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miércoles, 29 de junio de 2016

El Médico Alemán (Wakolda) La Banalidad del mal.

      
La tercera película de Lucía Puenzo, sigue las pautas de sus anteriores producciones, basando los guiones en sus propias novelas o una narración de su pareja. El periplo sudamericano de Mengele es excusa argumental para introducirnos en “la banalidad del mal”, que refería Hannah Arendt; pero mucho más al interior; la implicación de los otros según las circunstancias. La niña que no crece con normalidad, fascinada por la personalidad del médico, mientras ve como la adolescencia cambia el mundo a su alrededor, la madre que ante la tesitura de salvar a uno de sus gemelos exclama que “no le importa quien sea”, nos arrastran a un laberinto de pasiones humanas contradictorias. La directora opta por un clasicismo ausente en sus obras anteriores.




El entorno, la montaña, la grandiosidad de la Patagónica, el Bariloche sesentista, la idílica posada (excepto el lluvioso y barrado comienzo), son lugares puros donde el mal está eclosionando sin que nada avise de ello. La creación del barcelonés (de padre alemán) Alex Brendemühl (Insensibles, Rabia, Las Horas del Día) es notable y consistente. Su Joseph Mengele no es un estereotipo, ni un lugar común. Es un magnético, turbador, gélido y correcto manipulador, que consigue de un modo u otro lo que persigue. El periplo de los nazis huidos a través de organizaciones nada dudosas (Cruz Roja, Vaticano) es una de las páginas negras; aún no resueltas; de la historia. El apoyo en países como Argentina, Chile o Paraguay, es una lacra para cualquier sociedad. Una denuncia de ese “mirar hacia otro lado” que practican algunas sociedades, ya que el nombre del “médico de la muerte” figuraba hasta en la guía telefónica. “Wakolda” es el nombre aborigen de la muñeca que el médico depravado va transformando desde los bocetos iniciales del padre de la niña (Florencia Bado) hasta transformarla en una “Gretchen”; un autentico ejemplar de supremacía racial; apoyando económicamente la ilusión del padre.

Este Mengele se haya en las Antípodas del dibujado por Franklin J. Schaffner en “Los Niños del Brasil” (1978), un best-seller reconvertido en celuloide con el añadido de conseguir que el caballero de la pantalla; Gregory Peck; que antaño fuera el adorado Atticus Finch de “Matar a un Ruiseñor”, se metiera en la piel de un indigesto Mengele en su vertiente más “pulp”. La cinta no pudo evitar ceñirse a su referente literario, una convencional novela de Ira Levin, que jugaba con el, entonces incipiente, mundo de la clonación. Pese a los notables esfuerzo, el Joseph Mengele de Peck, está más cercano a lo caricaturesco, al exceso histriónico y al lugar común que a la realidad cotidiana, por mucho que tratemos de convertirlos en personajes literarios con garras y colmillos. Resulta mucho más perturbador ese monstruo cercano, seguro de su misión, que cuida (y utiliza) a la niña Lilith y a todos los que le rodean, por el mismo motivo que lo hiciera antaño: porque podía hacerlo. El mal se ha infiltrado entre una familia que planea abrir una idílica hostería. Entre un padre que intenta perfeccionar sus muñecas, entre una madre que trata de proteger a sus gemelos (notable Natalia Oreiro). 
Lo realiza sin alarmas, sin efectismos, pausadamente. A fuego lento. Parábola asimismo de una nación con zonas históricas oscuras y descosidos aún pendientes de la aguja. Puenzo basa su mensaje en la contención. Incluso el cuaderno donde el depredador dibuja y anota el progreso de sus experimentaciones con la niña impúber, las hormonas y los gemelos, podría pasar por un cuaderno científico cualquiera de no contar el espectador con la ventaja histórica de saber quien es el esmerado dibujante. Relato de iniciación, investigación entomológica del mal, estudio de la ruptura en el entorno familiar. Se agradece esa huída del pozo del “grand guignol” en que podía haber caído la trama, se reconoce la evitación de la truculencia y los lugares comunes que a nada conducen.  


Que al monstruo no le resbale un chorrillo por la comisura, cuando atiborra de hormonas a la niña, o se le inyecten los ojos en sangre cuando ayuda a nacer a los gemelos. Tan solo la mirada del actor transmite inquietud desde su aparición. Toda la parafernalia al uso, no son más que clichés. Es cierto que nos gustaría que el mal no tuviera un rostro cotidiano. Que adquiriera la expresión de un Hannibal Leckter desbocado o Peter Lorre surgiendo tras un callejón, silbando “En el Salón de el Rey de la Montaña”. Pero la realidad es mucho más terrible. Los verdaderos monstruos son como todos nosotros.  Carecen del magnetismo del Hopkins o de Lorre, que consiguen transmitir una sensación de nota discordante, de algo que acaba de encajar. Los verdaderos monstruos son como todos nosotros.  Mengele, a diferencia de Eichman y otros jerarcas, que daban órdenes desde lejanas oficinas, se encontraba en primera línea del horror. Doctorado en Antropología por la Universidad de Munich, no debió aprender demasiado sobre el ser humano. 

