jueves, 26 de marzo de 2026

Jungle Cruise. 2021

 


                                        

Jungle Cruise (Jaume Collet-Serra.2021) es un prodigio a nivel de producción disneyana. Tomando dos estrellas tan dispares (en interpretación y concepto cinematográfico) como la elegante Emily Blunt y un especialista en el cine de acción-mazas como es Dwayne Johnson. El equipo consiguió reproducir la ciudad de Porto Bello totalmente en el set. Pintores, paisajistas, escultores consiguieron el mayor set de la productora del ratón Mickey que nunca se realizara en la isla hawaiana de Kauai, que conllevaba la construcción de dos cruceros diferentes, totalmente operativos. El rol de Emily remite directamente a la Rachel Weisz de La Momia (The Mummy. Stephen Sommers. 1999) con reminiscencias de las aventuras del profesor Indiana.

Frank (Dwayne Johnson) es un capitán carismático que recorre la selva amazónica con su embarcación. La científica Lily Houghton solicita su ayuda para encontrar un árbol místico que quizás tenga poderes curativos, utilizado como solvente mcguffing. No podía faltar una expedición alemana de opereta, que dan mucho juego en el cine maniqueo, y toda clase de dificultades. No debemos equivocarnos cuando nos acercamos a reseñar una película de estas características. Estamos ante un producto concebido (muy sesudamente) para captar a un público infantil-juvenil y los espectadores que los acompañen. Tiene cierto aire de clásico premeditado de aventuras light con una química reseñable entre los dispares (en lo interpretativo y en lo físico) protagonistas  Bebiendo directamente de las aventuras de Indiana Jones y las sagas piratas de Johnny Depp, con retazos de la “reina africana” de Houston, sobre todo en el look del protagonista, sabe jugar la faceta del villano-para-nada- aburrido.



De este modo, Jesse Plemons se convierte en una némesis de los protagonistas absolutamente divertido que se mueve como pez en el agua en este maremágnum de aventuras estilizadas, comedia física y ritmo trepidante. A una película se le puede exigir que cumpla lo que promete, y en este género muchas veces se peca por exceso o por defecto. Jaume Collet-Serra lo consigue en la dirección regalando una panoplia aventurera, de impecable producción con toques feministas y reivindicativos, con alguna crítica sutil a la misoginia de la década de 1930 (las referencias del capitán a los pantalones de Lily).También se agradece el desenfado conceptual de aquellos filmes que no se toman en serio a sí mismos (éste es un claro ejemplo), pero a cambio ofrecen un ramillete de entretenimiento sin pretensiones, itinerario aventurero y artesanía estimulante en la dirección (lo cual se agradece).

Incluso en este género dirigido a un público menos “exigente” y con un menor número de influencias (debido a la edad), es posible rastrear los referentes de los que bebe, desde Steamboat Willie (Walt Disney. 1928), donde el timonel es un ratoncito a los tics, espasmos y gesticulaciones del Aguirre de Klaus Kinski, pasando por el caribeño capitán Jack Sparrow y la selvática búsqueda del Corazon Verde o ¿por qué no?, la comedia screwball. Tampoco trata de ocultar los arquetipos y lugares comunes, vistos ya tanta veces, pero lo hace con goce y alboroce, lo cual le imprime una nueva dimensión de desenfado conceptual. La pretenciosa botánica londinense, el personaje con toque afeminado que parece incluido con calzador inclusivo, el truhán aventurero y apuesto, el malvado, perteneciente a algún totalitarismo rancio. Una mistura en la que los protagonistas se desenvuelven con soltura y simpatía en este refrito de convenciones del cine aventurero teenager, pero con cierto aroma al celuloide aventurero de la era clásica. Quienes no hayan visitado el Parque de Atracciones genésico al que se refiere la película no podrán degustar esa escena inicial, antes de los créditos, en la que Johnson lleva a un grupo de turistas en un crucero por la jungla, donde los gags están sacados directamente de la atracción de Disneyland.



