lunes, 5 de octubre de 2026

The pit and the pendulum. Roger Corman. 1961

 


Nos hallamos ante la segunda película gótica del estajanovista Roger Corman tras su anterior incursión en el cosmos de Roderick Usher. Producida por American International (AIP) y deudora de las producciones de Hammer Films y de la entrañable Amicus. La calidad del guión llegó de la mano de Richard Matheson, autor de novelas pulp, y guionista de la refrescante El Diablo sobre ruedas (Duel. Steven Spielberg. 1971). La fotografía; de un cromatismo excesivo y hemoglobínico; estuvo a cargo de Floyd Crosby, receptor de un Óscar en 1931. A lo largo del metraje de The Pit and the Pendulum (Roger Corman. 1961) se puede rastrear toda la influencia de la productora londinense, misturada con una poética a lo Allan Poe, enfermiza, excesiva y opulenta. Como es habitual en la producción de Corman, la libertad en la versión, los añadidos de estilemas personales y la mistura de diversos elementos de las obras de Poe configuran el producto final. En esta ocasión, Corman agrega a la obra del escritor bostoniano un joven que viaja por España para visitar la tumba de su hermana. Se trata de John Kerr, otrora estrella juvenil, que no acaba de aceptar la misteriosa muerte de la joven y no comprende que no se le avisó para el funeral.

Corman hace uso de todos los recursos que le permiten sus ajustados presupuestos de Serie B. Herencias malditas, mazmorras habitadas de telarañas, instrumentos de tortura inquisitorial de atrezo menesteroso, flashbacks con reminiscencias de aquellos fotogramas teñidos (tinting y virado) del cine silente y reutilización de utillaje de otras obras. El hermano no entiende por qué su hermana se encuentra enterrada dentro de la propia mansión, aunque su viudo (Vincent Price) le comunica que es una tradición familiar. El armazón dramático se sostiene (como toda la obra poeiana de Corman) sobre la versatilidad actoral de Price, su dominio de la declamación y esa capacidad de autoparodia que lo convirtió en legendario. Corman rueda con una elegancia “de bajo presupuesto”, casi rozando la exploitation, en peligroso equilibrio con la afectación, teñida de un cromatismo enfermizo y barroco. No era fácil extraer un hilo narrativo y prolongar la breve historia de Allan Poe, que únicamente ofrece una escena con clímax final y un hachazo histórico a la Inquisición Española. En el film no llegamos nunca a saber donde nos situamos geográficamente. Es España, pero no puede ser Toledo, debido al mar embravecido que amenaza la mansión y que, aparece misteriosamente, ya que la escena inicial nos la muestra rodeada de bosques. Las referencias al Santo Oficio juegan con el individuo enfermizo, padre de Price, que se complacía en refinadas torturas en el sótano de la casa.





Luana Lunders interpreta a Catalina, hermana de Price, en uno de sus mejores papeles, consiguiendo desplegar; en su brevedad; un juego de matices sugestivo y convincente. El puzle recreado por Roger Corman mezcla elementos de El entierro prematuro y El Barril de Amontillado, ya que Isabel Medina es enterrada sin saber que estaba viva. Elementos fusionados con el pop art, añadiendo algunos trazos de El péndulo y el pozo con trastorno de estrés postraumático, que arrastra Nicolás Medina, tras ver a su pérfido padre acabar con su madre y su tío al descubrir su infidelidad. Jugando con un visual pop gótico, la cámara añade zooms excesivos, imágenes teñidas en colores lisérgicos y oníricos (el director parece “estar en ácido”) y recurrentes insertos de la mansión vista desde un océano; escasamente creíble; para las transiciones. La atmósfera mórbida de la literatura de Poe está captada con eficiencia, la angustia sobrevuela los fotogramas con acierto, reflejando el difícil equilibrio mental de Nicolás Medina (Price), capaz de navegar de la angustia existencial hacía un genuino villano de cine silente. La locura de Nicolás lo lleva a la inhumación (un funeral inverso) del cuerpo de Isabel Medina (Bárbara Steele), quien siempre brilló por su cualidad de “reina del grito” y sus exóticas facciones. El guión tampoco le permite demasiado juego para su ambigüedad interpretativa y, como de costumbre, tampoco escuchamos su voz real. Estamos ante un film señero del cine de terror gótico de los 60, magnífico en su atmósfera, excesivo en sus interpretaciones, bastante sofisticado para la época y suntuoso visualmente. También nos ofrece un final con descenso ad ínferos en una cámara de torturas impactante para el público de la época. El péndulo se convierte en un protagonista más en el último fragmento de la película, tomando como referente la narrativa de Poe, que describía este instante en un clímax final modélico. Dejando de lado las imprecisiones históricas, que nunca preocuparon a Corman, el film puede resultar casi redondo. Un Inquisidor difícilmente tendría esposa e hijo y la España del siglo XVI reflejada es bastante improbable en usos y costumbres. 



El aspecto visual sería mimetizado en las películas italianas de su época y posteriores, en las barrocas imágenes de Mario Bava o Darío Argento. Corman ofrece un thriller de cocción pausada con todos los ingredientes del romanticismo oscuro: muerte femenina, escenarios claustrofóbicos y decadentes, noches tormentosas, autodestrucción y pecado. No otra cosa es la oferta del director de Detroit que un ejercicio analítico sobre el estrés postraumático con disfraz gótico. Un acercamiento a la autodestrucción del protagonista obsesionado con un funeral que quizás haya dejado latiendo el corazón de su mujer dentro del ataúd. Nada importa que desparezca el monólogo interno del protagonista en el cuento genésico (no hubiera dado demasiado juego), que se añadan protagonistas inexistentes en el original, que los impersonales verdugos inquisitoriales se transmuten en un padre de sádica vocación, que en el cuento sea el general Lasalle (representante de la luz revolucionaria) el que salva al protagonista. Nada de esto empaña la habilidad de un demiurgo como Corman para crear universos personales completamente reconocibles. Si a esto añadimos que el péndulo, en realidad, era un peligroso instrumento que aterrorizó al actor John Kerr hasta el punto que el director tuvo que colocarse el mismo bajo la hoja para demostrar que estaba perfectamente cronometrado. Las Poe-movies fueron la respuesta americana a las punteras producciones británicas de Hammer, Amicus y Tigón. El trío formado por Corman-Matheson-Price seguiría ofreciendo nuevos frutos, con mayor o menor fortuna, pero siempre dejando esa estela de autoría en el complicado cosmos de la Serie B y el bajo presupuesto.