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viernes, 24 de marzo de 2017

La Sombra del Tenorio. Teatro López de Ayala. Día Mundial del Teatro.




Utilizar como pedestal un texto de esta altura dramática, supone; sin duda; una servidumbre añadida para el intérprete. Como si no fuera exiguo desafío, la complejidad que conlleva defender cualquier propuesta en la que; la soledad frente a la platea (la soledad del corredor de fondo); obliga al comediante a esgrimir todos sus recursos actorales. Hace ya veintitrés años que esta obra fue estrenada en el mítico espacio del Corral de Comedias de Alcalá de Henares, siendo hoy todo un referente dentro de la dramaturgia de Jose Luis Alonso de Santos. Guiada de la mano de un moribundo comediante, que durante toda su vida se vio relegado a encarnar el papel de Ciutti; el criado del Tenorio; el eterno segundón, el bobo, como llega a referir en el texto el autor. 

De Santos se recrea en un texto de querencia clásica, incluso introduciendo segmentos de la obra de Zorrilla, que conjugan a la perfección con el pathos que se desarrolla en escena. Ciutti se considera a sí mismo un siervo de la gleba, un perdedor. Quizás la gran tragedia (y grandeza) de este texto consiste en la ignorancia del cómico sobre su propia importancia. Anclado en la supuesta bastardía de su papel en escena, anegado en su ansia de convertirse en cabeza visible, en el actor que se lleva las ovaciones (y las mujeres hermosas), esta ceguera le impide la satisfacción de reconocer la importancia que poseen estos roles secundarios en el contexto de las obras. 
Saturnino Morales vive obsesionado con haber alentado toda su vida a la sombra de Don Juan Tenorio. De esta agridulce premisa, extrae el actor madrileño Chete Guzmán un catálogo de sensaciones que pasan por la tristeza, la amargura, el deseo, el humor condescendiente y una panoplia de estremecimientos que exigen del intérprete un “tour de force” sobre el escenario. Desde su chirriante jergón de moribundo, narra sus aconteceres, conduciendonos por el océano de añoranzas y vivencias que narra a la impávida Sor Inés, personaje en la sombra que escucha sus delirios, deseos y frustraciones. 

Chete Guzmán desgrana ágilmente un texto certero, lo convierte en tridimensional, lo exprime con sus recursos expresivos, lo habita de ternura. Trasciende el costumbrismo del personaje para convertirlo en icono universal de tantas otras “sombras humanas”. 
Nos encontramos ante una obra que requiere la glosa de un verdadero hombre-orquesta, dada la variedad de situaciones y personajes (de ambos sexos) que se resuelven en escena. “La Sombra del Tenorio” es un emotivo homenaje al oficio de cómico (de la legua), que pasa por la sátira social y el aliento humano más cercano y certero de los trotamundos.

Una parca escenografía de Luisa Santos. Apenas un jergón, un galán que sostiene los ropajes y un desvencijado arcón. La música, acertada y discreta, especialmente notable en el celebrado momento de los títeres. Una diversidad de personajes; siempre referentes;  que nunca habitan la escena, sirven a Chete Guzmán para desplegar un proverbial arsenal lingüístico y gestual. Para una celebrada encarnación del personaje que ya defendieran sobre las tablas actores de la talla de Rafael Álvarez “El Brujo”, Felipe Negro “Morfeo Teatro” o Chico García (Induo Teatro). Y es que Ciutti, o Saturnino, o Tenorio (¡Voto a Bríos!), muere incapaz de dejar de ser teatro. Se aproxima a la hora postrera sin dejar de oficiar el ritual de cómico, confundiéndolo con su vida. Intentando sobrevivir en el espectador cada noche, sin olvidar lo que ha sido. Un hombre que piensa que los ropajes le van a elevar de su condición de pícaro y superviviente. Saturnino hace mutis dejando una sensación agridulce en la platea. Tras la representación se realizó una lectura por el propio intérprete y la actriz Paca Velardiez, para recordarnos el “Día Mundial del Teatro”, con homenaje al director de la obra: Pedro Antonio Penco.




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