miércoles, 8 de junio de 2022

Esperando la carroza. La comedia de los reproches. Suripanta Teatro. Versión de Esteve Ferrer


 

     


                            

Esperando la carroza” es una de las comedias más representativas del “grotesco criollo”, hoy en día convertida en un clásico y referente de la dramaturgia porteña. En esta obra, Jacobo Langsner condensó, dibujando prototipos de la clase media-baja, toda una oda a esas situaciones familiares; desgraciadamente reales; y a esos personajes, aún más reales. El director Esteve Ferrer ha pulido aquellas aristas del original que se enraizaban en exceso en la cultura hispanoamericana, que podrían producir una sensación de extrañeidad o ajeneidad entre el público y alejaban del concepto, más europeo, contemporáneo y cercano, con el que aborda la dramaturgia.

Eligiendo como estética un costumbrismo, cercano a neorrealismo, la veterana compañía Suripanta pergeña  una comedia disparatada, desopilante, ácida y plena de inteligente  humorada negra. Entre las grietas de inteligentes y corrosivos diálogos se cuelan mensajes tan importantes como la situación de nuestros mayores en la sociedad; ese oculto descarte de la tercera edad; el egoísmo latente de los hijos o la telaraña de relaciones tóxicas que; a través de los años; traza la geografía familiar.

Es el principio de una sinfonía de reproches familiares donde el espectador reconocerá la realidad de su cotidianeidad, la lacerante verdad, las amonestaciones, las segundas intenciones y comentarios sotto voce  que en todas las familias surgen. No es de extrañar que, en su momento, la obra produjera el rechazo de ciertos sectores (incluida la crítica) ya que en el espejo social que nos muestra, es fácil reconocerse. El rechazo se refería a la visión de la familia cristiana, el culto a los muertos y los irrespetuoso de la obra, definiéndola como bocaccisca, en la traducción de chismosa, charlatana o bocazas. Obviamente aquellos cronistas no supieron leer entre líneas la inteligente crítica social y la carga de profundidad de este “grotesco rioplatense”.

La adaptación elimina localismos (querés, acostás, vos, reíte, pelotudo, falluta), elimina momentos como la toma de datos de la desaparición de Mama Cora por parte Peralta, o la noticia en la televisión y la dureza lingüística de algunos diálogos (¡Vieja de mierda, la puta que te parió) (La puta que los parió, maricones, para que aprendan), desaparecen personajes (la sorda, Doña Gertrudis), buscando fluidez en la narrativa y transformar en un neosainete disparatado (no exento de mensaje), lo corrosivo y grotesco de la obra genésica, algo alejada de los parámetros actuales, para llevarla al terreno de las emociones cotidianas y su toxicidad, con una visión propia. Aunque por mucho que se pode el árbol, la carga de profundidad social, política y humana del texto sigue siendo un revulsivo en la actualidad.

La armazón dramática de esta divertidísima sátira, esta soportada sobre los arbotantes de unos actores en estado de gloria (difícil destacar alguno), que desarrollan estos personajes-prototipos dotándolos de vida propia y diversidad de matices. Pese a tratarse de una propuesta coral, es obligado reconocer que todos los actores extraen lo mejor de sus personajes, incluso en los papeles más breves como la bonachona Mamá Cora (prácticamente convertida en personaje fantasma, excepto en el inicio y el epílogo) de la que, el versátil Jesús Martín Rafael, extrae todo un catálogo de realidades (bondad, perplejidad, humor) pese a la brevedad del papel. Al igual que en la película, Mamá Cora es interpretada por un actor. El otro personaje de grafía episódica es la joven Matilde, una niña zangolotina y makinera, que vive inmersa en sus melodías ochenteras, interpretada con acierto (e hiperactividad) por Marina Morales. Los personajes que interpretan Ana Trinidad (Elvira) y Paca Velardiez (Nora) son dos verdaderos regalos para cualquier actriz. La frivolidad de la adultera Nora, la femme fatal, está acompañada de un acertado lenguaje gestual y notable sentido del humor, componiendo un personaje entrañable en su patetismo y cercano en sus imperfecciones humanas. Elvira es un arquetipo del cinismo pagado de sí mismo. Nihilista, epicentro de la hipocresía y la falta de empatía. Ana Trinidad regala un personaje divertido en su crudeza humana y en su capacidad de darle la vuelta a la tortilla, con amplio dominio del timing y una vis cómica notable.

