretada por London Voices.
El Sepulcro Inquieto y Su Bebé se ha ido por el Desagüe, son interpretados por la protagonista Gemma Arterton.
Etta James se encarga de Do Not Cry Bebé.
También se pueden escuchar el “Claro de Luna” de Debussy, además de Shostakovich, Schubert, y el omnipresente leitmotiv de la Sonata in C Mayor, Opus 2, Nº 3 de Beethoven, interpretada por Simon Chamberlain. Un adagio que a primera vista no tiene nada que ver con el resto de a sonata. Finaliza el movimiento en pianíssimo.
Chamberlain (Cisne Negro, El Caballero Oscuro) también fue orquestador adicional en la película de culto “Dark City”..
Una banda sonora de tonalidad oscura, cuya paleta acompaña el tono decadente y malsano, mixturándose con acierto con la excelente fotografía.

 

 Byzantium (2013) Soundtrack Score
Composed by: Javier Navarrete
Tracklist:
01. Main Titles (01:42)
02. Secrets (02:51)
03. No One (01:51)
04. The Coventry Carol (01:05)
05. Sonata in C Major, Opus 2, No. 3 - Adagio (02:10)
06. Hotel Byzantium (02:00)
07. Eleanor's Dream (01:43)
08. Hunters (01:50)
09. Steal Something from Her (02:20)
10. My Mother (02:30)
11. Whore (03:07)
12. Thirst (01:08)
13. You Came for Me (02:10)
14. At School (02:07)
15. It Would Be Fatal (01:47)
16. My Mother Was Dying (04:39)
17. Ancient Knowledge (01:45)
18. An Empty Island (04:06)
19. Betrayed (00:59)
20. As Darkness Fell (03:07)
21. My Mother Saw Her Chance (00:46)
22. Iʼm Sixteen Forever (01:21)
23. Birthday Gift (01:42)
24. Clara Immortal (04:51)
25. Love Dark (02:30)

26. Blade from Byzantium (05:55)

martes, 22 de septiembre de 2015

Magical Girl. Los infiernos cotidianos


                                                      

Magical Girl nace con vocación de culto. Con todas las miserias y grandezas que la etiqueta conlleva. Adoradores fervientes frente espectadores reacios a su discurso. La indiferencia no es una opción ante esta pesadilla circular (como las ruinas borgianas) dantesca y desasosegadora. Magical Girl es un “Noir” negrísimo, un cuento de hadas pervertido con formato de thriller autóctono, una pieza de cámara sombría e hipnótica donde la razón no tiene cabida y los instintos campan a sus anchas. Vermut ha elegido el claror que contrasta con toda la oscuridad que subyace bajo la piel. 
Apartamentos de paredes luminosas, albor casi insultante, de una blancura cotidiana. Debajo de esos gotelés, de esa inmaculada limpieza de la mansión adonde acudirá Bárbara, hay todo un mundo de penumbra e insanía. La aparente cotidianeidad de las conversaciones en cocinas, bares o salones con amigos que traen su bebe, esconden las perversiones de Bárbara, la falta de escrúpulos del padre afligido, la morbosa relación con Damián, el inframundo del dolor de la mansión o el trato malsano que recibe de su marido. Estamos ante un ejercicio de cine que elige la elipsis, los flecos arguméntales y los vacíos de guión como bandera. 
Esta es su arma, y también su talón de Aquiles, para aquellos que reniegan de su visionado. En estos parámetros coincidió con otra cinta que también dejaba abiertos senderos para después de los títulos de crédito. “La Isla Mínima” y “Magical Girl”, trascienden la pantalla y continúan palpitantes en teorías y deducciones cinéfilas sobre sus elipsis, tras su visionado. Nos encontramos ante un universo de autor, que opta por la sobriedad narrativa, donde implosionan pasiones enfermizas. 




Una fábula soterrada, con diferentes capas, como una caja de matrioskas pervertidas, no apta para todos los estómagos. Magical Girl tiene la capacidad de producir desasosiego en lo cotidiano, como una pintura nacida del pincel forense de Lucien Freud. Y sobre todo genera incomodidad. En ningún momento es espectador se siente cómodo con lo que está visionando. Ni los intervalos mas cotidianos están libres de esa perturbación que se respira como un ser vivo. Las conversaciones entre padre e hija, la de Damián con el padre, la escena en la cama de Bárbara y su marido. En todo momento subyace esa sequedad en las dicciones; voluntaria marca de clase; esa parquedad en lo gestual, ese laconismo en las secuencias más terribles. Frente al histrionismo o la desmesura que a priori serían más adecuadas para un argumento como éste, nos enfrentamos a la cotidianeidad alterada. A un mundo donde nada es lo que parece. A ritmo de zen. De plano fijo y morosidad en el travelling. 

Conversaciones sutiles, narrativa remisa a la mostración de pasiones desatadas, sin excesos. Pero capaz de destruir la línea argumental con una bomba de profundidad, como la escena donde Bárbara ríe con un bebé entre los brazos, en la cotidiana visita de amigos. Una sola frase es capaz de asomarnos al abismo. Nada es lo que parece en este rompecabezas kafkiano. El padre abatido ignora que acaba de abrir la Caja de Pandora al plantearse un chantaje que en otras circunstancias nunca habría realizado.
Carlos Vermut procede del mundo de la ilustración y el comic. Su cortometraje “Maquetas” recibió buena acogida por parte de la crítica. Tras intentar colocar su guión de “Diamond Flash” en diversas productoras decidió crear Psicosoda Films. Para costear la empresa utilizó el dinero recibido por los derechos de la serie “Jelly Jam”. La película resultó “trendic topic” el mismo día del estreno.
 