El aspecto cromático está muy cuidado. Escenas oscuras de gran definición, gracias al HDR, resplandores de hogueras, linternas, detalles en las sombras, brillantes reflejos, exuberantes verdes en la jungla o vibrantes rojos. El argumento se dirige directamente al divertimento, ofreciendo una realidad paralela. Está claro que no transcurre dentro de nuestro universo, con una extraña relación entre los protagonistas, para nada apasionada. Aunque logran transmitir, con una eficacia suficiente, la dinámica de fuerza irresistible\objeto inamovible, intercambiando energías cuando la historia lo solicita.

No cabe duda de que el género de aventuras tiene una conexión especial con el espectador, el equilibrio; cuando se entrelaza con la comedia; es bastante arduo. Si además el añadimos las posibilidades románticas, dentro de un concepto “familiar”, encontramos productos como Jungle Cruise, aptos para el divertimento pasajero, el disfrute momentáneo y el olvido consiguiente.

A nivel actoral el trabajo es apreciable, sobre todo la todoterreno Blunt, con esa capacidad de sacar adelante cualquier personaje con estilo y clase. Plemons es la base de la dicotomía argumental, el villano amenazante, lleno de berrinches, capaz de robarse planos sin ningún titubeo. El toque british de Jack Whitehall es envidiable, hasta el punto de que te hace dudar de si es realmente un personaje. Resulta obvio que el director ha decidido moverse dentro de un terreno seguro y no trata de inventar la rueda, posiblemente aconsejado por el Estudio ¿Si la fórmula funciona, para que vamos a cambiarla? Si además está llena de auto homenajes y el pastiche resulta divertido ¿Qué más se puede pedir? Y es que en este género no importa tanto lo que te hace sentir como lo que te hace pensar. La sensación va por delante de la reflexión y la descarga de adrenalina que nos retorna a la infancia y nos transporta por dos horas a mundos imaginarios no tiene precio.

 

martes, 24 de marzo de 2026

Hacia la revolución en un dos caballos. 2001

 

  


 

Es el amanecer del 25 de abril de 1974. Dos amigos parten, en un 2CV de color amarillo. Son un italiano y un portugués (Marcos y Víctor) que han decidido llegar hasta Lisboa. Las noticias sobre la caída del régimen dictatorial más largo de Europa los animan ponerse en la carretera para dirigirse a la capital de Portugal, un país que se esté llenando de esperanza con “La revolución de los claveles”. Víctor es un exiliado antifascista y Marco un mujeriego impenitente. Les llena de ilusión convertirse en testigos del acontecimiento histórico, para esto deben recoger a Claire (ex novia de Víctor) que reside en Burdeos. Ignorando las pegas que le pone su marido, se une a la aventura de los dos jóvenes y consiguen entrar en España de forma clandestina. Claire (Gwenaëlle Simon) necesita unas vacaciones lejos de la rutina familiar y la oferta de Víctor (Andoni García) y Marco (Adriano Giannini), de modo que comienzan su viaje, acompañados de una banda sonora setentera en la radio del vehículo, con un diseño de sonido Dolby SR y DTS Digital para obtener un audio inmersivo sobre el ambiente de la época. Carreteras secundarias, baches, cárter roto, arroyos para ocultarse de los controles, no se privan de nada en esta aventura iniciática que termina con arresto en la frontera portuguesa. Por el camino, un conde; apasionado de los 2CV; les ayuda a reparar el coche (Oscar Ladoire). El encuentro con Zio Enrique (Francisco Rabal) celebra los acontecimientos, disparando en la plaza y casando a la primera “pareja libre”. El 28 de abril se produce la catarsis, la llegada a Lisboa, la ciudad blanca que celebra la caída del oscurantismo con banderas y desfiles, con grandes multitudes coreando consignas, pero se produce un triste equívoco. Las masas son un grupo de aficionados al fútbol que salen del estadio del Bemfica.



