Una y Otra se
encuentran en la casa museo, dedicada a la poetisa de Massachusetts, donde
deambulan, practican la veneración y la adoración. Son dos estudiantes que
quedan encerradas en el tiempo y el espacio, en tierra de nadie. Un lugar donde
aún proyecta la sombra de la escritora, donde palpitan sus más íntimos
pensamientos y deseos que son despertados-resucitados a lo largo del texto.
El verbo como sustancia
vital, como armazón de inquietudes, como
paleta cromática donde se dibuja la identidad de la mujer, las vicisitudes y
anhelos. Las heridas históricas infligidas.
Mientras Una y Otra van
destilando los poemas simbólicos de la autora, la densidad de sus múltiples
significados, mientras exploran (con ella) la naturaleza, la fe o la
inalterabilidad de la muerte. De boca de las dos mujeres nacen textos de un
minimalismo emocional (pero intenso), de una inteligencia irónica (pero
penetrante) que recorren el escenario evocando (y convocando), celebrando
(liturgizando) sobre los hermosos encabalgamientos, incertidumbres y profundo
lirismo de los textos leídos.
Una y Otra tratan de
diseccionar el verbo, de transmutar la palabra e interpretar el protofeminismo
de Dickinson en brillantes (y divertidos) diálogos que buscan interpretar la
elipsis y el misterio de la mejor poetisa decimonónica en inglés. Sin renunciar
a las “morcillas” propias del autor, esa combinación de humor intelectual con
chascarrillos, de altura conceptual con un “quítame allá esas pajas”, que
forman parte de su corpus autoral y sirven de refresco humorístico y desenfado
conceptual al tiempo.
El texto juega con el
concepto de huis clos, el espacio
cerrado, el hermetismo simbólico (y de atrezo) o el anímico en el espíritu;
reticente a la pasión; de Otra, que elude los embates oceánicos del amor puro
que le ofrenda Una. El rito amatorio se oficia a fuego lento, a golpe de
versos, navegando sobre canciones de alambicado verbo (todo un desafío para la
futura partitura) hasta que la cautela inicial queda rota por la llama
imperecedera que funde amor y deseo (deseo bajo los olmos según O´Neill),
aunque en este propuesta teatral el deseo está más cercano al anhelo amoroso
que nace de la esperanza como la forma más alta de posesión.
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| Marino González Montero |
Una y Otra navegan por
un intenso océano, donde el aprendizaje sentimental (y emocional) está a flor
de piel y la literatura como espejo del lector, como reflejo de sí mismo, juega
un papel genésico (catártico al tiempo). No elude Marino González sus
habituales insertos, dedicados directamente a complicar la vida del compositor
que se vea obligado a musicar esos textos enmarañados en lo métrico y lo
conceptual. Textos donde no faltan lo autorreferencial (Anasté) y las
influencias, inyectadas en vena, del mundo grecolatino con el que el autor ha
coqueteado ampliamente en diversas adaptaciones. Añádanle la exploración que
Marino González ya realizara (a nivel de traducción) del universo introspectivo
(pero infinito) de la poetisa y el desbordarse del logos de que hace gala la
autora para crear su universo simbólico, y tendremos un acercamiento pleno de
respeto, admiración y conocimiento por la obra y el enigma de Emily.
Al fin y al cabo,
estamos ante el misterio de leer las horas. Un misterio primordial, arcano,
insondable. Un misterio que se nos revela con unos textos de Dickinson
desnudos, sugerentes (o evocadores), desconcertantes y provocadores. Hay algo
de sonambulismo emocional en el texto de Marino González, donde los mutismos
son tan importantes como las declamaciones, donde la extrañeidad es tan
importante como la ajenidad. Dos características que se transmutan en otredad
cuando el universo dickinsiano, de
salvación y condenación, se mistura con la aproximación iniciática (plena de
admiración y veneración) con el verbo del autor. Cuando los silencios
elocuentes de la autora, ya no son tales, sino la frescura de habitar otros
imaginarios cuerpos (o que te habiten).
El
silencio puede ser un plan rigurosamente ejecutado…



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