Magical Girl se resuelve en clave de cine negro costumbrista, aunque su negrísimo epílogo donde se cierra el círculo, subraya con certeza su vocación de “rara avis”, por lo gratuito (y lo terrible) de la acción de Damián. El sonido directo, las conversaciones en clave de murmullos, la aparente falta de empatía de los personajes, la fotografía natural, todo esto contribuye a crear una atmósfera de irrealidad dentro de lo cotidiano, dentro de su aparente simpleza. La apuesta estética forma parte del juego. Un salón de casa como otro cualquiera, una cocina de las de toda la vida, una mesa de colegio donde se gesta el origen del drama. No hay efectismo estético ni siquiera en la mansión que suponemos oculta un catálogo de patologías. Se juega con el espacio. Vermut crea atmósferas malsanas entre cacerolas, sofás, gotelé o bares castizos. Hay ecos buñuelescos en esa habitación de la salamandra que remiten a la caja que el oriental muestra a “Belle de Jour” y que nunca sabemos que contiene. Vermut opta por la elipsis. Nos introduce en universos lynchianos, pero deja a la poderosa imaginación del espectador lo que sucede en entre esas siniestras (y elegantes) paredes.

 La estructura circular está dibujada desde las escenas iniciales donde la niña baila soñando convertirse en Magical Girl Yukiko, y la dantesca escena final, donde ya convertida (merced al disfraz) mira a los ojos a Damián antes del abismo. Las otras secuencias paralelas (no en el tiempo) son aquellas en que se inicia la relación enfermiza entre Damián y Bárbara. Una adolescente Bárbara se burla del profesor Damián que le pide que le entregue la nota caricaturesca que le ha escrito. La niña; en un truco de magia; la hace desaparecer, hecho que condicionará para siempre sus vidas. 





En esta escena ya se puede adivinar algunas de las características de Damián: el escritorio de la mesa, filmado desde arriba como fondo de las dos manos, esta ordenado con la precisión de un obsesivo-compulsivo. El cromatismo irritante simula una falsa asepsia bajo la que laten depravaciones destructivas, detrás de la barra del bar de toda la vida, de la cocina cutre, palpitan pasiones ¿incontrolables? que desatan un Apocalipsis en lo cotidiano. “Magical Girl” es esquinada y sibilina, con la crueldad de los relatos de los hermanos Grimm. La maldad erosiona la supuesta capa de convencionalismos y urbanidad de dos profesores, supuestos educadores de la sociedad. Apretemos un poco las teclas y sirvamos la anarquía en bandeja. Estamos ante una pieza de cámara dominada por el (supuesto) laconismo de los personajes, y la (impostada) inexpresividad éstos. Pero todo forma parte del juego. Lo monstruoso no tiene porque ser desmesurado. No son necesarias histerias interpretativas, desmesuras alpacinianas, ni cambios de peso a lo "De Niro". El mal habita en nosotros y lo hace de forma cotidiana, casi garbancera. Véase la sutileza de Luís Bermejo (el padre) capaz de pasar de la abnegación al chantaje descarnado, sin cambiar la expresión corporal durante el metraje.



Nótese la interpretación que hace el cuerpo lleno de cicatrices de Bárbara Lennie, que transmite más que su rostro de angelical vecina  para pedirle un poco de sal. Nada de expresiones de “femme fatal” a lo Joan Bennet en “Perversidad”, nada de ocultar el rostro tras unas gafas de sol mientras dejas ahogarse a un chico paralítico en el lago, a lo Gene Tierney en “Que el Cielo la Juzgue”. Este personaje de Lennie no es una villana al uso, es algo mucho más execrable, aunque su rostro no lo delate. Sacristán destila bonhomía, aunque su personaje sea uno de los más oscuros, derrochando experiencia y sabiduría. Todo este puzzle se basa en la falta de una pieza clave para su ulterior y apocalíptico epílogo. ¿Qué une al profesor Damián y la alienada Bárbara? Aparte del inicio de una relación sadomaso en la escena del colegio, no hay nada que los vincule, salvo la confesión de Damián a la sicóloga de la prisión de que “tiene miedo de volver a ver a Bárbara”. Vayamos por partes (como diría Jack the Ripper). La condena que acaba de cumplir Damián es de diez años. 
Para cumplir este tiempo en nuestro sistema penal, es necesario un asesinato, en ningún momento se nos habla de tráfico de drogas, ni de otro delito, por lo que suponemos que Damián arregló algún asunto para Bárbara. Si no es la primera vez que mata el inofensivo profesor, lo siguiente es plantearse si ha formado parte de alguna manera del oscuro mundo de violencia sexual de Bárbara, o práctica alguna variante de adicción retorcida hacia la protagonista. En esta relación está ausente el componente genital. Esto queda claro cuando Damián dispara a una única víctima, sin decirle que se de la vuelta. El padre de la niña le confiesa que Bárbara se acostó con él sin nada a cambio. Esto derrumba el mundo de Damián, que rompe con sus últimos escrúpulos morales. 



