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viernes, 17 de abril de 2015

La Puta Enamorada. Teatro López de Ayala

                                         



Una escenografía certera, eficiente y sabiamente utilizada de Curt Allen, que juega con espejos para adensar el campo visual, y al tiempo recordarnos que en esta intrahistoria todo puede ser un reflejo del mundo real (o actual), velado por la coartada histórica. Un texto apreciable, de raigambre clásica, jugando con el verbo del siglo áureo, pero accesible y cercano, directo como una saeta envenenada, pero ágil y dinámico; escapado de la pluma de Chema Cardeña, nos introduce con un vestuario notable, en los avatares de una imaginaria historia de amor a tres bandas. La transición del pintor Velazquez desde una España oscura (y oscurantista), preñada de cilicios, inquisidores y excrementos, hacia la luz. Transición  a través del sentimiento, dando como fruto una obra inmortal como “La Venus Espejo”, nacida en un mundo soterrado de traiciones y desajustes sociales. 
Un elenco de actores jóvenes, eficientes, llenos de vitalidad visten los ropajes de La Calderona; a quien se le ordenó ingresar en el monasterio benedictino de San Juan Bautista en Valfermoso de las Monjas, Guadalajara, aunque la leyenda asegura que escapó; del pintor Velazquez, adocenado por los encargos de la Corte, que constriñe su creatividad, y del criado Lucio, secretamente enamorado de La Calderona. La historia nos indica que fue realmente Gaspar de Haro y Guzman; conocido marques y libertino; amante de las mujeres de “baja clase”, el mecenas de la obra, aunque aquí es el rey Felipe IV quien encarga al pintor el retrato de su amante. La verdadera Venus del Espejo la pintó Velazquez probablemente en Italia. En aquella España de cerrado y artificio, era difícil tener un modelo de desnudo femenino (mucho menos con rostro conocido) y probablemente sería alguna de sus amantes. 


La hipótesis del autor de la obra, resulta apasionante: la Venus fue María Caderón, y el pintor, ante un amor imposible, realiza una obra inmortal. Ya había pasado Jesus Castejón, por las tablas del López con la obra “Jugadores”. También Eva Marciel pisó este escenario en otra adaptación notable, capitaneada por Diana Palazón y que dejo un recuerdo imborrable: La Dama Duende de Calderón de la Barca. La Puta Enamorada es una tragicomedia amarga, cínica, llena de esa picaresca tan grata a nuestros predios, con sabor a actualidad y atemporal. No en vano, algunas de las puyas y chascarrillos van claramente dirigidos a situaciones actuales (y universales) en un verbo certero y dinámico, que es de agradecer, frente a tanta fanfarria y atrevimiento de lenguaraces como ha de sufrir el espectador después de pagar su entrada. Tres personajes presentes sobre el escenario. Un personaje más; Felipe IV; omnipresente, acechante, aunque dedicara sus ocios al putañeo o a sembrar de bastardos el territorio, y el timón de las Españas estuviera en la mano del siniestro valido, el Conde-duque de Olivares. 

Un último comparsa es el pueblo con todas sus carencias y bajezas, representado con sonidos en la lejanía. En las mujeres que en carnaval abuchean a Calderona o los familiares de la Inquisición que llaman a la puerta. El uso del escenario es ágil, dinámico, implicando al espectador utilizando el pasillo de butacas a través de una rampa y con un iluminación cuidada, certera (y con reminiscencias tenebristas) de Juanjo Llorens. Incluso hallamos el reclinatorio y el cortinaje rojo del cuadro de Velazquez. Metáfora sobre el poder y la creación artística, sobre la manipulación que políticos, clero y poderosos ejecutan. Sobre la libertad del artista como último refugio. Eva Marciel compone una sorprendente María Calderón. Llena de vitalidad en una Corte vestida de luto. 


