jueves, 22 de octubre de 2020

                 El veneno del teatro, de Rodolf Sirera.

 

                                                                               El disfraz de la apariencia

43 Festival Internacional de Teatro de Badajoz

Teatro López de Ayala. 19/10/2020


 

Dos personajes cercados por bancadas en ambos extremos del escenario. Dos sillas de querencia rococó y una mesita auxiliar, que contiene en una copa el “alma mater” que va a permitir desarrollar la trama. Un suelo proyectado de celosía. Todo converge en un ambiente de claustrofobia y cierta frialdad. Una apuesta arriesgada en el modo y en la forma. Thriller metateatral, donde apariencia y ficción beben de la misma copa. Un extravagante marqués, cuyo nombre no se revela, invita a un famoso actor; Gabriel de Beaumont; para discutir sobre las dos teorías teatrales de la Ilustración: La exteriorización del personaje o la identificación con el mismo. La excusa de la muerte de Sócrates como argumento, da comienzo a un juego de dicotomías: Apariencia y realidad, Verdad o ficción, Representación o Sensación, que permiten someter al actor a un experimento extremo por parte del marqués. Ha comenzado un juego de apariencias.

El marques tiende una trampa al actor (Francisco Blanco), de ego elevado, haciéndose pasar por un mayordomo para demostrarle que la actitud y la creencia previa, condicionan nuestros afectos y modos. Un simple cambio de vestuario, y actitud y realidad se transmutan. De este modo, se introducen en un juego perverso cuya única salida es continuar hasta el final. La propuesta escénica es arriesgada. Al estatismo de los personajes se une una; casi ausencia; de apoyo musical. Unos breves instantes operísticos de la mano de Donizetti, en la voz de Monserrat Caballé que interpreta un aria de  Lucia di Lammermoor: Ah! Verranno a te Sull´aure



  El trabajo actoral es esforzado y consigue transmitir el recorrido vital de ambos contendientes, en esa perversión lúdica que juega con los roles, con la apariencia. Con la vida y con la realidad de lo representado. No hay fuegos de artificio ni en lo escénico, ni en lo dramático. El verbo y la mirada del espectador sobre lo narrado son la clave. Hay un instante en que el marqués observa desde el proscenio la interpretación del actor, adoptando el punto de vista del espectador, que también se encuentra atrapado en su propia realidad.

El tono de frialdad y el distanciamiento apoyan la estructura dramática, que va in crescendo. Desde el inicio el marqués (Fermín Núñez) tiene toda la baraja a su favor. Se enfrenta a un jugador que no tiene ninguna mano, salvo su propia desesperación para ofrecer el papel agónico que el refinado y sádico aristócrata desea. Dos actores encerrados, un conflicto. La naturaleza del teatro más purista. Pero este enfrentamiento entre protagonista y antagonista va más allá de la propuesta canónica. Aquí no tiene validez la trinidad: Planteamiento, nudo, desenlace. En el epílogo está el inicio (como un eterno retorno) ¡Y ahora, la obra va a empezar! Desde la meditación teórica, la trama accede a la esgrima dramática en un juego a la vez perverso y racional, asertivo en la enunciación, pero negador en los modos.

Fermín Núñez y Francisco Blanco se ponen en la piel del cruel marqués y el ególatra actor con eficiencia y amplio registro, para este juego perverso acerca de la fascinación por la muerte ¿Cuál es la brecha que separa ficción y realidad? El texto de Rodolf Sirera destila un aliento hegeliano sobre la dialéctica del amo y el esclavo y deja navegar las teorías de Adorno sobre la instrumentalidad de la razón. El marqués privilegia la utilidad de la acción, ya que considera al actor únicamente como un medio para alcanzar un fin ¿legítimo? determinado.



Quizá este es uno de los escollo a pulir. El leve exceso de ornamentación en lo discursivo, junto la morosidad en el tempo. Ninguno de estos aspectos ensombrece el trabajo escénico de los actores que se dejan la piel sobre las tablas. Fermín Núñez, desarrollando un mefistofélico aristócrata, pleno de matices y Francisco Blanco creando con ductilidad un personaje que se ve atrapado entre Escila y Caribdis 

El mismo marqués hace apología de su ética y su estética sobre el teatro: “El teatro no tiene que ser ficción, ni arte, ni técnica... El teatro tiene que ser sentimiento, emoción y, por encima de cualquier otra cosa, el placer de transgredir las normas establecidas... Hemos de poner en el escenario todas nuestras miserias, nuestras angustias, nuestros inconfesables deseos, nuestros temores.” El juego de supremacía surge de la búsqueda de lo inefable. Y lo justifica desde la perspectiva perversa del aristócrata que comienza un juego de dominación/sumisión, una dialéctica sobre lo heterodoxo, lo ortodoxo o la búsqueda de una realidad paralela, donde lo real se torna fingido.  Víctima y verdugo se solicitan mutuamente. El actor lo hace desde la vanidad. Se queda para participar en un juego en el que se cree versado. Una esgrima intelectual en la que termina derrotado. Un juego de matrioskas que van desvelando su interior capa a capa. La incapacidad del actor para enfrentarse al mal; a una persona que atrapa la conciencia de otros; es manifiesta cuando la máscara cae.



Este es un texto de intensa arquitectura, de profundo calado, que solicita una certera conducción (Domingo Cruz) e intensidad interpretativa. El elenco consigue crear una atmósfera malsana dentro del minimalismo escénico, manteniendo el pulso durante casi toda la obra. Una parábola pervertida sobre las fronteras entre ficción y realidad, entre lo artificioso y lo veraz, lleno de inteligentes vueltas de tuerca, que nos acontece bajo la égida de El Desván Teatro.