Pierde su componente racional. Nada se nos cuenta de esto, por lo que la conjetura forma parte del invento. Las dos protagonistas femeninas son dos Magical Girl, una lo es en la inocencia y el dolor, refugiada en su mundo de Anime donde es posible escapar al sufrimiento cotidiano. Bárbara lo hace desde el lado oscuro. Nadie la obliga a obtener el dinero acudiendo a la misteriosa mansión. 
Es una decisión/excusa. Todo queda claro cuando muestra su cuerpo lleno de cicatrices. “Me han hablado muy bien de ti” le dice el organizador de aquella feria de anormalidades. Bárbara es el ángel caído por voluntad propia. La atracción del abismo. Al final de la cinta la protagonista no tiene rostro, vendada y oculta intenta seguir manipulando a Damián que en un juego de presdigitación (y cinematográfico) le devuelve el truco de la desaparición con el móvil usado para el chantaje. Pero una vez más aquí nos encontramos en el jardín de senderos que se bifurcan (con permiso de Borges). El espectador puede interpretar esta acción como un regalo de Damián a la destrozada Bárbara, para decirle que todas las pruebas han desaparecido. Pero es más probable que un profesor desgarrado por la revelación del chantajista, y agotado de años de sumisión, adopte el papel dominante en la enfermiza relación. Tengo el teléfono, ahora yo dicto las normas…
Todo el metraje es un descenso a los infiernos. La luz del Anime en que vive permanentemente la niña, huyendo de la oscuridad de la muerte, frente a la oscuridad buscada por los otros personajes. La luz de la niña apagada prematuramente en la brutal (e innecesaria) escena final. Damián bien podía haber elegido marcharse. Sabe que la niña va a morir y el sacrificio es innecesario ¿o no?  En una ciudad grande es difícil que una niña desahuciada volviera a verle o reconocerle. ¿Para que entonces el sacrificio ritual? ¿Para poder cerrar el círculo con la otra Magical Girl que aprisiona su vida? ¿Para robar su magia y hacer desaparecer el teléfono?




Este tríptico del horror abre sus tres puertas como “El Jardín de las Delicias” de El Bosco. En Mundo conocemos al profesor, la enfermedad de su hija y su inestable situación económica, que le imposibilita comprar el carísimo vestido de la serie Magical Girl.
En Demonio aparece Bárbara, como una diosa del destino, la Némesis que le conducirá a la perdición. Escila y Caribdis obligando a los navegantes a elegir entre un horror u otro.
En Carne aparece Sacristán y su obsesión-relación malsana con Bárbara que condiciona el destino de los demás personajes. Una vez más el fatum, el destino aciago.
 
Todo es insinuado, todo simbólico, todo es elíptico, todo es hermético. Hermosa y terrible, la elipsis en que Bárbara recoge la tarjeta que contiene la palabra de seguridad para detener las relaciones sado, y se encuentra en blanco, para adentrarse en los infiernos. Desde esa “Niña de Fuego” interpretada por Manolo Caracol, que aparentemente es la menos apropiada para el conjunto, todo el minimalismo narrativo y conceptual, que a priori se antojaría el menos oportuno para una temática que en otras manos hubiera devenido bizarra y desmesurada en la puesta en escena. La frialdad se apodera de los personajes y el entorno, de la fotografía, de la trama. La falta de empatía flota en una atmósfera malsana y perturbadora camuflada de bar de amiguetes y canciones castizas. Oculta bajo la epidermis de lo aparentemente cotidiano. En una vuelta de tuerca, en una montaña rusa deleznable, los personajes que nos habían tocado la fibra, se vuelven abominables y los que nos parecían corruptos, unas pobres víctimas de esta narración en clave de esquizofrenia. Cuando el círculo se cierra en la cadena de pesadillas, el espectador  no sabe exactamente que es lo que ha visionado, ni en que lado de la negatividad (el único personaje no tóxico es la niña) se encuentra.



Magical Girl rompe el cine de género. De hecho rompe todos los esquemas, para transmutarse como piedra filosofal en inclasificable creación. Nada de comedia urbana con salidillo de turno, nada de cine negro garbancero, nada de comedia  descerebrada para adolescentes con sospechoso acné, nada de terror cutresalchichero para consumir palomitas. La niña de fuego abrasa. Y lo hace desde dentro. Para el espectador la percepción de este entorno es de extrañeidad. Y debe ser así. Incluso los diálogos aparentemente mas rutinarios sobre frikis televisivos, fútbol, educación o lavadoras con función de secado, producen esa sensación de extrañamiento e incomodidad. Es la percepción de que bajo la piel, los parásitos andan abriendo camino. De que todo el entorno doméstico es una fachada, para la espoleta de la bomba que ya esta en marcha, Tic-tac. Tic-tac. La fatalidad.

El aspecto interpretativo regala situaciones aparentemente lacónicas, secas. Minimalistas como la puesta en escena. Como letanías fatídicas. Quedan las miradas. Todos los actores están enormes (esos ojos de Lucía Pollán), esa falsa vulnerabilidad de Lennie, esa escuela de siglos de Sacristán. Raramente vemos encuadres que acojan más de dos personajes. En cierto modo la soledad es la protagonista de estas vidas. Desde el instante en que Sacristán se viste de luces para su ritual torero de muerte, es como si se encontrara solo en el bar. Con esa sensación de ajeneidad de una melancólica pintura de Edgard Hopper.


