martes, 17 de enero de 2023

La señorita Bourrelier y otras historias

 





Esta es una de esas historias que podrían haber quedado en el olvido (como ha sucedido con tantas otras) de no ser por esa concatenación de casualidades que; a veces; hace que renazcan y se puedan rescatar para el futuro.

 Andábamos recordando a profesores y tiempos de instituto, cuando hice referencia a una profesora que nos enseñaba la asignatura de historia y que se apedillaba Bourrelier. Siempre nos resultó curioso que; cuando se ausentaba momentáneamente de la clase; lo hacía con una frase lapidaria: “Aunque me haya ido, estoy presente en espíritu”. El objetivo era que aquella manada de adolescentes (aún por disciplinar) mantuviera las formas durante su ausencia. Pero no es la dirección que vamos a tomar para esta narración, es obvio el escaso interés que manifestábamos (en aquellos días) en el cumplimiento de la norma.

Mi madre, que escuchaba la conversación, nos dijo: “A mí también me dio clase en el Bárbara de Braganza”. Después nos contó como estaban separados los sexos en el instituto y una serie de anécdotas que llevaron al meollo principal de aquella vivencia. Como quien no quiere la cosa nos dijo: ¡Ah! Y también nos salvó cuando la toma de Badajoz…

En aquellos aciagos días de Agosto, entre el terrible sonido de los disparos, la artillería y los aviones, los ciudadanos buscaban refugio del horror que se aproximaba. Sobre todo, aquellos que tenían sus viviendas en primera línea, por donde iban a entrar previsiblemente las tropas de los sublevados.

Mi abuela se llevó a sus dos hijos, guiados por una vecina apellidada Zafrilla, y se refugiaron en una casa en la calle Santo Domingo (esquina calle De Gabriel) con la inscripción “H. Bourrelier”. Allí estaba la tintorería de Hilarión Bourrelier, de ascendencia francesa. En el interior ya se encontraban otras personas a las que habían dado refugio. Mi madre recordó como María Bourrelier, que tendría unos 27 años,



la había cogido en brazos y llevado a una habitación donde todos se ocultaban debajo de las camas (unas 17 personas). Cuando llegaron las tropas, la familia les ofreció alimento y bebidas. Este tipo de actuaciones servía para calmar los ánimos y fue mano de santo en alguna ocasión para salvar a personas. La tropa se distraía y terminaban siguiendo su camino. De hecho, una de estas situaciones salvó la vida de unas milicianas.

Una llamada a la puerta de una familia de buena posición de la ciudad, dio con unas milicianas; que huían de los sublevados; en el sótano de la acomodada mansión, mientras los dueños “entretenían” a los militares en la azotea a base de los licores de la bodega y alimentos. Hasta el punto de que durmieron la mona en la azotea y por la mañana se marcharon tranquilamente. Esta familia había sido molestada de forma continua por aquellos milicianos dentro de la ilegalidad que ellos denominaban “requisas” y que fue tan frecuente en todo el país. Las requisas consistían en apoderarse de los bienes ajenos con la excusa de la revolución. El alcalde tuvo que intervenir para que aquellos revolucionarios de retaguardia dejaran de requisar y hacer sus “labores” revolucionarias. No fue este el único caso en que los actos negativos de algunas personas no fueron pagados con la misma moneda. El 5 de Agosto de 1936, la extrema izquierda pacense se había concentrado en las puertas de la cárcel, sita en el Palacio de Godoy. Mi abuelo era oficial de prisiones de la República, Jefe de Negociado de 1ª. Aquel aciago día se encontraba en las oficinas donde desempeñaba sus funciones. Una vecina, de matiz radical, gritaba por la ventana, junto a la casa de mi abuelo, con la clara intención de que la oyera mi abuela y sus hijos: ¡Los van a quemar a todos! ¡Van a quemar a todos en la prisión! ¡Van a arder los de derechas!

Los milicianos incluso intentaron una añagaza para engañar a los sitiados. Enviaron una ambulancia con la excusa de recoger a uno de los oficiales de prisiones que estaba herido. Pero su impaciencia hizo que dispararan desde el interior de la ambulancia, y se descubrió la trampa que preparaban. Hay que destacar que los oficiales que se encontraban en el interior eran leales al Gobierno Republicano y estaban defendiendo a los prisioneros que les habían sido dados en custodia. Otro tema sería la ilegalidad de aquellas detenciones, que no tenemos tiempo para analizar, pero eran cotidianas en un país donde se había perdido todo atisbo de legalidad por parte de los hunos y los hotros.

El gobernador civil Granados envío (sin demasiada celeridad) a los Guardias de Asalto que pusieron en fuga a los extremistas. Esta tibieza a la hora de actuar frente a la violencia de la extrema izquierda fue el tono general en todas las provincias y ciudades controladas por la República. Badajoz fue una de las ciudades donde se contaron menor número de víctimas o los actos de violencia de retaguardia, en comparación con otras localidades o provincias, donde las ideologías radicales se desgajaban del gobierno legal, que carecía de capacidad (en otros casos de voluntad) para controlarlos durante los primeros meses de la guerra.

María Bourrelier con el tiempo se convertiría en una mujer pionera que destacó en la docencia, en actividades culturales, bibliotecas o como secretaria de la Revista de Estudios Extremeños, pero en aquellos días era una joven valiente, que colaboró con su familia en ayudar a unos desconocidos, sin pensar en el riesgo. 

Los legionarios y morisma que entraron en la ciudad a sangre y fuego “se creían los amos del mundo”; según testigos de la época. En casa de mis abuelos llegaron llevándose todo lo que podían (los rifeños con el cuchillo entre los dientes) y además diciéndole que comunicara en la barriada que “estaban vendiendo cosas abajo en la calle” (encima de cornudos, apaleados). Un oficial de la Legión pretendía quedarse con una habitación para dormir, pero ante las súplicas de mi abuela que le dijo que le mostró a sus hijos y le dijo que no cabían, terminó preguntando por el mejor hotel de la ciudad. Suponiendo que no estuviera en ruinas, como casi todo. La morisma defecó en la cama de una vecina donde se quedaron a dormir. Más tarde se les podía encontrar en tenderetes improvisados donde vendían el fruto de su rapiña. No se diferenciaban mucho de los rapiñadores anteriores. Los ciudadanos iban sufriendo los dos extremos de aquella España doliente.

Mientras tanto, en el cuartel de San Agustín, los extremistas seguían a los suyo, intentar fusilar a los “fascistas”. En la puerta del cuartel mi abuelo (el otro), Francisco Collado, se encontraba, acompañado de un grupo de soldados, sabiendo lo que se avecinaba. Los milicianos llegaron envalentonados, solicitando que se les entregaran a los guardias civiles prisioneros que se habían sublevado para “hacer justicia”. Como capitán de la guardia, se negó a las peticiones de los alborotadores, dado que su responsabilidad era la custodia y seguridad de los prisioneros que estaban a cargo de la República. Los milicianos no las tenían todas consigo ante la posibilidad de enfrentarse a otros hombres armados (eran más de detener civiles indefensos) y se marcharon tras el conato de asalto. Existen instantes (casi surrealistas) en que la historia se convierte en un inmenso chiste negro. Mi otro abuelo (materno), Ceferino Berrocal, fue obligado a marchar (contra su voluntad) como director al aciago Campo de Concentración de Castuera, cuando el franquismo trataba de lavar la cara dando un tinte de legalidad a sus atrocidades y convertirlo en prisión con unas “normas”. Allí fue expedientado, no como dicen algunos historiadores que se dedican a copiarse unos a otros, “por su nefasta gestión”; sino por todo lo contrario. Se enfrentó a los militares que habían señoreado el campo y pretendían seguir haciendo lo mismo, ayudados por los falangistas, cuya función consistía en hacer "sacas" para fusilar a los prisioneros. Esto le valió postergación perpetua, imposibilidad de ascenso y una multa del sueldo durante toda su vida (aparte de unos días detenido en la antigua prisión sita en la Avenida de Joaquín Costa). Incluso había dejado de comer cuando vio que no había comida para los presos. El médico tuvo que llamar a su familia porque estaba enfermando por falta de alimentación. Poseo documentación que demuestra toda esta historia, que siempre escuché desde que era niño en mi familia, donde aparece toda la realidad de aquella “nefasta gestión”. Es lo que tiene la historia.