Francisco Blanco y El Desván Teatro (Extremadura)

Autor: Rodolf Sirera

 Dirección: Domingo Cruz

Actores: Francisco Blanco y Fermín Núñez

Coordinación Técnica: José Mato

lunes, 28 de septiembre de 2020

 

                                        Aquiles, de Marino González Montero

 

                                                                                         Deconstruyendo el héroe



 

En el mundo culinario el proceso de desconstrucción respeta las armonías y sabores de los ingredientes, pero trata de transformar texturas, formas o temperatura. En literario símil, el dramaturgo Marino González Montero, nos deconstruye uno de los mitos básicos de la cultura occidental: Aquiles, el Pelida. El de los pies ligeros.

¿Cierra? de este modo el autor una trilogía conceptual que comenzara en “Muerte por Ausencia”, continuara en Laberinto. Anatomía del presente y enlazara (vía Homero) con esta huida de sí mismo (el sí mismo de las leyendas y las loas), que efectúa Aquiles en busca de la belleza.

El lector (y el futuro espectador) se encontrarán de nuevo con ese lenguaje marinomonteresco que es capaz de hibridar las más profundas reflexiones sobre “lo divino y lo humano”, el verbo más intenso y lírico, para culminar con una de sus habituales monterescadas. Nadie más mezclaría “Amémonos, pues a las luces, olas y estrellas, para culminar con “pautado guirigay”. Hay mucha osadía y modernidad en romper de ese modo la genésica y homérica referencia, para epilogar  con una ruptura total del concepto y la estructura lógica. Los connaisseurs de la obra del almaraceño, podrían hasta esperar algún “darling”, por parte de una diosa políglota Tyche, como la que aparece en “Laberinto”. Nadie, más que él, tendría la osadía espartana de referirse al padre de los dioses como “zeusito”, después de una frase demoledora, de  un clasicismo brutal. Plena de helénica filosofía:

 Y a los dioses nos ha sido confiada

La tarea de dictarles a los hombres

Los renglones donde mejor se escribe…

 Y no son los “reglones torcidos” de Luca de Tena. Son certeras saetas aqueas dirigidas al corazón de la conciencia  humana. El origen literario es hijo putativo del aedo jónico. En el texto aún centellean las naves “de larga sombra”, el “argénteo puño” o la “aurora de rosados dedos” que tan bien definiera el vate helénico.



Pero Marino González engarza la clásica declamación con sus habituales referencias y estilemas. Así podemos encontrar referencias borgianas en que “el hombre es sombra de otra sombra”(Las Ruinas Circulares); aunque en el caso de Borges era sueño de otro sueño; hasta referencias (nada veladas) a las querencias y vivencias del autor. De este modo, la playa donde el Pelida comienza su viaje iniciático puede llenarse de expresiones como “potro de rabia y miel”, navegar por el erotismo palpitante del “El Cantar de los Cantares" o dejarnos un Aquiles que no desea ser estatua, que no anhela que erijan efigies en su honor y tan sólo desea “la piel que habito”. Desaparecida la terrible “cólera de Aquiles”, el ser humano aparece vulnerable. Se transmuta en el antihéroe que busca un “minuto de amor, más fuerte que la muerte”. En el hombre que quiere conservar su amor por Patroclo.

 Ya no es el héroe invicto que ofrenda la muerte a Héctor, el domador de caballos. Un hombre, tan sólo un hombre…

De este modo las referencias homéricas que abocetaban el texto homérico (Dánaos, El Leteo, Los Argivos. Mirmidones) se misturan con las vivencias literarias del autor. Sin chirriar de pórticos, ni brillos artificiosos en el luciente bronce.

El resto de obsesiones del autor están presentes, como ya prefaciara en su obra “Muerte por ausencia”, donde el misterioso demiurgo convoca a tres personajes a un velatorio (divinidad, muerte, orfandad del personaje) o la parquedad escénica, una desnudez que habita al personaje, dejando a la palabra toda la labor de zapa espiritual.

Aquiles siente; como los personajes de Laberinto. Una anatomía del presente; que todo aquello que ha soportado su vida carece de la belleza primigenia, envuelto en el disfraz de lo épico. Habitado con la vestidura de la trascendencia. De nuevo Marino González nos obsequia esos ramalazos del teatro del absurdo, sazonados con helénico coro, aderezados con nietzscheana y abismal reflexión.  



La reconstrucción del héroe para renovar el ser humano (como Afrodita naciente de las aguas). Pero este nacimiento solicita el dolor como sendero. La belleza a que aspira Aquiles ha de obtenerse a través del tamiz de la aflicción. La belleza precisa que Patroclo se “marche por donde más duele, a contarle a la muerte lo que sabemos de ella”. Una muerte siempre presente en la obra del autor. Siempre latente. Siempre dibujando su larga sombra.

Como las anteriores obras de esta “trilogía”, este Aquiles es de representación espinosa y, al mismo tiempo, gratificante. La inclusión de canciones, de intrincada métrica y dificultosa armonización, no facilita la ardua tarea.

