martes, 29 de agosto de 2023

Sin City. La ciudad del pecado. 2005

 



Hay películas que nacen con vocación de convertirse en objeto de culto. Extravagancias fílmicas que apasionan al cinéfago vocacional, y hacen patinar las neuronas del espectador palomitero, amante del taquillazo a ultranza, o adicto al  guaperas de turno, cuyo oficio es imprimir glamour a producciones que ya eran cadáveres antes de proyectarse. Nos encontramos ante una adaptación respetuosa del cómic homónimo de Frank Miller, realizada con veneración y calidad en ambos medios. Sin duda puede añadirse a la lista formada por el peculiar Batman de Tim Burton, la notable Hell Boy de Guillermo del Toro o La Liga de los Hombres extraordinarios, aunque inferior a su original en viñeta (Alan Moore), sin duda una propuesta refrescante con una presencia poderosa de Sean Connery. Otras versiones del mundo de la bande dessinée han sido producciones bienintencionadas, pero carentes de lado oscuro, o ávidas de un público teenagers que reviente las taquillas: X-man, Spiderman o Hulk. Todas ellas procedentes del universo Marvel, gran productor de cómic durante generaciones, que ha encontrado una nueva vía en el cine con los últimos éxitos: Iron man o Los Vengadores; todas ellas adscritas al blockbuster; innegable chorreo de divisas para la industria fílmica. 

Por el camino se quedan intentos mediocres o directamente infumables como Los Cuatro Fantásticos, Capitán América o la vergonzante El Castigador, mercaderías prescindibles, para arrinconar en el baúl del olvido. De la querencia entre el Octavo arte y el Séptimo, nace la Sin City de Robert Rodríguez. Un fresco de hiperviolencia conceptual (y material) desplegada en glorioso blanco y negro, que queda tamizada por el barroquismo visual de su estética, y las referencias cáusticas al Gran Guignol. Basada en una imaginería de fuertes contrastes, casi expresionista, que permite digerir como una abstracción las pinceladas gore, que podrían haber influenciado fisiológicamente a los espectadores más sensibles. No apta para estómagos tiernos, la película presente la cruda certidumbre en la cotidianeidad de la ciudad del pecado. Enmascarado tras la sórdida tapadera del mal; se agazapa un romanticismo enfermizo donde el amor fou, es el protagonista, y al mismo tiempo el motor que sacude a los personajes. Insana exposición de una patología romántica a tres bandas. 


Las historias se funden en una coda final que envía el mensaje: todavía es posible el sacrificio por amor. Impagables los personajes; ya condenados al terreno de los mitos; como la letal y fascinante Miko, dándole lo suyo a los cantamañanas con castradoras katanas. Bruce Willys deviene hilo de Ariadna, para conducir las diversas ramificaciones del libreto. Demostrando solvencia fílmica de sobra, cuando tropieza con un binomio (director-guión) que consiguen extraerle el registro adecuado. Rememoremos también su interpretación en la excelente 12 Monos, que permitió su redención por participar en productos infumables. Irreconocible bajo el maquillaje; lo cual es de agradecer; Mike Rourke. El antaño sex-symbol, con una soberbia caracterización, tan sólo equiparable a la de Benicio del Toro, un policía de costumbres harto extrañas. El elenco femenino lo conforma un gineceo rompedor: Rosario Dawson, musa enfundada en traje dominatrix. Sensual Jessica Alba (inquietante bomba de relojería) ejecutando una hipnótica danza. Sin olvidar a la malograda Britany Murphy, en quien ya no quedaba nada de la niña de Ni Una Palabra. Sin City destila humorada negra y mala leche a mansalva. Chef d´oeuvre para paladares entrenados. Formidable ofrenda de amor a la novela gráfica, de la que parasita modos y maneras. No apta para visionar durante una copiosa merienda.



