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miércoles, 4 de mayo de 2016

Eisenstein en Guajanato. Ególatra delirio visual




¿Producto selecto para gourmets cinéfagos? ¿Delicatessen visual en homenaje a una figura emblemática?  ¿Ida de olla del ínclito Greenaway? En medio de los acordes de Prokófiev, Eisenstein llega al México mitológico, obviando el encarcelamiento real que sufrió en el país. El bombardeo de imágenes, técnicas multimedia, experimentación visual o información historiográfica es apabullante desde las primeras secuencias. Tan sólo en un par de minutos el espectador adocenado, palomitero o excesivamente conservador, abandonará el visionado de esta catarata de información sensorial epiléptica. El connaisseur se apoltronará en su sillón con la certeza de que va a ver algo completamente distinto. No hay dudas sobre la admiración que profesa el británico por el director soviético, sin el cual el cine no sería lo que es.
                 



Una edición dinámica, trufada de elementos experimentales multimedia: cortinillas, proyecciones, cámara giratoria, sobreimpresiones, triples paneles (homenajes a Abel Gance), bombardean al espectador a ritmo de ametralladora, con una verborrea visual equiparable al irritante soliloquio del protagonista, que parece a punto de convulsionar en algunos momentos. Un ingeniero civil biografiado por un arquitecto/pintor. Dos puntales de la cinematografía en mundos disímiles en cuanto a concepto formal pero con un mismo objetivo. Se percibe el Greenaway arquitecto en el modo de acometer los planos, con profusión de columnas, encuadres y referencias arquitectónicas, en las líneas de fuga de los encuadres casi pictóricos y la composición a cuadricula. 
El finlandés Elmer Bäck opta por el histrión para recrear a un Eisenstein hiperbólico, desmesurado (y despelotado), demencial, casi esquizoide. Porque todos los estilemas del cine greenawayano se encuentran palpitantes en esta cinta. Sigue presente su afición a despelotar al personal; con los desnudos menos eróticos del cine, la utilización de todos los recursos narrativo-visuales que el mundo multimedia le permite, o la integración del entorno arquitectónico y decorativo como un personaje más en la secuencia. Sobre una anécdota leve levanta el edificio de un Eisenstein, vestido de blanco inmaculado, fascinado por un país donde se venera la muerte y hechizado por un guía; notablemente interpretado por el cantante dominicano Luis Alberti (La Jaula de Oro, Carmín Tropical); que le introduce en los secretos de la pasión. Los planos donde ambos toman café y comienza la relación visualmente, son un prodigio de concisión narrativa. 

Estos diez días que conmovieron a Eisenstein, son narrados con derroche visual y ritmo anfetamínico. Con profusión de datos sensoriales e históricos que terminan apabullando al público. Condensar tan excesivo uso de referencias, presentar la inmensa galería de personajes carismáticos (Frida Kahlo, Diego Rivera, etc) obliga a mirarlos de soslayo. Sin interiorizar, ni solicitar juego dramático. Este “Eisenstein en Guajanato” es sobre todo una travesura visual, donde el artesano se recrea en su mundo particular. Una gran carpa donde el mago Greenaway ejecuta su gimmick para disfrute de fervorosos seguidores, poniendo énfasis en lo visual, y en peligroso equilibrio la densidad dramática de los personajes. Un catálogo de disquisiciones filosóficas, políticas o artísticas. 

Eros y Tanatos planean vertiginosamente a través de ese desfile del “Día de Difuntos”, por esos callejones alucinatorios, por esos despelotes gratuitos, unido a la bizarrada argumental. Navegando por una narrativa excesiva e hiperbólica. Eisenstein y el director galés comparten disconformidad con la estructura con la que trabajan. Y aportan soluciones visuales totalmente diferentes. Se sabe poco de la estancia del maestro soviético en México. Por tanto las obsesiones del autor se dirigen al campo dominado por Eros (su relación con el guía nativo) y Tanatos (la visión de La Muerte intrínseca a la cultura mexicana). El viaje iniciático y la bipolaridad (el Pathos) hacia su oculta condición sexual ocupa gran parte del metraje. 

