lunes, 25 de julio de 2022

El hombre y el monstruo. Robert Mamoulian. 1931. La oscuridad del otro

 

                    

 


 La literatura, el cine, el teatro, incluso la pintura, se han aproximado a la subyugante otredad que emana de la figura del doble. Un verdadero filón para la creatividad, la fantasía y el análisis de la mente. Detrás de la apariencia, del producto visual solvente, del ejercicio literario mítico, se encuentra agazapado un profundo análisis de los recovecos de la mente humana. Tras el disfraz de ejercicio artístico, la psicología y la psiquiatría se aproximan a uno de los grandes misterios: el doble. El hombre y el monstruo (Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Robert Mamoulian. 1931) es la respuesta de la Metro frente a las legendarias producciones de la Universal. Un respuesta señera, quizás la mejor adaptación de la obra genésica de Robert Louis Stevenson (aunque los exégetas de El extraño caso del doctor Jekyll. (Dr. Jekyll and Mr. Hyde. Víctor Fleming. 1941)no están del todo de acuerdo. Mamoulian consigue una conjunción revolucionaria de elementos audiovisuales, una estética imaginativa e ilimitada, junto a una vocación experimental en la forma que lo elevan por encima de la media de las versiones (algunas bastante mediocres) del mito stevensiano. 

Partiendo de la experimentación  sobre la doble naturaleza del ser humano, con el objeto de erradicar los comportamientos negativos (aislándolos y erradicándolos), el Dr. Jekyll elaborará una fórmula que diseccionará a su propio yo, escindiendo su duplicidad moral y espiritual, incluso hasta el cambio físico. El resultado obtenido con la ingestión del mejunje de Jekyll no es el esperado. La división anímica del yo deja escapar la oscuridad que anida en el hombre, la soterrada maldad, la rotura de las convenciones sociales sin importar las consecuencias sobre los otros. Porque el ser que surge desde el abismo, solicitando sus derechos mundanos, es la libertad en estado puro. Esto es sin ataduras, sin convenios, sin reflexión ni conciencia. Sin empatía. La vida, de aparente monotonía, del respetado Doctor, se transforma; durante la noche; en una desaforada búsqueda del hedonismo. Un ejercicio de libertad alternativa donde no se rinden cuentas a nada ni a nadie.  Sin importar las consecuencias.



La ventaja de su rodaje antes de la llegada del Código Hays, le permite hacer un retrato certero de la penumbra moral, de la violencia  o del erotismo salvaje y desatado. Mamoulian juega con la cámara subjetiva desde la secuencia donde no vemos el rostro de Jekyll hasta que se para en el espejo del vestíbulo. Para ello hemos seguido desde el ojo de la cámara, sus dedos sobre el órgano. La cámara subjetiva le sigue hasta llegar a la clase donde los alumnos le esperan.

Tratándose de un producto MGM el tratamiento de la puesta en escena es minucioso y lujoso. La recreación de los distintos ambientes es una verdadera dicotomía entre la reconstrucción de la vida de la clase alta con los locales de baja sociedad o la sordidez del laboratorio del investigados. Fedrich March, un actor siempre correcto, extrae de la parábola un variado juego de matices, especialmente en los momentos en que se convierte en el libertino Mr. Hyde, donde el lenguaje corporal y el uso de la voz son especialmente notables. Miriam Hopkins juega con las posibilidades de era Precode, lo cual permite gran libertad narrativa y una actitud provocadora e intensa en el personaje. Mamoulian desarrolla una variado juego de encuadres, con escaleras, espejos, etc, destilando un rico lenguaje audiovisual renovador para la época.

El juego actoral es extraordinario y la anécdota no se limita a presentarnos una historia de terror al uso. La dualidad de todo ser humano es la baza que esta en juego. Jekyll nos envía el mensaje para no ignorar esa zona de sombras en la que todos también habitamos. Ignorarla es encerrarla y no analizarla, lo cual lleva a la represión. Sobre el film planea una filosofía nietzscheana donde lo apolíneo y los instintos más primitivos habitan dentro de la misma cáscara. Jekyll se encuentra encorsetado por las normas sociales, por el orden y la racionalidad, por el equilibrio. Mr. Hyde es la cara oculta de la moneda. Una bestia sin empatía, embriagada por su instinto, sin los filtros sociales, sin freno. 



El sendero directo hacia lo dionisíaco. El argumento es un absoluto revulsivo para los bienpensantes y las buenas costumbres, porque Hyde representa las cosas tal y como son (sin el disfraz de la civilización), dice la verdad desnuda y sin ambages. A Ivy (Miriam Hopkins) lo que más le asusta del alter ego es que lee los pensamientos. Los pequeños detalles son tan importantes como el mensaje primordial. No en vano los rasgos del engendro que surge del interior de Jekyll cuando consume la poción y se libera de convencionalismos es el reflejo de nuestros ancestros. El doble es un personaje simiesco, con rasgos atávicos. Evolucionistas. El mensaje darwiniano sobrevuela los actos instintivos de Mr. Hyde. Un ser civilizado liberado de toda atadura social e histórica. El director juega con encadenados diagonales, mostrando dos actos al mismo tiempo, juega con metáforas visuales como la inmensa biblioteca (inabarcable) que nos comunica la imposibilidad de adquirir todos los conocimientos. El erotismo es elegante al tiempo que instintivo. Como muestra baste la secuencia donde una Miriam Hopkins de altísimo voltaje deja balancear su pierna desnuda (como el resto de cuerpo) sobre la cama. Travellings rapidísimos, superposiciones, cortinillas. El despliegue visual es apabullante y está perfectamente imbricado en el pathos, para concluir en esa escena (fotograma a fotograma) en la que el cadáver de Hyde retorna a su originario Jekyll ante la mirada asombrada de los policías. Primera adaptación sonora del clásico de Stevenson fue proyectada en el Festival de Venecia de 1932. Pese a sus reminescencias de “silentmovie”, lo avanzado de la planificación y la utilización de la cámara como recurso narrativo la han convertido en una referencia impecable sobre el mito del Doble. Sobre la oscuridad que habita en nuestra luz.  