EL CRUZADO. STEPHEN J. RIVELLE

 







Nos encontramos ante una novela destinada a aficionados el género histórico. Concretamente a seguidores del mundo medieval y de aquella locura colectiva (física y espiritual) que fueron Las Cruzadas. Quienes se hayan aproximado a otras obras desarrolladas en esta época, reconocerán fácilmente los personajes y situaciones, uno de los escollos que suelen encontrar los lectores no versados en esta variedad literaria, desarrollada en distintas épocas. Partiendo del supuesto diario de Roger, Duque de Lunel, que abandona su Provenza natal por arrepentimiento, seguimos la evolución humana del protagonista. Unido a los peregrinos y milites que van a protagonizar la Primera Cruzada, con la promesa de indulgencias y salvación. Roger descubrirá a lo largo de su peripecia que la codicia, la crueldad, el asesinato y la destrucción, acompañan a aquellos guerreros de Dios. En su lucha contra el infiel, encuentra el amor en los brazos de una mujer musulmana, descubriendo que para sus oponentes, ellos también son infieles, y dando un vuelco total a su mundo. El ambicioso Raimundo de Tolosa, el atípico obispo Ademar; espada en mano; el Conde Bohemundo, La Santa Lanza, personajes y situaciones reconocibles por cualquier buen aficionado al mundo medieval. Atrapados entre las tensiones de la Iglesia Romana y la Bizantina, nos encontramos ante una hermosa historia de amor a dos bandas. Los sentimientos de Yasmín y Roger en el epicentro de la  locura de un mundo convulso, y el amor (oculto y prohibido) de Eustaquio hacia Roger, capaz de vencer todos los obstáculos. Roger de Lunel vive en primera persona la carnicería genocida que fue la toma de Jerusalén, y todas sus creencias comienzan a tambalearse. A su alrededor la superstición, el fanatismo, la intolerancia religiosa, ermitaños o visionarios juegan un papel fundamental en un mundo de maniobras políticas, donde la consecución del  poder y las pasiones terrenales, están enmascaradas tras coartadas religiosas. Deus le vult (Dios lo quiere), es el grito de los cruzados que; decidiendo la voluntad de Dios; acometen todo tipo de atrocidades. Escrito como un cuaderno de memorias, nos traslada hasta los últimos días del protagonista, que nos relata su desesperanzado (y predecible) final. Único epílogo que podía esperarse en aquellos pavorosos días. Un epitafio doloroso, que deja un nudo en la garganta del lector. La grandeza de un hombre que no se rinde, que no pierde la esperanza aunque se sabe derrotado. El Cruzado se deja leer con intensidad. Su desarrollo histórico es apreciable, certero, sin un exceso de información que lastre la dramatización. Pero ante todo es crónica y  testimonio de una epopeya humana que no deja indiferente.

Lo que piensan los hombres bajo el agua. Semidiario subacuático.

 

                  



Surge la propuesta de Marino González Montero directamente desde la Red. Un sendero atípico en la literatura de un autor que siempre apostó por la clásica edición y el acercamiento en papel hasta el lector. Atípica también es la apuesta, ya que Marino llega en inversa dirección desde el texto teatral, el cuento o el poema hasta el género en el que suelen comenzar los escritores. El relato de breve extensión o microrelato. El autor engarza (con precisión de orfebre) una serie de vivencias, percepciones y pensamientos que van avanzando con el personaje (que no es otro que el propio autor) en una aventura cotidiana. Un regreso a Ítaca, confesado por el propio literato.

Este Odiseo de piscina de barrio nos introduce en sus percepciones de la realidad con un humor claramente british, no en vano se confiesa como una suerte de “Bartleby del cloro”. Al modo del personaje de Herman Melville, este autopersonaje se reconoce anodino, sin particularidades, mientras calibra con el pie (metafóricamente) la temperatura del agua ¿o de la sociedad?

