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lunes, 6 de julio de 2015

Medea de Vicente Molina Foix. Teatro Romano de Mérida

                 


Medea es el paradigma de la mediterraneidad. Un mito que, junto a Fedra, Antígona, Ifigenia o Electra, deviene prototipo de la fuerza interior, leyenda habitada de litoral y con inseparables matices salinos. Medea aprende las artes de la magia directamente de Circe, que la convierte en una mujer autónoma, realidad que choca directamente con los prototipos de la época. La presente versión bebe de los textos seminales de Eurípedes y Séneca, pero también; según el autor; de los versos de Apolonio de Rodas y las texturas inquietantes de los prodigiosos poemas de Ovidio.

 El mito Medeático reviste matices siniestros por su devenir, conjugados con la piedad que despierta su destino en el espectador. Medea habita un territorio entre la insania y la pasión mas desaforada. Medea es capaz de despedazar en su huida a su hermano para entretener los bajeles de su padre, que la persiguen por su traición. Esta mezcla de caracteres (Eurípedes muestra los rasgos mas turbadores, Apolonio y Ovidio la describen como hembra de gran belleza, enamorada de su marido) conforman la vengadora y la víctima de sí misma. Medea fascina por su crueldad, e inspira piedad por la renuncia a si misma, por anularse al lado de un arribista, que en esta versión deviene desmadejado fantoche, al que se le da la oportunidad de justificar sus actos, aunque su verborrea no convence a nadie. 
Este Jasón de expresión corporal que no concuerda con la gravedad de sus textos, ligeramente amacarrado, y aparentemente envuelto en los vapores de Baco, no tiene entidad para ofrecer un desafío real frente a la fuerza atávica de Medea. En un hábil instante escénico Medea reúne a los dos Jasones (el del pasado y el del presente) para narrar con exactitud la historia de su amor y sus consecuencias. 


Esto es de agradecer por el espectador, neófito en la cultura grecolatina, que naufraga ante conceptos como La Cólquida, La Hélade, Argonautas, La Oceánide y los diversos patronímicos de dioses y heróes, que para los auditorios de la época devenían cotidiano Olimpo. Para los helenos, Medea es una bárbara que llega de las costas de Asia, pero a pesar de no conocer sus costumbres, sabe que en su época no podrá sobrevivir sin un hombre a su lado. Apátrida, traidora a su padre por amor. Abandona a su estirpe y su dignidad por un hombre que después la traiciona. Una mujer que no sabe poner freno al odio, ni ponerlo al amor. Eurípedes humanizó a la Medea que en otras circunstancias no vacilaría, la hace dudar, la hace avanzar hacia una remota modernidad. 

El carácter inicial del coro de mujeres como espejo del íntimo dolor de Medea, se desvanece al conocer sus actos. Eurípides, en su interés de dar voz a la pena de las mujeres, hace del grupo otra fuerza femenina más, que junto con la nodriza tienen discursos intensos, certeros y reivindicativos. Como mujer extranjera Medea refleja los problemas de la sociedad del momento. La versión de Eurípedes, ya recibió críticas por sus caprichoso “deus ex machina”: Medea es rescatada de la venganza de Jasón por el carro de Helio. Nada más lejano de la intención de Molina Foix, que en el epílogo de esta Medea terrenal, nos esputa en el rostro que Medea somos todos. Fue en 1933 con Margarita Xirgu de protagonista y texto de Miguel de Unamuno, cuando llegó por primera vez la obra a Mérida. Unamuno respetuoso de la concepción original, daba la libertad a la protagonista, con espectacular final de carros de fuego, según la mitología griega. Varias versiones se han visto después, incluyendo la enorme obra maestra de Cherubini, cuya preciosa obertura dió paso a las voces irrepetibles de Montserrat Caballé y Jose Carreras. 

