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martes, 28 de agosto de 2018

El Hilo Invisible. Sado-maso con pedigrí


                     






Paul Thomas Anderson se aleja (al menos en apariencia) de anteriores obras para adentrarnos en un thriller psicológico, camuflado de puesta en escena “brithits”, tintado de erotismo mórbido, caminando sobre una (también aparente) morosidad narrativa, recreándose en miradas, gestos y puntadas de hilo (y anímicas). Tras la elegancia formal se oculta un latente conflicto, cuyas capas va desbridando con la precisión de un bisturí para dejar las vísceras (palpitantes y frescas) ante los ojos del espectador.  
La tóxica relación se camufla bajo la elegancia formal, pero las miradas y vacíos van diseccionando el enfermizo y asfixiante cosmos de Reynolds y Alma. Un microuniverso perturbador e insano, que el trabajo formal del director consigue rescatar de la morbosidad, e incluso dotar en ciertos momentos de un humor corrosivo  y palpitante.
 Ciertamente cuece a tempo lento, a  tempo de adagio, con instantes donde algunos espectadores se removerán en los asientos, impacientes y molestos.
Lo perturbador no es ajeno a la obra del californiano, ya en “Magnolia” o la señera “Boogie Nights”, nos mostraba retratos feroces, atormentados, con esa marca de lo insólito que flota sobre sus producciones. La turbación de las páginas de Henry James es un referente diáfano de esta obra. Una relación vampírica con su hermana y un Edipo no diagnosticado, son las causas de que el protagonista sublime; a través de sus creaciones; toda su insana cotidianeidad, todo su obsesivo afán por la perfección. Pero el sótano está lleno de monstruos que pugnan por salir a la luz. Reynolds Woodcok trata de relacionarse con Alma como con un maniquí, para usar y guardar. Un ser que no es real, y que puede apagarse con un interruptor. Su incapacidad para el amor es patente. La sutileza es el arma elegida para adentrarnos en la perversión de la relación. La exquisitez formal, la excusa para mostrarnos las capas de oscuridad. La excelente banda sonora, para camuflar la insania de la propuesta. Porque Anderson se recrea en la liturgia de la cámara, en lo lúdico de las miradas, para regalarnos una de las historias de amor más potentes (y perturbadoras) del melodrama, con viraje al género; casi de terror psicológico; en su epílogo. 
El “Hilo Invisible” es una pieza de orfebrería, un romance gótico y retorcido (e invertido), ejercicio de erotismo enfermizo, que alcanza su cenit en la escena donde viste a su musa, Alma. Como un Pigmalión creando su obra maestra. Pero la alumna demostrará ser superior al mentor, con su capacidad de subvertir los roles. Edificio fílmico, sostenido sobre las soberbias interpretaciones de Day-Lewis; en su despedida del cine, de Vicky Krieps, de su dominio de la pausa y el espacio, o la hermana Lesley Manville, un autentico recital de sobriedad y densidad interpretativa. La fotografía espléndida, claustrofóbica y sensual, consiguiendo esa “charme” del Reino Unido en esos años, en base a la imitación del color “retro” de las fotografías antiguas. Hay algo de proeza técnica en la cámara siguiendo actores por escaleras, habitaciones, etc. La coordinación lumínica es titánica, el raccord, certero. Los planos secuencia son para quitarse el sombrero a nivel de iluminación. Hay una obsesión de orfebre en los juegos tonales. Tonos y colores fríos y cálidos se disputan la psique de los protagonistas y la del espectador. De hecho la paleta de colores, es anómalamente cálida en una de las secuencias más perversas, buscando descolocar al espectador. 
La banda sonora, extraordinaria. Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead;  ha dado preferencia a la cuerda y el piano. Obras de  intensidad clasicista como “Phantom Thread”, descriptivas como “The Hem”. “Sandalwood” es casi una obertura wagneriana. O la paganiniana “Phantom Thread IV, un delicioso y virtuoso ejercicio para cuerda. “For the Hungry Boy” es una melodía del más clásico cine romántico de los 40/50. Un soundtrack omnipresente, que en algunos instantes (como ya sucediera en Magnolia) pasa a formar parte de un diálogo con el sonido de fondo. Ha sido grabada con una orquesta de 60 músicos, para una de las mejores B.S.O del año que, el mismo músico ha tomado como referente, las grabaciones del mítico Glenn Gould sobre Bach,

