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viernes, 16 de septiembre de 2016

Superzán el Invencible (1971) La Caspa como estética

                       


Perpetrada por el inefable Federico Curiel, autor de diversos atentados contra el celuloide y de nostálgicas producciones de pipa gorda, perra chica y programa doble. Con un presupuesto más exiguo que lo que otras productoras se gastan en lápices, decidieron filmar la zarrapastrosa aventura en Guatemala, tomando como excusa para este atentado contra la integridad del espectador, el concepto casi naif de la cinematografía que se gastaban ambos. 
Comienza tan demencial propuesta aprovechando “stock shots” ajenos al mejor estilo de Ed Wood, con insertos de documentales en sus series Z. El meteorito que desciende hacia la campiña guatemalteca es una nave espacial robada de algún documental norteamericano. Aquí comienza el despiporre sin coarta de esta menesterosa ofensa al cine: los extraterrestres ya andan explorando, mientras en las imágenes de archivo todavía se están abriendo las puertas de la nave. Unos extras pordioseros, recién contratados del puesto de burritos de la esquina, tratan de revivir la etapa muda del cine. 

En lugar de despachar a la muchacha secuestrada, la amarran a las vías del tren ¿homenaje al cine clásico? Me temo que no, simpleza argumental con mayor certeza. Las motivaciones para la bizarrez de estos desalmados y su relación con la joven, son un auténtico misterio. ¡Esto si es elipsis narrativa¡ Si señor, un maestro. Ahí es nada cuando aparece un fulano recién salido de la fiesta de carnaval de su sobrinote, a juzgar por su indumentaria, fundamental para que los malvados sospechen que se trata de un tarado recién huido del frenopático. Una amable voz femenina en off, se encarga de decirnos “que no, que no ningún alienado”, se trata de Superzán y está dotado de “superpoderes”. No sea que algún avispado espectador sospechase que esta dotado de “súperestulticia”, a juzgar por su aspecto. Después nos enteramos que su misión es “luchar por la justicia y el bienestar de la gente buena”. También debe de luchar contra la energía cinética y la ley de gravedad, dado que su capa se mueve en la dirección contraria a la que debiera según el viento ¿Un fallo de scrip? Perdón, pero es que no había presupuesto para scrip. Aquí comienzan las contradicciones fundamentales de este zurullo cósmico. El tal Superzán detiene el tren en seco con sus superpoderes, para acto seguido costarle la misma vida derrotar a los subalimentados forajidos con patente avitaminosis.



 Los presuntos miembros de una civilización superior, están ¿interpretados? por tres niños que dedican el metraje a vagar de un lado a otro con ridículos trajes y de paso dejar congelado algún paisano de la zona, eso si sin ánimos de hacer daño, sólo si es necesario y con la posibilidad de deshacer el entuerto. Nada extraño teniendo en cuenta que los rayos verdes que surgen de sus armas (de un plástico cantarín) están pintados directamente en el celuloide con el rotulador escolar del sobrino del director. Llega la hora de repartir estopa. Huyendo de sesudas reflexiones filosóficas, el guionista nos muestra un superhéroe que se la pasa rodando en los palenques y las lonas, en lugar de andar impartiendo justicia. Sobre la técnica del cámara a la hora de grabar los luchísticos,  poco hay que decir, salvo ingerir unas biodraminas para no echar la pota ante ese ejercicio de navegación en la tormenta perfecta. Ignoramos si los chicos del “Dogma”, capitaneados por Lars Von Triers, vivieron una sesión continua de esta patochada antes de sentar las bases de sus mareantes cámaras.
 El cóctel y mezcolanza de diversas estrellas del pancracio era algo habitual en la época donde los dioses de las matineés  se entremezclaban entre sudores, gayumbos restriñidos y sopapos. Superzán posee un laboratorio secreto realizado a base de retales de jugueterías en decadencia y objetos prestados de algún vecino con el Síndrome de Diógenes. Eso sí, todo muy kitsch  y de un chirriante que te rilas. El encargado de coordinar esta  avanzada supertecnología, está ¿interpretado? Por el rockero mexicano Jonny Laboriel, en un personaje de carácter epiléptico y surrealista, que sufre de maltrato verbal por parte del posturitas. Los tres representantes de la superavanzada civilización dedican sus ocios a pasear por la tierra buscado un amigo perdido ¿Ni un mísero GPS poseen entre su vanguardia tecnológica El argumento avanza entre una gramática visual pedestre y vergonzante y ¿cómo no? la bonhomía de Superzán le lleva a ayudar a los enanitos en la busca de su amigo. También hay instantes para los discursos edificantes, recitados con técnica de obra de fin de curso en parvulario a base de frases lapidarias sobre el bien y la justicia. Ahí es donde el espectador se da cuenta del intríngulis. Ah, pero si estamos en una de risa. Así de simple. Y nosotros tomándonos en serio las mallas “paqueteras” del Zan, los enanos radiactivos con rayos pintados, !las inclusiones de canciones charras con calzador! Era una comedia ¡A partir de ahí todo adquiere un matiz diferente. Perdemos las ganas de estrangular a los enanos senderistas. Dejamos de plantearnos si el tal Zan se pasa la vida en mallas y no ejerce a tiempo parcial como otros superhéroes, que buscan sustento como periodistas o abogados, ni se cambia de ropa. No importa que las jamonas tengan el mismo erotismo que un capítulo de Espinete. No importa que los protas parezcan estar en acido durante todo el rodaje. El cochambroso argumento finiquita cuando los odiosos enanos encuentran a su amigo ¡cantando en un coro de una iglesia¡ El amigo se da la vuelta mientras canta. Con una sola mirada les indica que se quedará allí, tarareando alegres madrigales para los restos y un montón de información más. ¿Y todo eso sin despegar los labios? Que las civilizaciones avanzadas se las gastan así de fino. Lo que no sabíamos es que entre sus superpoderes estaba la telepatía. Al final de esta bizarrada, Superzán despide (aliviado) de sus nuevos amigos y  parte hacia nuevas  y mostrencas aventuras, en la mejor tradición del cine chatarra. Si me lo permiten salgo un instante. Voy a vomitar.



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