A Francisco Collado Ramírez, su actuación frente a los milicianos la valió ser reconocido por uno de los guardias civiles, cuando los vencedores andaban buscando víctimas propiciatorias. El guardia lo avaló delante de los sublevados como “salvador” y esto le obligó a elegir entre luchar junto a los invasores, salvar a su familia, o ser fusilado. De modo que optó (como tantos otros) por lo primero. No le serviría de mucho, ya que fue abatido en combate poco después.

Su hermano, el sargento Bartolomé Collado Ramírez, fue fusilado inmediatamente cuando se tomó la plaza. Como “persona muy peligrosa” figura en la documentación militar. Se encargaba de entrenar a los milicianos por instrucciones directas del Coronel Puigdengolas, que capitaneaba la Plaza. Poco después, su hermano Cándido Collado (presidente del comité revolucionario de Torremayor) también fue ejecutado. Hoy tiene una calle a su nombre en la localidad.

Retomamos la historia donde la dejamos, con las familias escondidas debajo de la cama. Cuando mi abuelo Ceferino llegó a casa, la encontró vacía y se asustó, hasta que un vecino le dijo dónde estaba su familia y acudió a casa de los Bourrelier. Para entonces ya se habían cambiado a la casa de enfrente, donde los acogía la mujer de un carabinero, que llevaba meses enfermo. Cuando los legionarios llegaron a la casa, informados de que había un carabinero, se lo llevaron a rastras. Mi abuelo intentó salvarlo diciéndoles que él lo avalaba y que había estado en cama todo el tiempo. La contestación de los gañanes era común en aquellos tiempos: A que tú también vas p’alante…

Era moneda común ese “ir p’alante”, que también habían practicado los milicianos. Las personas de bien se encontraban siempre entre Scila y Caribdis (o entre los hunos y los hotros). Tuvo suerte aquel hombre y al cabo de unos días lo regresaron, ya que alguien lo avaló y no tenía marcas de la cantonera en el hombro, que era la primera señal que buscaban antes de fusilarte.

La trayectoria vital llevó a mi madre a ser alumna de Doña María Bourrelier. La urbanidad de aquella época (que tiempos) impidió a mi madre darle las gracias por respeto a su profesora que, junto a su familia, les habían acogido, arriesgando la vida. 

Con los años yo también fui alumno suyo, sin tener conocimiento de esta historia. Nadie le agradeció a aquella familia (y a tantas otras que se vieron entre los hunos y los hotros) su valor y empatía. Yo acudía cada día a clase sin conocer que aquella profesora enteca, llena de energía, que miraba fijamente a los ojos sin pestañear, había acogido a mi familia frente al horror. Que la mujer que nos decía que salía físicamente del aula, pero no en espíritu, estaba relacionada directamente con mi historia. Como tantos otros. Como tantos silencios, como tantas voces que se habrán apagado. Un paleta de sentimientos, vivencias, emociones y recuerdos que dibujan la verdadera memoria. No la que te venden en fascículos coleccionables.

PD: La mujer que gritaba por la ventana, no fue señalada por nadie cuando entraron las tropas. Nadie quiso perjudicarla y se fue de la ciudad en cuando le fue posible. No todos eran iguales.

lunes, 19 de diciembre de 2022

El avaro (La Porciúncula). Un Molière divertido, fluido e inclusivo.

 

                                   

Al avaro. La Porciúncula 

La Porciúncula presenta una visión de El Avaro de Molière donde Carmelo Sayago recrea un Harpagón de notable vis cómica. La agrupación de la ONCE, opta por un atrezzo desnudo, desarrollando la trama con el único apoyo de un enorme telón de fondo. La compañía esta compuesta por actores ciegos, con discapacidad visual grave o sin discapacidad. Lo cual, obviamente dificulta en algunos instantes las evoluciones por el escenario, solventadas con fluidez y sentido del humor por los actores. Promovida como taller en 1993, La Porciúncula ha desarrollado diversas obras, promoviendo la integración e inclusividad en el ámbito teatral. Homenajeando al autor en su 400 aniversario, la versión de María José Mangas (también en la dirección) presenta un texto que se preocupaba de temas bastante actuales.

Para Harpagón (Carmelo Sayago), el dinero es el caballo de batalla. Pero están en juego otros valores y sentimientos como la sumisión de la mujer a la paterna voluntad, la realización de los deseos afectivos, el matrimonio por interés, etc.

Carmelo Sayago y Jesús Solis


Las desventuras pasadas por el protagonista para el resguardo de su fortuna provocan hilaridad. El personaje creado por Jean Baptiste Poquelin (Molière) es desarrollado con fluidez y tempo adecuados. Las evoluciones para tener a salvo sus intereses crean una suerte de enredos que le enfrentan a Cleanto (Jesús Solís) que arde en amor por Mariana, a la cual pretende Harpagón por motivos completamente distintos. Con algunos cambios en el texto genésico, donde es el padre quien paga los gastos de la boda y no la madre. o el comisario que era un hombre. Bien desarrollados los personajes de Frosina, la casamentera que encuentra beneficio en el engaño, Señora Claudia; jocosa y de amplio carisma; desternillante la cocinera-cochero “Maesa Jacoba” (Jacobo en el original). La diversión (no exenta de crítica) es el principal objetivo de este montaje, ampliamente conseguido por La Porciúncula.

Harpagón (Carmelo Sayago), Maesa Jacoba (Eva Iglesias) y Valerio (Nicolás Ramos)

 
A destacar los instantes en que Frosina halaga al mezquino Harpagón, describiendo sus “encantos” con notable expresión corporal de Carmelo Sayago o el monólogo (con ruptura de la cuarta pared) en el que el tacaño encuentra su propio brazo como ajeno o el instante en que Frosina (Julia Gómez), le ofrece la posibilidad de cobrar “dinero” por sus servicios. Bien desarrollada la escena de los equívocos donde Harpagón y Valerio desarrollan el dialogo hablando de materias completamente distintas, creyendo cada uno que el otro habla de los mismo. En este caso, el cofre que contiene los escudos de oro y la amada. La compañía ofrece un espectáculo fluido, jocoso, pleno de frescura, que desarrolla mediante el humor temas humanos y de actualidad. Un montaje más que añadir a los otros veinte que llevan desarrollando desde 1994, recibiendo en 2013 el premio MAX Aficionado de las Artes Escénicas a los Grupos de Teatro de la ONCE.

