Cualquier acercamiento a temas
tan controvertidos como la propuesta de Mientras
dure la guerra (Alejandro Amenábar.2019), obliga al crítico a caminar
cautelosamente. A sobrevivir entre los “hunos” y los “otros”. En cualquier
reseña que se realiza sobre un film, surgen diversas y contrarias opiniones. A
veces se tiene la sensación de que no se ha visto la misma película, o de que;
determinados espectadores; viven sus conceptos ideológicos de forma tan intensa
(llamémoslo así) que son incapaces de desprenderse de esa piel que les habita,
para aproximarse al arte y la cultura. Simplemente. Amenábar ha optado por
presentar un momento concreto de la historia. Aquí, lo importante no es lo que
nosotros pensemos, no lo que (a priori) estemos dispuestos a opinar, si esta
opinión no se centra en aspectos exclusivamente cinematográficos. Efectuar una labor
de arqueología en el argumento, corresponde a los historiadores.
Es cierto que el guión está
habitado de diversos errores históricos, pero
la pregunta que debemos hacernos es, si este particular afecta a la
diegética narrativa. No contemplar la historia que nosotros hubiéramos deseado
que se contara. Eso no es cine, eso es veredicto personal. Y no sirve para
valorar el hecho artístico. Aquí es Unamuno el protagonista. Su profundo
sentido de encontrarse en medio de una tormenta, su lucha contra la
contradicción, su actitud frente a las atrocidades humanas, vengan de donde
vengan. El resto es puro atrezzo. El enfrentamiento entre la intelectualidad y
la reflexión del hombre que trata de encauzar su vida por el camino de la
lógica, frente a la barbarie que habita a su alrededor. Barbarie que no es
exclusiva de ninguna ideología. Es la España goyesca, con dos gañanes
empecinados en golpearse, en lugar de ayudarse para salir del agujero donde
están enterrados. En este sentido hay una secuencia modélica donde Unamuno
discute con su amigo el arabista Salvador Vila, enfrentando la forma de ver la
vida y el mundo. Pero dentro de unos parámetros racionales y no violentos.
Karra Elejalde está inmenso y transmite con certeza ese “sentimiento trágico de
la vida” que arrastra su personaje. El discurso está soportado sobre un diseño
de producción y una fotografía sobresalientes. Unamuno está atrapado, como
tantos otros, entre dos aguas. Ve lo que está sucediendo y se equivoca, pero es
capaz de rectificar su error, a costa de su salud y su vida. El contexto
histórico es tan sólo un envoltorio para una historia que se nos antoja
universal. La del hombre enfrentado al salvajismo, encerrado, constreñido por
las circunstancias que le ha tocado vivir. Que nos tocan vivir a todos.
No es
posible acercarse a una película, habitado de clichés, lugares comunes, filias
y fobias. Máxime en un terruño donde el analfabetismo histórico se tiene por
bandera y el afán de investigación del personal termina en el último gol que ha
marcado su jugador de cabecera. La lectura del pasado en presente, es uno de
los crasos errores cometidos por quienes anteponen la visceral a la realidad.
Aquellos que bucean en la historia, son conscientes de que; el pecado original
en la investigación histórica; es tratar de juzgar hechos pasados con
parámetros actuales, Si además le añadimos la falta de preparación y
conocimiento, el cóctel es explosivo (con certeza un cóctel Molotov).
Es la “España Invertebrada” de Ortega, son las “dos Españas” certeramente machadianas.
Desde ninguna perspectiva, que no sea la exclusivamente histórica, se pueden
abordar estos particulares, si realmente queremos comprender, aprender y extraer
conclusiones enriquecedoras o cauterizadoras. En la pantalla el defecto suele
ser el contrario. El exceso de academicismo puede lastrar la narrativa,
convirtiendo en didactismo histórico y clase de biografía o anales, lo que
debería desarrollarse con estructura dramática (planteamiento, nudo,
desenlace). Quizás el eslabón más débil de la propuesta amenábariana es el aspecto formal. Esa pulcritud, que lastra la
creatividad y una tendencia a potenciar el envoltorio. El aspecto externo,
frente a la veracidad cotidiana de la historia. En la otra vertiente,
encontramos la positiva humanización de los personajes. Unamuno desciende de su
pedestal de ilustre pensador, del creador trágico, del filósofo que se
angustiaba por la división entre lo real y lo ideal. Por otro lado, los
personajes del bando sublevado son presentados sin fomentar el arquetipo,
huyendo del peligroso lugar común o envueltos en su vida familiar.
Este es uno
de los peligros del cine “de tesis”.
Presentar personajes que no son humanos. Paradigmas biográficos, moldes que
rozan con el cliché y alejan del verdadero horror. La realidad es que todos los
participantes en los espantos históricos, eran personas comunes (en el amplio
sentido de la palabra). Este es el verdadero horror. Las personas, una vez
inoculado el veneno de las ideologías, son capaces de realizar actos terribles
en nombre de entelequias y seguir con sus vidas cotidianas. Mientras dure a guerra no es ambigua. Frente a la crítica que pueda hacerse,
acerca de que tan sólo aparecen dos victimas en una cuneta) a lo largo de la
película, de que se obvia el horror y la sangre que estaba corriendo, también
podría objetarse que no se presentan en ningún momento las motivaciones de
Unamumo para apoyar a los sublevados en un principio. No eran otras que el
horror y la sangre que ya llevaban un tiempo apoderándose de las calles. Mientras dure la guerra muestra la verdadera
naturaleza de las cosas. La vida diaria que convive con la oscuridad. Frente a
esa oscuridad, Unamumo rememora los instantes en que reposaba su cabeza en el
regazo de su esposa. Frente al horror, el recuerdo del amor. Frente a la
barbarie, la ternura de amar a otro. Y a día de hoy, seguimos sin aprender
nada…
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