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sábado, 20 de agosto de 2016

Ara Malikian en Mérida. Si las piedras hablaran.

 ¿Una orquesta donde algunos integrantes parecen recién salidos de un casting de Mad Max? ¿Un solista que baila mientras interpreta a Vivaldi? ¿Una batería integrada en medio de una orquesta? ¿Led Zeppelín al violín? No se preocupen, Se trata de un Concierto de Ara Malikian, sin ninguna duda. Los acérrimos seguidores ya conocen estas peculiaridades del músico libanés. Para los recién llegados, no pasa de ser mera anécdota, una vez que oyen la precisión de los primeros compases y la técnica apabullante que se oculta tras esta parafernalia que podría causar recelo al purista; pero que no lo hace; se convierten en esclavos de esta catarata de semicorcheas lisérgicas. Es tan precisa la técnica, tan profundo el sentimiento. En escasos instantes, el violinista de la melena leonina se ha apoderado del espectador más reticente. La sección de cuerdas vibra en todo su esplendor. Las entradas de los vientos son espectaculares. Arrancan a sus instrumentos (especialmente chelos y contrabajos) sonidos casi humanos, jugando sensaciones con los arcos, y abundante uso del “pizzicato” desde los primeros compases de este enorme concierto. Por no hablar de los efectos onomatopéyicos que Malikian extrae de la cuerda. De los exactos lamentos. De las precisas heridas. O de la endiablada digitación de algunas obras. 
La pieza "1915"; con un preludio donde la orquesta semeja casi un órgano de tubo en su armonía; se dedica a la memoria del genocidio Armenio (nunca reconocido), a través de efectos sonoros que rememoran el llanto humano, casi infantil. Un extraordinario y conmovedor clamor universal. "1915" es una obra certera y perturbadora, que arrancó tristeza de las piedras antiquísimas. Por momentos, el violín navega en solitario, extrayendo el dolor de las profundidades del alma. Cuando se mixtura con el cuerpo orquestal se convierte en una elegía intraducible.
 El legado del dolor, que el libanés alquimiza en las cuatro cuerdas con un dominio; ya no sólo técnico; como una certera herida humana y luminosa, iluminó esa noche las gradas, hasta llegar a la entereza de la coda final. Excepcional partitura, aunque el propio Ara no se defina como compositor. Los interludios y monólogos entre obras, nos presentan a un músico que además domina el arte de la palabra. Un artista que encandila con la narración y (de paso), descansa de sus ejecuciones tremendamente plásticas, donde derrocha energía. El violinista se mueve como un pequeño duende, envuelto en aromas arábigas, mientras regala una versión del “Zyryab”; obra compuesta en 1990 por el guitarrista Paco de Lucía; donde lo andalusí se mixtura con lo "jondo". El solista mantiene un “triálogo” flamenco con las cuerdas de sus compañeros. Zyryab fue el sobrenombre (pájaro negro) que recibió el músico cordobés inventor del plectro (púa). Malikian nos lo cuenta entre vetas de jamón ibérico y picos. O sorprende con una esplendorosa versión del “Pena, penita, pena” que sublima y eleva el original a límites insospechados, mientras narra como se hizo pasar por judío durante años, amenizando bodas hebreas. “Pisando Flores”, la canción nacida de aquella experiencia, es una leve danza con reminiscencias hebraicas, que  Malikian entremezcla con aires casi “manouches”, en sus tempos acelerados.             

Travesura musical, donde el sentimiento se mixtura con el júbilo “gipsy” de una digitación hiperbólica     
Uno de los momentos más intensos orquestalmente, fue cuando la agrupación atacó la "Fantasía de Sarasate", en la cual, se produjo la típica novatada del espectador que aplaude antes de terminar la obra completa. Malikian salvó humorísticamente el instante, asegurando que: "Sarasate había escrito mucho más". La “Ara Malikian Sinfonic” desata su coreografía zíngara sobre el escenario en la pieza titulada “Backgammon” y su “rollo morito”, como el monologuista Ara definía esta melodía. A lo largo del concierto, el violinista paseó al público por un ecléctico recorrido de géneros, países y sensibilidades. Desde una portentosa revisitación del “Life or Mars?”, que el británico Bowie publicara en su álbum “Hunky Dory”, pasando por una versión (celebrada por los asistentes) de los míticos Led Zeppelín, de su canción “Kashmir”, con el violín sustituyendo al vocalista Robert Plant”, que sólo el talento del músico como arreglista podía sacar adelante. Su carisma es tal que puede sublimar la copla más castiza y carpetovetóniva (Pena, penita, pena), para elevarla a cotas de virtuosismo con una digitación precisa, irreprochable (puristas tomando nota). 

El león libanés deja que el cálido aire emeritense mueva su melena durante ese amable y juguetón vals, dedicado a su hijo Kairo. Juega con los tiempos, dilata los silencios entrecortados. Bebe de diversas fuentes del universo de la cuerda, con reminiscencias de cine mudo. Después narra; con un sentido del humor apabullante; como se desligó del grupo de Boy George, con el que tocaba un concierto, electrizado por la banda de rock alternativa “Radiohead”. Este “violinista en el tejado” se saca de la manga un arreglo del “Paranoid Android”, que hizo las delicias de un público entregado, que abarrotaba hasta en lugares inverosímiles las gradas de piedra. Como en todas sus actuaciones regaló una obra “estándar” que siempre está “recién salida” y que cambia según la localidad donde interpreta la orquesta, 
Era el momento de la “Rapsodia Emeritana”, juego de palabras con el que bromeó con el patronímico de la ciudad. El violín en manos del músico es un apéndice vibrante, una extensión de sus propios dolores, percepciones y vivencias. La “Sinfonic” regaló una palpitante  ejecución de Vivaldi. Para cerrar boca a puristas recalcitrantes, y recordar que el antiguo concertino ha echado los dientes en ese “foso” del que escapó. Que esto es el resultado de años de falanges rotas, de huellas dactilares calcinadas para alcanzar esa técnica irreprochable. La sensibilidad y el nivel de comunicación, vienen de fábrica. No todos los ejecutantes lo consiguen, pese a las horas de estudio. No olvidemos que se trata de una orquesta sin director, cuyo solista se pasa los academicismos por la melena. Como coda final, la agrupación se guardaba un as en la manga. Un epílogo de los que dejan buen sabor de boca. Se trata del arreglo que el violinista August Wilhelmj, realizó para del "Aria de la Suite Orquestal nº 3 en re mayor" de Bach. He escuchado muchas versiones de este “Aria in G string”, pero la interpretación del libanés tiene trazos de alquimia. Se trata de una obra engañosa. Aparentemente simple, pero que oculta cascadas de intensidad en su partitura, con una melodía que se columpiaba entre los asientos, mientras el músico caminaba (como entre las aguas), con el acento rítmico en las notas circuladas. Tono largo, frente a figuras que se van moviendo. Movimiento y respuesta. El libanés enmudeció a un auditorio que, hace unos instantes, se destrozaba las palmas aplaudiendo a Led Zeppelín. Solo Ara Malikian es capaz de moverse entre los dos mundos, de estremecer cada fibra con un aria de repertorio clásico, caminando entre piedras milenarias, o hacerte latir y vibrar con el ritmo de una adaptación rockera. Sólo él puede sublimar una copla, enriquecerla con una ejecución de virtuoso que acalla al más acérrimo crítico, recordándose que está forjado en el crisol del clasicismo más exigente. Y aprobado con nota. Este “15 Sinfónico” es prueba de ello. Es Ara Malikian. Si pueden, intenten verlo alguna vez en su vida. No se arrepentirán.











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