Las Referencias

El Comic.
Primer oficio del director de indudable presencia en los encuadres lánguidos y sostenidos. En la parquedad de las imágenes, nunca corales. En la novela gráfica hay escaso espacio para muchos personajes en viñeta. Esa elipsis entre secuencias, se denomina gutter en el mundo del noveno arte.
 

El realismo mágico.
Por dos ocasiones (una vez más las ruinas circulares de Borges) se introduce en lo cotidiano, un elemento inexplicable. Bárbara en el colegio hace desaparecer la nota que da comienzo al infierno de Damián. Junto a la cama del hospital, una mujer sin rostro de claras referencias cinéfilas (El Hombre Invisible, Les Jeux sans Visage). El círculo se cierra cuando Damián le devuelve el truco ¿poderes mágicos transmitidos por la pequeña Magical Girl? y recupera su situación de poder.

El cine.
 Aquí hay de todo desde los Coen hasta Franju, pasando por Buñuel, Kubrick, Melville, Tarantino, el pulp, el costumbrismo castizo o Lynch. El cinéfago se entretendrá descubriendo referencias.
 
El Anime y el Manga.
Los ojos de Lucía Pollán son anime estado puro. Las guerreras mágicas como Sailor Moon o Sakura hicieron las delicias de una generación de niños de los 80/90. ¿Evasión para la niña enferma que ansía un poder? ¿Que poder mágico pedirías? Vivir más tiempo. Ante la imposibilidad de cumplir el primer deseo, el padre decide comprar el traje de Magical Girl sin saber que ha iniciado el Apocalipsis. Bárbara toma una bebida que se llama Sailor Moon.

El Lagarto Negro.
Pink Martini hizo una versión de esta canción para su álbum “Sympathique”. Cierran los créditos finales. Homenaje a la novela de Rampo Edogawa “El Lagarto Negro”. Fue un escritor de novelas de misterio. Padre de la literatura de misterio nipona, que ha influenciado a directores de cine y dibujantes de manga. El buscador que utiliza el padre se llama como homenaje Rampo. Este nombre es Edgar Allan Poe, pronunciado a la japonesa. El nombre real era Hiari Tarou, autor de cuentos enigmáticos y perversos. El niño protagonista del Anime “Detective Conan” tomó su nombre “Conan Edogawa” del escritor japonés y de Conan Doyle (no de Conan el Bárbaro). La editorial Jaguar lo publicó con el titulo “La Lagartija Negra” (1934). También fue llevada al cine por Kinki Fujasaku (director de la Bélica “Tora, Tora y de la génesis de “Los Juegos del Hambre” titulada “Battle Royal”. En el argumento encontramos una ladrona de joyas mortal y hermosa (como Bárbara) aunque ésta roba vidas. Por cierto el personaje de “El Infierno de los Espejos” siente verdadera obsesión por los mismos. Recordemos la importancia de los espejos en el film. En “El Precipicio", el escritor presenta un curioso juego sadomasoquista…

El Rompecabezas.
 Símbolo y alegoría de toda la película. A Damián le falta una pieza para terminar el rompecabezas. El espectador debe completar el puzzle narrativo. La caja del oriental de “Belle de Jour”, el maletín de Tarantino en “Pulp Ficcion”, el puzzle de Damián. Todos ellos excusas para que el  espectador complete el rompecabezas.


El Kegadol.
Todo un mundo de vendas, parches en la más pura línea de las rarezas y perversiones niponas que no dejan de asombrar.
 
La situación social.
Las charlas versan sobre la enseñanza, la situación del país, el paro. El libro donde se esconde el chantaje es una simbólica Constitución. Obsérvese el detalle analfabeto de comprar "La Colmena"  al peso.

Espejos y puertas juegan un papel simbólico y diegético en las vidas de los personajes.


Musica
No hay exactamente una banda sonora.

Leiv Motif es la Niña de Fuego de Manolo Caracol, el fuego que consume a los personajes. director la escuchó en una versión titulada Ninja de fuego interpretada por el grupo Pony Bravo.
Haru Wa SA-RA SA-RA, de Yoko Nagayama
Song of the black Lizard, de Pink Martini
Acérrimos seguidores o detractores vocacionales. La indiferencia no es una opción con  esta película.

 

                                                                                                                                                       

viernes, 18 de septiembre de 2015

BLACK SAILS. TEMPORADAS PRIMERA Y SEGUNDA.

       


Érase una vez un lugar llamado Nassau. La propuesta de la norteamericana Starz sigue los pasos de su exitosa precedente, la imaginativa (en lo histórico) y de potente presencia visual Spartacus. Rodada en Cape Town Studios se presenta como una precuela de la celebrada novela de Robert Louis Stevenson “La Isla del Tesoro” con guión de Jonathan E. Steinberg (Jerico) y Robert Levine, otro de los habituales de la casa. Pero todo parecido con el argumento genésico es pura coincidencia, y sus conceptos (morales, éticos y cinematográficos) se alejan notablemente de todo el “cine de piratas” realizado hasta la fecha. Starz aporta los ingredientes que atrajeron al público en Spartacus: un diseño de producción cuidado, interpretaciones notables y argumento vibrante, pero salpicado de sexo y violencia en exceso gratuitos. Con cuatro nominaciones a los Emmy a cuestas y una cabecera compuesta por Bear Mcreary (autor de partituras como The Walking Dead o Battlestar Galactica), hipnótica y obsesiva. Tomando como referencia las canciones de trabajo marineras; desgrana un perturbador e insistente “leitmotiv”, imitando el sonido de una zanfona “in crescendo”. 