Entre el acertado decorado, cuyas piezas cambiables representan el interior de los pisos  o un jardín hay todo un mundo que gravita en torno al chime, el flujo de información (o desinformación) que desemboca en el hilarante momento del (supuesto) funeral, donde todo modo de conducta racional o esperada por parte de los asistentes es pura coincidencia.

La máscara desaparece y cada protagonista aparece como es en realidad. Quizás sea el personaje de Susana, un rol que desarrolla con naturalidad y eficacia Ana García, el único positivo en este maremágnum de cinismo, histeria y egoísmo que se despliega en el escenario. Pedro Montero encarna a Sergio con su habitual vis cómica. Un personaje que se define por sus palabras, como en el instante en que todos van a buscar a Mama Cora, recién desaparecida, y deja caer que van en “su descapotable”. Pedro Rodríguez es Sergio, un hombre con cierta bonhomía y algo perezoso y Simón Ferrero encarna a Jorge, algo patán y el miembro más gris de esta incómoda familia, con su carga de culpa por su nivel de vida desdichada.  Uno de los instantes más dinámicos es la irrupción de Emilia (Matilde Donoso); un personaje que solicita difícil equilibrio entre la tragedia, el histrión y el patetismo; que la actriz saca adelante con meritorio dominio del lenguaje gestual, arrancando carcajadas desde la platea.

Esteve Ferrer se ha inspirado en la película homónima (boicoteada en su estreno) dirigida en 1985 por Alejandro Dorio, donde la familia se llamaba Musicardi. Mientras esperan la carroza que, supuestamente, trae a Mamá Cora, la familia destapa todas sus miserias. Como si de insectos se tratara, los diálogos y actitudes nos van mostrando su conducta, sus modos de supervivencia, sus desdichas. Tras el disfraz de la carcajada, la catábasis de Eurípides (descenso a los infiernos), oculto con el embozo del humor, hay una carga de profundidad que se adelanta a su tiempo a modo de fábula ecuménica.

La música eighties  sirve de transición, dotando de fluidez el desarrollo, donde no hay tiempos muertos.  Esperando la Carroza deviene denuncia social, análisis entomológico de la disfuncionalidad del núcleo familiar, caricatura de la clase media y  estudio de la hipocresía cotidiana. Moviéndose con equilibrio en el difícil territorio de la farsa, La versión de Suripanta es una notable propuesta escénica donde la combinación de lo cómico y lo dramático, el absurdo y lo cotidiano, la sátira y lo descarnado, aseguran carcajadas, reflexión y diversión. Larga vida a la familia Costa. 

                                                      

                                                             EQUIPO ARTÍSTICO

 Autor JACOBO LANSGNER Dirección y adaptación ESTEVE FERRER

Diseño de iluminación JUANJO LLORENS Diseño de escenografía MERCÈ LUCCHETTI  Diseño de vestuario  MAITE ÁLVAREZ Diseño gráfico JAVIER NAVAL  Audiovisual ANTONIO GIL APARICIO (EMBLEMA FILMS) Producción ejecutiva y Ayudante de dirección PILAR GÓMEZ Ayudante de producción JESÚS MARTIN RAFAEL Dirección de Producción  PEDRO RODRÍGUEZ

 Una producción de SURIPANTA S.L

 REPARTO

 PERSONAJES  Y ACTORES

Susana ANA GARCÍA

Elvira ANA TRINIDAD

 Nora PACA VELARDIEZ

Jorge SIMÓN FERRERO

Sergio PEDRO RODRIGUEZ

Antonio PEDRO MONTERO

Emilia EULALIA DONOSO

Matilde MARINA MORALES

Mamá Cora JESÚS MARTÍN RAFAEL

 

 

 

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