Una vez más, el dramaturgo nos habla de la búsqueda de la belleza absoluta; incluso en la oscuridad. El Aquiles que renace de sus cenizas no es el invicto vencedor de Héctor; el domador de caballos. Es un hombre desnudo que busca vencer a la muerte con el  amor. Ahora es un verdadero héroe…

 

 

miércoles, 22 de enero de 2020

A5 Vocal Ensemble. Quinto libro de madrigales de Monteverdi. Espacio Turina


                        

Dentro de la esforzada aventura emprendida por A5 Vocal Ensemble, única en nuestro panorama musical, de resucitar y revitalizar los libros de madrigales del compositor cremonés, ahora le ha llegado el turno al libro que supuso el punto de inflexión hacia la seconda prattica. Monteverdi subordina la expresión musical a la palabra, conduciendo  el figuralismo a sus más altas cotas. El Ensemble ya tiene experiencia en estos lances, amplio dominio de las texturas monteverdianas y potente expresividad “pintando palabras”.
Ya desde el primer madrigal Cruda Amarilli; que fue refutado por Artusi; se aprecia ese sabor revolucionario y el dominio del cromatismo, que tan caro le era al italiano. Suave y claro el traspaso desde las dos primeras secciones, donde predomina la textura homofónica, dominio de la disonancia (novena y séptima) en el compás 13 (con permiso de Artusi). Aunque para disonancias, las 14 que se escucharon entre los compases 19 y 23 (retardos) y que la agrupación resuelve con su habitual fluidez, para agonizar en una cadencia típicamente renacentista, recreando este drama en miniatura.

Es de agradecer la proyección que durante el concierto se efectúa sobre el escenario en la cual es posible leer los poéticos y melancólicos textos en italiano y español, aumentando el grado de comprensión, con la emotividad y nostalgia trasmitida por A5 Vocal Ensemble. Nos hallamos ante un género en el que la palabra es alquimizada por la música, para mostrarnos una enorme paleta de estados emocionales y afectivos en esta obra-bisagra con lo anterior y lo que viene.
En O Mirtillo, Mirtill'anima mia, A5 Vocal Ensemble desarrolla los recursos del madrigal, integrándolos con las demandas de la monodia, reitera pequeñas frases, de modo minuciosamente repetitivo, consiguiendo un fino y seductor equilibrio en sustancia y proporciones. Esta obra reúne cadencias intensamente renacentistas. Muchos la consideran la predecesora del Libro VI (Lamento de Ariadna)
Monteverdi llevo al extremo el hablar con canción (chi con canto parla), por ello los textos son de una deliciosa cadencia, profunda melancolía, intenso retrato amoroso y se prestan a una profunda pintura polifónica. A partir de este libro, la escritura del cremonés se acerca, sin posibilidad de retorno hacia paisajes más cercanos a la ópera en miniatura o la cantata dramática.
La presencia del bajo continuo es obligatoria en los seis últimos madrigales, compuestos para cinco o seis voces.

Un pequeño interludio para lo instrumental ofreció una deliciosa interpretación de la Sonata quarta sopra l´aria di Ruggiero, de Salomone Rossi  (El judío),  pionero en el desarrollo del trío de sonata y violín, con patrón armónico repetitivo (o bajo de fondo). Salomone colaboró con Monteverdi en el drama lírico Maddalena. Preciso y alborozado, el violín de Raquel Batalloso, en acertado diálogo con la viola de Irene Gómez Fernández. Rossi conocía las primeras colecciones de madrigales de Monteverdi, e incluso tomó varios de sus textos en varias ocasiones para sus propias composiciones. 
La segunda parte del concierto traería obras como Amor, se giusto sei, con amplio juego cromático, melismas y un sonido suave y equilibrado para un texto donde el amante desea que la mujer que sea su esposa, sea la correcta.
T'amo, mia vita,  es una meditación entusiasta de un joven amante que ha escuchado a su amada pronunciar esas palabras. Monteverdi establece las cuatro palabras para soprano en solitario, repitiéndolas entre líneas de la ensoñación del joven como si se repitiera una y otra vez en su mente.
La agrupación convierte el soberbio epílogo Questi Vaghi Concenti (a 9), una verdadera sinfonía con ritornello) en una brillante cantata. Compuesta siguiendo el modelo popularizado por Andrea Gabrieli. Aquí los cambios en la textura siguen íntimamente los tonos subjetivos del texto, avanzando en el concepto de uso de coro de la época, que lo usaban para simple efecto de eco. Las dos mitades, usan variaciones del material sinfónico, crean una gama deslumbrante de colores vocales al veneciano modo. Este es un anticipo de la música teatral a gran escala que ya asomaba desde el futuro. La interpretación de A5; junto con el resto de cantantes, es voluptuosa, plena de alegría de vivir, decidida a celebrar la fresca belleza que se le ofrece.
Como oferente regalo se ofreció un preludio del Sexto Libro, el Zefiro Torna, oh di soavi accenti. Un poema de Petrarca, publicado en El Canzionere;  elevado a lo sublime por la música de Monteverdi. Y también por los músicos que, sobre el escenario, extrajeron de este aire una interpretación dinámica, lúdica, de un cromatismo vitalista; y premonitorio; de lo que será su próximo trabajo (esos soberbios trinos ornamentales). A5 Vocal Ensemble se ha embarcado, para fortuna de los aficionados, en una tarea enciclopédica, mastodóntica, faraónica. El resultado de este enorme trabajo y de las horas de pulido, tallado y esmerilado, queda patente sobre el escenario. Afortunados aquellos que tienen el privilegio de disfrutarlo.





lunes, 20 de enero de 2020

Azahar Ensemble. XI Ciclo de Música Actual de Badajoz. De la textura como estética


     
         Azahar Ensemble. XI Ciclo de Música Actual de Badajoz. De la textura como estética