 HARPAGÓN : Carmelo Sayago. CLEANTO : Jesús Solís. ELISA : Ana López. VALERIO : Nicolás Ramos. MARIANA : Adela Fernández. ANSELMA : Paqui Caro/Pepi Zambrano. FROSINA : Julia Gómez. MAESA SIMONA : Eva Iglesias. MAESA JACOBA : Eva Iglesias. LA FLECHA : Adela Fernández/ Otilia Cabanillas. DAMA CLAUDIA : Paqui Caro. LA MERLUZA : Pepi Zambrano. UNA COMISARIA : Paqui Caro / Pepi Zambrano.

viernes, 9 de diciembre de 2022

María Callas. La mujer y el mito

 

 


Traspasar la leve frontera de personaje público a mito es algo que no está al alcance de cualquiera. Se precisan una serie de rasgos y pinceladas, tanto en lo profesional como en lo  biográfico. Esta mixtura de vivencias, carisma y talento excepcional, construye una arquitectura que está muy por  encima de la media de quienes dedican sus vidas a alguna actividad pública. Ya sea artística o de cualquier otro sesgo.

María Callas es uno de esos mitos, una y otra vez revisitados por la literatura, el cine o el teatro. Nacida María Anna Cecilia Sofía Kalogeropoúlou, se cumplen ahora cien años de su nacimiento. Otra de las características de los mitos es la aplicación; a modo de pseudonombre; de rasgos definitorios de su personalidad. En el caso de La Callas, el apodo de “La Divina” reflejaba; sin duda; un ramillete de rasgos de su genialidad artística. Desde su voz, perfectamente timbrada a su tesitura anchurosa que le permitía desarrollar roles de repertorios absolutamente disímiles. Estos dones se dejaban acompañar de una dicción soberana algo que siempre se agradece en el  intérprete de ópera. 

Los reprobadores utilizaran para desestimar algunos sonidos graves entubados, no excesivamente bellos, o la fatiga vocal de sus últimas grabaciones. Nada de esto consigue bajar del pedestal a la artista que cambio el modo en que se concebía la dramaturgia operística, dejando atrás el hieratismo; basado en la voz; para fluir hacia un dramatismo veraz y un profundo concepto de la teatralidad. Alternando entre personajes que solicitaban ágil coloratura y papeles con peso dramático, sin olvidar la soberbia capacidad mimética que poseía para aproximarse a los personajes. Para el papel de Violetta, la tísica de La Traviata, bajó 36 kilos de peso, siendo irreconocible. También para el papel de Medea con Leonard Bernstein, llevó a cabo una estricta dieta.

Acercándose al personaje desde el texto, basó sus cimientos operísticos en la estructura del personaje, subordinando la técnica vocal al servicio del papel, con una intuición certera a la hora de internarse en el intrauniverso de cada compositor, apoyándose para ello en su innata musicalidad.

La “Medea” de Pasolini es la única inmersión de la diva en el mundo del celuloide. Una dicotomía que enfrenta la pasión irracional de la mujer frente lo racional de Jasón. En este film, el director italiano misturó el sentido de lo sublime con la barbarie. La cordura del mundo moderno frente a un cosmos arcaico que se rige por las emociones. Dando rienda suelta a la crueldad e inocencia, se cercenan los versos de Eurípides y (él que debería ser principal protagonista) pasa a ser un secundario, en medio de la historia de una mujer delirante a la que sus sentimientos llevan a la insania y el desvarío.



Pier Paolo Pasolini elude la narrativa de la tragedia como sendero y se aplica en el uso de los sueños para acercarnos a la compleja psicología de la mujer atormentada. Rodada en Turquía, la propuesta le llegó a la soprano en el momento de máximo desamor. Una excusa excelente para abandonar un autoexilio que se había impuesto tras el abandono de Onassis. Aunque el papel estaba pensado para otra diva: Irene Papas. Todo se precipitó cuando se escucho el rumor de que Joseph Losey le iba a realizar una oferta a María para protagonizar una película, Franco Rosellini (sobrino de Roberto), era el productor de Medea y la abordó para proponerle el rol de la sacerdotisa de Hécate. No  resultó un camino de rosas. La militancia comunista de Pasolini no ayudaba. Callas llegó a decir a sus allegados <<Si todavía fuera Visconti>>. Pier Paolo había quedado impactado por la interpretación que había hecho Callas en la versión de Cherubini.  Deseaba aquel rostro de altos pómulos, de rasgos mitológicos y expresión de fortaleza interior. Invitó a María al visionado de algunas de sus obras maestras, como la controvertida “Teorema” y “Edipo Rey”, y organizó su encuentro con Pasolini. La cantante se dijo a si misma que era el momento: “Medea era mi última oportunidad. A mi edad no hay que confiar demasiado. Así que me dije: María, adelante”.

La Medea pasoliniana es una pieza comprometida y tuvo una acogida no demasiado entusiasta. La cosmogonía política del autor, imprimando el mundo helénico, la crudeza visual (antropofagia incluida), la falta de fidelidad a la obra genésica, la tensión narrativa, no contribuyeron a una recepción positiva.

Como en todo lo que hacía, María Callas brilló con una enorme presencia cinematográfica, un rostro mitológico con expresivos ojos y una suprema fluidez en el movimiento, se acompañaba de una poderosa e intensa fuerza dramática.



Medea es una pieza complementaria del Edipo Rey (1967), en el tamiz de las teorías freudianas,  aderezada con la visión marxista-cristiana del mito. Una teoría apologética de lo mítico frente a la modernidad. El visionado de este film es lo más cercano a una viaje alucinatorio. Una experiencia hipnótica con el fondo del balido nasal de las mujeres, que cantan en un coro rítmico de matiz casi prehistórico, en una partitura salvaje. Es la “Medea” de Pasolini, no la de Eurípides Y por supuesto, la de María Callas. María con su máscara dolorosamente expresiva, habita el personaje en medio de esa luminosidad fascinantemente brutal, navegando entre ese aura surrealista que baña e impregna la cinta. Pura textura visual. La narrativa se propone con ausencia de diálogos, con la sensación de extrañeidad que nos muestra ese cosmos atemporal donde la comunicación no verbal se acompaña de ritos ancestrales, sangrientos, salvajes. Rituales para la cosecha y la fertilidad que nos remiten a nuestros antecesores. A lo que fuimos, a lo aún no dejamos de ser. Pasolini abordó una tarea titánica: traducir en términos cinematográficos un texto creado para el teatro. Reinterpretar el sentido de un tiempo, de otro lugar, de una inteligencia arcana donde los mitos y rituales eran reales para los protagonistas. La elección de Callas, con su perfil de moneda helénica, fue el mayor acierto. Ninguna otra habría encarnado a Medea con tal intensidad en la mirada. Una fuerza primitiva que estalla cuando se trasplanta una civilización regida por el orden.

El teatro social y la antropología se entremezclan para destilar un producto donde lo mágico y  lo racional conviven en la intensa mirada de Medea- En esos soberbios primeros planos casi una máscara de mimo. El discurso visual del director es la verdadera columna vertebral de una propuesta; cuando menos; controvertida. Alejada de cualquier interés por la narrativa y por el drama o los efectos especiales, el naturalismo, la arbitrariedad en el desarrollo lógico de la narración y la aplicación al detalle definen el cosmos visual del director boloñés. Pasolini da por hecho que el espectador conoce el mito y no aclara determinados momentos. Uno de ellos es la parada que hace Medea, mientras huye en un carro, para descuartizar un cuerpo. Ningún espectador puede adivinar que se trata de su medio hermano Absyrtus, y que lo hace para retrasar a su padre que los persigue. También elimina las pruebas mitológicas tradicionales a las que Jasón se prestaba. La conquista del Vellocino, según Pasolini, evita las aventuras con los bueyes que escupen fuego, la siembra del campo ígneo por parte de Jasón o la lucha con la serpiente perpetuamente insomne.