El compositor  ha recogido los estados de ánimo de los personajes, como en “Never Cursed”, donde lo etéreo de la cuerda y la tristeza acompañan la enfermedad alucinatoria de Lewis o acompañando al interprete en lujosos arreglos de cuerda, coreografiados mientras se cepilla el pelo o se pone la camisa. Melodías abrumadoras para los instantes álgidos  y melancólicas “I´ll Follow Tomorrow”, donde el teclado (vía Rachmaninov) acompaña un paseo nocturno en coche. Una banda sonora que tan sólo desaparece un instante (en un momento álgido) para cambiar su significado a continuación. Destacar el impresionante trabajo con el vestuario de Mark Bridges.
Un inmenso  ejercicio de amor al cine que peina todo un abanico multicultural. Desde las influencias hitchconianas, pasando de la intensidad de Bergman, al drama helénico, hasta desembocar en un epílogo al que Freud no le hubiera importado firmar ¡Que la disfruten!

lunes, 20 de agosto de 2018

Una Bolsa de Canicas. 2017. Christian Duguay


                




A veces en la sencillez y  la falta de pretensiones se encuentra la fórmula para obtener una obra que, si bien no roza la genialidad, cumple con creces sus objetivos. A nadie se le escapa que el cine relativo al holocausto juega siempre peligrosamente en la liga de lo políticamente correcto. Es difícil el acercamiento a hechos tan luctuosos sin el temor de herir sensibilidades, de minimizar la tragedia, de no poder imbricar lo dramático en lo cotidiano. “Una Bolsa de Canicas” nos acerca a la mirada infantil de aquellos años terrible. Aunque Hitchcock recomendara no trabajar con niños, lo cierto es que los protagonistas de este film mantienen el tipo, el difícil equilibrio de una historia donde infantes y atrocidades se dan la mano. Una prueba de fuego que ya superaron otras propuestas como la surrealista “La Vida es Bella”; la dogmática “Adiós Muchachos”, la fábula de “El Niño con el Pijama de Rayas” o la visión del otro lado que nos muestran los adolescentes en la excelente “Die Brücke” (El Puente. 1959) y “Lore” (2012), dónde una chica de la juventudes Hitlerianas va descubriendo en la posguerra la gran mentira del mundo en que ha vivido. Cercana en la temática a aquella maravillosa “La Rafle” (2010), que nos hablaba de la redada del Velódromo de Invierno, cuando los colaboracionistas franceses encerraron a prisioneros judíos, para su envió a los campos de concentración. En difícil equilibrio entre la ternura y la osadía, entre la huída del maniqueísmo para la presentación de los personajes. Se agradece que el oficial de las SS sea un burócrata rodando en la rueda de la maldad, más cercano a esa “banalidad del mal” propuesta por Annah Harendt, que a los clichés sádicos y estadísticamente improbables de otras propuestas. Basada en el libro escrito por uno de los hermanos protagonistas (Joseph Joffe), la obra de Christian Duguay goza de una espléndida fotografía, teñida de melancolía, que acompaña a los niños en ese viaje iniciático hacia un mundo que se está derrumbando. Las interpretaciones, especialmente las infantiles, son notables. La historia está narrada con elegancia y una gramática bien confeccionada.

