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jueves, 12 de enero de 2017

El Faro de las Orcas




Hay dos cosas que el espectador agradece de antemano en cualquier propuesta fílmica: la honestidad y la presunción de inteligencia. La última oferta fílmica de Gerardo Olivares, posee las dos características. Es una película honesta y; sobre todo; se adentra en los peligrosos escollos del cine “basado en hechos reales”, sin abismarse en los territorios del telefilm de sobremesa o en el desaforado drama con querencia de clínex. La mirada de documentalista del director se acerca a una vivencia humana intensa e introvertida, sin perder la capacidad de filmar la naturaleza de forma modélica y sin maniqueísmos (las orcas devorando los lobitos marinos), recreando en imágenes el libro “Agustín, corazón abierto” de Roberto Bubas. 

El director cordobés aborda un tema espinoso, por el peligro latente de derivar hacía el melodrama desaforado, hacia el didactismo más académico o el panfleto de autoayuda. Pero Olivares sabe equilibrar las secciones y al mismo tiempo mostrar un; casi antropológico; viaje iniciático por los usos y vivencias de un apartado lugar de Patagonia. En este sentido es modélica la secuencia donde la partitura del “Oblivión” de Astor Piazzolla, es desgranada por el cantante, en una fiesta mágica y aldeana. Aquí el director maneja con maestría los diversos mundos que se mixturan en ese instante prodigioso. Los dos enamorados; enfermos de soledad; la más intensa soledad del niño autista y el aislamiento que; para nosotros, habitantes del mundo tecnológico; deben sentir los lugareños, quienes no parecen medir el mundo con nuestros mismos enfermizos parámetros. 

Las enormes interpretaciones de Maribel Verdú y Joaquín Furriel, contenidas, densas, lacónicas, junto al descubrimiento actoral del niño; Joaquín Rapalini; consiguen hacer fluir esta amalgama de sentimientos soterrados. Las soledades encontradas y silencios rotos, son lo mejor de la función. Sin olvidar esos paisajes turbadores, de una poesía terrible y atávica, fotografiados en paleta de tonos pastel por Oscar Durán. Los actores hacen del gesto su arma más efectiva Los silencios del guardafauna, la levedad de los gestos, el abanico sensorial de las miradas. 

Debajo de esta aparente sutileza hay mucha más pasión e intensidad que la que podría haberse mostrado en otras manos menos apropiadas. Aunque algunas críticas acusan el romance como lugar común o pleno de chiclés. ¿Es que acaso los enamorados no se sientan a ver las estrellas? Siempre he pensado que tras estos comentarios hay posicionamientos escasamente cinematográficos y claramente ideológicos. Es lícito que a algún público le guste ese tipo de películas donde arrancan una pierna de un disparo mientras el protagonista suelta una frase lapidaria: “Lo merecía”. Allá cada uno con sus deleites, pero para esos menesteres pueden acudir a la sala de al lado. De hecho las hordas del Imperio Galáctico asaltaban las estancias adyacentes, para dejarnos disfrutar a los espectadores de esta sobria y hermosa película. Es difícil saber mantener el equilibrio cuando se aborda un tema como el autismo. Mucho más aún cuando el peligro del melodrama tumultuoso (niño que se comunica con las orcas, pasado tempestuoso del guardafaros, soledad de la madre sacrificada) planea sobre el guión. 

El director apuntala su obra en la sobriedad, en la contención. En una leve caricia que transmite más intensidad y más mundo interior que cualquier coreografía erótica al uso. Terrible belleza la de estas playas infinitas de Fuerteventura y Patagonia. Gerardo Olivares ya trató a la naturaleza con respeto en “Entre Lobos”. Allí ya se encontraba esa devoción por el entorno, por recrearse en la fauna y la flora de la sierra andaluza, aderezada de un sabor a wenstern. En “Hermanos del Viento” ya se encontraba el personaje de guardabosques (Jean Reno) como guía de un camino iniciático. La naturaleza es una protagonista más. No se trata de un espacio “new age”, ni un rincón para el misticismo de postal. Es tan cruel y desoladora como la tormenta interior de Lola (excelente Maribel Verdú), el universo paralelo del niño o el aislamiento voluntario de Beto (Joaquin Furriel). Excelente banda sonora de Pascal Gaigne (El Olivo, Lasa y Zabala). Cuidada hasta los mínimos detalles, llega a hacer coincidir el ritmo de los fotogramas con el tempo musical, e interpretada por la orquesta filarmónica de Bratislava. Un hermoso, impresionista y reposado “leitmotiv”, titulado “El Faro de las Orcas” y que en algún momento recuerda acordes del “Watermark” de Enya. Una película hermosa y honesta que no se deja atrapar por la sensiblería, ni por el dogmatismo.

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