El heterónimo del autor se arma de valor (no es poca cosa) para cargar a sus espaldas con toda la parafernalia necesaria para acceder a una piscina. Nunca se nos apareciera tan aparatoso hasta este momento: bañador, gorro, gafas, chanclas, albornoz, tapones, gel, champú. El acceso a la piscina se convierte en un insondable problema vital para el personaje que descubre (asombrado) que la puñetera agua “está caliente”. Toda la fragmentada narración esta teñida de ese humor marinomostesco que el autor utiliza como coraza frente a la realidad y la adversidad de la existencia. Porque entre esas pinceladas de humor, lo metafísico; tan presente en su obra; se agazapa como un ave de presa. La ironía se encuentra al torcer la esquina, cuando el protagonista; tras lidiar con un grupo de insoportables niños; anhela el retorno de Herodes (o algún primo carnal).

Preñado de referencias “acuíferas”, desde el oceanógrafo Cousteau, al nadador David Meca o Greg Louganis, el casposo nadador va narrando sus cuitas en un viaje iniciático, donde encuentra las dificultades de Stanley mientras localizaba a Livinsgtone en la selva. Sus experiencias con actividades acuáticas desgranan unas líneas de humor (preñado de neologismos verbales) hasta desembocar en la conclusión de que, tristemente, es tan solo un eccehomin, tratando de buscar una pueril venganza en Mr. Speedo, arrojándole el bañador a la piscina…

El uso del lenguaje coloquial, cotidiano, el juego de palabras y la reproducción lingüística de expresiones inglesas (en versión de a pie), la autoironía (incluso el sarcasmo) y el juego con situaciones reales (haciéndome un BREXIT), incluso la inclusión de él mismo como personaje contemplado desde fuera, convierten esta peripecia (nada homérica) en un divertido viaje inciático donde el protagonista; posiblemente en situación de apnea; alcanza la iluminación viendo desfilar la historia del hombre, bajo el agua.

El siguiente foco de adversidad del Bartleby de guardarropía, es el centro comercial y sus postrimerías. Una vez más la hibridación entre lo coloquial y el referente culto producen notables efectos humorísticos (Tractatus de psicología dominical). Enfermo de televisiónfilia, pasea sus reales por las secciones de televisores de los grandes almacenes, desarrollando un extraño fetichismo. Tampoco tiene desperdicio su parafilia con los cuchillos o con los frigoríficos, donde alcanza el nivel olfativo (una especie de olfactofilia frigorífica) que le lleva a disfrutar del olor peuvecé que desprenden. El alter ego del escritor es un obsesivo-compulsivo que, además, goza con la sección de ferretería, el tacto fálico de los mangos, el sádico filo del cuchillo, para continuar con la patológica atracción por los perfumes (una suerte de Jean-Baptiste Grenouille) en un deleite olfativo, tan solo detenido (como de costumbre) por la mirada de la esposa airada que desmorona los castillos de arena que construye el personaje sin nombre.

A lo largo de las pequeñas narraciones imbricadas, se nos van detallando las peripecias con el papel higiénico, los taimados pañales o el exceso en el consumo de tetrabriks.

La tercera Saga del iniciático éxodo nos conduce “de bares”: Una vez más las tribulaciones de un chino en china (que diría Verne). La peripecia vital navega entre la frustración porque la botella de whisky tiene dosificador y un verso, escrito en la puerta del servicio del bar, del que desearía ser el autor. Retornan las referencias culturales: la taberna de Moe (Los Simpsom), los homenajes fanáticos al Fari, los bares de palillos en el suelo…siempre preñados de esos juegos de palabras, esos retruécanos tan caros al autor y ese sentido del humor luminoso capaz de combinar lo cotidiano con lo metafísico.

En el epílogo, la narrativa se convierte en una humorada que juega con las realidades de las clases, la algarabía de los niños y las vivencias de padres, profesores o sherpamadres. Al regreso de las clases el alter ego se ve reflejado en un escaparate con el jersey del revés y comprende que es el momento de tomar otro sendero (la jubilación). El segmento dedicado al profe que ilusionado ha conseguido una plaza de enseñanza, deja la cartera en la puerta y se marcha, ante una clase “de verdad” deviene metáfora de la humana existencia. La tristeza de los finales de curso se apodera del párrafo. Esa tristeza gris y de hoja caduca. El pasillo vacío, metáfora de la existencia. El vacío…la jubilación. Aquí finaliza este Odiseo de barrio su búsqueda. El resto, es literatura.

