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miércoles, 22 de junio de 2016

Trece Minutos para Matar a Hitler

                                       

 En el imaginario de la historia contrafáctica, el término “What if” hace referencia a las posibilidades de cambiar el pasado alterando una de las premisas. Carente de cualquier rigor académico el “Que habría pasado si?” ha quedado como recurso para el mundo del fantástico, las ucronías y (sobre todo) como posibilidad “ad infinitum” para el mundo del cómic y la historia alternativa, pero carente de cualquier rigor estadístico o científico y más hermanado con el campo de la especulación. El mayor ejemplo relativo al tema que nos presente esta película, lo tenemos en la novela negra “Patria” (Fatherland), escrita por Robert Harris en 1992, donde se nos presenta un mundo en el que el Tercer Reich; vencedor de la contienda; mantiene una guerra fría con Norteamérica. La investigación rutinaria de un asesinato en el río Havel, de uno de los miembros del partido nazi, desvelan un oscuro secreto guardado durante años. La “Germania” de la novela sigue los parámetros idealizados por Albert Speer y Hitler en sus conceptos arquitectónicos y megalomanía urbana. La trama consigue una certera interacción entre personajes históricos y novelados. En el año 1994, la cadena HBO decidió filmar este guión, teniendo como protagonista a Rutger Hauer, facturando un producto notable y de interesantes ramificaciones para los “connaisseurs” de este periodo. En esta siniestra utopía se pueden encontrar también los miembros de la “Rosa Blanca”, que ya aparecieran en “Sophie Scholl “, limitados al reparto clandestino de panfletos o pintadas contra el Régimen. 


En “El Hombre en el Castillo” de Philip K. Dick (1962), premiada con el Víctor Hugo, las fuerzas del EJE ganan la guerra. El autor de ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? nos presenta un futuro angustioso. La serie fue avanzada por Amazon y se habló de su lanzamiento en 2015 con Ridley Scott como productor ejecutivo y un gran trabajo de investigación sobre arquitectura, etc, para recrear una de las mejores obras del autor. Fue lanzada coincidiendo con el estreno de Netflix de su serie puntera ”Jessica Jones”. De momento la única temporada (diez episodios); aunque anunciada la segunda; difiere en algunos aspectos del libro genésico. Es difícil aventurar otro resultado. Si BBC, que en principio se interesó por la adaptación, hubiera aplicado sus parámetros de pulcritud en puesta en escena, calidad narrativa y prestigio, estaríamos hablando de otra obra completamente distinta. 
El existencialismo del original escrito, desaparece para dejar paso al predominio del thriller, con personajes añadidos, sustitución del libro descrito en la novela por rollos de celuloide, etc. Su mayor pecado ha sido estirar en exceso el número de capítulos, con un ritmo voluntariamente retardado, que diluye el conjunto y no insuflar vida a los personajes en aras de un concepto “Scifi” para adoradores irredentos del autor. Sobre todo acusa la carencia de un matiz que la obra que analizamos posee (todo el cine europeo en general): la cotidianeidad. La rutina vital y humanidad de los personajes. Ese costumbrismo o cotidianeidad que tan certeramente reflejan las cintas europeas de este periodo, y se les escapa a la parafernalia de las producciones como “Malditos Bastardos” y productos similares. Hay que destacar el trabajo de Rufus Sewell, dándole vueltas al lugar común y al tópico del sádico SS, también la creación del siempre eficiente Cary-Hiroyiku Tagawa, interpretando al ministro Japonés, país que se enfrenta a Alemania en la trama. Con la dificultad añadida de la complejidad conceptual de algunos argumentos del autor, para su adaptación a la pantalla. “Trece Minutos para Matar a Hitler”, forma parte de ese grupo de filmes sinceros que no buscan la especulación ni el juicio moral. Tan sólo mostrar los hechos. Dejar en manos del espectador las posibles especulaciones sobre algo que pudo ser y no fue. Oliver Hirschbiegel planea una trilogía sobre este periodo histórico, que ya comenzara con la notable “El Hundimiento”, un acercamiento a la cotidianeidad del mal; alejada de los parámetros comunes y clichés; que fue criticada desde el desconocimiento histórico o la cerrazón ideológica. 



