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miércoles, 29 de marzo de 2017

A los que aman el Teatro

                    
Crecer en una generación que tenía como referente “Estudio 1” no es asunto baladí. Emborricados, actualmente, entre programas donde una choni puede adquirir la categoría de sesuda contertulia, algún tipo encausado judicialmente recibir un sustancioso sueldo porque da juego en un reality show, o pasar los ocios contemplando a un grupo de gañanes calentorros y mujeres florero, realizar su ritual de apareamiento en directo. Por no hablar de los zascandiles, de pubis infantil, que se pasean en porreta, emulando a casposos y lobotomizados Adanes y Evas.

Era otra época, sin duda, donde al encender el televisor en blanco y negro, te inundaba la potente voz de Daniel Dicenta desgranando “El Gran Teatro del Mundo”, la dicción ejemplar de Fernando Guillén en uno de los Tenorios más brillantes de la pequeña pantalla, o el charme de la inmensa Lola Herrera en “La Importancia de llamarse Ernesto”. Cierto, carecíamos de la magia del telón, del poderoso encanto de la luminotecnia. De la imprescindible y nunca bien ponderada, escenografía. También faltaba esa percepción de lo efímero, ese ritual de ausencias que es el abc de toda dramaturgia. A cambio, el ente público regalaba la presencia de todos los “grandes” de la época. Te permitía decidir si a Electra le sentaba bien el luto (Maria del Puy), sentarnos con Eloisa a la sombra de un almendro (Mercedes Alonso),  o caminar por el jardín de los cerezos de la mano de un jovencísimo Emilio Gutiérrez Caba. Incluso hubo algún que otro best-seller dramático, que se avecindó en la memoria de los espectadores como aquella pieza antológica titulada “Doce Hombres sin Piedad”, que reunió a lo más granado de la época (Rodero, Sancho Gracia, Bódalo, Jesús Puente). 

Anteriormente había sido emitida en el espacio "Gran Teatro", pero fue esta versión; junto con “Las Brujas de Salem”, contando con la intensidad dramática de Irene Gutiérrez Caba, junto a una prometedora Tina Sanz y la imprescindible Lola Gaos (nunca bien reivindicada); las que atrajeron mayor número de espectadores. 
Capítulo aparte merecen las emisiones del “Don Juan”, donde los mejores actores patrios recitaban cada año los versos de Zorrilla. Paco Rabal declamaba con su personalísimo timbre, ansias de amor a la novicia Concha Velasco. Un efébico Juan Diego, cortejaba a María Jose Goyanes que agonizaba por sus costuras. Aunque la palma se la llevaba un galán clásico como Larrañaga. Mención aparte, nos merece el pasional burlador de Fernando Guillén, (que interpretase a Luis Mejía en la obra de Rabal), enamorando a una alucinada Enma Cohen en deshabillé.

El semanal tele-teatro se convirtió en cita ineludible con obras señeras que; de otro modo; difícilmente habrían llegado a los hogares de la época y semillero de futuros amantes del arte de Talía. Allí comenzaron realizadores como Juan Guerrero Zamora, Pedro Amalio López, Manuel Aguado, Alberto González Vergel. Pudieron introducirse en los hogares, dramaturgos de la talla de Eugène Ionesco (El Rinoceronte), el estadounidense Eugene O´neill y su versión moderna de la tragedia clásica (Deseo Bajo los Olmos), la incisiva sátira social de Oscar Wilde (El Abanico de Lady Windermere), el clasicismo de Terence Rattigan, un buceador del corazón humano en "Mesas Separadas". De Henrik Ibsen (Un Enemigo del Pueblo), una obra que podría ser de rabiosa actualidad, con una localidad en donde los intereses del capital se anteponen a la protección de la vida y el medio ambiente.