Los lugares elegidos son impresionantes. Las chimeneas de hadas de Capadocia (Turquía) o la Piazza del Miracoli en Pisa, junto a antiguas ciudades de Siria, Aleppo, Viterbo. La capital, Ea, se rodó en Gorëme (Iglesia de Santa Bárbara) y en Urgüp.

Pasolini se adentra aún más en la pasión de los personajes eligiendo a una Medea (por entonces Callas tenía 47 espléndidos años) que sobrepasa a su amado en veinte años. Un claro desafío a las convenciones y al mito original.

El vestuario es deliciosamente pasoliniano. Los ornamentos sacerdotales, los rituales ancestrales, los actores; dispuestos a modo de iconos bizantinos en alguna secuencia o los extraños paisajes de Capadocia, convierten el film en un ceremonial cultural y de autoría. El traje de sacerdotisa (Piero Tosi) de María Callas esta inspirado en una fiesta folklórica sarda. El atrezzo y las máscaras poseen un sello autoral, con motivos zoomórficos y vegetales. Cascos, coronas disparatadas, tocados imposibles con cuernos. Todo un desfile antropológico y ancestral. La cantante es recreada en primeros y sostenidos planos, de frente o perfil. El mismo Pasolini realizó varios retratos de la diva.

Lo antropológico prima sobre la cultura adquirida o sobre los lugares comunes del mito helénico. Las permanentes ceremonias guturales de las mujeres, la gestualidad atávica y libre de toda afectación interpretativa, la música étnica; de claras referencias orientales; la desnudez del decorado (casi inhabitable) o los coros de matiz pagano y ceremonial. El zoom y el travelling, bastante “sucio”, son otras de las opciones visuales del director italiano, precursor de la cámara en mano y (casi) del movimiento Dogma.

El concepto es  parnasiano (el arte por el arte). Representar los hechos  a la manera de los antiguos griegos, desarrollando un gran compromiso con la dramática. Pier Paolo Pasolini expone las historias para que el espectador extraiga sus conclusiones. Para enviar un mensaje: las pasiones desatadas culminan en tragedia (en el sentido clásico del término). Se aproxima a la filigrana clásica del último y tercero de los poetas trágicos helénicos con cierta fidelidad y apego (ma non troppo). Es, precisamente, el hecho de dotar a la mujer de primacía, de transmutar a Jasón en un secundario lo que la separa más drásticamente del teatro.

En la Medea pasoliniana no hay hado que guíe los acontecimientos. Ella es el único instrumento de la historia, la que toma las decisiones, la que no titubea. La que decide matar a sus hijos ante el abandono y la traición.

Pasolini extrae escasas citas de la piéce de Eudípedes, apoyando su base teórica sobre las columnas de la historia de las religiones. Para ello se nutre de influencias de antropología y etnología de autores como Frazer, Levy-Bruhl o M. Eliade. La dicotomía entre el universo de Medea (clerical, hierático, primitivo) frente a la realidad pragmática y racional de Jasón, entendido “la Mens momentánea”, el héroe moderno, alejado de todo sentido metafísico, es el sendero por donde conduce hasta llegar al enfrentamiento inevitable entre las dos culturas. Dos formas de civilización recíprocamente irreductibles. La tragedia de las sociedades agrarias arcaicas, destruidas por la civilización. El sueño de Medea a invita a regresar a los orígenes, a los arquetipos elementales, a los sacrificios rituales. La sacralidad y el mito dotado de valores (o la interpretación mítica) frente a lo racional y el materialismo deshumanizador. La naturaleza (según M. Eliade) cargada de un valor religioso, impregnado de sacralidad. La naturaleza como hierofanía.

La visión del director precisaba de un icono como María Callas para expresar ese mundo pleno de magia y ceremoniales arcanos. <<Veo a la Callas como una mujer moderna en la que habita otra mujer antigua, extraña, mágica y con terribles conflictos internos. Lo que intenté captar en Medea>>.



El mismo Centauro invita  a  Jasón a no celebrar ritos propiciatorios y le dice que lo que cuenta es la voluntad  humana, ya que no existe nada fuera. Los tiempos antiguos engloban lo mágico, lo mítico, lo sacro. Y Medea es su suma sacerdotisa.

En el epílogo, Jasón no puede aproximarse a Medea ni al fuego sagrado. Un espacio insalvable para un hombre profano.

El modo en que se aborda la música en la película, también es significativo y le debe mucho a los consejos de la escritora Elsa Morante. La sacralidad y el exotismo se alían con una percepción de extrañeidad. En La Cólquide, se escucha música sagrada tibetana (Coro dedicado al dios Khyabjug). Cuando Jasón danza con los jóvenes en Corinto, se acompaña de música iraní (racionalidad). Voces búlgaras cantadas por las mujeres profetizan la llegada de Jasón, mientras que son notas de música japonesa las elegidas para el ritual del infanticidio. Pasolini elige composiciones tradicionales de pueblos del Tercer Mundo, música campesina o milenaria (pese a que en el guión citaba música gregoriana).

El recurso de elementos sonoros como el viento o instrumentos de percusión, potencian esa sensación de ajeneidad. De una atemporalidad mítica. Todas estas propuestas, componen una amalgama estilística, un modo de recreación visual con cierto componente ideológico. Un universo estético alejado de los patrones de la herencia clásica. Igual que Medea, (Callas) se aleja de los patrones de un mundo ajeno en el cual no puede seguir viviendo, sacrificando a los hijos para que renazcan; regenerados; en otro mundo. Medea ahora puede seguir siendo la que era. Pasolini rompe con el texto literario genésico, en el cual el sacrifico ritual se produce fuera de escena. Los hechos narrados por el realizador adquieren un valor simbólico. Son arquetipos junguianos. Representaciones simbólicas (no históricas), sino historiales, ya que carecen de significación cronológica.



Los postulados estéticos de Pier Paolo Pasolini huyen de toda pretensión arqueológica. De este modo; el primitivo mundo de La Cólquide, ausente de referentes icnográficos; es traducido por el autor con recursos estéticos propios, que dan vida a un entorno mágico-mitológico. Su Medea escapa de la fidelidad a la reconstrucción historicista o de la deleitación teatral arqueológica. También evitó retomar el rol que María Callas desarrollara en la versión de Cherubini, huyendo de la filmación de matiz operístico. De hecho evita, con autoral impronta, acercarse a alguna de las formas habituales en las que el cine se acerca a las obras de teatro: modo realista, teatral o fílmico. Aquí la confrontación entre personajes se transmuta en el enfrentamiento entre dos mundos. El pugilato entre el mundo laico y el mundo antiguo donde prima lo ritual y lo mágico. Pero no permite que el esteticismo solape el mensaje activista. Ni que el regusto elitista y arcaizante de que fue acusada, oculte el compromiso social. El compromiso con el lenguaje no oral y su interés por la comunicación pre-gramatical en las sociedades arcaicas, también están presentes en el film. La otra fuente de la que bebe son “Las Argonáuticas” de Apolonio de Rodas, de dónde extrae las hazañas heroicas para alterar los sucesos con su propio sello. El añadido de rituales como el descuartizamiento con enterramiento de vísceras (extraído de los aztecas y a tribu Kond de Bengala), aportan el universo mítico-agrario a la tragedia clásica.