Este instrumento de cuerda, de difícil afinación, datado en el siglo X para acompañamientos religiosos, revivió en Francia en el siglo XVIII. La visión dada por la productora es la de un mundo donde predominan las bajas pasiones, la violencia es una forma de vida y el sexo un medio para alcanzar los fines adecuados, es cierto que se aproxima a la realidad de aquella cofradía de pesadilla, formada por ladrones, asesinos, borrachos o proscritos. Aunque quizá este acercamiento es excesivamente radical, ya que la pretendida visión de la violencia, el sexo en estado puro  y el lenguaje soez, pueden alejar a espectadores que pensaban que iban a visionar “una de piratas” de toda la vida. Black Sails no es nada de esto. Las “Velas Negras” del título rompen con todos los esquemas vistos hasta la fecha desde aquella hermosa transgresora de la ley, que fue interpretada por una deliciosa Jean Peters en “La Mujer Pirata”, hasta los fallidos intentos de modernizar el subgénero “ad maioren gloriam” de Geena Davis (dirigida por su marido), capitaneando la tripulación en la adrenalínica “La Isla de las Cabezas Cortadas”. 

A años luz quedan conceptos como la divertida saga protagonizada por Johnny Deep y sus piratas del Mar Caribe. Un experimento que basándose en una atracción de Disneylandia no podía dar juego en el terreno de la sangre y el sudor, pero que consigue un producto burlesco, original y valiente (esa caracterización suicida de Deep). Antaño hubo experimentos no canónicos, convertidos en clásicos como “El Temible Burlón”, con un acrobático e inolvidable Burt Lancaster. Los piratas clásicos como el “Capitán Blood” del elegante (e insufrible) Errol Flynn, o el añorado Tyrone Power, interpretando en fastuoso color a Henry Morgan, paseando su apostura en “El Cisne Negro”, no tendrían cabida en las tripulaciones canallescas y amorales de estos navíos. 

Al seguidor de esta serie, le parecerán pacatos y menguados combatientes los protagonistas de cintas como “Piratas del Mar Caribe” (1942). Aunque resulta difícil reconquistar aquel espíritu de aventura y romanticismo que destilaban las obras de Cecil B. de Mille (por no hablar de la insuperable interpretación de Paulette Godard). La obra maestra del cine de facinerosos marinos es, sin duda, Moonfleet, nacida de las manos de Fritz Lang. Cine en estado puro con Stewart Gran
ger en su mejor papel. La pictórica composición (inspirada en pinturas de Hogarth), con reminiscencias dickensianos y la banda sonora de Miklos Rozsa, nos entregan una poderosa lección de cine.

Black Sails combina a partes iguales notables interpretaciones con escenas de acción perfectamente realizadas. El diseño de producción es apreciable. Costumbre habitual en los productos Starz. Baste recordar series tan detalladas como La Reina Blanca en la Inglaterra partida por La Guerra de las Dos Rosas, La Roma degenerada de Spartacus, la recreación de Los Pilares de la Tierra, sobre el best seller de Ken Follet, o el imaginario renacentista recreado en Da Vinci´s Demons. La reconstrucción de los espacios, navíos o ciudades, es cuidada y detallada. Por ello chirrían los “defectillos” como esos fondos de navíos navegando o paisajes lejanos, donde el “render” 3D no ha sido trabajado como precisaba y el CGI destila un estilo de videoconsola. También se nos antoja demasiado moderno para la época el lenguaje utilizado en algunos diálogos, o albergamos la duda sobre ventanas de vidrio en un lugar perdido del Caribe, o porqué los personajes no tienen la dentadura podrida. 

Sin duda el armazón dramático es la apuesta más fuerte de la serie. Toby Stephens (Muere Otro Día) es un capitán atormentado y con profundas fracturas morales. La composición hierática e impasible del británico, junto con la de su amante Miranda (una magnífica Louise Barnes), destacan sobre la del resto del elenco. Una titubeante Hannah New, a quien vimos en la serie “El Tiempo entre Costuras”, interpretando a la díscola Rosalinda Fox, amante del Alto Comisario Beigbeder en tierras marroquíes. Luke Arnold (The Tunnel) compone un John Silver, que en sus orígenes se antoja antipático y anodino, aunque consigue hacer crecer el personaje a lo largo de los capítulos hasta concluir en ese frenético episodio final, donde se nos revela la dolorosa transformación física hacia el John Silver que todos los lectores de “La Isla del Tesoro” rememoran. No les andan a la zaga Zach McGowan (Shameless. Drácula, Terminator Salvación) en el papel del inquietante capitán Vanes y Clara Paget (One Day, Fast and Furious) componiendo una pirata de existencia real “Anne Bonny”; taciturna y salvaje; en lucha constante con su identidad sexual. La canadiense Jessica Parker Kennedy; recién salida de series teenagers como Sensación de vivir, Smallville o El Círculo Secreto; decide subir la temperatura en su interpretación de una prostituta convertida en “Madame”, amante de las conjuras y la mostración de piel. 
Hay sudor en el ambiente, calor tropical y suciedad consecuente con el lugar y las costumbres. Las heridas no tienen curas milagrosas ni desaparecen por arte de magia, sin embargo el aspecto histórico queda descuidado con armas que no son de la época, o el hecho de situar la acción en 1715, cuando la piratería ya agonizaba, aunque se respeta la veracidad el Código Pirata. Frente a otras opciones del género de aventuras, Black Sails regala diversos momentos de diálogos en camarotes, despachos o tabernas. Es en estos instantes donde se lleva a cabo la verdadera acción. Trapicheos, sin fin, cambios de bando, astucias sin par, y donde los actores pueden descargar todo su arsenal dramático. 



