lunes, 19 de febrero de 2024

A la caza (Cuising). 1980

 




A la caza
(Cruising. William Friedkin. 1980) arrastro polémica desde su estreno. La osadía de la temática, de la homofobia y la de la puesta en escena, alejaron a un buen número de espectadores de la pantalla. Los protagonistas presentados por Friedkin son extremos en sus conductas y conceptos de la sociedad. Policías ultramachistas, otros ocultando su verdadera condición, diálogos despectivos y lapidarios. Largas escenas semidocumentales nos presentan el mundo leather de los locales de ambiente, donde se entremezclan las vidas y deseos de los protagonistas en un Nueva York peligroso, sucio y pre Guiliani. Sobre el guion está ese pulso que el director imprime a sus obras cuando se desarrolla  en su ciudad natal. Sus imágenes son de una fisicidad manifiesta, con escasas tomas y huyendo del decorado. Personajes atormentados por sus demonios, ofuscados, independientes.


El mundo donde se desarrolla el film era tabú y no se privó de visitar personalmente algunos locales como el Mineshaft, un club gay extremo, para tomar notas sobre su relato de la identidad. Pacino realiza una de esas performances  que le han situado en el lugar que ocupa actualmente el Olimpo cinematográfico. El policía Burns que ve la misión como oportunidad de ascenso y termina habitando el cuero negro y las tachuelas como si fueran una segunda piel. Pese a ello el film no termina de responder a preguntas fundamentales sobre la personalidad de Burns (Al Pacino) y el modo en que se involucra en el sexo homosexual sadomasoquista en el que se infiltra. La visualización de la subcultura del S&M está explorada de forma genuina, pero sin terminar de implicar al personaje. Como si Friedkin titubeara a la hora de enfrentarse a sus demonios fundamentales. De mostrarnos el descenso hacia la oscuridad interior del protagonista.

El modo de acercamiento es implacable, sucio, oscuro. El sombrío paisaje de NY es de un realismo inquebrantable, sin brillos. La mirada es sórdida, policía corrupta, subculturas subterráneas, justicia deshilachada, clandestinidad. Con talento, el director consigue que el espectador no solo vea la película, consigue que experimente la realidad de los leather bar y de una sociedad falocática y patriarcal donde la valorización de la sexualidad masculina pasa a través de su miembro. Parábola sobre todo un sistema social, sobre la represión y sobre la ambigüedad. Hábilmente se van presentando  posibles culpables y descartando igualmente.


El diseño sonoro acompaña, mediante un control lógico y sistemático, el desarrollo de la trama. El minimalismo y la estilización (al estilo de Lumet), donde se mezclan ruidos de pasos, esposas, sierras en sala de autopsias y tintineo de llaves (sonidos
foley). La postsincronización de las voces es utilizada con profusión. La banda sonora destaca las diversas secuencias y ambientes. Pacino y su esposa se acompañan de violonchelo. Cuando espera fuera del apartamento del asesino escuchamos un largo pasaje de  Waterwheel de Ralph Towner. Durante las escenas en los bares gay clandestinos preferentemente se escucha punk-rock (que no era la música habitual en estos clubs) compuesto por Jack Nitzsche. La inclinación godardiana de Friedkin de superponer diversos tipos de imágenes y sonido, apilar varias piezas musicales, una al lado de otra o el juego con la música diegética y extradiegetica, también está presente. El culmen son los sonidos abstractos, cada vez más frecuentes, con los que sustituyen los protagonistas el diálogo (gritos, cánticos sin sentido, gruñidos). Durante la relación íntima de Burns con su esposa tan sólo escuchamos exclamaciones en postproducción. También hay una apreciable utilización del sintetizador en los siniestros tonos iniciales y estridentes efectos de percusión que crean una atmósfera de nerviosismo ilimitado.



Es destacable el extremismo en la presentación de los personajes. Los homosexuales son agresivos depredadores o mansas presas, el amigo de Burns es abusivo, hay un intenso nihilismo sobrevolado todos sus actos. A la caza creó polémica, hizo que se editaran panfletos (todavía no existía la Red) y se pidió a la gente que “tomara armas contra la película”. Se interfirió en los lugares de rodaje, se cortaron cables y se hacían sonar silbatos para que las tomas tuvieran que volver a filmarse. Activistas subieron a los tejados con grandes focos para interrumpir la iluminación. Incluso se pidió al alcalde, Ed Koch, que se retiraran los incentivos fiscales proporcionados por la Oficina del Cine del Alcalde. Los actores homosexuales que intervenían en la película fueron avisados de que “están conscientes de las consecuencias”, transmutándose algunos en confidentes para informar sobre los movimientos de la compañía y permitir la interrupción del rodaje.

La película es un viaje iniciático de Burns hacia grados de libertinaje ajenos a su modo de vida, ante los que se ve expuesto durante su infiltración (su propio infierno de Dante) para encontrar al asesino. Cuando regresa con su novia es un hombre cambiado. El epílogo deja al espectador descolocado en un giro hipnótico.

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