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viernes, 16 de octubre de 2015

Madama Butterfly. Compañía Ópera 2001. Teatro López de Ayala



Es la segunda ocasión en que disfrutamos de la dramática historia de la desgraciada geisha Cio-Cio-San en las tablas de este teatro. Como inicio del Otoño Musical, que se anuncia junto con la obra maestra de Puccini "La Bohème". La Compañía Ópera 2001 vuelve a traernos a escena la absorbente partitura de Puccini, plena de momentos tan conmovedores y conocidos por los aficionados como la difícil y emocionante aria “Un bel di vedremo”, donde la protagonista expresa su esperanza de el amor le retorne. 
Puccini tomó sus ideas para el libreto del cuento “Madame Butterfly” de John Luther Long, basado en los recuerdos de su hermana como misionera en Japón; y también de la novela “Madame Chysanthème” de Pierre Loti. La versión canónica que las compañías desgranan actualmente sobre los escenarios es la quinta versión que escribió el autor, después de grandes fracasos. Como curiosidad añadir que durante la Segunda Guerra Mundial se suspendieron las representaciones debido a las relaciones entre Japón y EE.UU. En Butterfly, lo literario es un factor secundario (pese al férreo control de Puccini sobre sus libretistas) No debemos olvidar que la ópera es música dramatizada (no al contrario) y prevalece lo musical sobre lo argumental. Es lo que permite al género bucear en el exceso y la desmesura, para construir arquitecturas sonoras sobre personajes increíbles por su físico o argumentos que por sí mismos no se sostendrían. Fue la primera incursión de Puccini en mundos exóticos. Luego continuaría con el lejano Oeste (La Fanciulla del West) o el “Turandot” ambientado en una China imaginaria, que provocó la censura en esta República durante años. Puccini aprovecha el exotismo del libreto para iniciar experimentos armónicos, pinceladas de color oriental y efectos instrumentales originales, incluso llega a introducir notas del himno de Norteamérica entre la partitura. 


Nada extraño teniendo en cuenta el eclecticismo del autor y su capacidad de sintetizar lenguajes y culturas diferentes. Esto le valió ser acusado por la crítica de “comercial” y de que su música no pertenecía a ninguna nación. No era común en la ópera italiana (esto lo tomó de la francesa) la recreación musical del ambiente en que se desarrollaba la obra, y además siempre escribió pensando en el público. Utiliza el tiempo como un novelista. En esta versión de la Compañía 2001, el final de Cio-Cio-San se produce mientras la voz del amado Pinkerton suena fuera de la habitación llamándola. 
En otras versiones Pinkerton cae de rodillas junto al cuerpo agonizante, mientras el Cónsul toma al niño en brazos. Como buen representante del “Verismo” que surgirá a finales del XIX (vía Emile Zola) Puccini prima las emociones de los protagonista, huye de mitologías ilógicas y enredos formales, dando realismo psíquico a los protagonistas.Utiliza para esta expresión la orquestación y originalidad armónicas, para integrar música, palabras y desarrollo dramático. 