Un ramillete de microrelatos realistas, que invitan a ser consumidos mientras uno se acoda en la barra de un bar, durante el trayecto en autobús o en el banco de un parque (a la sombra de los almendros en flor), no en vano todas las fantasías narradas se desarrollan en espacios comunes donde los hombres piensan “bajo el agua”.

 

lunes, 28 de agosto de 2023

KILLER JOE DE WILLIAM FRIEDKIN

 



La primera secuencia es toda una declaración de intenciones. La cámara se introduce en un hogar (tan desestructurado como los protagonistas). El hijo mayor (Emile Hirst); tarado y toxicómano; llama a la puerta, en medio de una tormenta precursora. En el interior, un travelling nos muestra ropa amontonada, vajilla sucia de varios días y abundante mugre. Es el sórdido mundo que aguarda al espectador. La madre, que abre la puerta, con el pubis refrescándose al viento; un padre calzonazos (y casi oligofrénico), jeringuillas, una discusión ultraviolenta, insultos, amenazas, violencia gratuita. En su habitación, tumbada, en camisón como la Lolita de Sue Lyon, se encuentra la ninfúla Dottie. Ajena, aparentemente a todo lo que  le rodea, escucha los gritos. Una profusión de relámpagos y truenos, vaticinan una tormenta aun mayor. En escasos instantes la depravación de los  personajes se ha definido como motor de ese micromundo, que produce asfixia y arcadas, a partes iguales. Un microcosmos, que comienza a imprimarnos de la grasienta amoralidad de esta América profunda, a partir de los primeros diálogos. Con una trama negra, en torno al asesinato de la exmujer, para cobrar el seguro, está servida la excusa para vertebrar discusiones intensas y revulsivas, impregnadas de insania y pestilencia. La repugnancia que inspiran los personajes es directamente proporcional al desarrollo del argumento. El sicario contratado para llevar a cabo el asesinado (excelente Mattew McConaughey) es un policía sicópata de una frialdad repulsiva, que ante la falta de fondos, solicita como alternativa de pago a la; hasta entonces angelical; Dottie. La dirección de actores, llevados hasta el extremo en las secuencias es uno de los aciertos de este film. Una de esas extrañas criaturas de celuloide que el espectador no sabe si desea volver a visionar. La pequeña Dottie, es ofrecida en pago al gélido asesino a sueldo, como víctima inocente, en un principio. Pero los giros de tuerca llevarán a esta atípica nofamilia; reflejada en espejos deformados; a un cataclismo que supera todas sus expectativas. Rodada casi por completo en interiores, dado su origen teatral, los escasos exteriores son un respiro para escapar a esa atmósfera opresiva con olor a fritanga, amoralidad, y aberración. Una realidad alternativa, donde integridad y moral, son palabras desconocidas. Killer Joe, se revela como un depravado, buscando la juventud, en su cita con Dottie, donde descubrimos que la cándida y virginal ninfa (June Temple en estado de gracia) no es lo que parece. 