Ciertamente los intervalos enlentecen el desarrollo de los acontecimientos para los espectadores más inquietos y ávidos de acción (que haberla, haíla). Black Sails es una melodía coral, orquestada para varias tramas en Do Mayor y afilados sables. En el aspecto histórico (y como ya le sucediera a su precedente Spartacus) la serie mixtura hechos y personajes reales con ficticios, dejando la verosimilitud para los libros de historia. No hay que olvidar el objetivo de cualquier productora es entretener y no elaborar un documental sobre la vida de los piratas. Bien asesoradas algunas situaciones, como los códigos que regían el mundo de aquellos fuera de la ley. Los personajes como Thomas Barrow y el Capitán Hornigold existieron realmente. Hornigold se presenta como el traidor que entrega a Eleanor a las autoridades inglesas, en realidad junto con Thomas Barrow, establecieron la republica de Nassau como gobernadores, junto a “Barbanegra”; que aparecerá en la tercera temporada para dar más juego; Anne Bonny o el temible Charles Vane. Hornigold se volvería contra los suyos tras un indulto, convirtiéndose en cazador de piratas.

 Hasta 1718 los piratas continuaron dando guerra, cuando los británicos enviaron como gobernador al ex corsario Woodes Rogers, que reformó la administración y restauró el comercio. Barbanegra seguiría por algún tiempo asolando las costas hasta su violenta muerte (cinco balas de pistola y veinte cuchilladas) en 1718. La pirata irlandesa Anne Bonny, que renunció a la herencia familiar para buscar aventuras, tampoco está bien reflejada en la serie, a pesar de la excelente interpretación de Clara Paget. Es cierta su relación con Rackman, que vestía ropas de hombre, pero su pareja la dejó enfrentándose a un cazador de piratas mientras se refugiaba en la bodega. 

El verdadero Rackman, apodado “Calico Jack” fue ahorcado tras esta incursión. Anne Bonny coincidió en la tripulación con otra mujer pirata tan salvaje y fiera como ella: Mary Read. Tras enfrentarse ellas solas al capitán Burneo, cazador de piratas (el resto de la tripulación estaba borracha) fueron perdonadas alegando estar embarazadas. Tras dar a luz al bebé, Anne desapareció de la historia oficial. La leyenda dice que terminó sus días en un convento. El Código de los Piratas, conocido como Charte Partie, recogía normas de conducta, castigos, reparto del botín, etc. Estrictas reglas de gestión que incluso preveían la perdida de algún miembro (manos, piernas) y sus retribuciones, prohibición a bordo de cartas o regulación del duelo entre tripulantes. Estas “reglas del diablo” no constituían un código único. Cada capitán o barco poseía sus propias reglas y era promulgada por el capitán y aprobada por todos, antes del inicio de la aventura. Incluso una parte de botín se destinaba a la Iglesia para que rezarapor sus almas o a instituciones benéficas. 


Realizado el juramento ante un vaso de ron y una Biblia, comenzaba la aventura. En cierto modo la vida de aquellos hombres era una suerte de democracia fuera de la ley. La tripulación votaba y siempre tenían la última palabra. El papel de la mujer  en aquella época se reducía a ser monja, madre o prostituta. En la hermandad de los desterrados, cualquier mujer podía optar al mando y vivir sus aventuras. Este fue el motivo que alejó a Anne Bonny de la hacienda familiar. Las parejas de hecho homosexuales estaban perfectamente integradas. Incluso tenían una especie de Seguridad Social para los que sufrían amputaciones en la batalla. También es cierta la relación entre Rackman y Charles Vane o su disputa por el navío “Ranger”, del cual terminó siendo capitán. A pesar de tratarse de un “producto Michael Bay” (acción trepidante, explosiones, adrenalina, grandes planos), el autor de Transformers consigue dotar a su creación de intensidad dramática y un sinnúmero de subtramas con personajes que se mueven en zonas grises, que equilibra la vertiente espectacular. 

El guión partiendo de un claro “McGuffing” (con permiso de Hitchcock) que es la búsqueda de la Urca de Lima, el navío español que lleva el tesoro de la corona y en realidad naufragó frente a las playas de Florida, siendo rescatada la mayor parte de su contenido posteriormente por los españoles. La flota llevaba lingotes de oro y pesos de plata, pero la Urca transportaba realmente pieles, chocolate, vainilla, etc. Aunque en la serie son los piratas capitaneados por “Calico Jack” quienes recuperan el tesoro. Los espectadores más avispados habrán pensado que se trata de un error de traducción cuando los piratas se refieren a dólares, pero no es así. Se trata de dólares españoles, monedas de ocho reales acuñados por los Reyes Católicos. 