Las influencias de este film podrán rastrearse después en otras obras del autor como Ámame esta noche (Love Me Tonight). 1932)  o La reina Cristina de Suecia (Queen Christina. 1933). Robert Mamoulian consigue misturar un  cuento visual de terror victoriano con el análisis certero y la disección de la dualidad humana, siempre con un espejo-metáfora como protagonista.  Y lo narra con una modernidad envidiable, con una extraordinaria puesta en escena, con un envidiable ritmo. Con sabiduría fílmica integra las teorías freudianas dentro de un aparataje que bebe directamente de la imaginería del Drácula(Drácula.1931)  de Tod Browning. Miriam Hopkins esta soberbia en su personaje de cantante cockney exhibicionista y Fedrich March borda un ancestro unicejo con  uno de los mejores maquillajes de la época. La puesta en escena londinense es de las más atractivas que se han filmado. Justificar los actos de Hyde como un apéndice escindido de Jekyll no es algo que se pueda creer. El desenfreno que se desata en el doble procede, sin ninguna duda, del interior aparentemente pulcro del doctor.

“Te lastimé porque te amo. Te deseo. Lo que quiero, lo consigo” (Hyde)

 

miércoles, 29 de junio de 2022

Luz para un paisaje. Plácido Ramírez Carrillo

 

                                                              LUZ PARA UN PAISAJE



 

Decía mi abuela (con esa sabiduría popular que va perdiendo la batalla frente a la tecnología), ese es un “culo de mal asiento”. No acaba cosa ninguna y empieza ciento. También tenía otra expresión de sabiduría cotidiana. “Ese es un reidero”; adjetivo incunable que hace referencia a personas cuyas opiniones, actitudes o conducta, únicamente producen mofa o chacota en el personal. Plácido Ramírez es un culo de mal asiento, con la diferencia de que él sí termina aquello que comienza. En un mundo cultural donde abundan esos reideros, que mi abuela detectaba con castiza facilidad, la aportación de personas como Plácido permite que la cultura sea una textura viva. No un panfleto manejado por los intereses de hunos y hotros. Gracias a todas las personas como él, que hacen posible que la literatura, la música, el conocimiento lleguen a rincones que, de otro modo, carecerían de estas posibilidades ¿Quién hace cultura realmente? Las entidades no hacen cultura. La gestionan. Pueden ser sustituidas por otras sin que apenas se note. Las ideologías no hacen cultura, la deforman. La pliegan a sus intereses, filias y fobias particulares. La cultura de base, de a pie, la hacen aquellos que poniendo muchas veces de su propio bolsillo para gasolina, llevan a un pueblo un espectáculo que combina lo literario con lo musical, ofreciendo su tiempo y sus dones un día y otro. Los que patean el camino y no piden a cambio más que unos aplausos y la satisfacción de compartir sus creaciones.




Vivimos malos tiempos para la lírica. Tiempos en los que el hecho cultural intenta ser captado, doblegado y estandarizado por causas externas. Donde el mensaje se intenta filtrar por el colador de ideologías y credos para que la comida salga en su punto. Un poco de sal y un poco de pimienta, si me permiten la metáfora culinaria. Es frecuente observar como la creación y los creadores se pliegan a lo coyuntural, a lo que se lleva, a lo que va a gustar a determinado sector o tiene más posibilidades de ser apoyado, más por su contenido que por su continente. Flaco favor se le hace a la cultura cuando se somete a lo circunstancial y lo pasajero, cuando  las características de lo artístico son la universalidad y lo atemporal. El autor de Luz para un Paisaje, su último libro poético, desarrolla también su faceta de columnista en un diario del terruño, donde entremezcla la metáfora con la textura social, la recreación del lenguaje con la observación cotidiana de la realidad y su juicio desde una perspectiva humorística. No le arriendo las ganancias (que también lo decía mi abuela). Habitamos una curiosidad de experimento social donde a nadie le gusta que le saquen los colores, pero ellos si se los sacan a los hotros, donde nadie quiere la más mínima crítica, ni reseña. Pero a ellos les falta tiempo para criticar o reseñar a los hunos. La doble vara de medir. El ancho del embudo. La parte estrecha para ti, la ancha para mí. De estos sinsabores, que Plácido irá aprendiendo conforme se introduzca más y más en esa Ítaca, para nada soñada, que es nuestra sociedad. Conforme sus artículos continúen abriendo con su bisturí literario las “cosillas” de hunos y de hotros. Con el tiempo y unas cañas (llena otra vez Josué), el poeta-articulista ha ido edificando un estilo propio, un andamiaje que combina la revisitación de la palabra olvidada, casi oxidada, de una población o grupo social, con el neologismo. Capaz de misturar la claridad de pensamiento, frente al hecho cotidiano con que nos castigan nuestros próceres un día sí y al otro también, con esa visita continua de su prosa al ámbito más poético, con certeras y cotidianas metáforas. El Plácido articulista impregna sus máximas y observaciones del entorno árido e irritante de lo social, arropándolo con el milagro de la palabra bruñida, del verbo recreado.

Como tantos otros, hace tiempo que se dio cuenta de que no existe la Arcadia prometida. El hecho cultural está sometido al hecho actual, la creación al oportunismo. Luchar contra los molinos de viento forma parte del paisaje, pertenezcan los molinos a los hunos o a los hotros.

A lo largo del tiempo, Plácido ha sido cofundador de la Casa de Extremadura de Leganés, de la Asociación Cultural “Puebla de la Jara”, director de la Revista Tamujar, colaborador en diversas publicaciones periódicas. Presidente de la Asociación de Amigos del Museo Luis de Morales o coordinador de los Lunes Líricos de la sala Ámbito de El Corte Inglés, entre otras…

Escaso tiempo a tenido para merodear por las mesas de banquetes donde se reparten las prebendas y se recogen las migajas a los que son fieles a las causas.

