martes, 22 de octubre de 2019

Homenaje inesperado. Lúcido e hilarante análisis social. 42 Festival de Teatro de Badajoz. La Estampa Teatro





Se toma su tiempo la obra de Concha Rodríguez. A fuego lento, casi como un adagio en la introducción, para ir in crescendo (si los términos musicales se me permiten), transcurrir en “andante gracioso” (si se me permite el juego de palabras), continuar en “allegro”, para  culminar en un fortíssimo que sorprenderá a los espectadores. La vocación de ruptura de la cuarta pared está presente desde el inicio de la obra, con la presencia de un segurata  (José Mª Galavís) que supervisa, entre butacas, a una imaginaria empresa de la que forman parte; involuntariamente; todos los espectadores. Incluso la misma Concha Rodríguez, ejerce de teleoperadora desde una de las butacas de patio. Una empresa piramidal decide un homenaje “mediante el azar” a uno de sus empleados. Utilizando el patio de butacas como escenario secundario (los espectadores aparecen en una pantalla siendo observados desde las cámaras). Allí se desarrollaran partes de la obra, como la jocosa hora de la gimnasia de empresa, o el acercamiento del segurata a un espectador “voluntario,” al que implicará a golpe de cigarrillo en sus tramas ocultas, extrayendo con destreza juego actoral y vis de comedia al forzado espontáneo. El escenario cumple una función aséptica y práctica al mismo tiempo, dividiendo los distintos espacios humanos. El despacho del jefe-demiurgo, a través del cual se vislumbra su silueta observándolo todo. 

El despacho de la secretaria, donde transcurren la mayoría de los procesos evolutivos de los personajes, así como los acercamientos humanos y el ya citado patio de butacas. Acertado y sorprendente diseño atemporal del almendralejense Marcelo Pacheco (La Catedral del mar, Amar es para siempre). Los trabajadores de la empresa visten una suerte de uniformidad aséptica y homogénea, incluso el traje del director es una variedad del diseño “a rayas” de Pepe Reyes (La Mala Educación, Hable con ella), que despersonaliza y deshumaniza la microsociedad de la empresa. El texto de Concha Rodríguez navega por diversos niveles, pero contiene cargas de profundidad sobre la falta de empatía (y de oportunidades) de nuestra sociedad, la herencia que recibirán las siguientes generaciones o el mal uso del poder. La clave de comedia aligera; ciertamente; el equipaje. Pero no por ello disminuye la gravedad de lo real. Todo esto queda reflejado en el instante en que sobre la pantalla van apareciendo secuencias de los efectos que la política empresarial tiene sobre la naturaleza y el entorno. Un adecuado uso del multimedia parece ser una de las corrientes de la escena actual, integrando y aprovechando las posibilidades de dichos medios. La actriz-directora ha elegido a las mujeres como protagonistas. Ellas siguen siendo las más débiles en el mundo empresarial, y sus distintos roles dentro del organigrama. 



La secretaria es una suerte de cancerbero, impide que cualquier otro trabajador se acerque el Jefe o rompa la estructura de la empresa. Las frases del segurata dejan patente la ausencia de privacidad en todos los niveles (El Gran Hermano te contempla) y el control desde arriba. Ausencia que se transmite al patio de butacas, donde los espectadores pueden observarse en la pantalla. Las vivencias de Concha Rodríguez y el resto del elenco son de rabiosa actualidad, los diálogos certeros y cáusticos. El grito, reivindicativo. Sereno pero potente. Certero, pero con una filosofía vital donde el humor forma parte indispensable del armazón para enfrentarse a los poderes establecidos. El texto de la dramaturga es poderoso en lo cotidiano, reivindicativo en la comedia y empático en lo trágico (que también lo hay). El papel de la excelente iluminación (Fran Cordero) y la animación audiovisual (Carlos Lucas y Nuria Prieto), contribuyen a dotar de textura,  vitalidad y agilidad a las escenas. Frente a esa tendencia al humor burdo o las gráciles concesiones (innecesarias) a lo coyuntural, que se muestran en otros montajes, el humor contiene altas dosis de inteligencia (y mala leche) que agradece el espectador. Incluso lo coyuntural se inserta con inteligencia, y en su justa medida, como en ese texto sobre los espumosos de Almendalejo. 
La estructura (casi de comedia de enredo), juega con la incertidumbre y el misterio que desemboca en la confesión final de Enrique. Todos los personajes están dibujados con pericia y esmero, incluso aquellos de breve intervención. Esperanza (Concha Rodríguez) mueve con habilidad (y amplia experiencia) los resortes de una mujer ingobernable, de espíritu libérrimo y reivindicativo, con una naturalidad escénica y una vis cómica que nace del hábito y la usanza. Ana Franco (Agustina) se mueve con capacidad en su personaje, solventando el peligro de encorsetamiento o el prototipo, dotando de matices y humanidad al personaje “negativo”, conocedor de las corruptelas y tejemanejes, garante del buen funcionamiento de la máquina. 
Laura García desarrolla un difícil rol. Es el jefe de la empresa y debe desdoblarse, travestirse para triunfar en el mundo empresarial, mientras desarrolla su plan. Ocultarse, al tiempo que conduce con humor el argumento hacia su sorpresivo desenlace. La acción transcurre fluida y ágilmente, siendo el humor la argamasa que condiciona la medida, el ritmo, los desenlaces. Todo ello con gran inteligencia y sin olvidar el propósito reivindicativo del texto. Las voces se proyectaban con limpieza y desahogo hasta las últimas butacas, lo cual es de agradecer. Enseñar divirtiendo (Habens fun doctrina) o reivindicar divirtiendo. ¿Qué más puede pedirse? La Estampa Teatro lo consigue, manteniendo el listón. Una propuesta extremeña de alto nivel, una propuesta humana de amplio calado, un testimonio social de imprescindible aplauso, bajo la certera dirección de Sergio Gayol.





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