jueves, 11 de junio de 2026

Office Space. Mike Judge. 1999

 

 




Sobre Office Space (Enredos de oficina. Mike Judge. 1999) revolotean las obsesiones kafkianas, influencias de Clockwatchers (Esperando la hora. Jill Sprecher. 1997) o incluso de El libro de Job. Los cubículos de la oficina semejan celdas, donde los supervisores son cancerberos. Se busca el contrato del mayor número de gerentes y el menor de trabajadores. Un sesgo a la teoría moderna de la gestión. El funcionamiento es caótico. Más de un supervisor transmitiendo la misma información trivial, superponiendo las funciones. Peter (Ron Livingston) odia el desempeño de su trabajo, aunque sus compañeros no le van a la zaga, salvo Milton (Stephen Root) que se ha encuevado en el cubículo, donde defiende patológicamente su grapadora y su radio. El entorno es orwelliano y el absurdo individual deviene en una locura colectiva cruda.

De este modo, Peter se propone conseguir que le despidan de la empresa para cobrar la indemnización y dedicarse a ser un bont vivant junto a Jennifer Aniston (Joana), una joven camarera. El disparate y el surrealismo más atroz llegan de la mano de la percepción que tienen de su nueva forma de trabajar: llegar tarde o no presentarse al trabajo. Sorprendentemente, estas acciones le suponen un ascenso y un aumento de sueldo.

De algún modo, el director trata a sus criaturas como personajes de animación, no en vano es el autor de la corrosiva Beavis y Butt-Head recorren América (Beavis and Butt-head Do America. 1996), donde claramente se inspira, magnificando los rasgos de personalidad y utilizando lo grotesco. Con inteligentes diálogos, plenos de referencias de cultura popular. El autor denuncia la estandarización administrativa, con  trabajadores intercambiables. Lo que permite que se les pague el menor sueldo posible.  



Los personajes están atrapados en una pesadilla laboral, con tareas que implican pavor, rodeados de elementos desagradables. Su único hálito de libertad consiste en soñar con mandar a paseo al jefe o en obligar al compañero perezoso a trabajar alguna vez. Con todo este panorama de los siete infiernos dantescos, que escorarían hacia el drama sombrío, el director consigue; sin embargo; una comedia de culto con personajes extravagantes y memorables. No es sin embargo sombrío el mensaje. Nace un cierto optimismo donde hay un mundo mejor ahí afuera. Un mensaje donde el futuro puede estar en tus manos cuando conseguimos eliminar de la ecuación la incertidumbre y el miedo. A lo largo del visionado la trama destila toda la absurda burocracia del mundo corporativo. En modo de inteligente sátira nos presenta el hastío (vital y laboral) y las dinámicas tóxicas que se producen entre los empleados y los jefes. El modo de expresión de los protagonistas hacia el mundo es una cierta dosis de psicopatía, la causticidad como arma o la locura como una vía de escape. El personaje desarrollado por Aniston se nos antoja una contrapartida a los nombres, demasiado ignotos, del resto del reparto, pese a que algunos ya eran grandes comediantes. Ella consigue desarrollar el personaje con su habitual naturalidad y dotando de frescor al opresivo conjunto vital de Initech Corporation. Acierta plenamente Mike Judge en esta sátira sobre el trabajo de oficina de cuello blanco, utilizando un ingenio inteligente y desenfrenado que se imbrica en aquella corriente de los 90, que reflejaba la frustración de la cultura consumista, la desmoralización provocada por el sistema de trabajo moderno que se condensaba en: ¿es esta la vida que elegiste? Una vida, vigilada por ocho supervisores, donde fantasean con desatar su furia. Donde la lucha diaria se despliega contra la alienación y la apatía de las corporaciones con el factor humano. Desarrollada visualmente con aquel estilo independiente que se destilaba en los años 90 (hoy desaparecido de la comedia), con ese ambiente desenfadado, relajado, de encantadora apatía y querencia por el naturalismo. La deshumanización corroe el componente humano y Peter observa la barra de progreso de un archivo que se descarga como en una metáfora de la otredad, de lo no humano interconectando con la realidad de nuestras vidas. El mismo protagonista sueña que un juez aterrador le señala con el mazo: <<Peter, has llevado una existencia trivial y sin sentido>>.




El tecleo, convertido en tortura existencial, la ansiedad como modo de producción, la zozobra como respiración cotidiana, la jornada infernal de 9 a 5 dentro de los siete círculos dantescos. Como autómatas intentan evadirse, cada uno a su manera, utilizando el rap a toda pastilla en el caso de Michael Bolton (David Herman). Intentan escapar de los sádicos corporativos trajeados, De Bill, el  jefe desalmado, encarnado en Gary Cole que disfruta con el abuso de poder, indicándole a Peter que tiene que trabajar el fin de semana. Casi como unos superiores inspirados en la burocracia kafkiana de El Proceso con un nuevo Josep K., encarnado en Peter, habitando en habitáculos casi orwellianos. Jaulas totalitarias donde el sistema encarcela la creatividad y el libre albedrío.

El absurdo existencial y la mordacidad más extrema se apoderan del guión en la escena culminante. Con un Tom (Richard Riehle) enyesado y en una silla de ruedas, que ha conseguido ganar una indemnización millonaria: <<¡Pueden pasar cosas buenas en este mundo! ¡Mírenme!>>. La dirección es verdaderamente magnífica, el guión de una notable solidez. Pero es el aspecto actoral el que eleva esta obra a su altar de culto, sin sobreactuaciones, sin histrionismos. Livingston está sobrio, contenido, pleno de sutileza. Gary Cole pergeña un personaje irritante, jugando con delgadas líneas. Bader encarna la masculinidad despreocupada, el contrapunto viril del protagonista. Las vivencias de esta inquietante oficina están entrelazadas, en su complejidad, de modo magistral, obteniendo una comedia coherente, recurriendo a la burla y a una aparente simpleza conmovedora. Office Space nace en una época dorada para quienes pertenecen a la generación millennial, donde el cine producido invitaba a reflexionar, abordando situaciones sin filtros y temas complejos que incitaban a cuestionar las comodidades modernas. De seres humanos atrapados, que tratan de minimizar su cautiva situación bromeando con que: <<Alguien tiene el síndrome del lunes>>.