Luz para un paisaje es el libro número nueve del autor. Un retorno, un viaje cíclico (como todo en esta vida). Unas palabras que nacen desde la añoranza, en ese “Madrid sin corazón” con que se encuentra el exiliado. Una ciudad de grandes ausencias y de hombres rotos que caminan aferrados a la mano de su padre. Es la tragedia del exilio, de la emigración, del desamparo vivida en carne propia. Una ciudad inhóspita a veces, que por las noches se les escapaba de las manos.



Poesía a píe de calle, pero teñida de una carga  de profundidad social que no precisa de aspavientos, que no solicita hacer ruidos, que no se acompaña de banderías ni sonido de tambores. Porque para denunciar el dolor y la injusticia basta la palabra. La palabra  exacta en el lugar más adecuado. Básicamente en eso consiste la literatura. De esto, Plácido Ramírez conoce todos los senderos. Como aquel jardín donde Borges ofrecía los senderos que se bifurcan. La palabra ajustada, en esa lírica de amplia querencia popular que caracteriza al poeta, el símbolo certero del articulista que dibuja con pinceladas diestras aquella actualidad que nos rodea (y también nos incomoda), aquellos personajes que, directamente y sin rodearnos, nos incomodan un día sí y al  otro también.

La luz que alumbra el paisaje de estas páginas es la figura señera, soberbia y anhelada del padre. Un padre,  cuya mano aferra con fuerza el niño que comienza a mirar el mundo. Por encima de las penalidades, de las dudas, de esa capacidad de retener los instantes como si aún permanecieran que tiene el ser humano. Y que, precisamente nos hace humanos.

Porque sabíamos, padre,

Que la esperanza habría de llegar,

Más tarde o más temprano…

 

El paisaje de este libro está iluminado por la certeza del recuerdo, por la capacidad de sublimar los momentos oscuros (Con la lluvia, padre, llegó la noticia), por otros momentos llenos de plenitud, inolvidables, luminosos:

 

(Y recordaremos siempre al compañero. Y al decir su nombre, no habrá olvido).

 

Los recuerdos del autor forman una hermosa elegía a la vida, al amor, al sufrimiento gozado (si se sufre, es porque antes se amó mucho). Por sus páginas encontramos esa capacidad humana de superar la grisura, de enfrentarse al dolor y la desesperanza. A ese terrible desafío que es la incertidumbre.

 

(Y al llegar la noche, la ciudad se nos escapaba de las manos)

 

Consigue el poeta transmitir la humana trascendencia, la aventura y el desaliento, con ese lenguaje de claridad sonora que se ha convertido en su sello. Esa aventura sonora que convierte la palabra en diáfana sin perder hondura (en el caso de Plácido podríamos decir “jondura”, dada su querencia por el jondo y el modo en que convierte el clásico recital literario en un espectáculo poliédrico y atrayente (como decíamos en el inicio “haciendo cultura”). Ese sello peculiar que le permite escapar de la estridencia para navegar senderos humanos, hacer cercana una tragedia como la que pinta con su pluma en la paleta de estas páginas. Una tragedia colectiva, universal y eterna:

(Como tantos hombres rotos por la rabia

Y las palabras, no llegaba ni siquiera a los labios)

No es ese su caso. A Plácido Ramírez le nacen las palabras como espigas. Detrás de la amapola habita el grito desgarrado, detrás del grito, la esperanza:

(Y recordaremos siempre al compañero.

Y al decir su nombre, no habrá olvido)

Comenzamos presentando al hombre que gestiona desde de base, al militante de la cultura, al animador que convierte el hecho artístico en lúdico, la gravedad en regocijo.  

Sólo queda pedirle que siga por ese sendero y no tome ninguno de los otros que se bifurcan. La historia nos enseña que quienes se adocenan para recoger las migajas del mantel, terminan hozando entre el cieno. Que aquellos que obtienen sus sinecuras acercándose al sol que más calienta, terminan desapareciendo cuando lo hacen sus mecenas (ya sean los hunos, ya sean los otros), que aquellos que destacan únicamente gracias a la prebenda, se convierten en olvido y en notas desafinadas.  O algo aún peor, como decía mi abuela. Se convierten en reideros

Ya solo nos queda vociferar delante de unas birras heladas o unos vinazos del terruño:

¡Llena otra vez, Josué!

miércoles, 8 de junio de 2022

Esperando la carroza. La comedia de los reproches. Suripanta Teatro. Versión de Esteve Ferrer


 

     


                            

Esperando la carroza” es una de las comedias más representativas del “grotesco criollo”, hoy en día convertida en un clásico y referente de la dramaturgia porteña. En esta obra, Jacobo Langsner condensó, dibujando prototipos de la clase media-baja, toda una oda a esas situaciones familiares; desgraciadamente reales; y a esos personajes, aún más reales. El director Esteve Ferrer ha pulido aquellas aristas del original que se enraizaban en exceso en la cultura hispanoamericana, que podrían producir una sensación de extrañeidad o ajeneidad entre el público y alejaban del concepto, más europeo, contemporáneo y cercano, con el que aborda la dramaturgia.

Eligiendo como estética un costumbrismo, cercano a neorrealismo, la veterana compañía Suripanta pergeña  una comedia disparatada, desopilante, ácida y plena de inteligente  humorada negra. Entre las grietas de inteligentes y corrosivos diálogos se cuelan mensajes tan importantes como la situación de nuestros mayores en la sociedad; ese oculto descarte de la tercera edad; el egoísmo latente de los hijos o la telaraña de relaciones tóxicas que; a través de los años; traza la geografía familiar.

Es el principio de una sinfonía de reproches familiares donde el espectador reconocerá la realidad de su cotidianeidad, la lacerante verdad, las amonestaciones, las segundas intenciones y comentarios sotto voce  que en todas las familias surgen. No es de extrañar que, en su momento, la obra produjera el rechazo de ciertos sectores (incluida la crítica) ya que en el espejo social que nos muestra, es fácil reconocerse. El rechazo se refería a la visión de la familia cristiana, el culto a los muertos y los irrespetuoso de la obra, definiéndola como bocaccisca, en la traducción de chismosa, charlatana o bocazas. Obviamente aquellos cronistas no supieron leer entre líneas la inteligente crítica social y la carga de profundidad de este “grotesco rioplatense”.

