Dos
jóvenes navegan por los recuerdos en la casa museo de Emily Dickinson, rodeadas
de una esfera terráquea, una maleta, una mecedora y el verbo legado en las
cartas y escritos de la autora (en este caso del autor). La poetisa decidió aislarse del contacto con
un mundo que no terminaba de completar sus anhelos, que la oprimía con un
calvinismo oscurantista y con una mediocridad enfermiza. Mientras exploran los
objetos, cartas y vestimentas de la habitación del museo se produce una
catarsis que, al tiempo es singular y plural. Porque la sanación les
aguarda entre los legajos, zapatos y trajes de época. Porque todas las
incógnitas femeninas van naciendo entre los hermosos versos de Marino, versos
tintados de herencia helénica y referencias caleidoscópicas que Una y Otra
desgranan o escuchan, arropadas por la acertada partitura de Claudio Gutiérrez,
que consigue misturarse con las difíciles estructuras de los versos
marinomostescos. Un desafío que el compositor ya ha superado con creces en
anteriores textos del dramaturgo. Los arreglos de Abraham Samino son certeros,
livianos y consiguen hibridarse a la perfección con el instante dramático en
estas anti-baladas (así podríamos bautizarlas) que Nuria Ayuso; con limpia
emisión y agilidad vocal; desgrana sobre el escenario. Delicados arpegios,
teclado, guitarra y contrapunto en el bajo, en acertada lectura musical del
elaborado texto.
La
condición de la mujer, las inquietudes sociales y humanas, los sentimientos
desgarrados, los deseos frustrados (o directamente castrados), camino de una
purificación-transmutación donde la otredad se apoderará de Una y Otra, hasta
ser trasuntos inconscientes de Emily y Sarah. Sigue latente en el texto ese
sentido del humor de que hace gala el autor, capaz de introducir puyas y disrupciones
en mitad de un texto “reflexivo”, sorprendiendo al espectador. Estamos ante una
técnica, que domina con maestría, en la que la aparente levedad del comentario
o el chascarrillo, eluden el peligro de la excesiva intelectualización del texto,
dotando de agilidad y ritmo, regalando fluidez narrativa.
El
escenario está diseñado a modo de vértice o triángulo, cuyas líneas de fuga
confluyen en una antigua mecedora, que será el centro visual en instantes donde
ambas mujeres la compartirán con simbólica complicidad. El aprovechamiento del
espacio escénico es notable y las actrices se desenvuelven con improvisada
soltura en el aspecto físico y el dramático. Ana García compone un personaje en
clara evolución. Habitada de incógnitas y senderos de alguien que descubre que
ya no se pertenece. Hay simbiosis, una conexión espontánea, sincera, que ambas
desarrollan con sincronía corporal y con elaborados textos, preñados de
aspiraciones fundamentales de la mujer (o del ser humano). Existe un juego de
espejos con el tiempo inconsciente. Esa pérdida de noción del tiempo. La lucha
ancestral entre Kronos y Kairós. Una y
otra van redescubriendo ese tiempo sagrado, ese instante infinito que las aleja
de todo lo externo y les permite configurar su propio tiempo, cerrando con una
llave inexistente. Ambas son conscientes de que Cronos terminará devorándolas
si se someten a él. Por eso se dejan crecer alas en los pies para dejar crecer
al tiempo Kairós, para la contemplación. Para la auténtica liberación. Han
decidido dejar de ser extranjeras en tierra hostil. Se abre ante ellas un
vértice de cisnes en el cielo. Y deciden volar con ellos.
Se
agradecen en medio de un maelstrom de intensidad que amenaza con devorarnos: la
muerte, el amor prohibido, el paraíso de la otredad como liberación, el verbo
como instrumento para retener el tiempo…
En
el epílogo, las dos mujeres escapan “como las tardes de noviembre”, escapan
dentro de la mansión de Amherst. Escapan de luchas y preocupaciones que son
atemporales, ecuménicas, inabarcables. Es reseñable que este cóctel
filosófico-poético, que invitaría por su densidad al estatismo, sea
desarrollado con un sentido plástico y dinámico en la puesta en escena.
“El
amor no se esconde entre las hojas, es rumor que respira con el viento”
FICHA
ARTÍSTICA
Texto
y dirección Marino González Montero
Intérpretes
Ana García y Nuria Ayuso
Ayudante
de dirección Jesús Manchón
Música
original Claudio Gutiérrez
Arreglos
Abraham Samino
Luces
y vídeo Sete Martín
Fotografía
Nazaret Nova
Vestuario
y producción Ana Crespo


















