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viernes, 20 de noviembre de 2015

La Bohéme. Teatro de la Opera Nacional de Moldavia

                                


Dentro del ciclo operístico de otoño que programa el Teatro López de Ayala, llega a las tablas la cuarta de las doce óperas que compuso Puccini, auspiciada por Concerlírica Internacional. Considerada como su obra maestra; y la más bella por los analistas; frente a los defensores acérrimos del lirismo de Madama Butterfly, que sirvió de inicio para esta temporada de ópera. "La Bohéme" parte de un libreto excelente (aunque algo apresurado). La partitura define musicalmente los estados de ánimo y relaciones de los personajes.

Dichos protagonistas son arquetípicos (el estudiante, el músico, el pintor fracasado, la casquivana Mússete). Es la música inigualable del compositor, su textura y belleza lo que la rescata del simple folletón al uso. Para Puccini, esta obra nace a continuación del “Manon Lescaut”. Rodeado del éxito de esta obra acometió la creación de La Bohéme”, basándose en la novela de Henry Murger “Escenas de una vida bohemia”. Enamorado de la novela, se aproximó a ella con algunos cambios esenciales. El decisivo personaje de Mimí no aparece en Murger: sus características se reparten en el original entre distintas figuras femeninas. Inútil también es la buscar un Rodolfo en Murger, allí se llama Jacques. El primer encuentro entre Rodolfo y Mimí, que en la obra de Murger se llama Francine, se produce de una manera diferente: no es el hombre el que encuentra las llaves y las oculta, sino la joven. Se acompañó de los libretistas Luigi Illica y Giusuppe Giacosa, que posteriormente compartirían otros éxitos como “Tosca” o la mencionada “mariposa”. Puccini se desgaja del libreto histórico acostumbrado en la época y de los personajes lejanos de la realidad. Ofrece pálpito y cercanía al espectador. Es una obra maestra del panorama operístico tardorromántico. Puccini se refería a ella como la opera de “piccole cose”. De las pequeñas cosas. 
No hay personajes trágicos, ni grandilocuencia, no hay grandes epopeyas. Unas vidas dibujadas en base a velas, llaves, botellas semivacías (y estómagos aún más vacíos) o abrigos empeñados en el Monte de Piedad, definen los humanos protagonistas. Todos son cotidianos y mundanos. La Bohéme es un ejemplo de síntesis dramatúrgica, estructurada en cuatro "cuadros”. Pese a las diferencias de opiniones iniciales entre el público y crítica, cuyos oídos conservadores se asustaban ante el uso (chirriante) de quintas paralelas en los actos 1º y 3º, pronto se reconoció el nivel lírico y dramático de la obra. Compuesta en su modo acostumbrado (escribir de la noche y ventanas cerradas). En “La Bohème”, Puccini es capaz de mixturar lo dionisíaco con el folletín más desaforado, de llevar a puerto un buque que navega entre Eros y Tánatos, con su habitual sentido melódico. Baste recordar durante el Cuarto Acto, el baile desenfadado de los protagonistas y el simulado duelo en la buhardilla, donde instantes después se producirá la tragedia. No existe obertura como tal. Esta costumbre ya había pasado de moda. 