Un metraje en el que el director se olvida un poco del objetivo cinematográfico de su viaje, dejando fluir su narcisismo casi hasta lo caricaturesco, dentro de un barroquismo visual que; como acostumbra el galés; roza el exceso (lo grotesco) y lo políticamente incorrecto. Nada más lejano de un biopic que esta elucubración visual, que este derroche de palabrería, que esta iconoclastia que llega a presentar al director con una bandera roja introducida en “salva sea la parte”, ocupado en sus escatológicos dibujos “subidos de tono”. Greenaway convierte la imaginaria biografía en un rebuscado ensayo de las posibilidades de lo audiovisual, eclipsando con su ostentación la densidad dramática que se podría haber extraído del cineasta soviético y su circunstancia.


 En ocasiones el creador flashily predomina sobre la precisión biográfica. La película ¡Que Viva México ¡ quedó inconclusa, siendo montada por Grigori Aleksandrov basándose en los “storyboards” que realizara Sergei, trabajando sobre más de 50 kilómetros de celuloide. Desconocedor de la mesura, el cineasta que regalara a la historia joyas como “Prospero Book”, (personalísima versión de “La Tempestad”, pletórica de virilidades al descubierto) “The Baby of Macon” (de terrible desenlace), “La Ronda de Noche” o el apabullante experimento visual “M is for Man”, utiliza la pulsión sexual y la tanática, como armas para el viaje iniciático de un artista que ha reflejado la muerte, en sus películas (El Acorazado Potemkim) pero no la conoce. Un director que lleva una maleta con pornografía, pero aún es virgen. La incontinencia visual llega a apabullar. El alarde del “más difícil todavía” incluso a dejar en segundo plano el itinerario vital del personaje, que nunca encuentra reposo entre tanta parafernalia compositiva, entre tanto lienzo en movimiento, tanto gran angular y travellings circulares inagotables. 
En principio las intenciones de Greenaway le llevan al terreno de la trilogía sobre la vida del director soviético. Elmer Bäck extrae todo su arsenal pirotécnico. Juega con el registro del clow, con un sesgo bufonesco (y pueril) que recuerda al “Amadeus” de Tom Hulce. Hiperventila, insufla al personaje adrenalina narrativa y florido diálogo (monólogo). Agota al espectador con su excentricidad. También hay tiempo para darle lo suyo a las hordas totalitarias estalinistas, que sospechan del cineasta y de la fidelidad de su ideología. Tras su vuelta, el letón realizó obras como “Iván el Terrible” y “Alexander Nevsky”, más cercanas a la ortodoxia del Régimen. La puesta en escena es concienzuda, rebuscada, petulante a veces. Bajo la piel subyace toda su formación pictórica, arquitectónica, matemática y un largo etc que contribuyen a crear el “universo Greenaway”, cuyos parámetros provocan rechazo extremo o fervientes seguidores. La fotografía de Reinier van Brummelen posee un cromatismo chirriante, mezclado con blanco y negro, que refleja la idiosincrasia del lugar con certeza. Acceder a este “Guajanato” es un ejercicio de asimetría, un desplazamiento constante entre pantallas múltiples, querencia por el croma y movimientos llevados al paroxismo. 

Es una invitación a formar parte del artificio/excusa que sirve al director para sacar todo su arsenal visual y conceptual. A escapar del purismo a ritmo de taquicardia. Hay  mucha metaliteratura en este episodio cinematográfico sobre la creación de una película donde se entremezclan realidad y ficción, las elucubraciones del galés, y el soviético como personaje fílmico. Esta carta de amor no es apta para espectadores adocenados a quienes se aconseja huir de ella como de la peste. La obra no ha resultado grata en Rusia, como era de esperar. Un país donde las libertades personales todavía dejan mucho que desear.
 

El resto de desprejuiciados, podrá dejarse llevar por este vendaval manierista, jubiloso de erudición visual y didactismo historicista. O dejarse atrapar por la bacanal de Eros y Tanatos (exultante de gozo) que derrama el director (despelotes aparte) más iconoclasta, irreverente, provocador y rompedor de tabúes del imaginario fílmico actual. Y todo ello aderezado con Prokofiev y canciones tradicionales de México.

 

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