La adaptación elimina localismos (querés, acostás, vos, reíte, pelotudo, falluta), elimina momentos como la toma de datos de la desaparición de Mama Cora por parte Peralta, o la noticia en la televisión y la dureza lingüística de algunos diálogos (¡Vieja de mierda, la puta que te parió) (La puta que los parió, maricones, para que aprendan), desaparecen personajes (la sorda, Doña Gertrudis), buscando fluidez en la narrativa y transformar en un neosainete disparatado (no exento de mensaje), lo corrosivo y grotesco de la obra genésica, algo alejada de los parámetros actuales, para llevarla al terreno de las emociones cotidianas y su toxicidad, con una visión propia. Aunque por mucho que se pode el árbol, la carga de profundidad social, política y humana del texto sigue siendo un revulsivo en la actualidad.

La armazón dramática de esta divertidísima sátira, esta soportada sobre los arbotantes de unos actores en estado de gloria (difícil destacar alguno), que desarrollan estos personajes-prototipos dotándolos de vida propia y diversidad de matices. Pese a tratarse de una propuesta coral, es obligado reconocer que todos los actores extraen lo mejor de sus personajes, incluso en los papeles más breves como la bonachona Mamá Cora (prácticamente convertida en personaje fantasma, excepto en el inicio y el epílogo) de la que, el versátil Jesús Martín Rafael, extrae todo un catálogo de realidades (bondad, perplejidad, humor) pese a la brevedad del papel. Al igual que en la película, Mamá Cora es interpretada por un actor. El otro personaje de grafía episódica es la joven Matilde, una niña zangolotina y makinera, que vive inmersa en sus melodías ochenteras, interpretada con acierto (e hiperactividad) por Marina Morales. Los personajes que interpretan Ana Trinidad (Elvira) y Paca Velardiez (Nora) son dos verdaderos regalos para cualquier actriz. La frivolidad de la adultera Nora, la femme fatal, está acompañada de un acertado lenguaje gestual y notable sentido del humor, componiendo un personaje entrañable en su patetismo y cercano en sus imperfecciones humanas. Elvira es un arquetipo del cinismo pagado de sí mismo. Nihilista, epicentro de la hipocresía y la falta de empatía. Ana Trinidad regala un personaje divertido en su crudeza humana y en su capacidad de darle la vuelta a la tortilla, con amplio dominio del timing y una vis cómica notable.

Entre el acertado decorado, cuyas piezas cambiables representan el interior de los pisos  o un jardín hay todo un mundo que gravita en torno al chime, el flujo de información (o desinformación) que desemboca en el hilarante momento del (supuesto) funeral, donde todo modo de conducta racional o esperada por parte de los asistentes es pura coincidencia.

La máscara desaparece y cada protagonista aparece como es en realidad. Quizás sea el personaje de Susana, un rol que desarrolla con naturalidad y eficacia Ana García, el único positivo en este maremágnum de cinismo, histeria y egoísmo que se despliega en el escenario. Pedro Montero encarna a Sergio con su habitual vis cómica. Un personaje que se define por sus palabras, como en el instante en que todos van a buscar a Mama Cora, recién desaparecida, y deja caer que van en “su descapotable”. Pedro Rodríguez es Sergio, un hombre con cierta bonhomía y algo perezoso y Simón Ferrero encarna a Jorge, algo patán y el miembro más gris de esta incómoda familia, con su carga de culpa por su nivel de vida desdichada.  Uno de los instantes más dinámicos es la irrupción de Emilia (Matilde Donoso); un personaje que solicita difícil equilibrio entre la tragedia, el histrión y el patetismo; que la actriz saca adelante con meritorio dominio del lenguaje gestual, arrancando carcajadas desde la platea.

Esteve Ferrer se ha inspirado en la película homónima (boicoteada en su estreno) dirigida en 1985 por Alejandro Dorio, donde la familia se llamaba Musicardi. Mientras esperan la carroza que, supuestamente, trae a Mamá Cora, la familia destapa todas sus miserias. Como si de insectos se tratara, los diálogos y actitudes nos van mostrando su conducta, sus modos de supervivencia, sus desdichas. Tras el disfraz de la carcajada, la catábasis de Eurípides (descenso a los infiernos), oculto con el embozo del humor, hay una carga de profundidad que se adelanta a su tiempo a modo de fábula ecuménica.

La música eighties  sirve de transición, dotando de fluidez el desarrollo, donde no hay tiempos muertos.  Esperando la Carroza deviene denuncia social, análisis entomológico de la disfuncionalidad del núcleo familiar, caricatura de la clase media y  estudio de la hipocresía cotidiana. Moviéndose con equilibrio en el difícil territorio de la farsa, La versión de Suripanta es una notable propuesta escénica donde la combinación de lo cómico y lo dramático, el absurdo y lo cotidiano, la sátira y lo descarnado, aseguran carcajadas, reflexión y diversión. Larga vida a la familia Costa. 

                                                      

                                                             EQUIPO ARTÍSTICO

 Autor JACOBO LANSGNER Dirección y adaptación ESTEVE FERRER

Diseño de iluminación JUANJO LLORENS Diseño de escenografía MERCÈ LUCCHETTI  Diseño de vestuario  MAITE ÁLVAREZ Diseño gráfico JAVIER NAVAL  Audiovisual ANTONIO GIL APARICIO (EMBLEMA FILMS) Producción ejecutiva y Ayudante de dirección PILAR GÓMEZ Ayudante de producción JESÚS MARTIN RAFAEL Dirección de Producción  PEDRO RODRÍGUEZ

 Una producción de SURIPANTA S.L

 REPARTO

 PERSONAJES  Y ACTORES

Susana ANA GARCÍA

Elvira ANA TRINIDAD

 Nora PACA VELARDIEZ

Jorge SIMÓN FERRERO

Sergio PEDRO RODRIGUEZ

Antonio PEDRO MONTERO

Emilia EULALIA DONOSO

Matilde MARINA MORALES

Mamá Cora JESÚS MARTÍN RAFAEL

 