Marco Ferreri firmó la novela genésica  (Revolución) y participó en la adaptación del texto a la pantalla, lo que la dota de una fluidez narrativa de notable eficacia, transformada en tono aventurero, dejando al lado lo político-social, centrándose en los problemas de la vida cotidiana, en especial los que padece Claire y a los que tendrá que enfrentarse tarde o temprano. El epílogo está lleno de dudas e interrogantes y de objetivos algo difusos. Es reseñable la aparición del cantautor Georges Moustaki interpretando al poeta Antonio de Cuñeiro, cuyas reflexiones filosóficas que sirven de sendero a los viajeros. Estamos ante una clásica road movie que dirige a los amigos hacia el final de la dictadura salazarista, en un camino de iniciación donde maduran y desarrollan empatía hacia los sentimientos ajenos. Quizás el principal escollo es la estereotipación de los personajes, que responden a roles con un cierto aire a déjá vu. Marco es el italiano guapo, que resulta atractivo por defecto, Clara responde al cliché de la mujer emancipada de los 70 y algunas de las situaciones se perciben bastante previsibles. A Marco lo puede su incapacidad para el compromiso y las limitaciones de la vida familiar invitan a Claire a seducirlos a ambos. La contextualización es esmerada, con imágenes de archivo, noticieros de la RTO, o del programa para niños “Grândola, Vila Morena”; acompañado de emisiones de radio, junto a visiones socioculturales como el partió del Benfica contra el Vitória de Setúbal o Amalia (no podía faltar). A la revolución en un dos caballos (Alla rivoluzione sulla due cavalli. Maurizio Sciarra. 2001) abre con un letrero de neón en italiano, parpadeando, en plano aparece el cartel de Alphaville (Godard. 1974) que se está proyectando en ese momento. Ya estamos situados históricamente.

Con el Citroën amarillo, atraviesan hermosos paisajes lusos, rompen fronteras, acompañados de las canciones que surgen de la radio y se sumergen en la identidad nacional y el entusiasmo que nació de aquella revolución, teñida de nostalgia. Este film de route  fue Premiado en el Festival de Locarno como Mejor Película y Mejor Actor para Andoni García. El idealismo juvenil y convicciones políticas de la generación post-hippie impulsan el arco argumental que nos dirige hacia una profunda reflexión sobre la búsqueda de la paz, la libertad o del amor desde la visión de aquella juventud. Los temas se abordan con cierto retraimiento, sin ahondar, para destilar un drama liviano, pero interesante. No hay un desarrollo emocional profundo como tampoco se aprovechan las trayectorias emocionales que podrían haber dado mucho más juego. En el aspecto menos positivo encontramos un deficiente desarrollo en los personajes y el arco emocional tampoco es demasiado satisfactorio, junto al “obligado” menáge a trois para recalcar, innecesariamente, la época y la mentalidad en que se mueven los personajes. Un cierto aire de desencanto sobrevuela el guión cuando la tardía entrada en el país luso, los sitúa en un pueblo que ya ha admitido la normalidad.  A nivel visual, la paleta cromática invita al goce, pero sin caer en la tentación de la estampa turística y el formato panorámico (2,35:1) de Arnaldo Catinari, apoya la propuesta en anamórfico Technovision para un 35mm, que otorga el realismo granulado necesario. Una Odisea, navegando desde Francia y enriqueciéndose con encuentros con lugareños, trabajadores o autoridades suspicaces que les hacen reflexionar con ese profundo abismo que hay entre la realidad y el ardor ideológico.



Barrios tan emblemáticos como Alfama y el ambiente céntrico de la Baixa se pueden apreciar, sus calles estrechas, empinadas o el hermoso mirador de Santa Lucía, en la ciudad alta. Los fotogramas atrapan el ambiente de transformación social que se produce en el casco histórico. Claveles en los cañones de los fusiles, fervor ciudadano, aunque la nomenclatura histórica no es la privanza del director  que trata de utilizarla como fondo para la epifanía de los personajes, subordinando la narrativa interior sobre el proceso político analizado. Este es el motivo de que se perciban algunas lagunas en la integración histórica. No estamos ante una crónica documental, sino ante una metáfora de como el idealismo de la juventud se enfrenta a la realpolitik manejando los tropos de liberación vehicular en películas de carretera con la metáfora del Citroën 2CV, que se nos aparenta demasiado rápido para el motor y la época a la hora de llegar desde París a Lisboa en medio de las primeras horas de la revolución. En ese microcosmos donde Víctor, exiliado y reprimido; Marco, representante de una juventud solidaria y Gabriella, se crea un microcosmos donde los principios ideológicos se enfrentan a las realidades personales, compartiendo un idealismo latente e ilusionado. No un idealismo desordenado, sino un rito iniciático donde la efusión de la juventud y el ansia de justicia se entrecruzan con la contingencia histórica y la transición hacia una sociedad mejor.