Medea es el único personaje destacable como personalidad durante el segmento en La Cólquide. El resto es apenas masa primitiva, un conjunto amorfo que, en ocasiones ejerce de Chorus clásico, como durante la misteriosa canción de las campesinas. El juego con el elemento barroco surge de la presentación permanente de la antítesis. El enfrentamiento contrapuesto de los dos mundos, es manejado con habilidad, enfrentando instantes hablados con otros mudos, pasajes musicales frente a otros ambientales. Escenas de concepto claramente estático frente a otras de movimiento delirante. El principal logro del director es liberarse de las cadenas de la reconstrucción al uso, huyendo de la recreación mimética, de la grabación de una ópera o; incluso; de la lógica narrativa. Nada más en las antípodas de sus deseos que efectuar una traslación del texto a la pantalla para un film entendido como un rito cultural, al modelo teatral de la democracia ateniense.

 


La Callas había interpretado a Medea por primera vez en Florencia, en el Festival de Mayo de 1953, donde desgranaba las notas de Cherubini, dejando impregnado al personaje de su personalidad arrebatada y arrolladora. En La Scala, bajo la batuta de Bernstein, repitió el personaje de la Maga, que le valió la descripción del director como “una central eléctrica”, obteniendo una interpretación memorable. Repetiría el personaje en 1961, nuevamente en La Scala, convertida en su hogar artístico durante los años 50. Retornaba a los escenarios después de su aislamiento público a raíz de su relación con el armador griego Aristóteles Onassis. Había perdido algo de brillo y de fuerza, lo cual originó silbidos de una parte del público. Con ese temperamento que la caracterizaba hizo hincapié en la palabra “Crude” (cruel), que surge en el dueto del primer acto con Jasón. Y lo hizo mirando al público. Durante el aria “Ho dato turro a te” (Te lo he dado todo) alzó el puño hacia el patio de butacas. La función terminó con una gran ovación tras la intensa interpretación que hizo la cantante para un papel, cuya tesitura más baja, comenzaba a adaptarse bien a la diva, que aportaba nuevos refinamientos vocales al personaje. 

La versión operística prescinde de todo el cosmos mágico-ritual de Medea, remitiendo a una venganza sentimental el filicidio. Callas había preparado el papel de esta obra, tan sólo representada fugazmente en La Scala en 1909, con un tiempo record de una semana. Estamos ante una obra de enorme belleza desde su intensa y emotiva obertura. A caballo entre Berlioz y Beethoven podemos encontrar la versión en francés, con diálogos hablados, mientras la italiana los transforma en recitativos. Callas y el director Vittorio Gui tan sólo tuvieron acceso a una versión corrupta en traducción italiana, donde los recitativos eran anacrónicos y pesados que habían sido proporcionados por Franz Lachner (bestia negra de Wagner). Pese a ello, la certera tarea de los distintos directores de la pieza (Bernstein y Nicola Rescigno) lucharon para interpretar la obra al modo de una gran opera manqué, enfrentándose a la falsa e inflada tradición, como en el recitativo de Medea para interrumpir los preparativos de la boda de Jasón. En 1962, María se despidió para siempre de la Scala de Milán donde había ejercido de prima donna assoluta.

El director italiano adelgaza el guion hasta el extremo, mientras se recrea en llegar las imágenes más al mundo poético que al naturalismo. Medea es un poema audiovisual donde denuncia la trampa de la modernidad en la que ha caído Europa dentro de un hipotexto que vehicula el antagonismo entre civilización moderna y la visión mítica de las antiguas. La visión del neocapitalismo como intento de arrasar las culturas arcaicas, despojando de lo mistérico a la sociedad. El uso de película Kodak Eastmancolor, revelando con él mismo sistema, para que las gradaciones de luz se reflejen mejor a la búsqueda de un claroscuro que bebe directamente de Caravaggio y le sirve para plasmar la dicotomía entre sol-oscuridad. El logos europeo se encarna en Jasón y las murallas de  Alepo, que representan a Corinto con formas ordenadas y geométricas, en tanto La Cólquide se representa en las formas primitivas de Anatolia. La disposición de figuras en el encuadre también juega un papel fundamental para representar la oposición. Encontramos composiciones con simetría y regulares en las secuencias desarrolladas en Corinto y Yolcos. La simetría está ausente en los instantes visuales de La Cólquide que, además, requiere de gran angular y planos excesivamente cortos, con deformación de rostros y una epiléptica cámara en mano. Lo que en otro director sería una gramática visual pedestre, es utilizado por Pasolini para distinguir entre los dos mundos. La filmación del mundo “civilizado” requiere del travelling y una ralentización en el movimiento de la cámara.



La Callas es dibujada por la paleta del director como si de un antiguo ídolo se tratase. Bebiendo de referencias y pinturas cretenses o de la civilización egipcia, el rostro de la cantante, en múltiples perfiles, destila religiosidad primitiva. Sumo sacerdocio visual. Pasolini devuelve a la cantante al mundo de lo mítico, la rescata del olvido en que estaba sumida debido a su relación con Onassis y la devuelve al público, transformada.  En la escena final. Medea, como una diosa solar, le dice que Jasón que “Nada es ya posible”.

Su triunfo es como ser divino que contempla desde arriba el mundo moderno representado por el hombre, mientras su sacrificio hará renacer a sus hijos en otro mundo. La interpretación de Callas de Medea en 1953 fue tan impresionante que La Scala de Milán decidió cambiar su programa y ofrecer la producción con la cantante. María recomendó a un joven director, Leonard Bernstein, ya que el director de la producción florentina (el romano Vittorio Gui) no estaba disponible. Callas había escuchado a Bernstein por la radio y creyó que era el más apropiado. No se equivocó. Fue el nacimiento de la leyenda, aquella Medea apasionada de la que disfrutó el publico milanés se repetiría a lo largo de su carrera en más de 3 veces, grabándola en seis ocasiones, siendo una de las más memorables su interpretación de la sacerdotisa en Dallas el 6 de noviembre de 1958, donde desato una impresionante gama de emociones.

A lo largo de su vida, hizo gala de una señera elegancia, de una pasión mediterránea intensa y una sofisticación nada impostada. En el terreno personal, lidió con el engaño por parte de su marido (Onassis), el chantaje por parte de su madre o le estafa, que le llevó vía su exmarido. Sobrevivió a todos y cada uno de ellos. Caminó sobre el filo de la navaja y fue siempre su juez más severo. En lo artístico, la bipolaridad le siguió en su carrera: fue la más aplaudida y la más abucheada. Caminó de la mano de la profesora Elvira Hidalgo, fogueándose en roles no demasiado sanos para su tesitura.