 

 

miércoles, 1 de junio de 2022

Entre bobos anda el juego. Amoríos en El Cigarral. Verbo Producciones. Dirección Paco Carrillo

 

 


Los italianos tienen un término (aggiornamento) para designar la renovación o modernización que se aplica sobre algo. Esto es lo que ha hecho Fernando Ramos, traer hasta nuestros días esta comedia de figurón (término tan apto para estos tiempos), que surgiera de la pluma de Francisco de Rojas Zorrilla. El adaptador ha sustituido pensamientos, lugares, referencias y diálogos, tan caros al áureo siglo, por conceptos y situaciones contemporáneas. Entre bobos anda el juego podría ser la primera de las comedias de este subgénero, mérito que también se atribuye El marqués del cigarral, de Castillo Solórzano o a La dama boba de Lope de Vega. Aprovecha para dotar de un sesgo reivindicativo, militante y de justicia sobre algunos temas y conceptos que, en la época eran inviables. El tono ligero (no por ello menos acerado) sirve de presentación, en clave de esperpéntica, de las peripecias y las andanzas de un grupo de personajes, nada envidiables en cuanto a intelecto y pretensiones anímicas. Se maneja con habilidad ese elemento crítico que diferencia al “figurón” de la “capa y espada” tradicional, superando los parámetros habituales de “enredo” de ese mismo macrogénero en base a su posicionamiento crítico sobre los personajes, las clases sociales y la situación de la mujer en el momento histórico. Adoptando un tono burlesco, que se apoya en la excelente expresión corporal y la picardía de los diálogos, se nos presenta una propuesta heterogénea donde se deslindan los géneros. Diálogos desternillantes, amoríos cruzados, caballeros de escaso desarrollo intelectual e hidalgos. Y enredos, muchos enredos. 
Fotografía: Diego Casillas


La sátira dirigida hacia las clases sociales y personajes extremos, constituyen el elemento que aleja esta obra del conjunto de “lances  y capa”, y  la aproxima a un percepción más moderna y reivindicativa, donde la crítica a conceptos morales y sociales (disfrazados de humorada) subliman la comedia de espadones. Paco Carrillo (Las Suplicantes, Los Gemelos, El cerco de Numancia) extrae certeras caricaturas de los personajes humorísticos y dota de amplia humanidad y equilibrio al personaje central. Una Doña Isabel, interpretada fluida y enriquecedoramente, por Isabel Solís, plena de matices.  El carácter del altisonante Don Lucas del Cigarral (Manuel Menárguez), de elemental psicología; y aún más elemental humanidad; es desarrollado con sabiduría escénica dotándolo de amplia humanidad con dominio del timing y amplio registro para un personaje que termina inspirando cierta ternura por su humana simpleza (y su  querencia bisoña por la cornamenta). Pedro Montero (Cabellera), revalida su calidad de actor todoterreno, destilando vis cómica a raudales, con amplia expresión corporal e instantes soberbiamente jocosos, como su transmutación en enano con lámpara. La peripecia se desarrolla con fluidez, equilibrio y amplio sentido del ritmo dramático, eludiendo tiempos muertos entre actos y aprovechando con habilidad el acertado decorado con ese ajardinamiento esplendente. Todo un acierto la puerta rodante (La Caja Escenografía), que permite visualizar (dándole la vuelta) la entrada y salida al aposento, dotando de un intenso ritmo plástico. 

Fotografía: Diego Casillas

María José Guerrero desarrolla el personaje de la criada Andrea con acierto, dotándola de esa bonhomía filosófica y picaresca a pie de calle característica que solicitan estos roles de fámulos. Se desdobla en la hermana (Doña Alfonsa), un personaje puro histrión, en el que desarrolla una certera comicidad, extrayendo instantes desternillantes como su conversación nocturna con el galán. Los prototipos más arduos se han reservado para los personajes de Don Luis y Don Pedro (dos galanes que dejan mucho que desear), cuyo tono esperpéntico solicita amplia y fluida expresión corporal, en ese peligroso límite del exceso. Tanto el galán toreador y “socorrista”, como el pretendiente con declamación dental, ambos deben jugar con la desmesura como arma y la hipérbole como definición de sus personajes, consiguiendo un certero equilibrio que no chirría pese al carácter extremo de las figuras. Bebiendo de las fuentes bufonescas de la Commedia dell´arte.  Dani Jaén despliega un gigoló, de blanquecino rostro, gracias a los polvos de arroz, saltarín y zascandil que lleva la caricatura al extremo, introduciendo en los diálogos letras de canciones contemporáneas sin caer en el exceso sin lo reiterativo. Un recurso con cierto riesgo del que salen incólumes, consiguiendo arrancar carcajadas continuas. Ambos personajes consiguen equilibrar el registro desmesurado, lo esperpéntico (casi circense) y potenciar el movimiento espacial, creando tableaux vivants divertidos y pantagruélicos