El “Doctor Muerte” aguardaba los trenes, e iba seleccionando a la llegada quienes debían vivir. La fotografía que Natalia Oreiro saca de una caja donde se ve el grupo alumnos con una bandera con la svástica al fondo esta basada en un colegio real. Puenzo navega entre el territorio de la alegoría y el subconsciente. Entre los misterios de lo biológico o la devoción por los cuerpos, que ya visitara en sus anteriores obras (El Niño PEZ, XXY). En XXY, nos muestra la historia de un hermafrodita. Allí, el personaje interpretado por Ricardo Darín tenía el nombre de una serpiente escandinava del mar: Kraken. Aquí son Eva, la madre, y Lilith; la diablesa de la mitología hebrea; madre de todos los demonios. Juega con el mito del autómata (la muñeca a la que Mengele inserta un corazón) retornando a aquel “Hombre de Arena” del relato de E.T.A. Hoffman donde el protagonista se enamoraba de una falsa dama mecánica (la fascinación que ejerce Mengele sobre Lilith, en una suerte de Humbert Humbert maquiavélico). La directora ha primado la contención sobre el desenfreno a que se prestaba el personaje. Incluso aunque los más elementales actos del médico inyectando a la niña nos parecen abominables, lo son por la complicidad del espectador. Por la información previa de que dispone, no por la truculencia de los actos en sí. “El Médico Alemán” adopta la forma de cuento cruel. Sin internarse claramente ni en el thriller ni el género de horror. Escapa del film de denuncia política, jugando en una tierra de nadie donde el verdadero horror está tatuado en el espíritu esquizofrénico de quien pretende moldear al ser humano. 

Sacar de la arcilla de la inocencia para su propio molde. Puenzo opta por la hibridez de géneros, por ese narrar “garciamarquiano”. Salvando las distancias hay instantes en que la putrefacción quirúrgica viola la inocencia de Liliht (en la novela va más lejos), con referencias a esa revulsiva biología de “nueva carne” de Cronenberg. Aunque lo que allí era fantasía regurgitante, aquí es una lacerante y escalofriante realidad. El taller de muñecas deviene en metáfora de campo de exterminio, con sus cuerpos desmembrados, amontonados, transformados, lacerados. El dilema moral está presente cuando la madre a punto de perder a uno de sus gemelos le dice a su marido (Diego Peretti): “No me importa lo que haya hecho, mientras nos ayude”. Como en “La Peste” de Camus, el mal vivía entre los hombres, entre los habitantes del pueblo que se referían a Mengele como un “viejito adorable”. La voz en off de Lilith nos conduce por una trama con puntos en común con sus obras anteriores: La joven hermafrodita también sufría por su apariencia y el acoso de los compañeros. La ciencia como “solución”, el entorno ético. Los padres como detonantes de la fatalidad. La libreta dibujada por Mengele, es obra del artista Andy Riva que ya ilustrara en “Infancia Clandestina” (2012). Sus dibujos son como capítulos, como perversos garabatos vitrubianos que sumergen en la cotidianeidad del horror. Los verdaderos monstruos son como todos nosotros. Elena Roger interpreta a otro personaje histórico; Nora Edloc; que la autora se permite la libertad de situar en medio de esta trama; concediéndole mayor predominancia que en el libro.

 Esta mujer se supone que pudo ser agente del MOSAD y su cuerpo realmente apareció flotando en Arroyo López. Fue rescatado por gente de la embajada israelí., incluso hay quien asegura haberla visto bailando con Mengele como en una escena de la película, Elena Roger nos regala una intensa y comprometida interpretación. La penetrante partitura de Andrés Goldstein y Daniel Tarrab, contribuye a crear este paraíso engañoso, siguiendo un leit motiv, tras cuyas aguas calmas se oculta lo desconocido. Natalia Oreiro (Infancia Clandestina, Mi Primera Boda) regala una interpretación madura, reposada. Pocos podrán recordar que era aquella chica que enfundada en un ajustado mono se movía al son de “Tuve tu veneno, tuve tu amor y también tu fuego… Un amor que los hombres como Mengele no deben haber sentido en toda su vida. Quizás le hubiera ido mejor a la humanidad.

 

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