Roberto Gerhard fue un autor heterodoxo y cosmopolita. No satisfecho con la música nacionalista de su época, viajó hasta Austria para encontrarse con Arnold Schönberg, que estaba revolucionando la música europea y quedó cautivado por sus enseñanzas. Su obra orquestal ha eclipsado la música de cámara, donde escribió algunas obras maestras, en las que su riguroso sentido de la forma está ausente casi por completo.
Para su Quinteto de viento, emplea por primera vez la técnica serial, aunque no dodecafónica, con una clara influencia de Schönberg. Hay fuertes inclinaciones homofónicas. Sin ser tonal en la estructura general, lo es en los pequeños detalles. Deudora de la tradición vienesa de la sonata, pero invadida de inflexiones de la música popular española. Esa obra fue entregada a Schönberg por al autor como trabajo de fin de curso y fue blanco de la crítica por su radicalidad. 
El compositor defendió en un artículo la superación de los posicionamientos estéticos trasnochados y provocó un escándalo. Estamos ante una obra de estructura formal sólida con la horma plástica del modelo vienés. Los dos primeros movimientos están gobernados por una misma serie de sonidos (enfrentándose a la teoría de Schönberg). En el tercero y cuarto los procedimientos de construcción melódica pasan a un segundo plano. Además introduce un pequeño motivo extraído de La Consagración de la Primavera.

El color instrumental que solicita la partitura, es recreado con precisión por Azahar Ensemble, así como  los aspectos rítmicos de eso que se definió como “dodecafonismo mediterráneo”. Encontramos el uso de acordes repetidos de función climática y reminiscencias folclóricas; no tomadas de ningún cancionero; insertadas en el entramado serial. Esto se ve claramente en la sección del trío del tercer movimiento, donde el oboe desarrolla la melodía de carácter popular, doblada por la flauta en tercera menor superior. Claramente recurso popular. Se puede considerar este quinteto como una inflexión y una declaración de principios del autor, ante una etapa caracterizada por la individualidad estética, que convierte esta obra en paradigma de la modernidad.








Un Tápis. Unicornio (2015) es la obra basada en el famoso tapiz de La Dama y El unicornio, en el cual se inspiró el multipremiado compositor Joan Magramé para componer expresamente para el Azahar Ensemble. Comienza con una cadencia etérea, misteriosa, complaciéndose en notas largas, conduciendo hacia un espacio sonoro creciente, que no trata de transmitir ideas, sino elaborar imágenes sensoriales a partir de nuestra tradición cultural. El juego instrumental es evocador, de gran equilibrio, con gestos melancólicos. Con algún instante que bebe directamente de una danza cortesana. El epílogo retoma, tras un crescendo, el equilibrio del prólogo, conduciendo a un estado de sorprendente quietud. Agonizando de nuevo en notas largas. Toda la obra es un delicado tapiz sonoro en si mismo, que diluye la individualidad del instrumento y lo convierte en textura plural.
Del compositor palentino Santiago Lanchares, el  quinteto  interpretó “El Sueño de Sapur”, un encargo del CNDM.  La obra de estreno es un encargo del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) que participa con la Sociedad Filarmónica de Badajoz en la producción del XI Ciclo de Música Actual de Badajoz. Este ciclo también cuenta con el patrocinio de la Junta de Extremadura, Diputación de Badajoz, Fundación CB y Fundación Ibercaja.
Una obra de gran sensibilidad, con motivos y modos arabescos, que está dedicada al walí  persa de Badajoz, considerado como un protector de las letras y las artes. La interpretación recibió numerosos aplausos de un público entregado y agradecido por el motivo pacense que inspiró la obra.
Carl Nielsen es un compositor conocido por sus sinfonías. El Quinteto  Op. 43 es una  auténtica obra de madurez. Destacar la claridad deslumbrante de la flauta (Frederic Sánchez Muñoz) y esa alegría con que irrumpe tras la presentación del tema inicial. El fastuoso timbre galánico del oboe de María Alba Carmona Tobella de breves salpicaduras. Miquel Ramos Salvadó, extrae dibujos del clarinete, que reparte a lo largo y ancho del registro, concibe rúbricas volubles, zigzaguea. Desde la trompa de Antonio Lagares Abeal, surgen recuerdos vagos. Entra la melancolía,  la trompa trae consigo recuerdos entre venatorios y taciturnos.
Más adusto, el fagot de María José García Zamora, combinando timbres y armonías en un rico cromatismo, no exento de cierta humorada, para este diálogo psicológico entre cinco personajes. En cualquier caso, obra de absoluto dominio formal. El tema de las variaciones es la melodía del coral “Min Jesus lad mit hjerte få”, desarrollado de una forma peculiar y alegre, entre seria y elegíaca, hasta el suave epílogo con ese indudable tempo de solemnidad que solicita una ceremonia religiosa.
Azahar Ensemble finalizó el concierto regalando un hermoso arreglo del Oblivion, del argentino Astor Piazzolla, donde demostró una vez más su capacidad para lograr un rico empaste y un cromatismo homogéneo en instrumentos de timbres tan disímiles y autónomos.