Ana Belen ya había destacado en otras piezas grecolatinas sobre este escenario. La escenografía de Plaza, aprovecha las columnas sin ocultarlas. Una enorme puerta divide los dos mundos, la dicotomía, el desdoblamiento y el triunfo final del dolor se producen alrededor de esta puerta simbólica. Consuelo Trujillo desborda sabiduría escénica, en  uno de los fértiles personajes engendrados para dotar al páramo de la tragedia clásica de instantes para el reposo y la ironía. Los hijos de Medea ni siquiera tienen nombres propios, quizás para despersonalizarlos y alejar su tragedia del espectador. Una frase define todo el transcurrir de la tragedia: “De todo lo que tiene la vida y pensamiento, nosotras las mujeres, somos el ser más desgraciado”. Es la cuarta ocasión que Ana Belen pisa el escenario de este festival, tras dar vida a La bella Helena (1995), Fedra (2007) y Electra (2012). La dramaturgia de la obra corre a cargo de Vicente Molina Foix, a partir de textos de Eurípides y Séneca, y dirige José Carlos Plaza. La precisa dicción de Ana Belén, la emisión de voz; tan difícil en estos escenarios; escollo de actores televisivos y cinematográficos, no tiene secretos para la actriz. La escenografía se vale de recursos no habituales la tragedia clásica, proyecciones (mapping) etc, que enriquecen y hacen más leve la travesía por la desdicha, especialmente en el brillante intervalo del conjuro en la montaña, instante feérico en que el personaje femenino termina de desdoblarse completamente. 

Poika Matute, correcto en sus breves intervenciones dotando a Creonte de intensidad dramática. Leticia Etala hace lo propio en sus líneas, con un personaje (Creusa) que en otras versiones ni siquiera tenía diálogos. Al modo clásico, el coro transita por los lugares que sirven de referencia visual e icónica al argumento. La puerta, imaginario umbral hacia otro mundo que nunca llegamos a visionar, donde quizás se encierra el pasado feliz de Medea. El árbol, sospechoso territorio de rituales sagrados o terribles. Toda tragedia griega es un reflejo del inconsciente colectivo, no en vano algunas patologías han sido bautizadas con el nombre de estos arquetipos (Edipo, Electra, Pigmalión) lo que convierte en universal (y atemporal) el contenido de estos textos. El preceptor interpretado por Luis Rallo es un quijotesco personaje en un mundo que en un mundo lleno de violencia trata de sembrar las raíces de la razón, con una interpretación sutil y convincente.


Esta Medea magistralmente respirada por Ana Belen, es un paseo por el amor y la muerte, por la pasión que obnubila la razón, por la razón que oprime al corazón. Un “descenso ad inferos” donde la victima se transmuta en verdugo y viceversa. La madrileña dibuja un lienzo pleno de matices donde el control de la voz, la expresividad, el dominio técnico del lenguaje corporal no opacan la pasión y transformación que tienen lugar en la hechicera, hasta recuperar su verdadero yo. Medea confiesa que sus hijos son tan sólo una extensión de su marido, una perpetuación. Ella no los necesitaba. Tan sólo el amor obsesivo y atávico hacia un Jasón que no lo merece, la alimentaba. Desaparecido éste, solo queda la destrucción total del ahora enemigo. Nadie puede luchar contra el hado. Medea es el matriarcado, la rebelión contra la falocracia imperante, Apoyada y acompañada del coro de mujeres, que sienten junto a Medea su dolor, hasta su vesania final asesinando a sus hijos, donde se abre un abismo entre ellas. Bajo la certera batuta de José Carlos Plaza y un texto/agasajo de Molina Foix, que es culto, audaz y no cede a la moda de hacer “más asequibles” los argumentos, la actriz compone un personaje inolvidable en medio del calor emeritense y las milenarias columnas.  Los afortunados espectadores contemplaron una tragedia atemporal, nacida de la alquimia interpretativa de Ana Belén. Un viaje hacia épocas y sentimientos comunes a todos los hombres. Un poema pervertido y cruel, pero veraz y certero. Una atrayente liturgia de alianza con las sombras.





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