El hermano tarado es perseguido por prestamistas a los que debe dinero. La espiral de violencia crece en una de las escenas de mayor tensión. Entre risas y chistes, el mafioso recuerda instantes felices. De modo inocente, bromea y ríe con la víctima, previamente a la brutal paliza que ambos saben, va a recibir. La aceptación de la brutalidad y el envilecimiento como algo cotidiano, forma parte indivisible de este nauseabundo paisaje sureño. Cuando los planes económicos no salen como se esperaba, y se dan cuenta que han sido manipulados, la debacle ya no tiene marcha atrás. Los personajes devienen marionetas en manos de un funesto destino. Perdedores, desahuciados de sí mismos que en una catarsis final, desarrollan  una escena llena de violencia (interna y externa) con lucimiento del policía sicópata (McConaughey) de la inmensa Gina Gershon (Showgirls) y el resto de elenco. Siempre eficiente, Tomas Haden Church, nos regala un marido redneck, (paleto), consentidor, estulto y abofeteable. El inexistente paraíso, explota en una vorágine destructiva. Una escena terrible, vomitiva, tras la cual las alitas de pollo nunca nos parecerán igual. Es esa violencia asumida, latente, que impregna el paisaje, como una respiración enfermiza, fría como un témpano, lo que erosiona la visión del espectador de estómago delicado. Esa capacidad de explotar dentro de la violencia más sádica y enfermiza para volver en un instante a la ¿normalidad? de una cena familiar desestructurada (y degradada). Killer Joe es un thriller pervertido, que bebe directamente del Pulp más sórdido y el humor negro más infame. Un paseo por la miseria y la abyección que alcanza el ser humano, cuando carece de valores de referencia. 

Retorcida fábula sobre la infamia en sus diversos estratos. Se sostiene; tan atípica y perturbadora arquitectura; sobre la entrega interpretativa y la malsana brújula que guía el argumento como un mecanismo de relojería hacia la debacle final. No hay redención posible en ese final abierto, donde la degradación campa a sus anchas. No hay salvación en esa inmolación colectiva de la ética y la humanidad. William Friedkin, ha dirigido esta degradante y retorcida parábola sobre la miseria que podemos llegar a alcanzar. El director de French Connecction y El Exorcista, domina la puesta en escena. Consigue extraer de los actores toda la perturbadora insania, que requiere esta pieza de cámara pervertida. McConaughey; ya había dado muestras en Magic Mike; dé su deserción del  producto alimenticio, y su (posible) redención de la comedia blanca, sosita y palomitera, se crece en un personaje infame, que irradia inquietud con su presencia y reacciones imprevisibles. Esta historia es la disección visual de unos depravados perdedores. Negra. Negrísima. Salpicada por el humor, aún más negro, de Joe y sus códigos morales alternativos. Trufada de sus oscuras; e imprevistas; reacciones. Antes de las tormentas, desencadena el abanico de la educación y los buenos  modales. Quizás el film acusa un cierto desequilibrio en el montaje, alternado precipitación con lentitud, o cierta demora al inicio del metraje, indolencia a la hora de captar al espectador. Propuesta incatalogable e incómoda, que recupera al autor de Vivir y Morir en Los Ángeles, para resolver con solvencia el encorsetado origen teatral del texto, el regusto televisivo y lo surrealista de algunas situaciones. Es hora de recuperar al abanderado del cine policiaco en exteriores o el terror gótico, oculto durante los últimos años. Ha elegido para hacerlo un producto chocante, sin esquemas, que juega con los códigos del cine negro y la literatura Pulp de Jim Thompsom, pero los dinamita con esta familia de instinto salvaje y el humor negrísimo que destila. Metáfora envilecida de un capitalismo bestial y la deformidad de la realidad que gravita a su alrededor.
Killer Joe, es uno de esos celuloides que nos harían cavilar antes de recomendar su visionado a terceros. El personaje de McConaughey suele ir acompañado de planos detalle, para escapar de la raigambre teatral del argumento, y los exteriores aportan un poco de oxígeno a esta opresora e intranspirable atmósfera sureña. La extraña (e insana) atracción que la bipolar Dottie, con su postiza candidez, ejerce sobre  los protagonistas, origina la vuelta de tuerca donde culminará este Grand Guignol de la América profunda. El guion del experimentado Tracy Letts (autor de la obra teatral y del guion de Vivir y Morir en Los Ángeles) y ganador de un Pulitzer, no deja respiro en esta trama frenética, desesperanzadora. Auténticamente destroyer. Verdadera patada en el rostro del espectador. Esta sombría parábola sin moraleja; pasó comprensiblemente; de forma expeditiva por las salas de exhibición, reflejando breve estadía en cartelera. La irritante y discordante banda sonora, contribuye a la sensación de malestar integral.  Esta crónica de animales heridos, semeja una hibridación de un Tennessee Williams pervertido con El Demonio Bajo la Piel. Los hermanos Coen, mixturados con un Tarantino pasado de rosca. Pero deviene mucho más sucia y oscura. Estrenada en Venecia con una, comprensiblemente, tibia acogida, recibió en EE UU la calificación  NC-17, calificación impuesta no pensando en la terrible violencia (soterrada y de la otra) sino en los desnudos ¡intolerable! de los protagonistas que atentan contra el orden y las buenas costumbres ¡Faltaría más!