Laberinto.Anatomía del presente de Marino González Montero. De dioses y hombres


Desde el primer diálogo, queda patente que la propuesta de Marino González Montero enlaza directamente con su anterior obra Muerte por Ausencia.
El autor-director opta por redescubrir aquella escenografía espartana. Nos regala, de nuevo, esos  personajes solitarios, pero imbricados. Además introduce directamente al espectador, en el primer texto, cuando el personaje de Hombre cuenta como “La única forma de llegar al presente y la muerte, es la ausencia”. La propuesta formal navega entre el existencialismo más atroz, coqueteando con el teatro del absurdo y revitalizando el mito clásico con la presencia de esa diosa políglota y el trágico hado que sobrevuela a los personajes. Un fatum del que es imposible escapar y que, tampoco es posible exponer, para no revelar el elaborado desenlace. Aquí, el autor vuelve a rizar el rizo con un punto de encuentro final para los personajes, demoledor y desolador, como ya hiciera en su anterior obra.  Deambulando entre las ruinas de una iglesia-teatro, las presencias (llamémosles así), celebran un ritual de ausencias. Una ceremonia donde la nada, lo irracional o la comicidad nihilista se aposentan en sus ¿vidas?

Este descenso al laberinto borgiano es al mismo tiempo derrota y victoria. Como la misma esencia de la vida. Una vida que, los protagonistas (Hombre y Mujer), parecen haber abandonado en algún instante. El espectador se encuentra ante un teatro nada complaciente, un teatro donde el texto es el soporte vital del pathos. Donde la emoción surge de la identificación con personajes que deberían sernos ajenos, pero que conforme avanza la historia, van dejándonos su calidez y su aliento.  Caminamos con ellos hacia ese abismo nietzcheano que, sin duda, se va a asomar dentro de nosotros. Intentamos retomar el miltoniano Paraíso  Perdido, pero la sensación de liberación solo puede proceder de la palabra. Del verbo como catarsis.

Tyche (Ana García) propone a las dos presencias un viaje a través de la música y la palabra como camino iniciático. Camino que al final  deviene catarsis emocional. Toda la arquitectura de la obra se apuntala sobre un soberbio texto que, enraizando en lo clásico, mixtura posmodernidad, sentido del humor, absurdo o filosofía. En la justa medida. En un excelente equilibrio entre lo humano y lo divino, entre la mundanidad y el pensamiento en estado puro. Acierto que se traduce en el ritmo narrativo, en la alquimia entre texto y puesta en escena. Mención aparte merece la labor compositiva de Claudio Gutiérrez al enfrentarse a unos textos, a priori, casi imposibles de musicar. Canciones que sirven de sendero e instantes de reflexión, defendidas con solvencia.


Laberinto, anatomía del presente, es tan solo un título coyuntural, casi accidental. Las vivencias y cuitas de los personajes son universales y atemporales. Se enraízan en la tragedia clásica, se asoman al abismo nietzcheano, después de haber toreado a ese Minotauro que todos llevamos dentro, y se avecinda en el nihilismo de Sartre. Pero Marino González maneja un lenguaje posmoderno (a la par que clásico) al que los intérpretes saben dotar del necesario pálpito para que el dolor trascienda alegría, para que podamos vencer al abismo con el arma de la palabra y la ironía.
El elenco extrae una paleta de amplio cromatismo de los acerados diálogos, de la sutil poesía que sobrevuela el texto. Este es uno de los grandes aciertos de esta propuesta dramática: la recuperación de la creación per se, el retorno a lo teatral como texto, la palabra como alquimia y la petición a la platea para participar en la reflexión ofrecida. Y; sobre todo; el respeto al espectador, no considerado como un consumidor de obras cómodas y de escasas entendederas. A día de hoy se agradecen proyectos en los que el espectador salga del teatro llevándose a casa algo más que unas efímeras carcajadas.
Ana García elabora un difícil personaje, una diosa díscola, políglota, que trata de guiar a Hombre y Mujer lejos de los buhoneros y vendedores de humo que acechan en la realidad. Paca Velardiez es la Mujer, con un intenso sesgo dramático, de amplia inflexión y recorrido. Jesús Manchón vuelve a destilar su personal punto de ironía y dominio  del timing, para extraer aristas y matices. Quizás toda la realidad de la humanidad se condense en ese gesto final, tierno, revelador, catártico, de un hombre que lo ha perdido todo y le ofrece su paraguas a otra persona “Por si afuera llueve”.
Con obras de este calibre, podemos afirmar que el teatro extremeño está en el buen camino. Como diría la diosa Tyche: !Chapeau!


viernes, 27 de diciembre de 2019

Mientras dure la guerra. Sobrevivir entre los “hunos” y los “hotros”


                                            




Cualquier acercamiento a temas tan controvertidos como la propuesta de Mientras dure la guerra (Alejandro Amenábar.2019), obliga al crítico a caminar cautelosamente. A sobrevivir entre los “hunos” y los “otros”. En cualquier reseña que se realiza sobre un film, surgen diversas y contrarias opiniones. A veces se tiene la sensación de que no se ha visto la misma película, o de que; determinados espectadores; viven sus conceptos ideológicos de forma tan intensa (llamémoslo así) que son incapaces de desprenderse de esa piel que les habita, para aproximarse al arte y la cultura. Simplemente. Amenábar ha optado por presentar un momento concreto de la historia. Aquí, lo importante no es lo que nosotros pensemos, no lo que (a priori) estemos dispuestos a opinar, si esta opinión no se centra en aspectos exclusivamente cinematográficos. Efectuar una labor de arqueología en el argumento, corresponde a los historiadores.