En la arena de Verona en 1947, el mito comenzó con papeles de soprano dramática, embebida de Wagner y Verdi. Era una cantante instintiva, que arriesgaba en repertorio, apoyada en una paleta de color que iba de una suave claridad a lo intenso, con notable fraseo. Soberbia en la psicología de los personajes, era capaz de recrear incluso repertorios heroicos como Turandot, Gioconda o Isolde. Irrepetible en su Norma, que convirtió en su sanctum sanctorum, no se alejó del bel canto donde recreaba con intensa personalidad a Lucia, Amina, Medea, Violeta o Elvira, roles donde el concepto “cantante completa” cobró nuevo significado. Estos roles los potenciaba con todo su arsenal de colorido, acento y técnica. Grandes directores de cine la tuvieron bajo su manto en la Scala, de modo que pudo crecer bajo la magia de Franco Zeffirelli (Jesús de Nazaret, Callas Forever, Romeo y Julieta), Luchino Visconti (El Gatopardo, La caída de los dioses). Su soberbia personalidad y carisma y su potente creación del personaje hacía olvidar a sus detractores un timbre no siempre agradable y un tono y una técnica algo inconsistente de agudos aflautados. Sus adoradores elogiaban su técnica del bel canto, la amplitud de la voz y su irrepetible dramatismo en escena. El propio Bernstein la denominó “La Biblia de la ópera”. Callas no tuvo una infancia al uso. Cantaba y trabajaba, ante la insistencia de su madre a la que reprochaba que le “había quitado la infancia”. Fue la profesora María Triviella la que advirtió el potencial que se escondía tras aquella voz resplandeciente, cálida e intensa, hasta el punto de darle clases renunciando a las tasas de matrícula. Fue Triviella quien descubrió que en lugar de una contralto estaba lidiando con una soprano dramática. En escaso tiempo de clases ya cantaba las arias más arriesgadas. Después paso a las clases de Elvira Hidalgo, soprano de coloratura, con quien consiguió una audición en el Conservatorio de Atenas. La interpretación de “Ocean, Thou Mighty Monster" (Oberón), dejó sockeada a la profesora por su contenido dramático y emotivo, pese a su descontrol. Pasaba el día en el Conservatorio escuchando a todos los alumnos, escuchando, alquimizando, simbiotizando notas, técnicas y roles operísticos.



Giovanni Batista Meneghini era un industrial adinerado al que Callas conoció en Verona. Se casó con él en 1949, dejando las labores de control de su carrera a su marido. Su oportunidad llegó cuando Margherita Carosio cayó enferma y le ofrecieron el papel de Brunilde (Die Walküre) en La Fenice. Ella venia de hacer Elvira (I Puritani), dos roles divergentes en exigencias vocales. Franco Zeffirelli testimonió que la interpretación de Callas fue absolutamente increíble. Después la soprano se bebió La Traviata, La Somnnabula, Il Pirata, Anna Bolena, abriendo nuevas puertas para los que vinieron detrás. A sus grandes capacidades vocales añadía su increíble facilidad para memorizar los roles en escaso tiempo. Era capaz de dar un recital intercalando el aria de Nabucco con el traicionero recitativo de Abigaille, añadiendo el Bell Song de Lakmé para culminar con la “escena de la letra” de Lady Macbeth.

Callas consiguió bajar extraordinariamente de peso, hecho que le estaba afectando vocalmente, y se convirtió en una figura esbelta, elegante y llamativa en el escenario. Esto produjo una nueva suavidad y feminidad en la voz y mayor confianza como interprete. De lo que no cabe duda es que su voz era reconocible al instante con una cualidad mágica que envolvía pese a la extrañeza inicial. Su voz era penetrante, voluminosa, generosa, de notable amplitud y resistencia, con amplitud en el registro superior y un sonido peculiar en el medio, capaz de extraer una dulzura conmovedora en el canto spianato.



Todos los directores destacan las cualidades dramáticas que poseía. Capaz de expresar una Medea angulosa, con caminar felino o una Violetta (La Traviata) que aparecía netamente enferma, cansada, en una coreografía perfecta, dotando de una veracidad increíble a sus roles. Controlaba y media los tempos escénicos con gestos de gran levedad, estilizada, parca y precisa. Llegó a estar de pie diez minutos sin mover una mano o un dedo. Era tanto un verdadero fenómeno estético. Con el paso de los años, la responsabilidad, el enorme esfuerzo y los cambios físicos pasaron factura a la diva que perdió apoyo respiratorio y fuerza en el diafragma. Los pasajes altitudinosos ya no le resultaban demasiado cómodos. Su última actuación fue en Covent Garden el 5 de julio de 1965 en una transmisión televisiva en vivo. Otras de sus escasas filmaciones fueron los conciertos de gala filmados en 1962 y 1964 en una excelente condición vocal. Franco Zefirelli se encargó de la realización de Tosca (Puccini). Para el papel de Scarpia se contrató al barítono Tito Gobbi. El documental dura 70 gloriosos minutos durante los cuales desfilan cantantes como Renato Cioni, Robert Bowman o Dennis Wicks.

Antes de su fallecimiento intentó una reaparición. En 1976 realizó un ensayo a puerta cerrada en el Teatro de lo Campos Elíseos de París. En el “Ah, perfido” de Beethoven, un aria para concierto (Op. 65) en italiano. El texto es de Metastasio, (Achille en Sciro), un recitativo en Do mayor que estaba inspirado en el aria “Bella mia fiamma” de Mozart. Al parecer la cantante cometió algún desliz vocal. La prensa sensacionalista publicò: “Callas ha fallado el Do agudo”, con ese ensañamiento con los fallos de la cantante que no se aplicaban a ninguna otra en declive. Ciertamente su voz estaba arruinada. La grabación de Agosto de 1977 de un fragmento del aria “Madre, Pietosa Vergine” (Verdi) no dejaba lugar a dudas. Un mes después, la gran María Callas fallecía. No es fácil clasificar a María Callas escindiendo su voz de su poderío dramático. Era, sin duda, una fuerza de la naturaleza en directo. El efecto combinado de la voz única y reconocible con su capacidad actoral fue la combinación que la convirtió en mito. Tomemos como ejemplo la grabación de su “Tosca” de la época en que cantaba en la Royal Ópera House. El aspecto dramático es brillante en la escena del Acto 2 que tiene lugar entre Scarpia y la heroína, pero los agudos se asemejan a más a alaridos, con notas forzadas en lugar de cantar en el rango más alto de su voz. Pero la intensidad emocional del personaje, combinada con la voz llena de dramatismo, con vuelos de coloratura espectaculares y una técnica de legato (sin ser de las mejores), conseguían ese “efecto Callas” que robaba al público con un carisma irrepetible.