Todo el primer acto consiste un preludio-entretenimiento, repleto de diálogos donde el compositor juega con la declamación (con un inicio de Marcello “a capella”) y el recitativo, para culminar en ese extraordinario dúo de amor, apogeo de la difícil aria “Che Gélida Manina” (de notación ferozmente pucciniana), seguida de “Si mi chiamano Mimí”. Para culminar en el intenso dúo “Oh soave fanciulla” que la soprano taiwanesa Iaia Tso-Petanaj (especializada en repertorio pucciniano), y el tenor madrileño Miguel Borrallo (Don Carlo, Lohengrin) desgranan con técnica impecable y sentimiento extremo. El personaje de Mimí es ideal para la soprano “demmicaractère”, como definen los franceses esta tesitura. Consumado fraseo en la voz carnosa, cristalina y sedosa de la taiwanesa. Una voz que no pierde presencia en los graves, con cuerpo y bello timbre. Poseedor de un precursor y valiente sentido melódico, el autor reemplaza el texto por pasajes musicales. Nos anticipa la acción que está por acontecer, al mejor modo de Alfred Hitchcock en sus películas de suspense. El uso del “leiv motiv” es casi cinematográfico.Un ejemplo es cuando escuchamos el tema de Mimí, antes de que ella aparezca en escena, cuando Rodolfo les dice a sus amigos que se va a quedar en la buhardilla. Durante el segundo acto se produce uno de los instantes más técnicamente difíciles. Orquestar el empaste de voces en medio de la algarabía (desfile, vendedores, etc.) y las distintas posiciones que toman los cantantes para emitir respecto al público. Es un instante complicado. Escena de notable dificulta rítmica en la que Puccini introduce “ballabile” y ligeros ritmos en seis por ocho u ocho por cuatro. Los diálogos de la gente se entremezclan, sin sobreponerse, con el vals de Musseta (compuesto años antes), en un arriesgado “tour de force” polifónico que culmina en sexteto. Siendo el acto más festivo y mundano, no es otra cosa que el preámbulo de la tragedia que se avecina.

 Es un episodio para el lucimiento de la soprano Irina Golobchenko (Turandot, Otello) que interpreta coquetamente el aria “Quando me’n vo soletta per la via” (Cuando me ven solita por la calle). Hermoso timbre y técnica depurada. Aquí el autor juega con la gramática presentado un personaje (Músette) que en francés es el nombre de un vals a tres tiempos, interpretado con acordeón, que se diferenciaba del vienés.
 El aria que interpreta la soprano también se conoce como el “Vals de Musseta” El papel de Mimí está escrito para  una soprano lírica (del Si2 al Do5). En el tercer acto encontramos a Puccini imbuido de impresionismo. Un pintor de atmósferas, con retazos de denuncia social. Excelente el cuarteto, una ruptura argumental que desde el barullo y lo festivo del Segundo Acto, hacen aparecer la gelidez y lo melancólico. El dúo de amor entre Rodolfo y Mimí, se mixtura con las voces de Musseta que se oyen en la lejanía. El aria que interpreta Mimí nos acerca a la notación del primer acto por su semejanza en algunos pasajes. Un lamento de amor doliente que, con la aparición de Musseta y Marcello, se convierte en un extraordinario cuarteto, con las conversaciones entremezcladas en un magistral dominio de las frases individuales. 
Uno de los momentos más aplaudidos por el público. En el cuarto acto, y tras una breve introducción de la sección de cuerda, Rodolfo recuerda: “Oh Mimí que ya no volverás”, en una melodía inequívocamente pucciana. Es el momento de relajar la tensión y los amigos, bromean en la buhardilla, pasan del fandango a la gavota, haciéndose pasar por damiselas. Ríen y destilan la escasez de las botellas. Incluso el autor introduce una humorística imitación de voz femenina por parte de Marcello. Luego hay un imaginario y divertido duelo de espadas. Cuando se abre la puerta y entra Musseta, la tragedia se avecina. En este acto aparece la única aria escrita por el autor para la cuerda de bajo: Vecchia Zimarra. Puccin siempre prefirió moverse en las tesituras de tenor y soprano. 

Colline relata como va a vender su viejo abrigo para ayudar a Mimí. La pieza sirve de lucimiento al cantante, con una utilización magistral de la madera en una orquestación que, a continuación ataca con reminiscencias del aria del primer acto de Rodolfo, para reproducir el pálpito de un corazón en quietos latidos. Buena exhibición vocal de Vorodimir Shinkarenco (Carmen, Aída) , poseedor de un hermoso y masculino timbre. El epílogo es un momento difícil para la soprano que canta sentada, elevando la voz desde la ternura y la aceptación, para expresar su dolor. El dúo “Sono Andati” es la culminación de la creatividad de Puccini. Emocionante y lacrimógeno viaje por los sentimientos. En el postludio, no solo Mimí se apaga. 











