viernes, 20 de marzo de 2026

Emily Dickinson. Amor como los árboles, de Marino González Montero

 

    

 Un maniquí, un pequeño escritorio, una esfera terráquea, y poco más, precisa el autor de Emily Dickinson. Amor como los árboles para que el lector se vea abducido por el universo marinomontesco, con todos sus estilemas y abordajes literarios y conceptuales.

Una y Otra se encuentran en la casa museo, dedicada a la poetisa de Massachusetts, donde deambulan, practican la veneración y la adoración. Son dos estudiantes que quedan encerradas en el tiempo y el espacio, en tierra de nadie. Un lugar donde aún proyecta la sombra de la escritora, donde palpitan sus más íntimos pensamientos y deseos que son despertados-resucitados a lo largo del texto.

El verbo como sustancia vital, como armazón  de inquietudes, como paleta cromática donde se dibuja la identidad de la mujer, las vicisitudes y anhelos. Las heridas históricas infligidas.

Mientras Una y Otra van destilando los poemas simbólicos de la autora, la densidad de sus múltiples significados, mientras exploran (con ella) la naturaleza, la fe o la inalterabilidad de la muerte. De boca de las dos mujeres nacen textos de un minimalismo emocional (pero intenso), de una inteligencia irónica (pero penetrante) que recorren el escenario evocando (y convocando), celebrando (liturgizando) sobre los hermosos encabalgamientos, incertidumbres y profundo lirismo de los textos leídos.  




Una y Otra tratan de diseccionar el verbo, de transmutar la palabra e interpretar el protofeminismo de Dickinson en brillantes (y divertidos) diálogos que buscan interpretar la elipsis y el misterio de la mejor poetisa decimonónica en inglés. Sin renunciar a las “morcillas” propias del autor, esa combinación de humor intelectual con chascarrillos, de altura conceptual con un “quítame allá esas pajas”, que forman parte de su corpus autoral y sirven de refresco humorístico y desenfado conceptual al tiempo.

El texto juega con el concepto de huis clos, el espacio cerrado, el hermetismo simbólico (y de atrezo) o el anímico en el espíritu; reticente a la pasión; de Otra, que elude los embates oceánicos del amor puro que le ofrenda Una. El rito amatorio se oficia a fuego lento, a golpe de versos, navegando sobre canciones de alambicado verbo (todo un desafío para la futura partitura) hasta que la cautela inicial queda rota por la llama imperecedera que funde amor y deseo (deseo bajo los olmos según O´Neill), aunque en este propuesta teatral el deseo está más cercano al anhelo amoroso que nace de la esperanza como la forma más alta de posesión. 


Marino González Montero 


Una y Otra navegan por un intenso océano, donde el aprendizaje sentimental (y emocional) está a flor de piel y la literatura como espejo del lector, como reflejo de sí mismo, juega un papel genésico (catártico al tiempo). No elude Marino González sus habituales insertos, dedicados directamente a complicar la vida del compositor que se vea obligado a musicar esos textos enmarañados en lo métrico y lo conceptual. Textos donde no faltan lo autorreferencial (Anasté) y las influencias, inyectadas en vena, del mundo grecolatino con el que el autor ha coqueteado ampliamente en diversas adaptaciones. Añádanle la exploración que Marino González ya realizara (a nivel de traducción) del universo introspectivo (pero infinito) de la poetisa y el desbordarse del logos de que hace gala la autora para crear su universo simbólico, y tendremos un acercamiento pleno de respeto, admiración y conocimiento por la obra y el enigma de Emily.

Al fin y al cabo, estamos ante el misterio de leer las horas. Un misterio primordial, arcano, insondable. Un misterio que se nos revela con unos textos de Dickinson desnudos, sugerentes (o evocadores), desconcertantes y provocadores. Hay algo de sonambulismo emocional en el texto de Marino González, donde los mutismos son tan importantes como las declamaciones, donde la extrañeidad es tan importante como la ajenidad. Dos características que se transmutan en otredad cuando el universo dickinsiano, de salvación y condenación, se mistura con la aproximación iniciática (plena de admiración y veneración) con el verbo del autor. Cuando los silencios elocuentes de la autora, ya no son tales, sino la frescura de habitar otros imaginarios cuerpos (o que te habiten).

El silencio puede ser un plan rigurosamente ejecutado…



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