También evita el “belcantismo” reinante en las florituras vocales. Durante el cortejo de la novia del Primer Acto, Puccini utiliza la escala fundamental (Do-Re-Mi-Fa sostenido-Sol sostenido-La sostenido-Do) y los «acordes aumentados» que se derivan de ella (por ejemplo Do-Mi-Sol sostenido), que transmiten una sensación de exotismo y que particularmente en el dúo de amor que sigue producen un bellísimo efecto. Este dúo de amor, uno de los más hermosos de la historia; Bimba dagli occhi pieni di malia (Niña de ojos llenos de encanto)”. El dúo puede ser el más soberbio de Puccini y con seguridad el más extenso, fue ejecutado con técnica notable y pasión por los ejecutantes Meeta Raval y Andrés Veramendi. Impecable técnica. Emisión limpia y emotiva. La música crece hasta que las dos voces, en exaltada culminación, se unen en una emocionante algarada de sonido, que finaliza con un fortísimo orquestal, mientras contemplan la noche estrellada.
 A medida que concluye el dúo, ambos penetran en la casa, alejándose lentamente la orquesta mientras cae el telón. Puccini hace un retrato de una mujer oprimida en su época, con un nimbo de heroísmo frente al destino implacable. La orquestación está llena de riqueza. El estilo “pucciniano” de línea melódica constante fué atacado por la orquesta de la Compañía Ópera 2001, con eficacia, bajo la eficaz batuta del eslovaco Martin Mazik. La formación orquestal no destaca sobre el fondo, correcta, como debe ser en un género donde priman las voces. Aunque es imposible sustraerse a la belleza de los momentos orquestales puros como ese hermoso “intro” que enlaza el Segundo y Tercer acto. La sobriedad de la utilización de la orquesta, que adquiere matices luminosos y cálidos, no oculta a las voces, las impulsa y proyecta. Puccini no utilizó el sistema musical japonés. Pese a ello se rastrean temas originales japoneses más o menos modificados. El uso de la escala pentatónica; con objeto de dar sabor oriental; se inquiere en pasajes como los precedentes a la boda o el tema de Yamadori. El compositor se decantó por los acordes aumentados y el uso de la escala de tonos enteros (matiz oriental) Consiguiendo una misteriosa ambientación con una armonía circundante, en pasajes de gran belleza tonal. Destacar el final del segundo acto con el “coro a bocca chiusa”, a boca cerrada de los pescadores, de hermosa sutileza y sortilegio melódico. Una hermosa canción de cuna, con las cuerdas en pizzicato, reproduciendo el tema de la carta. 
 Aunque el “Verismo” es anti-romántico por naturaleza, en Butterfly encontramos los rescoldos de un Romanticismo tardío y desaforado. Este presunto realismo no resta capacidad icónica al personaje, que deviene trasunto de los anteriores dramas clásicos.  Durante el Acto Segundo, el libreto se relaja momentáneamente y pierde dramatismo. Permite expresar la “vis cómica” y algo pizpireta de la soprano. 


No hay que olvidar que se trata de una muchacha de quince años, frágil, vulnerable y no exenta de comicidad antes de la tragedia. Butterfly es un papel para soprano lírica, salvado con eficiencia y profunda belleza por la británica Meeta Raval, una soprano splinto; la mas appropiada para desarrollar papeles dramáticos. Con un mayor cuerpo en su centro y un timbre algo más oscuro, regaló al respetable la conocida aria “Un bel di vedremo”, lógicamente una de las más aplaudidas por el público. Su comienzo con violín solista, clarinete y arpa en una melodía descendente hasta la inflexión, en que la orquesta consigue efectos camerísticos, estuvo llena de emoción. También a destacar el airoso “Addio fiorito asil (Adiós florido refugio) en este fragmento el tenor peruano, pleno de facultades Andrés Veramendi (Pinkerton) trata de redimirse, avergonzándose de sus actos. 
En el celebrado dúo de las flores (no confundir con el preciosos dueto homónimo de Lakmé), la mezzo; en el papel de Suzuki; da la réplica a Meeta Raval en un ajustado ejercicio de técnica y limpia emisión. Es uno de los momentos más hermosos de la ópera y donde se pueden percibir las influencias tonales orientales en la narración. Tanto el papel de Sharpless (hermoso timbre el del quijotesco barítono Paolo Ruggiero) como las partes de la mezzosoprano "sirvienta Suzuki", desmienten la general creencia de que el lucimiento vocal está reservado a las tesituras más altas. Los duetos entre Sharpless y Pinkerton, y el de las anteriormente citadas (Butterfly y Suzuki) son de lo mejor de esta representación, plenos de técnica y sentimiento. Sin olvidar el impresionante trío entre Cio-Cio-San, Sharpless y Pinkerton en el  Tercer Acto, un espléndido derroche de facultades vocales y escénicas. Correcto, en el papel de príncipe Yamadori, el barítono Nikolay Bachev. Aclarar que es papel de barítono, pero el creador del rol Emilio Venturini, era un tenor. La partitura de 1905 está en clave de sol. El original tiene tal tesitura y voz que este papel del príncipe Yamadori lo pueden interpretar barítonos.
Reseñar el notable aprovechamiento de la escenografía: paneles de casa japonesa, que se corren y separan o cierran los dos mundos, y la hábil utilización del espacio escénico para el movimiento actoral, coordinado por Roberta Matelli. Una eficiente  y envolvente iluminación completa una representación satisfactoria y apreciable. Es de agradecer la existencia de estas compañías trashumantes que recorren la geografía aportando cultura y belleza. Los grandes montajes son prohibitivos para la mayoría de los aficionados, dada la imposibilidad de moverse del lugar donde se representan, o sus enormes requerimientos escénicos. La belleza de las obras es, al fin y al cabo, la misma. Esperamos con impaciencia el próximo montaje de la compañía “Rigoletto”. Hasta entonces.












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