Iannis Xenakis se escinde de las
modas que imperaban tras la guerra, fundamentalmente el Serialismo Integral y
la Música Aleatoria. Su creatividad se dirigió a la construcción de masas de
glissandos y densos bloques sonoros que bebían de principios matemáticos. Por
esto, el abordaje de sus partituras solicita una perspectiva multidisciplinar y
es exigente con el público neófito. Antes que la melodía, prevalecen el ritmo y
la armonía, la recreación en el timbre o el estudio de las texturas, donde las
masas juegan su papel.
Oresteïa es una pieza de un vanguardismo rabioso, lo cual podría
desconcertar al público que asiste con la idea de una escritura más
acomodaticia o de legibilidad más accesible.
Pero la poética de esta obra
deambula por otros lares, que llevan incluso por el sendero de la Algorítmica o
la Estocástica. Sus cálculos matemáticos evocan las raíces de la Hélade,
ajustados a sus propósitos musicales. La búsqueda del sonido en bloque, antes
que del verdadero significado, camina en forma de círculos, con divergencias,
misturas de bloques sonoros y sonidos moldeados muy plásticamente.
La complejidad del discurso de Oresteia puede causar perplejidad
inicial en el espectador neófito. Xenakis agota las posibilidades sonoras, los
fragmentos donde interviene el coro a modo de percusión, fragmentos enteros de
percusionista, vientos extremos y todas las formas de producción de sonido no
convencional imaginables (y escribibles).
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| Alonso Gómez Gallego |
En esta “cantata”, el autor
extrae todas las posibilidades sonoras instrumento-coro, creando una sinergia
con el narrador en un discurso multisensorial. Una cúpula sonora que sorprende
y causa cierta extrañeidad. Aunque realmente su clasificación encuadraría más
como obra sinfónico-coral que como ópera, oratorio o cantata.
En Oresteïa, el compositor invade el territorio del espectador con su
concepto estocástico, circundándolo en esas intensas masas de sonido (a modo de
nebulosas), un magma envolvente donde experimenta con extremos (tanto placidez,
como violencia) con amplio uso de los glissandi
para expresar el retorno a las leyendas helénicas milenarias. Esta fue la única
obra del autor a la que regresó (teniendo en cuenta su amnesia creativa) para
completarla y enriquecerla. Oresteïa
es una epopeya; tanto dramática como sonora; donde las intervenciones de los
diversos actores (texto y partitura) se complementan y ensanchan mutuamente.
El coro participa ampliamente en
los efectos de percusión, con bloques de madera, silbatos, bufonadas, para
expresar diversos instantes de la trama. Un difícil tour de force, arriesgado a la par que original, que retornaría a
utilizar en Persephassa.
La partitura solicita coro mixto
de 18 hombres y 18 mujeres, simantras de madera, látigos, maracas, láminas de
metal, simantras de metal y un largo etc para confeccionar la textura de esta
obra, situada entre la ópera y la antigua tragedia. Xenakis llega a la ópera
(género muerto, según el compositor) a través del choros griego y la tragedia esquiliana. El griego arcaico es la
fuerza impulsora de las partes vocales (casi documentales), que se van
volviendo; gradualmente; cada vez más dominantes. Mas al modo del choros
teatral que de la agrupación musical. El uso no semántico de la palabra, el
seguimiento de la prosodia de los poemas, de los ritmos largos y cortos, de
acentos y sílabas, deviene de mayor importancia que la estructura melódica al
uso.
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| Ensemble Vocal Teselas (Javier Garcés, director) |
El coro desarrolla un trabajo
árido y técnicamente complejo, con utilización de microtonos y microglissandi. En la pieza Agamenón, pueden rastrearse episodios
rítmicos que no se dividen en compases, aprovechando el metro-ritmo de la
lengua griega antigua. Especialmente enfatizado en los episodios cantados. En
la coda y en la parte instrumental, tras el asesinato del rey, las líneas de
texto coinciden con los episodios instrumentales.
En Euménides, encontramos canto asincrónico. Aquí la sonoridad no
sincrónica, las frases corales, se funden con el sonido de batería y las
sirenas que se intercambian con las frases.
El lenguaje musical se innova con
esta inclusión de sonidos arcaicos, basados en el griego antiguo, con una
interesante mezcla estilística. El resultado es un híbrido donde el quinto
elemento aristoteliano (la dicción), se convierte en superior al sexto
elemento.
El efecto es el de una mistura
anárquica, conflictiva y con evocaciones de algaradas humanas, de inconexas y
desengarzadas peticiones a los dioses y a los hombres, basadas en elementos
proto-helénicos, casi dionisíacos. Xenakis experimenta con escalas no
occidentales, basando el ritmo en la prosodia de las arcanas palabras
helénicas, correlacionado con el carácter modal de la música. Los tetracordios antiguos se unen a los
modernos sonidos con fluidez, creando una profunda interrelación entre lo
filológico y la exploración musical.