De inteligencia notable en un mundo de “gentilhombres”, ha aprendido a manejar las pasiones de éstos, y a enfrentarse a la falocrática sociedad que la rodea, donde las hogueras sociales son tan intensas como las del Santo Oficio. Marciel luce fresca, dinámica. Matiza, imprime el ritmo adecuado al fraseo. Combina dulzura y sentido del humor, con un carácter capaz de enfrentarse a los Torquemadas, o sacrificarse por amor. Deviene una Calderona de armas tomar a la par que atractiva. En esta obra como en “La Dama Duende” flota el aliento de Miguel Narros, volcado en sus últimos montajes. Javier Collado (Lucio) se desenvuelve en este pestilente Madrid de los Austrias con la picaresca de quien tiene que sobrevivir, pero al mismo tiempo quiere mantener su dignidad y su amor secreto por La Calderona. Eficiente y preciso, compone algunos de los momentos mas jocosos y difíciles del texto, demostrando versatilidad y precisión en el lenguaje corporal, estrenándose en el rol de “gracioso”sobre los escenarios. Un personaje que lo mismo baila frente a la “Tarasca” y se emborracha en carnestolendas, que intenta ascender a las cimas del amor mas puro para dignificarse. A este personaje le corresponde ser la conciencia. La voz de lo que se trata de ocultar o hablar en “sotto voce”, en las más pura estructura del teatro clásico. Federico Aguado (Diego Velazquez) borda un pintor amargado, asfixiado por el mecenazgo del Rey, por haberse vendido a un Imperio que prostituye su arte. Lo hace con una dicción clara y certera, definiendo su personaje con convicción. 
La emisión de las voces (ese escollo de tantos montajes), llega con nitidez al espectador. Incluso en el icónico (y estimulante) instante en que la actriz se encuentra de espaldas al respetable. Y es que el teatro es verbo por encima de todo. Es la tiranía de la palabra, el sometimiento del personaje al lenguaje, la construcción de una realidad a golpe de fonemas. Palabras que trasladan al espectador a un mundo de claroscuros, metáfora de todas las épocas del Hombre. La música, excelente; en su justa medida; sólo se escucha en los momentos precisos, introduciendo, sin solapar, en el aroma de la época. Ya en su primera gira la obra recibió diversos premios y nominaciones. Uno de ellos (no podía ser de otra manera) el premio “Max Aub” al mejor texto. Diálogos de este calado (humano y literario) destacan sobre la mediocridad con que nos castigan con frecuencia algunos montajes de pretensiones vanguardistas o rompedoras, que devienen en productos infumables. 



Estructurada en tres jornadas (al modo clásico) es un rendido homenaje a nuestras raíces culturales y teatrales. Referencias a la secta herética de los alumbrados con su interpretación libre del Evangelio, y su rechazo a la jerarquía y los Dogmas, espejo de una nación que se fragmentaba, retrato de unos personajes que enriquecieron nuestra heredad. Estas razones deberían ser suficientes para que manadas de universitarios y aficionados, invadieran las plateas para enriquecimiento personal y aprendizaje. Pero, tristemente, al personal parecen interesarle más las últimas y emocionantes aportaciones de la telebasura, que acercarse a las raíces de lo que somos. Y es que quizás no hayamos cambiado tanto y los Torquemadas hayan sido sustituidos por los bustos parlantes y el oscurantismo por la ignorancia vocacional. Nada de esto afecta a una excelente propuesta, a una osada aventura para los tiempos que corren. Afortunadamente no se trata de un proyecto solitario, ni baldío. Los aficionados han podido ver como se revisaban en las últimas temporadas nuestros mejores referentes. Baste recordar la notable versión de El Caballero de Olmedo o La Estrella de Sevilla, triunfando en los festivales, la permanente exhibición de El Buscón, de Alfonso Zurrón,en Sevilla, el innovador Don Juan de Blanca Portillo, Los Entremeses de Jose Luis Gomez, o las aportaciones originales y revolucionarias de Ron Lalá, con la excelente En Un Lugar del Quijote, Folía (deliciosa antología) o su último viaje rememorando La Celestina con Charo López en Ojos de Agua. Tenemos Siglo Dorado para rato. Si nos llega de la mano de actores con el ímpetu y  profesionalidad de esta Puta Enamorada, será un privilegio y un placer. Bienhallados sean.

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