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martes, 5 de junio de 2018

El Pequeño Ruiseñor de Antonio del Amo


                                                                     El Pequeño Ruiseñor de Antonio del Amo

                                             El ruiseñor con las alas rotas  




El Pequeño Ruiseñor forma parte de esa vertiente filmográfica que el Régimen Franquista dedicó a la exaltación patria de lo bucólico, lo popular (degradado y mal entendido) y las supuestas raíces de lo hispano. Ciertamente, una parte de ese cine reproduce un contexto social en que el cinematógrafo convivía con otra serie de espectáculos para gestionar el ocio de las clases menos favorecidas y bebe directamente de ellas, pero al pasarla por el tamiz de lo folletinesco y la sensiblería, oculta al espectador otros valores ocultos en algunas de estas ofertas. A la otra vertiente, la de exaltación patriótica y de los valores de la raza, le sucede lo mismo. En ocasiones los árboles no dejan ver el bosque. Pocos autores (excepto Mihura y Neville) escapaban a la tentación del diálogo meapilas, el sermón edificante o la exaltación del sacrificio. Sin olvidar que los precedentes de este subgénero beben directamente del cine folklórico creado por la Segunda República y que incluso en algunas revistas de la época (Primer Plano), se criticaba esta visión degradada de la “españolada” sobre la cultura popular. Joselito es el primer ejemplo de juguete roto del  cine español. Para “El Pequeño Ruiseñor” fue presentado como un niño de menor edad de la que tenía en realidad, debido a problemas de crecimiento. 

El resultado es un niño zangolotino y algo repelente que se arranca a gorjear a cada instante con cantes irritantes y ripios impropios para su edad. Para mayor inri, esta película se incardina dentro del subgénero de niños-cantores, que transmutaba España en Andalucía y bebía directamente del concepto de un país exótico y romántico, que crearon los viajeros del XIX, pero infectado de topicazos. Por no faltar, no faltan ni sus gitanos, que parecen dedicados a tiempo completo a la jarana, la bullanga y el gorroneo. Este film forma parte de la llamada “trilogía del ruiseñor”, que en esta ocasión recrea tierras extremeñas, con una notable fotografía. Incluso algún atisbo de expresionismo en la filmación de una calle donde camina la protagonista. La dirección es notable y poco más se podía hacer con este material donde participaron algunos extras del pueblo. Una de las mejores escenas; la de la escolanía cantando el “Ubi Caritas”; no se rodó en un lugar reconocible y asemeja un escenario. Para rodarla regalaron los trajes con bonetes a los niños cantores.
 El Padre Iñigo aparece tocando el órgano en la basílica, de espaldas al coro. También se reconoce la “Plazuela de los tres Chorros” o la calle Sevilla, por donde sube Joselito. Curiosamente se muestran artesanos trabajando el cobre en las calles. No podía faltar la fachada del Monasterio o la conocida como “Fuente de Joselito”, situada en  el Claustro del Monasterio. Están especialmente cuidadas las escenas nocturnas de las calles, sobre todo cuando el pequeño protagonista escapa del Monasterio con una curiosa intervención del “sereno”. Un estrecho margen tenía el ecléctico Antonio del Amo para desarrollar esta película, la primera del niño cantor, donde se trataban “escandalosos” temas como el de la madre soltera, que queda acogida por un sacerdote, o la explotación infantil. También es apreciable el talento de los actores de la época para recrear esos personajes costumbristas, o incluso tópicos, y salvarlos a base de talento y profesionalidad, dada lo arcaico de la propuesta. La banda sonora adolece del mismo defecto (en este caso técnico) que todas las de la época. Los escasos recursos técnicos producen vibraciones y las notas se prolongan en exceso, haciendo sonar la voz de Joselito (bien modulada y controlada) como algo chirriante y desagradable. Algún cinéfilo desesperado tras su visionado, habrá deseado cambiar el título de la película por el más certero de “Matar un Ruiseñor”. Como se diría en extremeño, este referente del camp mesetario se ha quedado una “mijina” rancio.

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