La orquesta la sigue en su agonía, redoblando en octavas bajas en melodiosa escala menor, hasta desaparecer. A pesar de que “La Bohème” leídos sus diálogos con detenimiento, es más un ejercicio de celos, deseos ocultos, huida de la soledad y manipulación, pasa generalmente como una historia de amor intenso, cuando en realidad nos encontramos ante un tratado acerca de la amistad. Sobre la muerte de Mimí pesa el hado, y el final trágico de otras grandes heroínas operísticas (Isolda, Salomé, Tosca, Eurídice), a las que la modesta costurera mira cara a cara. Como siempre Puccini confía sus más hermosas arias a sus féminas. 

El eclecticismo del italiano permite que sobre la obra planeen diversas influencias. Hay romanticismo tardío en esos hermosos dúos de amor en los actos primero y final. Hay impresionismo en el uso instrumental en la nevada, y durante el segundo acto encontramos matices de verismo. Pero Puccini trasciende el verismo de Verdi o Leoncaballo con la melodía íntima, contradiciendo a los críticos que le reprocharon el uso de melodías “fáciles” o pegadizas”. El tiempo lo ha puesto en su sitio. Dichas armonías, de gran lirismo, encantadora ternura y sutileza, son engarzadas con auténtica inteligencia musical y dramática a lo largo de la ópera, logrando la meta ambicionada por Puccini. Lograr un continuum musical, en el que las arias y los demás números tradicionales no interrumpen el desarrollo de la textura orquestal. Obra de gran densidad dramática, emocionante y pasional, ha de ser disfrutada por todo aficionado al menos una vez. Esta versión que nos ofreció El Teatro de la Opera Nacional de Moldavia, reúne todos los requisitos para ser disfrutada, e internarse en los vericuetos emocionales y la paleta melancólica de Puccini. 
El rol de Rodolfo requiere las características de tenor lírico, que son resueltas con solvencia por Miguel Borallo: mucho control de respiración, fraseo bello, centro bien armado y paleta expresiva grande. Aparte de la capacidad de frasear a “mezza.voce” Pero además debe tener sentido del humor, presteza y expresividad para acometer los diversos “cuadros”, como los denominaba el autor. La dificultad dramática e este libreto reside precisamente en la mundanía de sus personajes. No hay grandes tragedias que permitan exhibiciones histriónicas a lo “divo”. No hay escenas colosales, ni coros impactantes. El intérprete se mueve en esa tierra de nadie del minimalismo cotidiano. Gente del montón. 

No son personajes extremos (operísticos in stricto sensu. Son bohemios (en el amplio sentido), ligeramente vividores y sobre todo habitados de ilusiones. En esta tesitura los intentos de destacar vocal o dramáticamente rozarían la sobreactuación. De hecho Mimí es la antiheroína, la mujer más frágil de la obra del autor. No hace nada en especial Ni siquiera su amor es modélico. Ciudadanos de pie. A diferencia de las grandes tragedias: Dido y Eneas, Romeo y Julieta, Tristan e Isolda, el drama de Mimí y Rodolfo (es más un melodrama al gusto decimonónico), es sufrimiento cotidiano. Habitado de grisura. Esto lo hace más cercano y asimilable por el público. Correcta y académica la orquesta bajo la batuta de Nicolae Dohotaru (Traviata.  Rigoletto. Carmen, etc).
 El público en pie agradeció el espectáculo. Destacar a Vladislav Lysak como un eficiente Marcello, el venezolano Pedro Carrillo en el papel de un cómico Schaunard y Maxin Ivashchuk, bordando los humorísticos roles de Benoit (el casero) y Alcindoro (el pagafantas). Destacar la desacertada colocación del panel de subtítulos que provoca esguince cervical en el respetable, y los largos interludios para cambiar la eficaz escenografía, que inducían a la ruptura narrativa en lo musical y lo dramático. Un canto romántico, hermoso y nostálgico de la noche Parisina de la mano de estos interpretes.  


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