La nave en realidad se llamaba “Santísima Trinidad” y el apodo de Lima, era por su propietario Miguel de Lima y Melo. No fue “Calico Jack” el que consiguió parte del tesoro sorprendiendo a los españoles en el campamento de salvamento, fueron Henry Jennings y Charles Vane. Alrededor de este “McGuffing” gira todo el argumento de la serie, ya que cualquier lector de Stevenson y “La Isla del Tesoro”, comprende que están guiando al espectador hacía el que será el futuro tesoro enterrado del pirata cojo John Silver. El personaje de Eleanor Guthrie, interpretado con altibajos por Hannah New (licenciada en Filología Hispánica), está basado en una pirata irlandesa llamada Grace O´Malley que consiguió el perdón de la reina Isabel I para legalizar la turbiedad de sus negocios, basados en impuestos a las naves y abordar barcos mercantes. Los personajes del Capitán Flynt y John Silver “El Largo” tienen una génesis estrictamente literaria. Toby Stephens (hijo de la actriz Maggie Smith) interpreta un rol que en “La Isla del Tesoro” tan solo conocemos por referencias. En la época que desarrolla la novela, Flynt está muerto y el loro de Silver responde a este nombre como homenaje o broma macabra, ya que este antiguo cocinero no es trigo limpio y no guarda ningún parecido con el presentado en la serie veinte años antes. La Isla del Tesoro fue escrita por Robert Louis Stevenson y publicada en 1883, originalmente por entregas. Encartada dentro del género de la bildungsroman (novela de iniciación a aprendizaje) donde el personaje experimenta una evolución física, moral o psicológica. 

Convertida hoy en clásico de la literatura universal, obra cumbre del autor junto con El Extraordinario caso del Doctor Jeckyll, sus personajes se han transformado en iconos cinematográficos y literarios. Stevenson consiguió con su prosa que cuando se pronuncia la palabra “pirata” inmediatamente acudan a nuestra mente imágenes de loros, patas de palo, goletas negras, islas tropicales desiertas y mapas del tesoro con una X señalando sospechosamente el enterramiento de un tesoro prometido. En la novela también encontramos a Billy Bones (Merlín, Doctor Who), interpretado en la serie por un atlético Tom Hopper, ya que este es el contramaestre a quien Flynt entregará el mapa antes de morir. Motivo por el que, los que han leído la novela, conocían que Billy no había muerto cuando cayó al agua en la tormenta (ventajas de los lectores compulsivos).


Nassau ha sido un escenario recurrente en otras producciones cinematográficas. Desde el Help de Beatles, hasta la Operación Trueno de James Bond y su remake titulado “Nunca digas Nunca Jamás”. Repitió Bond en Casino Royale, y simula ser Grecia en la escena del océano de Solo para tus ojos.
La visión que el cine ha dado de esta novela navega desde el clásico mudo (1920) de Maurice Tourneur (padre del gran director Jacques Tourneur) donde Lon Chaney “el hombre de las mil caras” interpreta a Silver, pasando por una de las mejores versiones, la de Víctor Fleming (1934) con un inolvidable Wallace Beery caracterizado del pirata cojo, acompañado en el reparto de “monstruos” como Lionel Barrymore (tío abuelo de Drew, la niña de ET). En el año 1950, el director de “La Guerra de los Mundos”, Byron Haskin, le da una nueva visión a la aventura iniciática con Robert Newton como Long John, en la que quizá sea la mejor versión del clásico. Posteriormente crearía una secuela titulada “Las Aventuras de John Silver” repitiendo protagonista. Orson Welles intentó hacernos olvidar la interpretación de Newton, pero no lo consiguió en la película dirigida por John Hough en 1972. La televisión y el rostro de Charlton Heston, recuperaron al taimado pirata y Christian Bale (El Caballero Oscuro, American Psycho) como el personaje protagonista. Hasta la Rana Gustavo y Cía, tuvieron su momento de gloria remedando las páginas inmortales en “Los Teleñecos en la Isla del Tesoro”. 

Las precuelas parecen haber dado suerte a la productora Starz, que ya consiguió el éxito con la precuela de Spartacus titulada “Dioses de la Arena”. No creemos que se atrevan a rodar después la continuación de esta historia de tesoros ocultos. Los espectadores y seguidores de la novela genésica, se rasgarían las vestiduras ante el concepto “explotaition” (sexo y violencia explícitos) de la cadena por cable, aunque camuflado bajo un diseño de producción de qualité.

El personaje de John Silver va creciendo desde un anodino y antipático; en los primeros capítulos; pícaro, hasta el actual manipulador. Consciente del poder de la astucia en ese sórdido mundo. La estrategia de Starz para esta serie, ha sido la unión de dos prometedores guionistas. Jonathan E. Steinberg, creador de las notables Human Target y Jericó. El otro asiento del tándem lo ocupa Robert Levine. A esto le añadieron el juego metaliterario de mezclar personajes conocidos por el espectador: Silver, Flynt o Billy Bones, para añadirles retazos históricos (Anne Bonny, Capitan Vane, etc). 


Una vez mixturados con el número de pieles en exhibición (según cuota de la cadena) y de mandobles sangrientos ha dado como resultado un producto apreciable, con pequeñas aristas, pero prometedor y novedoso, con la firma de Michael Bay en las escenas. La serie sube como la espuma en el episodio quinto (dirigido por Mark Munden) y mantiene un nivel que en los primeros episodios, plenos de albaranes, cuentas y diálogos interminables, había fomentado la huida de algunos seguidores. También dentro del peculiar estilo de la cadena, encontramos la utilización racional de los cliffhanfgers, con objeto de dejar al espectador anhelando el siguiente capítulo.