Estamos ante una profunda reflexión sobre vidas “mal vividas”, una humorada negra plena de profundas verdades detrás de su artificio de farsa y su disfraz de divertimento. Solo tenemos una vida y hay que aprovecharla.

viernes, 5 de junio de 2026

Only on Hearth. El rugir de las llamas. Robin Petré. 2025

 


Robin Petré opta por la inmersión visual, escapando del formato de reportaje televisivo para su obra
El rugir de las llamas (Only on Hearth. Robin Petré. 2025) e introduce al espectador en el corazón de Galicia, donde los incendios forestales son frecuentes, con una vegetación hondamente inflamable controlada por los caballos salvajes. El raleo de la maleza inflamable por parte de los animales contiene los fuegos, aunque las manadas van desapareciendo. Eva es la veterinaria de la zona, además de ejercer de educadora, el niño Pedro, aprende las tradiciones de la zona, mientras que San se ocupa de los patrones climatológicos para intentar predecir la catástrofe y su intensidad. A lo largo del film se muestra la resilencia de los habitantes de la franja, que no se rinden frente a la adversidad de un fuego, en algunas ocasiones fotografiado en bellos planos esteticistas con la sabana gallega incendiada.

En O Rosal el verano es seco y muy caluroso. Son tierras vinícolas y montañosas. Tierras de hombres duros y curtidos. Una heredad, donde el sonido de las brasas parpadeantes, engaña sobre el fondo negro de los créditos iniciales, jugando con el símil cacofónico de una máquina de escribir. Los caballos siempre devuelvan la mirada cuando los humanos los miran. Mientras San cepilla al animal, este lo observa con cierta desconfianza, una desconfianza que existirá siempre frente a los humanos:

<<Los animales salvajes prefieren volver a las llamas antes que acercarse a los humanos »




La fotografía de la ecuatoriana María Goya Barquet es excepcional (Premio mejor dirección Festival Millennium Docs Against Gravity. 2025). Destellos dorados en una atmósfera sofocante, crepitar de llamas, gritos de bomberos. Los caballos retornan al fuego cuando ven a los humanos. Hay una exploración de esta relación entre los animales salvajes, que llevan siglos en la zona, y los humanos en perpetua proximidad e interdependencia. As Bestas son protagonistas involuntarias en secuencias como las de la Rapa das Bestas, durante la cual, los aloitadores,  despojan anualmente de la crin, para liberarlos de nuevo en las montañas. Una tradición controvertida, que ha recibido críticas y que, los lugareños, consideran un cuidado y beneficio para los animales. Unos hermosos ejemplares que consumen el sotobosque y la aulaga, frenando las posibilidades de incendio. Aunque la invasión por parte de los humanos de sus zonas de pastoreo, han reducido notablemente su número. Otro de los aciertos es el tempo pausado. El tiempo detenido, aliado con el minimalismo narrativo, que acerca a las tribulaciones de los bomberos quienes se preguntan cómo prepararse para futuros incendios. El frágil equilibrio de la convivencia del hombre con la naturaleza se nos muestra en un plano donde los équidos pastan en antinatural convivencia con un paisaje salpicado de aerogeneradores. Algún fotograma semeja un cuadro de Degas, con ese sello poético que es capaz de imprimir Barquet a su fotografía. 



No es ajeno a ese hálito de aterradora poesía el montaje pausado, reflexivo y pleno de contrastes de Charlotte Munch y una narrativa desarrollada a base de incógnitas, arropada por una notable banda sonora de Thomas Pérez-Pape. Tierra ocre, mancillada por los cascos de los caballos, atmósfera sofocante y, sobre todo, un fuego omnipresente en planos estáticos y meticulosamente sofocantes. La cercanía del equipo cinematográfico; con trajes completos de protección,  se puede sentir. La temperatura envuelve al espectador con unos tonos sepia y anaranjados que opacan el azul del cielo y tiñen las siluetas de los cabalos garranos que corretean en la Serra Xistral, el Parque da Serra do Larouco y la Reserva Gerês-Xurés. Un mensaje final de esperanza. La capacidad de apoyo mutuo, la resilencia de bestias y humanos, el deseo comunitario de preservar un hábitat inhóspito y cruel que el hombre altera cada vez que interviene. Petré se embarca en un viaje impactante, íntimo con un enfoque intensamente personal, dibujando la historia desde el intramundo de los protagonistas o los pequeños detalles, como las brasas danzando en la atmósfera, la textura del pelaje de los cabalos do monte, las cambiantes sombras de las montañas. Una narrativa visual elocuente e impactante que revela diferentes capas y no impone una postura, plena de matices. Nada permanece a menos que se luche por su permanencia. Ni en este viaje emocional, ni en la vida. El espectador encontrará una elegía visual, una invitación a la escucha, no una mera denuncia ecologista.



Un paisaje también habitado de silencios, el lamento de los árboles, el silencio terrible tras la hecatombe, el murmullo del humo que asciende, el sonido de la vida de un bosque que anhela renacer. Todo esto, y mucho más, nacen del objetivo de Robin Petré, que penetra en el alma del paisaje. Un paisaje que es espejo de todo un planeta que grita, agonizante. Expectante.