Callas Forever (Franco Zefirelli. 1997) es el resultado de muchos proyectos e intenciones que no llegaban a realizarse. Zefirelli se negaba a sacar la oscuridad vital de la diva en una biografía de demolición y casquería, para sacar la intimidad o explotar el lado infeliz y comercial de su existencia. El director optó por dibujar una visión afable, olvidando la negrura y la tristeza. Potenciando el último instante de alegría. Después queda ese retiro a lo Greta Garbo. Pleno de dignidad, de silencios entrecortados. Habitado de honradez humana. De la mano del guionista Martin Sherman, se destilan los meses finales de la vida de Callas desde una perspectiva de la verdad y el espíritu. La diva sobrevive en la penumbra del espíritu, escuchando una y otra vez sus grabaciones, recluida en su apartamento de París. Un amigo llega con el proyecto de “Carmen” para ofrecerlo a la cantante. Fanny Ardant dibuja una Callas excepcional. Una mujer que se mueve entre las tinieblas y la angustia de interpretar con su antigua voz en play-back. El ídolo caído al que lo único que le queda es su orgullo y se presta a un contrato faústico. Presenta a la mujer que hubiera preferido ser una ciudadana normal para no saborear la hiel de la pérdida y el amargor del recuerdo. La banda sonora presenta algunas de las mejores arias interpretadas por ella. Una persona solitaria que vive recluida en un apartamento inmenso, que sale a París de incógnito, acompañada de su chofer. Que se oculta de la realidad tras unas gafas oscuras. El argumento juega en paralelo la historia de Carmen con la María Callas del guión, en un peregrinaje sobre la soledad, el egocentrismo, el poder o el desamor. Casi en vidas paralelas. Plano y contraplano en un filme de estética televisiva sobre lo que “pudo haber ocurrido si”... Hay un instante en que Callas replica al director “El público me aplaudiría aunque saliese a ladrar”. La sección más interesante del film es la “clase magistral” que la soprano, ensayando con un pianista, da a jóvenes cantantes. La pretensión es cantar “Tosca” con su propia voz, que intenta recuperar. A los aspirantes les narra como se introducía en los personajes con personajes reales. Cada vez que mataba a Scarpia, imaginaba alguien a quien odiara en esos momentos. De hecho, en la puesta en escena del Covent Garden en 1964, Tito Gobbi caracterizó a su Scarpia con los rasgos de Onassis para dar intensidad a la interpretación de María. Pero los empresarios no quieren oír hablar del regreso de la diva y el proyecto es un fracaso. Callas comprende que su tiempo y su mundo, ya no existen. Le pide al productor que destruya la película porque es un engaño y éste se lo promete. Mientras pasea por una calle de París, un cartel recuerda la fecha de su fallecimiento: 16 de septiembre de 1977.




En realidad, Zeffirelli intento montar “Carmen” con Callas en 1964, pero no fue posible. La última grabación que realizó de Tosca (1965), con Bergonzi, Gobbi y dirigida por Prête) estaba dirigida a ser banda sonora de un film del director italiano que nunca llegó a realizarse. Callas declaró a Franco Zeffirelli “persona non grata”; ya que el dinero para el proyecto lo había puesto ella y no se recuperó. Zefirelli incorpora el kitsch al montaje de Carmen, habitado de todos los tópicos hispanos al uso (parte del público porta la bandera andaluza que no se crearía hasta el siglo XX). La fotografía es cálida y las coreografías de masas bien desarrolladas. Algunas de las arias que podemos escuchar en el film son “Vissi d´arte” (Tosca), “O mío babbino caro” (Gianni Schicchi) o el mascarón de proa de Madama Butterfly: Un bel di vedremo.

Philadelphia (Jonathan Demme, 1993).La mamma morta” suena en uno de los momentos más impactantes de la cinta interpretada por Tom Hanks y Denzel Whasington. Este aria pertenece a la ópera “Andrea Chernier” (Umberto Giordano). El personaje de Hanks está preparado para comenzar el último viaje. La voz de Callas interpreta “Soy divino, soy el amor”. El rostro de Denzel en primer plano, con una chimenea titilando de fondo. Tom Hanks, demacrado. Vencido pero no derrotado. “Andrea Chernier” es una ópera abyecta que solicita una infalible verista en el declamado, con un instante rembrandtiano en ese rayo de luz cuando recuerda el sacrificio de Bersi. El Si natural arriesga, y, para grandes fraseadoras, es una joya. Aunque carece de la altura emotiva de otras piezas para soprano. En la secuencia cumple con creces el objetivo de emocionar y remover conciencias. Algo a lo que no es ajena la soberbia interpretación de Hanks.

Grace de Mónaco (Olivier Dahan. 2014). Paz Vega se mete bajo la piel de Callas en un biopic mediocre que se desarrolla durante la época en que Grace quería volver al cine ante la oferta de Hitchcock para protagonizar “Marnie la ladrona”. No hay mucho que salvar en este producto televisivo de levedad narrativa y enfática visualización. Paz Vega no se hace con un personaje tan complejo y carismático. Apariciones escasas y sin demasiada justificación, Una cabalgada junto a Grace una secuencia en la piscina y un momento canción durante un discurso de Grace Kelly en el que interpreta “Oh Mío Babbino Caro” de la ópera Gianni Schicchi, una de las piezas fetiches de La Callas. Otras piezas que se escuchan en la banda sonora son “Ebben? Ne andrò lontana“, bellísima aria de la poco interpretada ópera “La Wally, de Alfredo Catalani. La ópera más popular del compositor.



Master Class: Faye Dunaway desarrolla sobre el escenario el rol de Maria Callas "Master Class”, junto a Suzan Hanson (Sharon), Melinda Klump (Sophie), Kevin Paul Anderson (Tony) and Gary Green (Manny) en 1996. Realizó una gira por Estados Unidos y llegó a comprar los derechos de la obra para realizar una película La vuelta a los escenario de Broadway llegó de la mano de Tyne Daly (Cagney and Lacey). La obra está basada en unas clases magistrales que dio Callas en la Juilliard School de Nueva York en 1971 que, según los informes prestaban gran atención a los detalles técnicos. Terrence McNally escribe un guión con cierta tendenciosidad, buscando perfiles monomaniacos de una diva que pontifica sobre el arte. Una quejica que crítica a sus compañeros y menosprecia a los tres estudiantes a los que debe conducir. La Callas convertida en un engendro sagrado, paródico con ciertas frases de una vulgaridad chocante: “Un aria sin caballeta es como el sexo sin orgasmo". Fueron varias las grandes damas de la escena las que acometieron el reto de interpretarla sobre las tablas, siendo la más memorable la de Patti LuPone, una extensa paleta de registros y recursos, con un dominio absoluto de la escena.

Incluso con la excelente recreación de Tyne Daly, el personaje no dejaba de parecer caricaturesco al lado del carisma real de la cantante, con una hiperbólica confianza en sí misma o en la versión de Carolyn Hennesy. Pese a ello, no hay que negar que Daly   aporta al personaje una humanidad vulnerable y una valentía para la supervivencia que redimen al personaje. Curiosamente el mismo McNally había escrito otra obra mucho mejor sobre la cantante titulada “The Lisbon Traviata”. La interpretación de Carolyn Hennesy aporta el señorío de una dama de la escena, disciplinada, detallada, valiente. Una maestra en su oficio como Callas lo era en el suyo. Master Class es una obra arriesgada, difícil, que solicita de actores-cantantes líricos para mostrarnos el retrato inquietante y tortuoso de la diva y un repertorista consumado al piano. “Esta es una clase magistral, no es consultorio de un psiquiatra”, advierte al principio de la obra. En 1995, Zoe Caldwell estrenaría la función en Broadway que llegó a 598 representaciones.




Norma Aleandro la interpretó en el Teatro Maipo de Buenos Aires y en el 2012 se hizo otra versión. Toda una lección de elegancia escénica, de saber estar sin buscar la imitación, con excelente gestión de lo emocional y huyendo de atisbos de histrionismo, soportando el peso de la obra como lo hacen los grandes. Una diva reinterpretando a otra diva.

La primera mujer de ascendencia griega que intepretó a La Callas fue María Mercedes, que obtuvo varios premios por la obra. Otra actriz griega, María Nafpliotou que agotaba las entradas en cada sesión.