Un viaje hacia el autodescubrimiento, acompañado de canciones de Gilbert O´Sullivan (Clair), Derek And The Dominos, The Temptations, José Alfonso (Grândola Vila Morena), The Alman Brothers Man, Lele Marchitelli o Timoria con “My Name Is Revolution”.




 

viernes, 20 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles, de Marino González Montero

 

    

 Un maniquí, un pequeño escritorio, una esfera terráquea, y poco más, precisa el autor de Emily Dickinson. Amor como los árboles para que el lector se vea abducido por el universo marinomontesco, con todos sus estilemas y abordajes literarios y conceptuales.

Una y Otra se encuentran en la casa museo, dedicada a la poetisa de Massachusetts, donde deambulan, practican la veneración y la adoración. Son dos estudiantes que quedan encerradas en el tiempo y el espacio, en tierra de nadie. Un lugar donde aún proyecta la sombra de la escritora, donde palpitan sus más íntimos pensamientos y deseos que son despertados-resucitados a lo largo del texto.

El verbo como sustancia vital, como armazón  de inquietudes, como paleta cromática donde se dibuja la identidad de la mujer, las vicisitudes y anhelos. Las heridas históricas infligidas.

Mientras Una y Otra van destilando los poemas simbólicos de la autora, la densidad de sus múltiples significados, mientras exploran (con ella) la naturaleza, la fe o la inalterabilidad de la muerte. De boca de las dos mujeres nacen textos de un minimalismo emocional (pero intenso), de una inteligencia irónica (pero penetrante) que recorren el escenario evocando (y convocando), celebrando (liturgizando) sobre los hermosos encabalgamientos, incertidumbres y profundo lirismo de los textos leídos.  




Una y Otra tratan de diseccionar el verbo, de transmutar la palabra e interpretar el protofeminismo de Dickinson en brillantes (y divertidos) diálogos que buscan interpretar la elipsis y el misterio de la mejor poetisa decimonónica en inglés. Sin renunciar a las “morcillas” propias del autor, esa combinación de humor intelectual con chascarrillos, de altura conceptual con un “quítame allá esas pajas”, que forman parte de su corpus autoral y sirven de refresco humorístico y desenfado conceptual al tiempo.

El texto juega con el concepto de huis clos, el espacio cerrado, el hermetismo simbólico (y de atrezo) o el anímico en el espíritu; reticente a la pasión; de Otra, que elude los embates oceánicos del amor puro que le ofrenda Una. El rito amatorio se oficia a fuego lento, a golpe de versos, navegando sobre canciones de alambicado verbo (todo un desafío para la futura partitura) hasta que la cautela inicial queda rota por la llama imperecedera que funde amor y deseo (deseo bajo los olmos según O´Neill), aunque en este propuesta teatral el deseo está más cercano al anhelo amoroso que nace de la esperanza como la forma más alta de posesión. 


Marino González Montero 


Una y Otra navegan por un intenso océano, donde el aprendizaje sentimental (y emocional) está a flor de piel y la literatura como espejo del lector, como reflejo de sí mismo, juega un papel genésico (catártico al tiempo). No elude Marino González sus habituales insertos, dedicados directamente a complicar la vida del compositor que se vea obligado a musicar esos textos enmarañados en lo métrico y lo conceptual. Textos donde no faltan lo autorreferencial (Anasté) y las influencias, inyectadas en vena, del mundo grecolatino con el que el autor ha coqueteado ampliamente en diversas adaptaciones. Añádanle la exploración que Marino González ya realizara (a nivel de traducción) del universo introspectivo (pero infinito) de la poetisa y el desbordarse del logos de que hace gala la autora para crear su universo simbólico, y tendremos un acercamiento pleno de respeto, admiración y conocimiento por la obra y el enigma de Emily.

