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martes, 3 de mayo de 2016

Bone Tomahaw. Wenstern Ultracrepuscular

                       
 
Una ópera prima. Un actor redimido de serie B ochentera y productos Disney, en una vida anterior. Un elenco de eficientes secundarios. Una presencia femenina (Lily Simmons) estimulante y certera (True Detective). Un argumento que en su origen parecería de lo más desquiciado: mixturar el western (quizás el anti-western) con el “cine mondo". Para más concreción hibridar con la cult-movie “Holocausto Caníbal”, sin perder los estilemas de la época dorada del género. 



De este modo el tratamiento del paisaje, la amistad, la lealtad y la búsqueda, nos remiten a los grandes horizontes del clásico western. Pero en “Bone Tomahaw” todo esta pervertido. La mítica es ignorada por el héroe cotidiano. Los protagonistas (una patética cofradía de perdedores) pasan la mayor parte del tiempo caminando, tras sus caballos. Un tullido que resbaló arreglando un tejado, un ayudante de mente enlentecida (pero diálogos sin desperdicio), un sheriff en camiseta mugrienta mientras su esposa prepara la comida. 


Este selecto club de anti-héroes decide enfrentarse a lo desconocido, movilizados por el honor y la amistad ( ¡Ah ese espíritu hawksiano ¡) en una “road movie” en el coche de San Fernando (unas veces a pie y otras andando) Serán golpeados, torturados, humillados, sin que ningún aliento épico inunda la pantalla. Sin que la corneta de La Legión Invencible” salve en el último momento a quienes están condenados de antemano. Viaje iniciático, descenso “Ad Inferos”, un desierto nada épico donde la caballería fordiana prometida por el sheriff es una mentira más para sobrellevar la destrucción. Ken Russell crece como actor en cada una de sus últimas películas. Este sheriff crepuscular (in extremis) llega vía Tarantino. En las antípodas de aquel excelente Wyat Earp que interpretara en “Tombstone”. Nada más lejano de sus papeles ectoplásmicos en cintas como “Rescate en N. Y”. (Llámame “Serpiente”) y fantasmadas arguméntales similares: “Golpe en la Pequeña China”, “Tango y Cash” y otras proezas olvidables. “Bone Tomahaw” tiene aroma de Culto. Un bajo presupuesto imaginativo, basado en interpretaciones potentes y con líneas de diálogo mucho más profundas de lo que corre por su superficie. El ritmo interno termina atrapando. La pinceladas filosóficas de Richard Jenkins; en una de esas caracterizaciónes que antaño bordaba Walter Brenan, la sorprendente (y sobria) interpretación del “broadwayano” Patrick Wilson (El Fantasma de la Opera, Watchmen, Serie Fargo) y el televisivo Mathew Fox (Perdidos) dominando con naturalidad el rol de un elegante pistolero, tarantiniano (si existe tal cosa), conforman un atractivo plantel que sostiene el argumento con brío. 

La paleta fotográfica presenta un mundo pardo y desértico donde los protagonistas sobreviven. No hay grandes llanuras con ágiles y hermosos mustangs galopando, no hay enormes ríos regando fértiles llanuras. Es la dura frontera. Un lugar que define la única mujer del reparto. “Se hace mucho más duro, gracias a los imbéciles”. Plena de homenajes nada velados a “Centauros de Desierto”, en su búsqueda iniciática, a “La Venganza de Ulzana”(1972), “Holocasto Caníbal” en la paleta cromática del mundo de los trogloditas. Ese salvaje grito del jefe antropófago (casco incluido) que remite a “Depredador”. Incluso hay ecos de los depravados cavernarios de “El Guerrero nº 13” (1999), el aire gentleman del pistolero en la línea del John Carradine, (el estirado Hatfield de “La Diligencia) o reminiscencias del Wes Craven de “Las Colinas Tienen Ojos”. 



El guión hace de lo caricaturesco y la humorada negra su arma más certera. Narrada con querencia de serie B y toneladas de lecturas pulp. No es novedosa la propuesta. “The Burrowers” (2008), se aventuraba mezclando el género de terror y el wenstern. La excelente cinta de culto “Ravenous” (Antonia Bird. 1999) nos presentaba a Robert Carlyle enfrentándose al mundo tabú de los devoradores de semejantes. Como curiosidad reseñar que el bandido (David Arquette) que origina toda esta trama, tenía un papel en “Ravenous”. El director juega al “revival nostálgico” introduciendo actores como Michael Paré, (Calles de Fuego), Sean Young (Blade Runner) o James Tolkan (Regreso al Futuro) 



El bajo presupuesto obliga al minimalismo como arma, la sobriedad como lenguaje, dejando todo el peso de un desarrollo (ausente casi de música) al lenguaje actoral, que juega con los arquetipos propios del género y los enriquece (en modo bizarro, eso sí). Justamente en su atipicidad reside su acierto, nada se resuelve como debería. No hay ninguna concesión a la mitología heroica del género, aunque utilice sus claves con veneración confesa. 

El fuera de campo es la marca de la casa. La huida del amaneramiento en el enfoque del paisaje, entendido aquí como algo amenazador. Descenso al infierno de un Orfeo tullido, acompañado de otras nulidades, para rescatar a su Eurídice, en una actualización caníbal del clásico. Al espectador menos avezado le resultaran excesivas las concesiones al gore, (ese uso efectivo del “tomahaw de hueso” del título), la claustrofobia, el enfrentamiento a un terror desconocido (por ancestral). Resulta un acierto del guión privar del habla a esos trogloditas que ciegan y tullen a sus mujeres, de exclusivo uso reproductivo, lo cual aumenta la sensación de ajeneidad con esa raza. 
Árida y valiente propuesta que levantará afectos y desagrados a partes iguales. Habrá quienes encuentren una propuesta osada, redonda y con vocación de culto, frente al espectador que la califique de errática, tramposa, carente de épica y hondura dramática. Los adoradores del slasher agonizaran con el laconismo y la travesía desértica. Los fervientes de la mitología del far west clásica, regurgitarán con las concesiones al higadillo y la casquería o la nulidad de su poesía. Discrepancias servidas. Como siempre sucede con aquello que rompe las reglas.

Prosaica, fatalista, inverosímil, parsimoniosa, singular. Añada el aficionado cuantos adjetivos requiera.














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