Fernando Ramos ha prosificado el verso original con objeto de acercar al espectador no acostumbrado al verbo polimétrico rimado, ha potenciado la figura de la protagonista (Doña Isabel de Peralta), que simboliza con fidelidad  el personaje de una mujer protofeminista que se opone a ser parte de un contrato entre su padre y su pretendiente. También utiliza recursos de acercamiento a los tiempos modernos, con guiños, morcillas y referencias reconocibles, jugando con la comedia de puertas, el esperpento y la más canónica farsa de capa y espada. Además de la tarea de poda en algún personaje y escena que no eran imprescindibles. La música está integrada y sirve de transición ligera y humorística entre actos. Debemos destacar el excelente vestuario, diseñado por Verónica Conejo, que enriquece y sitúa a los personajes. Una obra altamente recomendada de la veterana compañía extremeña, fogueada en argumentos clásicos que nos ofrece el aggiornamento de un texto soberbio.
6 de Mayo de 2022. Teatro López de Ayala. Badajoz
FICHA ARTÍSTICA:
REPARTO (Por orden de aparición): Beatriz Solís, María José Guerrero, Pedro Montero, Fernando Ramos, Rubén Arcas, Dani Jaén y Manuel Menárguez
DISEÑO ILUMINACIÓN: Francisco Cordero
DISEÑO SONIDO: Jose Mato
DISEÑO DE MAQUILLAJE: Lilian Navarro
MÚSICA: Ana Fernández
DISEÑO CARTELERÍA: Alberto Rodríguez
VÍDEO Making off: Alberto Trejo; Visto y no Visto Producciones
IMPRENTA: Grandizo
AYUDANTE DE PRODUCCIÓN: Ignacio Javier
DIRECCIÓN DE PRODUCCIÓN: Fernando Ramos
PRODUCCIÓN EJECUTIVA: Verbo Producciones S.L.
AYUDANTE DE DIRECCIÓN: Eva Maidero
VERSIÓN: Fernando Ramos
DIRECCIÓN: Paco Carrillo
DISEÑO ILUMINACIÓN: Francisco Cordero
DISEÑO SONIDO: Jose Mato
DISEÑO DE MAQUILLAJE: Lilian Navarro
MÚSICA: Ana Fernández
DISEÑO CARTELERÍA: Alberto Rodríguez
VÍDEO Making off: Alberto Trejo; Visto y no Visto Producciones
IMPRENTA: Grandizo
AYUDANTE DE PRODUCCIÓN: Ignacio Javier
DIRECCIÓN DE PRODUCCIÓN: Fernando Ramos
PRODUCCIÓN EJECUTIVA: Verbo Producciones S.L.
AYUDANTE DE DIRECCIÓN: Eva Maidero
VERSIÓN: Fernando Ramos
DIRECCIÓN: Paco Carrillo
 
Fotografía: Diego Casillas


 
 

miércoles, 25 de mayo de 2022

Pequeños Cerebros. Las andanzas del profesor Paco Pepe

 

                 

Pequeños Cerebros de Francis J. Quirós

Una de las variantes más difíciles del teatro es el que va dirigido a los más pequeños. El teatro infantil (que no teatro para niños) requiere adaptar el mensaje, las formas externas y los modos a la capacidad de comprensión (mucho mayor de lo que nosotros pensamos) de los más pequeños. También es el cimiento para formar una cantera de futuros espectadores y conocedores capaces de apreciar con criterio lo que están viendo sobre las tablas. Francis J. Quirós realiza en “Pequeños Cerebros” todo un homenaje a aquellos programas de divulgación científica que aunaban la diversión con la enseñanza. Lo pedagógico con lo lúdico.  Docere dum habens fun. Enseña mientras de diviertes. Quirós atrapa la larga tradición de programas educativos como El laboratorio de Beakman, Alterados por PI, A spacetime odyssey, Cosmos o Mystery Science Theater. Para ello ha reproducido un laboratorio catódico hasta los más mínimos detalles. El profesor Paco Pepe se mueve entre aparatos absolutamente kitsch con la colaboración de un ancestro de “Alexa” o de “Cortana”, llamada XTrini3000, que ejerce de compañera, informante y pluriempleo vario. En clave familiar el profesor chiflado, con reminescencias de Jerry Lewis, presenta una serie de juegos-experimentos donde la interactividad con el espectador y la ruptura de la cuarta pared (con la cual bromea el autor) son el motor que hace avanzar el aparato. “La ciencia es tendencia” repite Quirós, habitado de blanca bata y zapatillas cantosas, tirantes y un juego gestual que es la marca de la casa. No en vano con su heterónimo (el entrañable clown Cucko) consiguió ser ganador del talent showGot Talent España” por unanimidad. Con acertado sentido del timing (algo imprescindible cuando se trata con los más pequeños) agilidad escénica y gran dominio de la improvisación, Francis J. Quirós mantiene un espectáculo que nos lleva viajando desde el átomo, hasta la jocosa presencia de Darwin (que se encontraba en el baño) o los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). No cabe duda de que la propuesta del actor es de lo más apropiado para este “Teatro en Familia” (Fundación La Caixa), un vehículo adecuado para orientar a los futuros ciudadanos sobre temas tan importantes como la sostenibilidad, la conservación del medio ambiente o el desarrollo de la curiosidad como arma de conocimiento. 



El actor-mimo cimenta su show sobre la fluidez de su expresión corporal, una correcta proyección-declamación, ampliamente versátil, que le permite jugar con timbres, acentos (genial ese habitante del terruño) o hacer de la gamberrada un espectáculo lúdico, educativo, que abre puertas a una posterior investigación al salir del teatro. Construye desde la desmesura y la jocosidad el teatro como elemento vivo, del cual se sale lleno de preguntas y observando la ciencia como algo divertido y gratificante. Quirós ha dado preferencia a lo científico antes que  a lo dramático, a lo experimental que al armazón teatral. Este profesor, un poco friki, nos acerca a un meteorito hallado en la Siberia Extremeña, llamado Señor Blue, combate afanosamente con un pulpo o viaja en el tiempo con un artefacto cutre-salchichero que intercambia consciencias. Un espectáculo  clownesco, recomendable, pleno de ternura, risas, sorpresas. que demuestra que no existe el teatro para niños.Es teatro infantil (que no es lo mismo). Un espacio mágico donde descubrir que “la ciencia es tendencia”.


jueves, 5 de mayo de 2022

Agustín de Almorchón y Metacarpio. El fracaso como una de las Bellas Artes

 



Nos presenta Francis Lucas este falso biopic del peor escritor del áureo siglo. Un literato que tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de “personajillos” como Góngora, Quevedo, Cervantes, Calderón o Lope, lo cual ocultó las bondades de su literatura (que tan sólo existían en su imaginación). El personaje está anclado en la más pura picaresca de la época y vuelve (en forma de espectro) para reivindicar su obra, al tiempo que atacar inmisericordemente a los que considera culpables de su fracaso como autor (los anteriormente mentados). El actor consigue que el público se identifique con este deshabitado letraherido, que se ría con el (y mucho), que conozca las peripecias y aventuras (tal vez inventadas) que han conformado al personaje, un golfo frustrado y bilioso.

