En O Rosal el verano es seco y muy caluroso. Son tierras vinícolas y
montañosas. Tierras de hombres duros y curtidos. Una heredad, donde el sonido
de las brasas parpadeantes, engaña sobre el fondo negro de los créditos
iniciales, jugando con el símil cacofónico de una máquina de escribir. Los
caballos siempre devuelvan la mirada cuando los humanos los miran. Mientras San
cepilla al animal, este lo observa con cierta desconfianza, una desconfianza
que existirá siempre frente a los humanos:
<<Los animales salvajes prefieren volver a las
llamas antes que acercarse a los humanos »
La fotografía de la ecuatoriana María Goya Barquet es excepcional (Premio mejor dirección Festival Millennium Docs Against Gravity. 2025). Destellos dorados en una atmósfera sofocante, crepitar de llamas, gritos de bomberos. Los caballos retornan al fuego cuando ven a los humanos. Hay una exploración de esta relación entre los animales salvajes, que llevan siglos en la zona, y los humanos en perpetua proximidad e interdependencia. As Bestas son protagonistas involuntarias en secuencias como las de la Rapa das Bestas, durante la cual, los aloitadores, despojan anualmente de la crin, para liberarlos de nuevo en las montañas. Una tradición controvertida, que ha recibido críticas y que, los lugareños, consideran un cuidado y beneficio para los animales. Unos hermosos ejemplares que consumen el sotobosque y la aulaga, frenando las posibilidades de incendio. Aunque la invasión por parte de los humanos de sus zonas de pastoreo, han reducido notablemente su número. Otro de los aciertos es el tempo pausado. El tiempo detenido, aliado con el minimalismo narrativo, que acerca a las tribulaciones de los bomberos quienes se preguntan cómo prepararse para futuros incendios. El frágil equilibrio de la convivencia del hombre con la naturaleza se nos muestra en un plano donde los équidos pastan en antinatural convivencia con un paisaje salpicado de aerogeneradores. Algún fotograma semeja un cuadro de Degas, con ese sello poético que es capaz de imprimir Barquet a su fotografía.
No es ajeno
a ese hálito de aterradora poesía el montaje pausado, reflexivo y pleno de
contrastes de Charlotte Munch y una narrativa desarrollada a base de
incógnitas, arropada por una notable banda sonora de Thomas Pérez-Pape. Tierra
ocre, mancillada por los cascos de los caballos, atmósfera sofocante y, sobre
todo, un fuego omnipresente en planos estáticos y meticulosamente sofocantes.
La cercanía del equipo cinematográfico; con trajes completos de protección, se puede sentir. La temperatura envuelve al
espectador con unos tonos sepia y anaranjados que opacan el azul del cielo y
tiñen las siluetas de los cabalos
garranos que corretean en la Serra
Xistral, el Parque da Serra do
Larouco y la Reserva Gerês-Xurés.
Un mensaje final de esperanza. La capacidad de apoyo mutuo, la resilencia de
bestias y humanos, el deseo comunitario de preservar un hábitat inhóspito y
cruel que el hombre altera cada vez que interviene. Petré se embarca en un
viaje impactante, íntimo con un enfoque intensamente personal, dibujando la
historia desde el intramundo de los protagonistas o los pequeños detalles, como
las brasas danzando en la atmósfera, la textura del pelaje de los cabalos do monte, las cambiantes sombras
de las montañas. Una narrativa visual elocuente e impactante que revela
diferentes capas y no impone una postura, plena de matices. Nada permanece a
menos que se luche por su permanencia. Ni en este viaje emocional, ni en la
vida. El espectador encontrará una elegía visual, una invitación a la escucha,
no una mera denuncia ecologista.
Un paisaje también
habitado de silencios, el lamento de los árboles, el silencio terrible tras la
hecatombe, el murmullo del humo que asciende, el sonido de la vida de un bosque
que anhela renacer. Todo esto, y mucho más, nacen del objetivo de Robin Petré,
que penetra en el alma del paisaje. Un paisaje que es espejo de todo un planeta
que grita, agonizante. Expectante.
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