Pero el mayor mérito de Estudio 1, consistió en el rescate de los clásicos del siglo áureo. Su logro fue introducir en la grisura social de la época, en los hogares adocenados, el verbo cálido, la métrica exacta, junto a unos contenidos no exentos de mensaje social o revolucionario. En “El Alcalde de Zalamea”, el teatro de ideas de Calderón presenta los derechos del individuo y la reacción frente al  abuso, (inusual para la época). “La Dama Boba”, partía de la idea neoplatónica sobre la capacidad del amor para abrir el entendimiento. Pero las fuertes mujeres de la obra, acaban utilizando su intelecto para conseguir sus fines. Fueron Ernesto Aura (después reciclado en excelente actor de doblaje) y Carmen de la Maza los encargados de recrear la obra de Lope. El texto de Calderón, llegó de la mano del sólido interprete toledano José María Prada y Ana María Vidal. El absurdo pirandelliano aterrizó con los seis personajes que andaban buscando un autor, el determinismo kafkiano con una de las obras más impactantes para aquella época: “El Castillo”, que junto con “Los Bandidos” de Arthur Schiller, dejó una profunda huella. Allí, rodeados de escenografía vanguardista se enfrentaban los talentos de Juan Diego, Eusebio Poncela y la actriz fetiche de Estudio 1, la soberbia Marisa Paredes.
También los amantes del clasicazo grecolatino tuvieron su momento de gloria. Los programadores eligieron iconos como “Ifigenia”, del iconoclasta Eurípides, para que derrocharan talento los elegidos. Luis Prendes; hieratismo, verbo clásico, dicción modélica, vestido con faldellín para la ocasión, se hizo acompañar por una enorme Mary Carrillo. Deambulaba por aquellos lares de la Hélade, el actor Paco Morán, más habitual en otro tipo de géneros, pero siempre eficiente. El dramaturgo griego volvería a la parrilla con la emisión de un terrible drama familiar: el parricida “Orestes”. 
Estudio 1, fue un laboratorio de donde surgieron actrices, realizadores, actores, cámaras, y también un semillero de futuros espectadores. Los niños y adultos de entonces, aguardaban impacientes la emisión semanal para disfrutar del extraordinario rol de Rodero en “Muerte de un Viajante”, de Arthur Miller; quizás su mejor interpretación; junto al “Concierto de San Ovidio” de Buero Vallejo. De entre las dramaturgias emitidas que pueden considerarse “históricas! (junto al viajante de Rodero), se podrían añadir “El Mercader de Venecia”, “El Baile” de Edgar Neville, autor que siempre dió un gran juego; o “Usted puede ser un asesino”, junto a “Doce Hombres sin Piedad”. Esta última representó un derroche medios técnicos para la época que abarcan desde el expresionismo, hasta el realismo más certero, con uno de los “casting” más impresionantes del momento.  

La producción dramática televisiva, se convirtió en una verdadera “marca”, como sucede con algunos productos del mercado que son definidos por la marca señera y no por el contenido. De este modo, muchos telespectadores se refieren a “cuando echaban el Estudio 1”, aunque en realidad la programación estaba ofertando programas como: Teatro de Siempre, Teatro Breve, Fila Cero, etc. Con lo cual se puede afirmar que casi creo un género, con su propio idioma visual y un alto nivel de calidad. No importan las pequeñas equivocaciones, los fallos de racord eran cosa trivial, junto a la posibilidad de apreciar desde la camilla, o en la más remota localidad, autores y obras que; incluso hoy en día; son difíciles de visionar. Pudimos acercarnos al teatro simbolista y la crítica social de Buero Vallejo, autor que revolucionó el drama de posguerra (hasta nueve representaciones en Estudio 1), con obras como “El Tragaluz”, “En la Ardiente Oscuridad” o “Historia de una Escalera”. Parábolas escritas por un oponente al Régimen, que en “El Tragaluz” hacía la primera mención a la Guerra Civil bajo el franquismo. También nos llegaron dramaturgos de allende los mares como Arthur Miller, que se convirtió en un habitual del blanco y negro con “Las Brujas de Salem,” alegoría de la represión macarthista, o la ácida crítica del sueño americanos de “Todos Eran mis Hijos”. 

El costumbrismo también tuvo su rincón con representaciones de los más señeros sainetes de Carlos Arniches. El dominio del autor para mixturar lo jocoso y lo trágico, su utilización del lenguaje popular, su pintura de lo cotidiano, aparecieron en obras como “El Santo de la Isidra”, “El Padre Pitillo” y la excelente “La Señorita de Trevélez”. Jardiel Poncela, Llopis y su comedia sofisticada de tono burgués, y el juego semántico-absurdo de Miguel Mihura, se convertían en figuras familiares a la hora de la cena. Gracias a estas emisiones, propuestas escénicas como “La Vida en un Bloc”, “El Baile” o “Tres Sombreros de Copa”, llegaron a los hogares y arrancaron carcajadas, en una época en la que no había demasiados motivos para la risa.
Cierto que el formato televisivo, privaba al ferviente adorador de la parafernalia dramática de sus rituales más amados. La luz que se apaga y convierte al espectador en sombra igualitaria. La iluminación, que introduce en un mundo paralelo cuando comienza a revelar la escenografía y el atrezzo. Los primeros pasos del actor, demiurgo y creatura al mismo tiempo. La música, que mece los afectos y conduce los tormentos. Nada de esto existe en el medio televisivo. Pero no se puede negar la creación de un lenguaje propio, que en medio de la grisura imperante, acercó a nuestros hogares al gran teatro del mundo de la mano de Calderón, al jardín de las horas perdidas, acompañados por Rodolfo Hernández, a caminar con las calzas verdes de Don Gil con Tirso de Molina, a contemplar el milagro de Ana Sullivan en el texto de William Gibson, o a domar a la fierecilla shakesperiana. Está todavía por escribir la crónica y los aconteceres de aquella época que acercó el teatro a los hogares, que introdujo a los espectadores en un mundo de difícil acceso. Y es que aquello, sin duda, era puro teatro.
        “Que de noche le mataron
          al caballero.
         La gala de Medina, la flor de Olmedo”

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