Es cierto que el guión está habitado de diversos errores históricos, pero  la pregunta que debemos hacernos es, si este particular afecta a la diegética narrativa. No contemplar la historia que nosotros hubiéramos deseado que se contara. Eso no es cine, eso es veredicto personal. Y no sirve para valorar el hecho artístico. Aquí es Unamuno el protagonista. Su profundo sentido de encontrarse en medio de una tormenta, su lucha contra la contradicción, su actitud frente a las atrocidades humanas, vengan de donde vengan. El resto es puro atrezzo. El enfrentamiento entre la intelectualidad y la reflexión del hombre que trata de encauzar su vida por el camino de la lógica, frente a la barbarie que habita a su alrededor. Barbarie que no es exclusiva de ninguna ideología. Es la España goyesca, con dos gañanes empecinados en golpearse, en lugar de ayudarse para salir del agujero donde están enterrados. En este sentido hay una secuencia modélica donde Unamuno discute con su amigo el arabista Salvador Vila, enfrentando la forma de ver la vida y el mundo. Pero dentro de unos parámetros racionales y no violentos. Karra Elejalde está inmenso y transmite con certeza ese “sentimiento trágico de la vida” que arrastra su personaje. El discurso está soportado sobre un diseño de producción y una fotografía sobresalientes. Unamuno está atrapado, como tantos otros, entre dos aguas. Ve lo que está sucediendo y se equivoca, pero es capaz de rectificar su error, a costa de su salud y su vida. El contexto histórico es tan sólo un envoltorio para una historia que se nos antoja universal. La del hombre enfrentado al salvajismo, encerrado, constreñido por las circunstancias que le ha tocado vivir. Que nos tocan vivir a todos. 

No es posible acercarse a una película, habitado de clichés, lugares comunes, filias y fobias. Máxime en un terruño donde el analfabetismo histórico se tiene por bandera y el afán de investigación del personal termina en el último gol que ha marcado su jugador de cabecera. La lectura del pasado en presente, es uno de los crasos errores cometidos por quienes anteponen la visceral a la realidad. Aquellos que bucean en la historia, son conscientes de que; el pecado original en la investigación histórica; es tratar de juzgar hechos pasados con parámetros actuales, Si además le añadimos la falta de preparación y conocimiento, el cóctel es explosivo (con certeza un cóctel Molotov).
Es la “España Invertebrada” de Ortega, son las “dos Españas” certeramente machadianas. Desde ninguna perspectiva, que no sea la exclusivamente histórica, se pueden abordar estos particulares, si realmente queremos comprender, aprender y extraer conclusiones enriquecedoras o cauterizadoras. En la pantalla el defecto suele ser el contrario. El exceso de academicismo puede lastrar la narrativa, convirtiendo en didactismo histórico y clase de biografía o anales, lo que debería desarrollarse con estructura dramática (planteamiento, nudo, desenlace). Quizás el eslabón más débil de la propuesta amenábariana es el aspecto formal. Esa pulcritud, que lastra la creatividad y una tendencia a potenciar el envoltorio. El aspecto externo, frente a la veracidad cotidiana de la historia. En la otra vertiente, encontramos la positiva humanización de los personajes. Unamuno desciende de su pedestal de ilustre pensador, del creador trágico, del filósofo que se angustiaba por la división entre lo real y lo ideal. Por otro lado, los personajes del bando sublevado son presentados sin fomentar el arquetipo, huyendo del peligroso lugar común o envueltos en su vida familiar. 


Este es uno de los peligros del cine “de tesis”. Presentar personajes que no son humanos. Paradigmas biográficos, moldes que rozan con el cliché y alejan del verdadero horror. La realidad es que todos los participantes en los espantos históricos, eran personas comunes (en el amplio sentido de la palabra). Este es el verdadero horror. Las personas, una vez inoculado el veneno de las ideologías, son capaces de realizar actos terribles en nombre de entelequias y seguir con sus vidas cotidianas. Mientras dure a guerra no es ambigua. Frente a la crítica que pueda hacerse, acerca de que tan sólo aparecen dos victimas en una cuneta) a lo largo de la película, de que se obvia el horror y la sangre que estaba corriendo, también podría objetarse que no se presentan en ningún momento las motivaciones de Unamumo para apoyar a los sublevados en un principio. No eran otras que el horror y la sangre que ya llevaban un tiempo apoderándose de las calles. Mientras dure la guerra muestra la verdadera naturaleza de las cosas. La vida diaria que convive con la oscuridad. Frente a esa oscuridad, Unamumo rememora los instantes en que reposaba su cabeza en el regazo de su esposa. Frente al horror, el recuerdo del amor. Frente a la barbarie, la ternura de amar a otro. Y a día de hoy, seguimos sin aprender nada…


viernes, 13 de diciembre de 2019

Una Lisístrata inclusiva y reivindicativa. La Porciúncula


                          




Ha llovido un poco desde que en 1993, se constituye un taller de teatro inclusivo para integrar a personas con discapacidad visual, aunque con cabida para otras discapacidades. Ha llovido, digo, desde “La Heroica Villa” de Carlos Arniches hasta esta apuesta por una Lisístrata inclusiva y; sobre todo; reivindicativa. La trayectoria de la agrupación teatral la ha llevado, fundamentalmente, por el terreno de la comedia. Miguel Mihura, Carlos Arniches, Miguel Murillo, Oscar Wilde han sido algunos de los autores que han llevado a las tablas, siendo dirigidos por diferentes profesionales del mundo teatral extremeño. Mª José Mangas Durán adapta y dirige esta adaptación de la comedia de Aristófanes. 
Como era acostumbrado en el comediógrafo, el texto (aparte de la vida cotidiana ateniense), destila su actitud frente al absurdo de la guerra. Partiendo de una huelga sexual femenina frente a la pérdida humana que supone el belicismo la agrupación presenta una divertida, desenfadada y picante versión en una Hélade, donde los hombres caminan sufriendo de priapismo permanente a causa de la abstinencia. Vuelve a utilizar el ateniense una asamblea de mujeres, como ya hiciera en Las Asambleístas. 
Esta Lisístrata fue la primera heroína del teatro aristofánico. Un espartano atrezzo (si se me permite el juego de palabras), compuesto por algunas ruinas y columnas sirve a la compañía para desarrollar una historia de completa actualidad, donde están presentes diversas reivindicaciones. Las mujeres ocupan la Acrópolis  para controlar los impuestos y mantienen a ralla el furor varonil en divertidos y bien diseñados diálogos que los espectadores agradecen. 