Banda Sonora
Merece un capítulo aparte el soundtrack compuesto por el autor de obras como “Battlestar Galáctica”, el estadounidense Bear Mcreary. Pianista de formación clásica ha escrito las partituras de series como “Human Target” (en su primera temporada), The Walking Dead, la versión para TV de la saga de Diana Gabaldón “Outlanders”, “Da Vinci´s Demons” o “Terminator: The Sarah Connor Chronicles”. Sus estudios con Leonard Berstein, compositor de West SIde Story, le llevaron a reorquestar la partitura Kings of the Sun. El autor aportó a la serie instrumentos antiguos de su colección personal, obteniendo por casualidad mientras afinaba, ese chirrido desgarrador de la cabecera de la serie. La búsqueda de sonidos imperfectos, de una épica arcaica con sabor a salitre y la separación de los músicos en pequeños grupos para encontrar un ligero desfase armónico, desembocaron en esa perfección imperfecta que es la impronta de esta banda sonora. 
La cabecera de la serie es otro de los detalles destacables. Siguiendo la mejor tradición de “intros” como el hipnótico trabajo de True Detective o la originalidad de Turn. Espías de Washington”, la colaboración de los directores Dougherty Y Karin Fong con el Estudio Imaginary Forces, es un delicado trabajo de orfebrería visual.
Las referencias de las pequeñas esculturas; simulando bronce y alabastro; realizadas digitalmente, beben de diversas fuentes entre las que se encuentran influencias de escultores como Bernini o Rodin.  También se puede apreciar el ascendiente del gótico o el rococó, o incluso el arte de las tumbas en el siglo XIX. El trabajo del fotógrafo madrileño Pablo Genovés, sus arquitecturas fantásticas y espectrales de espacios nobles y singulares, flota sobre la abigarrada imaginería en un ejercicio totalmente lícito de apropiacionismo artístico. 


Figuras de un clasicismo vocacional y una luminosidad latente, chocan frontalmente con conceptos medievales como la danza de la muerte representada en los esqueletos. Al fin y al cabo ¿que mejor compañera tenían aquellos renegados? Cualquiera de las pistas nos remite a grupos de bucaneros trasegándose barriles de ron o de grog, bebida creada por ellos (ron rebajado, azúcar, zumo de limón) para combatir el escorbuto. El uso recurrente del tambor, la gaita, la zanfona, la pandereta y la percusión obsesiva, transmiten un aliento épico, una época legendaria. Sublimando la mugre, las costras, los costurones sanguinolentos y la falta de higiene de la realidad cotidiana.
El Soundtrack contiene instantes de gran emoción poética como “Funeral at Sea”, una intensa melodía a base de cuerdas, que comienza con reminiscencias célticas y donde la percusión marca el camino hacia un epílogo preñado de melancolía.
The Parson´s Farewell es quizás la pieza más hermosa de la BSO. Una cadencia de aires renacentistas que va “in crescendo” apoyándose en cuerda pulsada (púa) para ascender en los acordes finales con una fuerza arrebatadora. De nuevo la zampona y la imitación de gaitas, marca de la casa.


También encontramos versiones de canciones tradicionales como la dinámica The Golden Vanity”, una delicia en la peculiar voz de Doug Lacy (ex miembro del grupo retirado Oingo Boingo, donde coincidió con Dany Elfman, el compositor de las películas de Tim Burton (Eduardo Manostijeras, Batman o la melodía de Los Simpson) ejerciendo como líder del grupo.
Basada en una melodía tradicional inglesa que en realidad se llama The Sweet Trinidad, evoca el sonido de una taberna portuaria, es una deliciosa pieza con acordeón, sabor a ron derramado y reyerta de garito filibustero. Fue grabada en 1976 en el álbum de Martin Simpson con baladas británicas y estadounidenses.  Narra la historia del capitán de un barco y un grumete. Ha sido versionada en multitud de ocasiones (Bob Dylan, Peter Seeger y la que quizás es la mejor versión de los setenteros Peter, Paul and Mary). Todavía parecen quedar muchos navíos por abordar y ron para aliviar la garganta en esta serie a la espera de su tercera temporada.

BSO
1. Theme from Black Sails
2. Nassau Shores (from “I.” and “VII.”)
3. L’Urca De Lima (from “I.”)
4. The Banner of Captain Flint (from “I.”)
5. Captain Kidd (from “III.” & “VI.”)
6. On the Beach (from “III.”)
7. Wondrous Love (from “I.”)
8. The Wrecks (from “I.” & “II.”)
9. Silver Overboard (from “II.”)
10. A Nation of Thieves” (from “II.” & “VII.”)
11. All Saints (from “III.” & “VIII.”)
12. Black Sails Theme and Variations
13. Streets of Nassau (from “II.”)
14. The Andromache (from “V.” & “VI.”)
15. Clamanda (from “II.”)
16. Vane’s Visions (from “IV.” & “V.”)
17. Funeral at Sea (from “III.,” “IV.” & “VI.”)
18. The Parson’s Farewell (from “VII.”)
19. Pieces of Eight (from “VIII.”)
20. Black Sails Main Title
21. The Golden Vanity (from “VIII.”)