Siguiendo la senda del libro “A Paso de Cangrejo”. 2002 (no confundir con el mismo título de Humberto Eco), de Günter Grass, el mensaje “No todos los alemanes fueron culpables”, planea sobre este héroe en las sombras que pudo cambiar el curso de la historia. Hirschbiegel narra la cotidianeidad de un mundo que está cambiando. Es difícil ver películas de este periodo de un nazismo primerizo. 
Las ideologías enemigas aún conviven en comunidades rurales, cohabitan los SA con los grupos comunistas, sentados en el mismo bar. Amenazándose “afablemente” para cuando controlen todos los mecanismos del poder. “Trece Minutos para Matar a Hitler” forma parte de ese ramillete de certeras y eficientes películas que reflejan desde la perspectiva diaria, a pie de calle. Que dibujan en su paleta el modo en que los sucesos van superando a las personas. Como los seres humanos se ven arrollados por el devenir de la historia. Títulos tan impactantes como “Anónima. Una Mujer en Berlín”, basada en el diario del mismo título, con una enorme Nina Hoss soportando las vejaciones y violaciones de los “vencedores”, “Napola”; donde la amistad de dos adolescentes acercaba a la realidad de las escuelas nacionalsocialistas; la certera “Amén” de Costa Gravas; con las implicaciones diplomáticas y la actitud del Vaticano frente al Holocausto; o piezas de cámara eficientes como “Ghetto”, crónica de un grupo de músicos y actores en manos de la insanía y la barbarie. No hay que olvidar un drama terrible como es “Sophie Scholl”, la historia multipremiada de los idealistas opositores de la “Rosa Blanca”. Lo primero que llama la atención en la última obra de Hirschbiegel, es el hecho de que el protagonista, Georg Elser; es el único que parece darse cuenta de lo que sucede a su alrededor. 

Hay escenas significativas. Durante la proyección de la película propagandística en la carpa, observa los rostros de sus vecinos. Extasiados por los progresos, por ser protagonistas de la historia. Durante la pesadilla producido por la inyección, su rostro es el único entre la multitud que no comparte el entusiasmo fanatizado. Realizada a base de flashback que recuerdan los tiempos más felices, alternados con la tortura y los interrogatorios, consigue mantener un acertado equilibrio en la ambientación y fotografía de cada periodo, que se distinguen como mundos distintos merced al uso cromático y la intensidad narrativa. No es la primera vez que el cine trata el tema de los atentados contra Hitler (se calcula que fueron unos 42 en total). Quizás la aproximación de mayor calidad y sabiduría llegó de la mano de un director exiliado de la Alemania nacionalsocialista: “El Hombre Atrapado” (1941), una joya del suspense con premisa “hitchoniana”. Interpretada por Walter Pidgeon y Joan Bennett, donde el hombre es cercado en una parábola sobre la mirada hacia de la comunidad hacia otro lado.

El film contiene interpretaciones memorables, como la de George Sanders como oficial alemán. Un mecanismo de relojería; en clave de thriller de espías; con el fatalismo inherente a toda obra del genial monóculo. Lang juega con el minimalismo que obliga la limitación de presupuesto. Los escenarios superan sus restricciones gracias al trabajo de cámara y su habitual juego de sombras expresionistas. La fotografía siniestra de Arthur C. Miller (Canción de Bernadette), imprime su huella en este clásico thriller. La novela originaria “Rogue Male” de Geoffrey Household, es una recomendable y entretenida lectura. La bomba colocada en la cervecería Bürgerbräukeller no dio resultado. El tirano se marchó trece minutos antes. El enfrentamiento entre el autor del atentado y sus torturadores es conducido; alternando con escenas del pasado; desde el punto de vista del enfrentamiento entre dos ideologías que no se comprenden. 