El autor juega con el doble sentido (¿Qué asunto es ese grande, grueso, agitado durante los insomnios?), o “las de Salamina han hecho la travesía de madrugada, bien abiertas de piernas y montadas en sus potros”. La unión de las mujeres es grande frente a la pueril amenaza masculina y los intentos de revertir la situación chocan con la unidad y valor de las mujeres. También revolotean temas como la corrupción (los cargos públicos que andan revolviendo algún tumulto para poder robar) o las situaciones ridículas (postureo) donde puede verse a un guerrero impresionante, con escudo de Gorgona, comprando corvinas en el mercado. 
Hay un mesurado y efectivo uso del semicoro  y los picantes diálogos son tratados con un vodevilesco sentido del humor: “Padecemos de jodientitis, para decirlo con suma brevedad”, se queja la heroína. Si hubiera sido musicada esta obra podría formar parte de aquel género sicalíptico que invadió los proscenios a principios del siglo XX. Algún apunte personal como la escena entre Mirrina y su marido Cinesias donde, tras largas dilataciones para no practicar la unión carnal, Mirrina le echa un perfume (en el original Perfume Rodio) Aquí, el castrador bromuro. La Porciúncula solventa con soltura este texto, donde se invita a “hacer el amor y no a guerra”, divirtiendo (que no es poco). Hace uso del espacio coral, sobreponiéndose a las limitaciones y consigue provocar las risas de los espectadores, en una reivindicación con disfraz de comedia. Una Lisístrata inclusiva y reivindicativa ¿Qué más se puede pedir?



martes, 26 de noviembre de 2019

Laberinto, anatomía del presente. Marino González Montero/ de la luna libros. Mérida. 2019


      



 Aunque todavía puede uno enzarzarse en alguna de esas polémicas inanes sobre si el teatro es; o no es; un género literario, una única verdad prevalece: el teatro también se lee. Aunque el modo de abordar una obra dramática requiere una visualización más activa que en otros géneros, la cual suele residir; paralelamente; junto al número de obras que haya visionado el lector. Ayudan (y mucho) las acotaciones-descriptivas, que el autor sitúa, con notable clarividencia, para ayudar a describir personajes y situaciones. Y es que nada es liviano en el intramundo teatral de Marino González Moreno. En “Laberinto, anatomía del presente” vuelvan a aparecer sus estilemas, obsesiones y remembranzas. Porque un laberinto de estas características tan sólo puede tener su génesis en la propia esencia vital, en el leve parpadeo del instante breve que huye, en el somnoliento guiño de lo ya vivido. Una vez más vuelve a aparecer el autor que no agradará al consumidor de inmediatez mediática (porque no comprenderá ninguna de las interrogaciones que como dardos se le lanzan), ni al devorador de posmodernidades y postverdades (que de todo hay), encerrado en su cápsula de tecnologías y estímulos guiados por la apariencia (y/o) la ignorancia en estado latente. El autor alquimiza la palabra como arma, contra esa invasión de oscurantismo, de querencia por la tiniebla que se esconde detrás del postureo actual, detrás de la liviandad de las relaciones y actitudes vitales. Pá tinieblas, las mías”, parece decir (en castizo), desde la profundidad de este texto, rico en metáfora vital, en existencialismo cotidiano, en riqueza matriz. 


Porque bebe del mito ancestral, primigenio, atávico, para presentarnos una tragedia helénica desaforada en lo conceptual, pero contenida con la introducción de un humor que; como en su anterior obra; está situado en el momento y el lugar exacto. Casi hemos dado la definición de literatura: Situar la palabra más exacta en el lugar más correcto. Retornan  obsesiones y personajes de “Muerte por  Ausencia” ¿Quizás el boceto de un trilogía sobre el abismo y la orfandad humana frente a la muerte y lo desconocido? Ahí lo dejo. Retornan los espacios inquietantes. Si allí lo fueran un catafalco y unas velas; donde la soledad acompañada de sus criaturas, desarrollaba su ceremonia de ausencias; aquí es un extraño laberinto, unas cabezas de alambre. Si allí el personaje elíptico era la base de todo el diálogo y las inquietudes de los personajes, aquí toma forma como diosa poliglota, envuelta en poncho. Dispuesta a llenar de inquietudes las vidas de “Hombre” y “Mujer”, y también de enseñarles a caminar entre el absurdo que denominamos vida y extraer la esencia de las cosas, como ese Juan Ramón que declamaba:
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!
La esencia de las cosas. Ese desprendernos de la túnica de la inocencia antigua hasta aparecer desnudos. Pero la desnudez que nos muestra Marino González, es un viaje en barca para el que nunca estamos preparados. Porque Caronte conoce todas nuestras miserias. Un Laberinto donde el Minotauro borgiano tan sólo desea la espada de Teseo en su corazón.
-Lo creerás, Ariadna. El Minotauro apenas se defendió…