En España, Mabel Ribera se mete en la piel de la cantante, enfocando la obra como un musical al estilo del melodrama anglosajón, incidiendo en la dicotomía artista-persona y huyendo de la mímesis del personaje para reflexionar sobre el sentido de la actividad del intérprete. Nuria Espert ya había montado la obra, donde la artista recorre sus experiencias vitales, su vida amorosa, sus complejos y su mito, obteniendo merecidamente un Fotograma de Plata Teatral por una Callas memorable que paseó por media España.




En 2022 el montaje musical llamado “Mitos”, dirigido por Blanca Rodríguez se adentra en la leyenda lírica de carne y hueso, protagonizado por la soprano Rosa Pérez, la actriz Paola Morales y el pianista Sergio Alonso, basada en el teatro con música y voz en directo. Arranca con María en su apartamento parisino en el ocaso de su carrera, dividida en dos momentos vitales: La realidad del piso y los momentos de ensoñación donde la música es la protagonista para llevarnos por las luces y las sombras del ser humano. Al final de la obra conecta con el mito de Medea, película que le habría perseguido toda la vida. En el Festival de Peralada se le dedicó una noche con la lectura por parte de la actriz Mónica Beluchi que se puso en su piel a través de la lectura de cartas y archivos privados. El espectáculo titulado “María Callas, lettres et memories”, unió ópera, cine y música, con la voz de la actriz leyendo en francés los textos y vistiendo vestidos pertenecientes a la diva. Estuvo dirigido por Tom Volf, el mismo que realizó “Callas by María”:

Master Class (Faye Dunaway ¿2014?). Dunaway compró los derechos de la obra teatral para dirigir ella misma la película. Desafortunadamente el proyecto no salió adelante. Al Pacino sería Aristóteles Onassis y Val Kilmer y Alan Cumming completaban el elenco. La producción fue un desastre y de difícil financiación. En 2013 había completado la mitad de la película, pero en 2014 abandonó el proyecto. El mundo del cine se quedó sin la posibilidad de disfrutar en la pantalla de la experiencia de una actriz que ya había recreado a Callas sobre los escenarios. “Esa mujer cambió una forma de arte y no mucha gente puede decir eso. Callas es a la ópera lo que Fellini es al cine.” De hecho Dunaway aceptó el papel en el teatro con la condición de comprar los derechos. El anunciado proyecto de HBO para que Merryl Streep habitase la piel de la cantante, hasta la fecha no ha llegado a puerto dado que iba a ser dirigido por el fallecido Mike Nichols.



Callas (Niki Caro. 2024) Biopic con Noomi Rapace en el papel de María Callas. Centrada en la relación de la diva con Onassis. Se trata de una adaptación de la biografía escrita por Alfonso Signorini titulada “Too Proud, Too Fragile”. Una diosa que anhelaba ser una mujer normal. La vida de una mujer extraordinaria cuyo deseo más profundo era llevar una vida ordinaria.

Callas absoluta (Phillippe Kohly. 2007). Documental que examina la leyenda de la soprano desde su infancia problemática en NY hasta su carrera, pletórica de escándalos. Encontramos diversas entrevistas de archivos y filmaciones de la época, algunas grabadas por Aristóteles Onassis.

María by Callas (Tom Volf. 2017). La obra de Tom Volf muestra dos personalidades disímiles. La que aspira a un vida sencilla, a la belleza de lo cotidiano. La otra, sueña con la fama.

El próximo proyecto cinematográfico relacionado con La Callas ha sido anunciado con la dirección de Pablo Lizarrán y sería interpretada por Angelina Jolie, llevando por título “María”. Los intentos de mantener viva su memoria pasan por resucitar en holograma interpretaciones de la diva, misturando tecnología láser con orquesta en directo, remasterizando las grabaciones en un espectáculo titulado “Callas in Concert”. El tiempo dirá si estos experimentos de ópera virtual tan solo son una moda pasajera o un enriquecimiento del arte a través de los avances tecnológicos.

Escrita por la soprano húngara Sylvia Sass (libreto) y el compositor Alberto Roque Santana, la ópera “La Diva” está escrita para gran orquesta y coro en ocho escenas y dos actos. Sylvia conoció a La Callas en un encuentro facilitado por Leonard Bernstein. Callas la recibió poco antes de morir y el encuentro fue algo incómodo al principio, pero culminó con María dándole todo tipo de consejo y diciéndole que “el arte es sagrado”. Este es el punto de partida de una ópera detenida por la pandemia y aún no estrenada.



La prima donna ha sido referida en una canción de REM, en una moneda para coleccionistas de 10 euros, tiene una placa en el hospital donde nació (Flower Hospital), también un asteroide lleva su nombre. Diversos músicos, no operísticos, han homenajeado a Callas y rendido homenaje en sus canciones. Celine Dion lo hizo en su canción “La Diva.

María Callas fue un fenómeno dionisiaco, un verdadero hito cultural de una trayectoria irrepetible. En el terreno operístico rescató del olvido obras que almacenaban polvo en los anaqueles. Se identificó con los papeles a un nivel de fisicidad extraordinario. Su Tosca (Puccini), posee una identificación casi existencial con la protagonista. Ayudó a la recuperación de Norma (Bellini), casi cien años olvidada, con una interpretación conmovedora y emotiva, huyendo de las propuestas puristas y apolíneas de las sopranos puramente belcantistas, derrochando las aptitudes escénicas que solicita la ópera. En La Traviata (Verdi), el espectador puede empatizar en propia piel con la muerte y pasión de Violetta. De un verismo sobrecogedor. Según la crítica había superado a todas las “traviatas” anteriores. En la exhumación de repertorios olvidados reveló su omnímoda capacidad de mímesis. En La Vestale (Spontini), deja escapar todo el poderío vocal y visceral que poseía. El publico podía observar como se mimetizaba con los personajes, derramando la experiencia interior que solicitaba cada rol. Como en “Lucía de Lammermoor” (Donizetti), donde el aria de la locura alcanza niveles estratosféricos. Casi corpórea en la Medea (Cherubini), telúrica, hipnótica. La interpretación de la diva es casi una declamación helénica más que una ópera. Asombrosa en su vertiente pícara, fatal y sensual para la Carmen (Bizet), donde toda la sensualidad sonora y el erotismo latente se desatan en su expresión y sus cuerdas vocales. De un cromatismo soberbio. 



En Macbeth (Verdi), el sentimiento doliente de la metasoprano nos invita al abismo, a la oscuridad, en un papel vocalmente señero. Muestra de su enorme versatilidad e intuición escénica, es Il Barbiere di Siviglia (Rossini), donde rompe con los tópicos fatalistas. Su Rosina está plena de sensualidad, y comicidad entrañable. Moviéndose en la ópera bufa con la dignidad y el poderío habituales. De hecho, fue en un recital, finalizado con un fragmento de “Il Barbiere” en el que Onassis cayó rendido a sus pies y se acercó al camerino a felicitarla. Pero esa es otra historia. María Callas fue capaz de abarcar toda la escala de ornamentaciones, con dominio de una gama de tonos extraordinariamente rica, fundiendo timbre y gama dinámica, recreándose en el portamento, deslizándose con fluidez de una frase a otra. Atacando las notas con vehemencia y potencia. María Callas podía cantar cualquier cosa escrita para voz femenina. Los restos de la divina Callas fueron esparcidos en el mar Egeo, donde ahora descansan la mujer y la artista. Mecida por el oleaje...

Yo soy María, pero dentro está La Callas y debo estar a la altura de ella. Lidio con ambas como puedo”