Una obra pensada como pieza de cámara, representable en íntimos espacios, donde la provocación, la sátira y los juegos de referencias, sirven de guía para la supuesta semblanza de un tipo la mar de divertido (hábil solo en el plectro de su lengua), abocado al fracaso, trasunto de creadores como Ed Wood, territorio donde el fracaso es la medida de la verdadera victoria. Navegando por cárceles, mendigando en Cortes, habitando  la mediocridad como morada y alimento, éste desdichado pasea su fracaso por el Siglo de Oro, representando el porcentaje más numeroso de la sociedad (los que no están tocados por la genialidad). Francis Lucas nos lleva a través de las vivencias del escritor malogrado con expresión corporal dinámica y ritmo dramático envidiable (con débitos al slapstick), jugando con un parco atrezzo (apenas un par de puertas, un jarrón, un asiento) del que saca el máximo provecho para los diversos momentos. Especialmente jocoso el instante en que habla usando las puertas como marco de su rostro, sin olvidar las improvisaciones y “morcillas” con las que atrapa al público y le hace partícipe de canciones y chirigotas. Tras el disfraz de lo jocoso, tras la cortina de la ocurrencia, hay una acerada crítica y una reflexión sobre aquellos que; careciendo de talento y genialidad; poseen un entusiasmo disparatado, un ciego optimismo y un desconocimiento supino de su propia mediocridad.

Agustín de Almorchón y Metacarpio nos presenta las mundologías disparatadas de un infeliz que sufremofas y escarnio de los grandes creadores, la escatología, la antropofagia (literalmente) y todas las penurias que en aquel tiempo se podían tolerar, sin renunciar a ninguna. La agilidad del montaje presenta las extremas peripecias del personaje y sus tropezones con un envidiable sentido del humor. Un monólogo jovial, perspicaz y pleno de “mala milk”, donde Lucas puede lucir su correcta declamación y su versátil paleta cómica, al tiempo que reivindica la figura del fracasado.Aquel que crece a la sombra de otros. Una reencarnación festiva, un Segismundo nacido durante la pandemia de la pluma de Francis Lucas, condenado a llevar alegría y risas por los escenarios (entendemos que a su pesar).


jueves, 14 de abril de 2022

Requiem de Mozart. Coro Amadeus y Anam Camerata. Ibercaja Cultural. Música y Maestros


 
                                          
 
 
 
 
Detrás de la creación del soberbio Requiem de Mozart encontramos una de las historias más extravagantes de la música. Un Requiem, encargado por un misterioso caballero, que Mozart exponía que estaba componiendo para él mismo, pues veía cercana la hora de la muerte.
Desde los primeros compases de la obra, que recuerdan una marcha fúnebre, la Anam Camerata consigue transmitir esa emoción que solicita la partitura. Una melodía expuesta cuatro veces en diferentes alturas con el delicioso contrapunto imitativo en los vientos. En el Introitus se alarga el tema principal con requiem aeternam en los bajos del coro, semejando la eternidad de los muertos. Tras el cambio de tonalidad, la soprano Sara Garvín, inicia la oración contestada con el coro en forte: exaudi orationem meam, ad te omnis caro veniet.
Lacrymosa fue la parte más emotiva de este hermoso concierto con esos conmovedores silencios del  suspiratio en los violines (casi llorando), esa melodía (aparentemente truncada) donde la orquesta inicia una escala ascendente (anábasis), siempre arropando a un certero coro que destila belleza durante los ocho compases mozartianos. Especialmente en la progresión diatónica de las sopranos en corcheas desarticuladas sobre el texto “Resuget”.  Hasta el compás 8 del Lacrymosa fue compuesta por el genio de Salzburgo, el resto fue completado, supuestamente, por su discípulo Sussmäyr, que se inspiró en los bocetos e ideas del maestro.
La escritura despliega diversos recursos retóricos. La agrupación poblanchina sabe extraer (y conseguir) el objetivo de transmitir tristeza y desazón humana ante el Juicio Final, en esa melodía cromática ascendente (Anábasis) y ondulada. En el epílogo, el clamor final de “reus”. Fue completada en su mayor parte por el discípulo Süssmayr (y Eybler), aunque por desacuerdos terminó haciéndose cargo Süssmayr, según las indicaciones de Mozart.
El Kirie es una sobrecogedora súplica, una petición de compasión que nace de la desesperación. El salto de séptima disminuida descendente se utiliza desde el barroco para obtener expresiones de sufrimiento y desesperanza. El Coro Amadeus destila las distintas tonalidades que solicita la obra y extrae unos parámetros sobrecogedores de esta fuga doble, que el compositor expresa con series de notas rápidas, para culminar en esa sensación confusa, inesperada, plena de amargura que se denomina dubitatio. Allí, el coro deja una cierta incertidumbre en el aire, superando con nota la exigencia para las voces altas (en especial la de soprano) que solicita la escritura. Esta Fuga tiene gran complicación: vertebrar la polifonía por el contrapunto entre varias voces, con coloraturas que precisan de agilidad y un virtuosismo que la agrupación demuestra sobradamente, consiguiendo dibujar una intensa emoción.
En la partitura ambos sujetos tienen el mismo protagonismo. El juego contrapuntístico (posibilidad de ser transportado una doceava inferior) sin perder efectividad es; puramente; genial. El viento-madera de la Orquesta Anam Camerata extrae tintes masónicos en la mezcla sonora. Mientras trompetas y timbal repiten la cadencia en dos únicas notas: Re y La, robusteciendo los puntos dominantes. Curiosamente, el epílogo llega en una quinta “vacía”, construcción arcaica que destila una aire antiguo.
Armando Possante