Como el mítico animal antropomorfo, Hombre y Mujer, desconocen el sentido de su presencia en el laberinto y anhelan escapar a la soledad de sí mismos. Para ello deberán aprender a escuchar. A escucharse. Como en la poesía de Juan Ramón, el anhelo que subyace en la obra de dramaturgo cacereño tiene una triple vertiente (o una triple sed).
Sed de belleza (lo cual queda patente en el respeto por el verbo, por las referencias culturales y la forma, por el homenaje a la cadencia del riesgo, por el disfraz de la palabra.
Sed de conocimiento: Porque la belleza de lo externo es un modo de conocimiento. Porque el antifaz del léxico es como una nota escrita en la partitura. Inerte, expectante, pero palpitante, llena de vida cuando surge de los labios del intérprete.
Sed de eternidad. De búsqueda, de anhelo de lo inmarcesible. La búsqueda de la belleza absoluta pasa necesariamente por los estratos del dolor y la angustia existencial.
Laberinto es un texto difícil, arriesgado, alejado de lo común. En él, el autor sienta sus claves a caballo entre el teatro del absurdo, sazonado (con un humor cínico y existencialista), la helénica y genésica tragedia, el abismo nietzcheano; al cual se asoman para que el abismo mire dentro de ellos; y una certera reivindicación de pensamiento sobre superstición, de lo atávico sobre lo acomodaticio del instante histórico. Las dudas primordiales de la humanidad, los dolores más acerados y punzantes. Como esa muerte “que había ido a vivir a mi casa”. Una muerte que está en casa de todos, ya que es la única certeza que tiene el hombre.


Marino González Montero conjuga con maestría y sabiduría dramática (más sabe el diablo) un verbo, ora teñido de lirismo, ora de existencialismo. Ora de un humor amargo y lacerante, ora de un filosófico beber del instante. Prima la desnudez escénica (otro de sus atributos), pero la desnudez emocional es la marca de la casa. Y es que nada más se necesita cuando el sendero trazado nos conduce a los sentimientos más intensos del hombre/mujer en este paraíso perdido. Cuando el jardín de senderos que se bifurcan no ofrece sino redención (el dolor no es opcional) frente a la derrota. Las canciones ofertan un lirismo intenso, juguetean con el khoros helénico o la modernidad, con referencias a Pablo Milanés. Toda la obra está teñida de la fatal predestinación de ese “animal que camina  con un féretro”. Ese animal que es capaz de escribir y emitir palabras que son “deidades momentáneas”. Las palabras de esta obra también ejercen de demiurgos para guiarnos hacia más allá del velo. Hacia el laberinto. Origen y fin de todas las cosas.


jueves, 21 de noviembre de 2019

María Joâo y Carlos Bica Quartet. XXXII Festival Internacional de de Jazz de Badajoz

                                 


La voz exótica de María Joâo, acompañada del “Carlos Bica Quartet”, sonó dentro de la XXXII Festival Internacional de Jazz de Badajoz. La trayectoria de la cantante dentro del jazz es luminosa y ha regalado su estilo único por los escenarios de todo el mundo, siendo la única artista portuguesa nominada para el Premio Europeo de Jazz. Pocas vocalistas pueden transformas las canciones del modo en que lo hace María Joâo. La lisboeta alquimiza cada fraseo, explora el territorio desconocido de cada nota y lo transforma en el crisol de su prodigiosa garganta. 

Su forma de acercarse con nuevos prismas a los temas estándar, a clazicazos que solicitan respeto en la reelaboración, es de un apabullante desparpajo. Pero no nos confundamos, para llegar a transmutar una (casi irreconocible) Norwegian Wood en un regalo auditivo, hacen falta muchas tablas, mucho terreno ganado al tiempo. La vocalista juega con lo intimista, se mueve con levedad mientras reescribe en su garganta las partituras. Uno de los pies permanece siempre en las cadencias jazzísticas, en el feeling atávico de la selva, en los sonidos del club, habitado de humo. La otra, puede estar en cualquier parte. Desde las onomatopeyas vocales de Björk, hasta la música medular de Caetano Veloso. Desde apropiarse del espíritu de Billie Holiday hasta desembocar en ese potente y recreado himno a la felicidad que es “What a Wonderful World”, donde la cantante se recrea en registros imposibles y su flexibilidad vocal le permite bromear con la tesitura de “Satchmo” (Louis Armstrong).  No cabe duda de su capacidad para la improvisación y ese formidable dominio del scat, que le permite crear sílabas, proyectar sonidos imposibles, juguetear con los matices, exprimir la fonética hasta límites insospechados. 

Los fraseos de María Joâo pugnan en duro combate entre la técnica y la emoción. Entre el aullido desgarrado y el matiz que nace de esa destreza que dan las horas de estudio. Hay calidez y altas dosis de empatía cuando se descuelga con un cover de “Come Together” para quitar el hipo y hace participar al público en el estribillo. 

A lo largo del concierto se rastrean las influencias brasileñas, africanas, lo experimental, el pop. Aquí el mestizaje es la marca de la casa y la creación de nuevos espacios adentra al público en texturas desconocidas que están impregnadas de un sello particular que bebe de diversas raíces. María Joâo y Carlos Bica se reencuentran después de 25 años, añadiendo la guitarra de André Santos y el teclado de Joâo Fariñas. La cantante lisboeta es capaz de crear atmósferas etéreas, de navegar entre suaves acordes de teclado cercanos a la new age o de recrear un estándar como Proud Mary, dotándolo de una renovada identidad. La guitarra, jugando en armónicos, el contrabajo; unas veces en imitación, otras en contrapunto; el teclado fluido y los ornamentos vocales de María Joâo, conformaron una noche mágica dentro de la XXXII Festival Internacional de Jazz de Badajoz.