Al fin y al cabo, estamos ante el misterio de leer las horas. Un misterio primordial, arcano, insondable. Un misterio que se nos revela con unos textos de Dickinson desnudos, sugerentes (o evocadores), desconcertantes y provocadores. Hay algo de sonambulismo emocional en el texto de Marino González, donde los mutismos son tan importantes como las declamaciones, donde la extrañeidad es tan importante como la ajenidad. Dos características que se transmutan en otredad cuando el universo dickinsiano, de salvación y condenación, se mistura con la aproximación iniciática (plena de admiración y veneración) con el verbo del autor. Cuando los silencios elocuentes de la autora, ya no son tales, sino la frescura de habitar otros imaginarios cuerpos (o que te habiten).

El silencio puede ser un plan rigurosamente ejecutado…



jueves, 12 de marzo de 2026

Historia no oficial del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. José Manuel Villafaina



Recién salida del útero paterno (si se me permite el oxímoron), esta historia “no oficial”, nace desde las entrañas del emeritense festival, desde los recuerdos objetivos-subjetivos (si se me permite la contradicción) del autor a lo largo de varias décadas. La trayectoria en el mundo de la dramaturgia de José Manuel Villafaina es harto conocida. Su experiencia y conocimientos, largamente respetadas en el mundo de las bambalinas. Crítico equidistante y asertivo,
enfant terrible de la reseña teatral (y teatrera), impulsor de campañas culturales, director, autor y (sobre todo) enamorado del teatro “hasta las trancas”. Más de 60 años de actividad y aportaciones (más cercanas al mundo de Talía que al de Melpómene), por su vitalidad y fertilidad de espíritu. El reconocimiento le llegó con premios como el de “Extremeño del año” (Cadena SER), Premio latinoamericano Ollantay, Medalla de Honor del X Festival Internacional de Teatro de Almagro…

En estas memorias no oficiales, José Manuel Villafaina disecciona (como un cirujano de hierro) el ánima de uno de los eventos culturales punteros de la Región. Y lo hace sin temblarle el pulso, con certeras incisiones, con trazos magistrales que solo pueden nacer desde el diestro conocimiento de un teatrófago (si se me permite el neologismo), para mostrarnos una verdadera enciclopedia, que abarca la crónica interna a la que no tienen acceso los espectadores. En estas páginas, de amplia paleta cromática, cobran vida todos los que son y todos los que están. Actores, directores, músicos, gestores, próceres y patricios de la cultura. Todos tienen su momento y su lugar, nacidos de una pluma mordaz a veces, satírica en otras, pero plena de un conocimiento enciclopédico y una memoria elefantiásica.

Dividida en dos claras secciones. La primera es un iniciático viaje a los orígenes, dejando para la segunda las reseñas del autor, que suponen un paseo por algunas de las obras que inflamaron de cultura las milenarias piedras. El autor se presenta como un “testigo incómodo” que decide no ser un convidado de piedra frente al clientelismo cultural, la servidumbre del mecenazgo, el reparto de cuotas. Una actitud que se agradece, en estos tiempos donde la cultura practica la genuflexión frente al pensamiento hegemónico, donde la creación se acerca la ubre de lo coyuntural y del relato imperante para sobrevivir. Enriquecen el texto las críticas de Diana Carmen Cortés Lobatón, que completan esta panoplia escénica de varias décadas de la cultura extremeña.

Nos hallamos ante una propuesta imprescindible, no solo para el estudioso de la dramaturgia, también para el espectador ocasional o el profesional del sector, que encontrarán una bien hilada narrativa que los acercará a hechos desconocidos y apasionantes.

Es la narración de un testigo directo, defensor a ultranza del teatro como agitación, como génesis social, como vivencia cultural. Por el camino van quedando los flecos y el saldillo que pululan alrededor de toda actividad cultural con proyección en la que se muevan amplios presupuestos. La utopía habita en las arterias de José Manuel Villafaina (una sana y moderada utopía) y la experiencia frente a la dramaturgia invisible de los despachos, del teatro entre bastidores políticos. Una lucha que no cesa (como el rayo de Miguel Hernández) y de la cual, el autor, es señero representante e incansable pugilista (en modo cultural). Una lectura recomendable frente a la fatuidad y el mesianismo de quienes aman colonizar el hecho cultural y amancebarse con la vanidad. Crónica sentimental (y acerada) de un profundo y enciclopédico conocedor del entorno dramático.