El trenzado de flashbacks es acertado e imprime ritmo a los rutinarios interrogatorios de la Gestapo, arropados por la acertada fotografía de Judith Kaufmann. Esta claro que al director se le dan mejor estas incursiones en la historia de a pie, que realizar remakes (Invasión) de clásicos de la Ciencia Ficción, o fallidos “biopic” como Diana (2013). El oficial SS interpretado con maestría por el actor Burghart Klaussner (Tren Nocturno a Lisboa), intenta comprender los motivos de Georg Elser, empatizando con él. Lo cual es difícil dado el carácter cerebral del carpintero. Años después este ex­-oficial; Artur Neve; sería colgado de un gancho de carnicero por participar en el atentado denominado “Operación Valkiria”. Su ejecución en la horca es reflejada en la película crudamente, con rigor histórico. Tomando como referencia el terrible documental “Valkiria” (1979) donde los nazis grabaron con cámaras ocultas y sin descanso; para disfrute de Hitler y sus secuaces; todos lo detalles de la humillación de los participantes en este atentado, llegando al extremo de tenerlos descalzos o con pantalones enormes, sin cinturón, para que tuvieran que estar agarrándolos y perdieran toda dignidad humana. La intención de las grabaciones era realizar una película titulada “Traidores ante el Tribunal Popular” como panfleto propagandístico. 


Los jerifaltes se dieron cuenta que el resultado de visionar las grabaciones, era justamente el contrario. Se declaró “máximo secreto del Reich” y se ordenó la destrucción del material filmado. En 1979, la copia enviada al extranjero fue localizada y restaurada en 2008 para rescatar aquellos hechos. Elser tuvo la condición de “prisionero especial”, dado que no creían en su individualidad.  Trataron de encontrar una conspiración hasta el último momento, en que es ejecutado. La distinción cromática entre el pasado y el interrogatorio es brutal. Los días plácidos del Lago Constanza, de los bailes, del acordeón, están filmados con colores cálidos, sobresaturados. La iluminación de la comisaría y la celda es fría, dramática, de luces intensas y agresivas. Juega con la humedad, con el metal, con el potente foco torturador, que dejan encendido para romperle el espíritu. Elser fue un visionario que anticipó lo que estaba por venir. Donde sus conciudadanos sólo veían progreso, trabajo o bucólica participación en actividades. Pero fue una decisión lógica y fría. No una conversión damascena con aparición milagrosa incluida. El hecho de que el carpintero Elser fuera cristiano, debió dificultar espinosamente su decisión. Los momentos de vida cotidiana están bien desarrollados. Son esas vivencias en que los jóvenes de las “Hitlerjugen” se burlan de su familia cuando va a misa, cuando grupos femeninos de la BDM desfilan bucólicamente con banderas y trenzas doradas, o los capitostes de camisa parda discuten y amenazan a los miembros del Partido Comunista. Son esos los instantes de los que carece el cine norteamericano, cuando refleja con su particular parafernalia la vida cotidiana del hombre de a pie en aquellos años. 

