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lunes, 14 de diciembre de 2015

The Babadook. Los Sótanos del Subconsciente



Los recovecos de la mente son abruptos, sinuosos e indescifrables. The Babadook es carne de sofá de psicoanalista (para quienes aún defiendan tan aleatorias doctrinas) y haría las delicias de Jung y Freud (aunque este último rechazara el uso de este término, y se decantara por el inconsciente). Esa parte de la mente que no vemos, que se nos oculta en la cotidianeidad, y nos hace temer cuando corremos el delicado velo que aísla los dos mundos. “El sueño de la razón produce monstruos”, y aquí vais a empezar a pagar. Si me permiten mixturar la frase de D. Francisco de Goya, con la cinéfila referencia a la academia de "Fama". De clara referencia polanskiana, esta narración de conflictos reprimidos, envuelta en el disfraz engañoso de una horror-movie, es un descenso a los pensamientos reprimidos. A los demonios que han de convivir con nosotros pero no queremos que salgan a la luz. 

Es el origen de la censura mental, de la barrera que dará nacimiento a este Babadook. Erich Zann bebe sin duda la fuentes como “Tenemos que hablar de Kevin” de Lynne Ramsay (2011), la aterradora historia de psicópata juvenil con una Tilda Swinton en estado de gloria, fotografía esplendida y habilidosa composición en los planos, arropada por la dramática banda sonora de Jonny Greenwood. También debe su existencia a la precursora narración de Kubrick en la mítica “El Replandor", y  a los distintos pisos de la mansión de "Psicosis". Habilidoso estudio sobre el mal como regalo genético. 


Algo similar le sucede a Amelia (Essie Davis) perdida en los procelosos mares del sufrimiento cotidiano, del estress irresoluble, de un devenir inexistente, merced a la patología de su hijo Samuel (Noah Wiseman), al que culpa de la muerte de su marido. Concebida como una “huis clos” polanskiana (Repulsión, El Quimérico Inquilino), Babadook es una set piece opresiva, donde los pisos de la mansión relejan los distintos niveles de consciencia. El niño que ha robado todo a la madre, incluso su uso de la sexualidad como vemos en una secuencia, el niño que succiona todo la energía vital a su alrededor como un vampiro emocional es el detonante de este Sr. Babadook, que un día aparece en las siniestras ilustraciones de un libro de cuentos. Revisitación jungiana del hombre del saco, Babadook es el reflejo de la frustración y los pensamientos reprimidos de la madre cautiva, cuando el monstruo al que tiene que enfrentarse se encuentra en tu propia casa. “Cuanto más me niegues, mas fuerte me haré”. Lastima que la madre abnegada no hubiera leído a Freud antes de empezar a rellenar las páginas en blanco del cuento. Babadook no es otra cosa que los demonios que nos atrapan cuando nos vemos forzados a situaciones que no hemos provocado, pero ante las que debemos dejar el alma. 

Ese Pepito Grillo que atormenta sin piedad, haciéndonos sentir culpables por no desear el sacrificio absoluto que exigen algunas situaciones, y que enterramos en lo más profundo. Es entonces cuando aparece el "Babadook". Un monstruo de diseño casi expresionista, con influencias de Segundo de Chomón y de las fantasmagorías de Mélies. La febril interpretación de Essie Davis imprime un atormentador designio a la cinta, de colores neutros y atmósfera irracional, secundada por un excelente Daniel Henshall, al que el espectador desearía estampar contra la pared en algunos momentos. 
Este monstruo remite a la deforme sombra que representaba el inconsciente de Próspero, protagonista de “Planeta Prohibido”. Si aquél, era la válvula de escape de su atormentado cerebro frente al desarrollo hormonal y la posibilidad de pérdida de su hija; la neumática Altea; en Babadook la espoleta está en el lado contrario. Es la imposibilidad de librarse de la carga que supone la patología del hijo. Prometedora opera prima de Jennifer Kent cuyo final consigue exorcizar los demonios interiores. Nada mejor para controlar al Babadook que reconocer su existencia, encerrarlo en el sótano y alimentarlo. Aprender a sobrevivir, en pocas palabras.

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