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| Asier Puga. Director |
El uso de la unidad verbal o
sonido se convierte en determinante de la entonación musical. El desarrollo de
la acción se apoya en los episodios instrumentales, al carecer el espectador
del conocimiento del oscuro texto, debe participar en la adivinación de lo que
está ocurriendo en el escenario. Una primitiva liturgia pasada por el tamiz de
la moderna notación de Xenakis, que en algunos instantes tiene reminiscencias
de lo ancestral en la obra pasoliniana.
La Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza. Grupo Enigma, consigue
equilibrar; magistralmente; ese arcaísmo de las parte vocales (Ensemble Vocal Teselas) con los
estilemas de la escritura de Xenakis: polifonía de capas y texturas, el sonido
“nube”, contrastes extremos, glissandi o instrumentos específicos.
Lo antiguo y lo moderno se
misturan con notable acierto. La declamación clásica, el chorus, el fatum,
amalgamados con las técnicas modernas de lenguaje musical en bella y audaz
síntesis. Los principios de Aristóteles, unidos a las diferentes capas
musicales extraen un intenso poema épico que lo salva de la penumbra estigia
que sobrevuela el texto. Xenakis camufla los interludios con el disfraz de lo
primitivo, pero son técnicamente sofisticados. La partitura, sin ser puntillosa
en cuanto a la articulación, despliega la imaginaria de los personajes, para
incluir en cada inciso, el estado anímico o la mímica supuesta al instante. La
intención de la partitura no es acompañar lo dramático, es corporizarlo. Aquí, el
discurso dramático es el contexto vocal e instrumental. El texto es textura y
estructura musical, expresión emocional y vocalidad, alejándose del drama en
sentido literal, en un claro intento de reconstruir la declamación y el reflejo
arqueológico en el espejo de la modernidad.
Uno de los instantes más
intensos, que causó una cierta ajeneidad en el respetable, es la
declamación-diálogo de Kassandra por
parte de Maciej Nerkowski . La performance del barítono es un derroche de
versatilidad y dominio vocal, jugando con una tesitura casi de contratenor. El
trabajo vocal es impecable, soberbio. Kassandra,
acompañada del salterio, es hiperemocional, hiperbólica (cuasi histérica) y
desmesurada. Su expresividad bebe directamente de las dobleces de voz del drama
japonés, con el ritmo prosódico de la lengua griega. La pieza solicita un
control vocal absoluto y un trabajo dramático potente, apoyado por el sonido
hipnótico de la percusión, de referencias étnicas y ancestrales. Esta sección
fue añadida para la nueva versión de Oresteïa,
presentada en el Festival de Orestiadi de Gibellina, dirigida por Iannis
Kokkos.
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| Simón Ferrero. Actor |
Asier Puga, dirige con precisión
y parquedad de gesto una escritura abrasiva, nada complaciente, de difícil
ejecución, demostrada por su presencia anecdótica en las programaciones. Xenakis,
con cierta osadía, elige una voz masculina para la protagonista en un alarde de
trasgresión.
Extraordinario trabajo en la
percusión (Xenakis es un verdadero gurú de la percusión) y en el viento-madera,
en difíciles roles de expresividad y medida. Con notas casi verbalizadas, de
gran dificultad, para expresar la crudeza propia de Xenakis y el ambiente de
ritual antiguo; recreado por el autor; dada la imposibilidad de conocer como
sonaba en realidad aquella música. Ciertamente esta amalgama de acordes
atonales, pizzicatos, glissandos, campos armónicos, transformación de polifonía
en “nubes”, producen una sensación de
ajenidad en algunos espectadores, lo que nos lleva a pensar en la necesidad de
invertir más en conocimiento y menos en necedades varias.
A modo de cronista heleno, el
actor y dramaturgo extremeño Simón Ferrero (Grupo
7, El Niño, Cuando la red te atrapa) desgrana los distintos tiempos de la
obra, precediendo a los movimientos. Certera declamación de los textos, verbo versátil
y ágil, mimetizado por los instrumentos para introducirnos en la tragedia de
Orestes (vía Esquilo).
El mismo compositor seleccionó
cuidadosamente los versos de las tragedias que eran más apropiados para
expresar lo conceptual y conducen a lo más vital de la narrativa. En esta
ocasión, la partitura del autor no esta apoyada sobre las leyes matemáticas, o
la pura abstracción estocástica. Los incisos musicales devienen del texto helénico,
surgen desde la dramaturgia primordial, hacia una corporeización de las
acciones.
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| Orquesta de Cámara del Auditorio de Zaragoza - “Grupo Enigma” |
El Coro Infantil Amadeus-IN complementa en el movimiento final, en una
difícil combinación de directores (Alonso Gómez y Asier Purga), en el intenso instante
en que las Furias se transmutan en Las Benévolas.
Es de agradecer a los
programadores del Festival de Teatro Clásico de Mérida la elección de un
proyecto de esta magnitud. De una obra tan compleja y densa, difícil de domeñar
y convertir en accesible en el escenario. Algo que todos los actuantes
consiguen sobradamente. Excelente oferta para abrir la 69 edición esta
grandiosa obra, pocas veces llevada al escenario.