Fred Breinersdorfer fue también guionista de Sophie Scholl. Aquí firma un guión dedicado a la redención de la imagen de Gregor Elser, dejando como episódicos el resto de personajes, sobre todo los femeninos. Un ejecutor que convive con su cargo de conciencia por haber matado a varias personas. Destacar los correctos papeles de Catarina Schüttler (Todo un Hombre), capaz de trasmitir en la brevedad de sus encuentros toda la aflicción del mundo que les rodea; y el suyo en particular con un marido maltratador; o el oficial nazi que recrea Johann von Bülow (La Conspiración del Silencio). Calculador, frío y burócrata, que al final del metraje cuelga de un gancho burocráticamente a su antiguo camarada Artur Neve. El concepto estilístico elegido por el director (constantes saltos en el tiempo y cambios de inflexión narrativa), puede ser un lastre frente a la densidad requerida en estos hechos. Pero es el juego de contrastes decidido por el autor para enfrentarnos a este acontecimiento histórico casi desconocido. La apuesta por mixturar los momentos de romanticismo alemán, los bucólicos días prebélicos, la narración costumbrista, con el espacio claustrofóbico, la violencia institucionalizada y la inexorabilidad del destino, era un envite de alto riesgo. Pero el director carga las tintas contra todos los integrantes de esta partida de ajedrez: los militantes comunistas; arrancados de un cartel pronazi de la época; son de la misma catadura y fanatismo que sus contrincantes en el tablero. Adolece la cinta de un tratamiento más sugestivo de los oficiales SS, que podrían haber dado mucho más juego (sobre todo Artur Neve), si el maniqueísmo que es propio a estas incursiones les hubiese ofrecido más juego dramático en el exterior de la sala de interrogatorio. No es la primera vez que el lienzo histórico se desarrolla en remotas poblaciones donde va arraigando la naciente ideología. 
Ya en la notable “Heimat” (primeramente en la serie. 1984), el realizador Edgar Reiltz mostraba el mundo interior de una ficticia localidad germana. Situada en los años 40, la película “Heimat. La otra Tierra”, introducía en un glorioso blanco y negro, con penetrantes movimientos de cámara, en la psique de unos personajes reprimidos en el hogar, controlados por la clase dominante, aplastados por las Fuerzas de Seguridad. Una metáfora visual para explicar un pasado del que es necesario aprender. Toda la lucha del aparato represor de la Gestapo, conspira para catalogar al carpintero Georf Elser en alguna organización revolucionaria, imbricarlo en una conspiración que ellos pudieran manipular. El resultado es estéril. Si algo reivindica este guión, es la individualidad y la voluntad de Elser de acabar con lo que iba a ser una debacle para su país. El valiente ebanista lo hace sin dejarse manipular por ninguna de las ideologías confrontadas. Por el bien común. Quizás el realizador podría haber metido el dedo en la llaga, afrontando la incertidumbre del personaje; cristiano practicante; frente a la vertiente negativa de su acto necesario. Pero habría caído en el terreno de la especulación, al no existir declaraciones o reflexiones escritas del malogrado Elser (excelente Christian Friedel). El diseño de producción, cuidado y respetuoso, como es común a las producciones europeas de esta época, al contrario que los productos de ultramar que prestan poca atención al detalle, la idiosincrasia y el entorno histórico. Elser sobreviviría paradójicamente hasta el final de la guerra (Abril de 1945) en que fue ejecutado en Dachau. Poco después Alemania se rendiría. Seis ciudades alemanas rinden con sendos monumentos, un homenaje a la memoria de quien no se dejó aplastar por el miedo, como la mayoría de sus compatriotas. El director huye del melodrama al uso, enfocando con sinceridad y honestidad un tema espinoso en un ejercicio de reivindicación histórica obligada.

Lo peor: El instante rodado en “ocho milímetros” del sueño del Pentotal Sódico. Demasiado obvio y adocenado.


Curiosidades: El Maestro de Escuela de “La Cinta Blanca” (2009) era Christian Friedel

Momentos divertidos: Ante la presión de los interrogadores para que desvele quien le dio las órdenes, Elser les contesta que Churchill le llamó a la panadería del pueblo…

Existe una” leyenda urbana cinéfila” que sitúa la balada tradicional “Scarborourg Fair” en su primera aparición cinematográfica como BSO de la película “El Hombre Atrapado”. No pierdan el tiempo buscándola.

El oficial interpretado por Georges Sanders en “El Hombre Atrapado”, gasta monóculo como Fritz Lang. El dedo de la pistola de Walter Pidgeon podría haber sido el de Lang, a quien le gustaba usar sus manos para tomas de primer plano.

La censura solicitó que la prostituta cockney, interpretada por Joan Bennett, tuviese en su piso una maquina de coser, para insinuar una profesión.

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