Dies Irae, popularizada en la película Amadeus (Milos Forman. 1984) en una de sus secuencias clave, está compuesto de un texto aterrador y una soberbia narrativa musical cuyos motivos parecen surgidos del más absoluto estado de desesperación humana. Inquietante y señero ese soberbio tremolans que parte de la sección de bajos “Quantus tremor est futurus” y nos transmite esa angustia vital (casi pánico) o temblor. Al de Salzburgo debía llenarle el recurso, ya que retorna al mismo en La Flauta Mágica cuando Papageno deja de ser ratón y se esconde ante la llegada de Sarastro o en el primer movimiento de la Sinfonía nº 25 en sol menor K. 183, donde contiene el dramatismo del tema principal para abrir un espacio de distensión. El coro ataca “ex abrupto” hasta llevarnos a un tornado que devasta la creación, un remolino que culmina secamente, navegando entre el cromatismo ascendente de las semicorcheas en la orquesta, que juega con trémolos en las cuerdas, acordes repetidos en metales o figuras sincopadas. La ira de Dios.  Aquí la orquesta ataca con notas batidas en cuerda y agresivas trompetas, el tempo es desenfrenado, los motivos ascienden y descienden mientras se mixturan con la melodía del coro.
Sara Garvín   Lucinda Gerdhardt Carlos Monteiro
Excelentes los agudos en Rex Tremendae Majestatis, con el ritmo de obertura francesa (maestoso) en la orquesta para señalar la majestad de Dios, que culmina en la súplica dulce y casi de esencia infantil. El diapasón en el Barroco es la representación del Todopoderoso y Mozart intenta recrear esa grandeza con las notas encadenadas, el contrapunto imitativo o el fabordón (tan caro a Palestrina). La orquesta envuelve en una solemnidad mística la súplica del coro, cuyas voces ascienden envolviendo todo el dolor del texto. El resultado es sobrecogedor, con ese equilibrio mozartiano entre lo severo y lo amable, lo abrupto con lo afable, entre lo antifonal y lo homofónico. Entre lo majestuoso y la humildad. Este número coral sirve de transición para esa separación entre Luz-Tinieblas que el compositor selló con su tonalidad favorita, el Sol menor. La versión del coro es conmovedora y dolorosa al tiempo, con las voces adaptando el ritmo punteado de la orquesta o repitiendo la angustiosa llamada “Rex” durante las pausas de la Orquesta. Curiosamente estas sílabas “Rex” caen en el tiempo débil de los compases, causando un efecto sorprendente. El hermoso canon alterna voces altas y bajas con un efecto de jadeo espeluznante, con el metal atronando. La cadencia coral, casi carente de acompañamiento, agoniza en un acorde D abierto (como en el Kirie).
Alonso Gómez Gallego

Recordare, es genialidad mozartiana en estado puro. Un ejercicio de sublime melodía (con referencias a Bach), donde las partes de los solistas de misturan de forma magistral. Tras la conmovedora ternura que surge las voces de Sara Garvín, Armando Possante, Carlos Monteiro y Lucinda Gerhardt, hay un manantial de notas embriagadoras que consiguen camuflar los vericuetos técnicos que encuentran los intérpretes tras el disfraz de lo esencial y lo conmovedor. La orquesta agoniza del mismo modo, casi en íntimo abandono.
Durante el Confutatis, el giro melódico de los bajos consigue simbolizar la ira en su relación interválica (otro estilema mozartiano presente en varias obras)[1] para desaparecer y transmutarse en el epilogo en matices sutiles, latidos y ruegos.
Agnus Dei se supone compuesto en su totalidad por Süssmayr, quien lo relata en una carta a Breitkopf un Härtel (la casa de edición más antigua de Alemania), aunque también es probable la intervención de Mozart, dado la similitud entre compases del Agnus con los compases 39 a 81 de la Misa Brevis en Do Mayor K. 220. Retorna a utilizar toda la orquesta con carencia en la indicación del tempo. Después de un compás de la orquesta, el coro ataca en homofonía. Esta escritura, a pesar de ser íntegramente obra de Süssmayr, podría clasificarse como netamente mozartiana, lo que ha sugerido un acceso a material musical que Mozart habría destinado al Réquiem por parte del alumno.
Coro Amadeus[/caption]
Debemos destacar la pureza vocal de Sara Garvín en “Te Decet Hymnus” con el arrullo del coro, devolviendo una sensación de esperanza. Sobresalientes las interpretaciones de los cuatro solistas, especialmente en Tuba Mirum, con esa trompeta de Gabriel (temible y poderosa), arropando el sólido metal de la garganta de Armando Possante (Tuba mirum spargens sonum) que culmina en esa hermosa secuencia mistura el musgo en la voz de Lucinda Gerhardt, la seda de Sara Garvín y el ruiseñor de Carlos Monteiro, entrelazados (cum vix justus sit seccurus), arropados por el aroma imitativo de la cuerda. Para llenarnos de serenidad. Para elevarnos hacia la luz.
Miguel Morán
Acertada la elección de esta obra señera del maestro salzburgués para cerrar el ciclo “Ibercaja Musical. Música y Maestros”. También para celebrar el 25 aniversario deAmadeus”, hoy convertido en un referente cultural extremeño por sus aportaciones interpretativas, de investigación y sus distintas secciones. Durante la presentación se hizo mención por parte de los representantes de Ibercaja y CB, de aquellos tiempos en los que era necesario contratar orquestas y coros foráneos para poder escuchar una interpretación de este nivel. También se rememoró la figura fundamental en la música nacional de Carmelo Solís, erudito al que nunca se ha reconocido la verdadera importancia de su aportación. Nada extraño en un terruño donde la pirotecnia cultural y el clientelismo, solapan la capacidad y el talento.
El director del Coro Amadeus, Alonso Gómez Gallego, ha obtenido la afinación melódica y armónica que solicita la obra, en base a una formación de Amadeus donde retornan algunos antiguos miembros. Una obra que también requiere dominio del fiato, ritmo exacto y, sobre todo, cohesionar el color del coro. La Orquesta Anam Camerata, sabiamente guiada por el montijano Miguel Morán, nos deja instantes de intensa poesía instrumental, pulso certero  y ganas de volver a escucharlos. Un concierto memorable.
 
 
 

[1] Aria de la Reina de la noche, Don Giovanni o Concierto 20 para piano.