Jacques Dollan dirigió en 1975 la primera versión. La novela recibió diversos rechazos (hasta cuatro) de las editoriales y fue premiada en 1974 por la Academia Francesa. Esta primera adaptación cinematográfica no fue del agrado de Joseph Joffo. La historia pasaría después por el teatro y el comic. El relato huye, en clave de fábula, de todo lo grotesco, que podría haber generado el guión. Para ello crea una textura algo artificiosa y una pulida puesta en escena, vocacionalmente preciosista, donde; incluso los instantes más violentos; poseen una contención admirable. El breve, pero intenso, rol de Christian Clavier como médico que realiza las comprobaciones antisemitas, aporta la sabiduría y el peso de la experiencia. La visión del niño que no comprende lo que está ocurriendo es mucho más intensa en el libro, una situación que Jojo vive como una aventura, plena de artimañas para sobrevivir en la Europa ocupada por el nacionalsocialismo. El lenguaje utilizado en la novela es escueto, presuroso, de ágil lectura, lleno de humor, dolor infantil y espontaneidad. La historia de los hermanos que tratan de vivir en la impostura, fingiendo no ser judíos, para poder sobrevivir se deja leer de un tirón. Es de aplaudir que esta obra llena de angustia y sufrimiento, también sea un grito de esperanza y amor, no de odio. Muestra de ello es el epílogo donde el niño siente piedad por los colaboracionistas y los salva.
 En una escena terrible el padre abofetea al niño mientras le pregunta repetidamente ¿Eres Judío? A lo que el niño contesta que “no”.
-Es mejor recibir una bofetada, que perder la vida por miedo a recibir una...
Los niños aprenderán bien la lección en especial en sus continuos interrogatorios por parte del oficial de las SS.
El difícil equilibrio entre tragedia y comedia es sorteado por el director y los actores con solvencia. El puntaje musical (Armand Amar) a veces peca de falta de comedimiento y sobrevuela con exceso el viaje hacia Ítaca de los dos muchachos. Hay instantes tan intensos que el humor supera al horror, como el metafórico cambio que hace Jojo de una estrella amarilla por una bolsa de canicas. “Una Bolsa de Canicas” nos habla del miedo a los diferentes. Algo que todavía no parecemos haber superado.




jueves, 9 de agosto de 2018

Cyrano de Bergerac. Un Cyrano cercano y humano. 34 Festival de Teatro Clásico de Alcántara


                          




 Este Cyrano dibujado por José Luis Gil se nos antoja humano y cercano. Una aproximación valiente, arriesgada, para este mítico “negro” sentimental que pone su palabra al servicio del amor ajeno y su espada al propio servicio. En un París lleno de espadachines, este soldado-poeta pasea su pasión (y su frustración) a lo largo de mas de dos horas, bien estructuradas y no pesan sobre el espectador. Emocionante y bien resuelta la escena del balcón, de hermosa estética, con lucimiento de los protagonistas. Cyrano (José Luis Gil) le envía sus versos al oído al amante Christian (Álex Gadea) para que este transmita a Roxana (Ana Ruiz) su amor oculto en un momento lleno de plástica, embrujo y enredos. Notable también la escena de la lucha del protagonista con el petimetre aristócrata, un verdadero juego dramático con escenas de esgrima intercaladas con los diálogos de uno de los mejores pasajes de la obra. Aunque a Cyrano se le da mejor la esgrima del verso que la otra. El Director Alberto Castrillo-Ferrer ha intercalado números musicales que dotan de dinámica al conjunto y sirven como oasis dramático, números que sirven para mostrar el buen hacer de los protagonistas en este género. Hay un uso adecuado de la escenografía (Alejandro Andujar y Enric Planas), una gran estructura que al mismo tiempo es taberna, teatro, balcón o monasterio, con el recurso  del maping en instantes que recrean pendencias o una carta escrita que crece sobre la pared. Rocío Calvo se desenvuelve en sus diversos personajes, dotándolos de vida y humorada con enorme vis cómica. Ciertamente José Luís Gil le ha echado un par de narices a esta ansiada versión del antihéroe rostandiano, obteniendo una visión intensa, divertida y plena de ingenio.
 Así se dicen los versos, así se proyecta la voz. Así se hace teatro. No le va la zaga Ricardo Joven (Pastelero Ragueneau) con amplio registro y dominio escénico, o un sorprendente Álex Gadea (Christian). La bella Roxana (Ana Ruiz) desarrolla una mujer que pisa fuerte, creciéndose en el tramo final, si bien se podría mejorar el tempo, los matices o la musicalidad en algunas frases. Carlos Heredia y Javier Ortiz, completan un elenco plural y eficiente. La música (David Angulo) tanto en su vertiente diegética, que se desarrolla cercana al musical, como la no diegética, con amplios espacios sonoros, es de gran belleza y cumple con certeza. Un hermoso poema sobre la belleza oculta y la apariencia en un mundo que, al parecer, no ha cambiado demasiado.