Plaza Alta, de Plácido Ramírez Carrillo

                        

Toma el nombre esta antología de uno de los espacios más emblemáticos de la ciudad de Badajoz. Un espacio visitado y revisitado por el poeta, noctámbulo, bohemio y hacedor de hechos culturales en los aledaños, como los actos que se realizan en el cercano Museo Luis de Morales por la Asociación de Amigos del Museo.

Recoge este libro de hermosa portada, realizada por Gamero Gil, donde las Casas Mudéjares, iconos pacenses por excelencia nos aventuran cual va a ser el contenido de esta antología de 100 artículos, publicados en el Diario Hoy.

El poeta no desaparece frente al articulista; de irónica pluma; solo se camufla y adapta sus contornos al reducido espacio físico del párrafo periodístico. El articulista de opinión no eclipsa en ningún instante al poeta, que “cumple instantes” o nos narra sobre la “orfandad de las emociones”.

Destila Ramírez Carrillo un estilo donde consigue hibridad la denuncia social con el hálito de “ese silencio largo”, la risa y el descojone a costa de los mamelucos que gestionan nuestras vidas y haciendas, sin olvidar las “mujeres que adelantan primaveras en su reloj de invierno”.

Conseguir combinar la concreción con la solicitada extensión de la metáfora y el hálito poético no es tarea fácil. En especial cuando se imbrica lo lírico dentro de una estructura literaria que, en su brevedad, oficia de martillo de herejes y azote de zascandiles patrios.



Por estas páginas desfila una pléyade de personajes fallidos que tenemos la desgracia de contemplar hasta la saciedad a diario en noticias y televisiones. En estos tiempos en los que un sector se decide por la genuflexión (incluido el periodismo patrio) y desarrollar una prensa de reclinatorio y monaguillo adusto, Plácido Ramírez opta en sus breves semblanzas por el camino difícil. Per aspera ad astra, decían los latinos (Por el sendero áspero hacia las estrellas). Por el camino de no hacer amigos y desvelar las sevicias, mugres y nulidades con que nos vemos obligados a convivir. Y lo hace desde la atalaya de un humor envidiable. Un humor inteligente y lúcido, algo que se está dejando de lado, especialmente en la bazofia de algunas publicaciones “humorísticas” que sirven a la voz de su amo. 

El poeta-articulista domina la cadencia en el texto. Tienen estas breves pinceladas lumínicas una armonía interna de tintes musicales que terminan siempre en esa coda “Llena otra vez, Josué”; que se ha convertido en la marca de la casa. Conocía, el autor, la problemática que se iba a derivar al desvelar verdades no deseadas en un terruño donde la ocultación de la realidad es un deporte patrio por excelencia, donde el pesebreo institucional es la profesión más prometedora y donde el palmero y el mariachi son recompensados en modo inversamente proporcional a su inteligencia. No le importó. Por ello, estos artículos son un regocijo para el espíritu y un baño de realidad para quienes se rodean de aduladores y monaguillos que ofician sus carencias. Y sus cortedades intelectuales y cívicas. Por las páginas de Plaza Alta desfila todo el esperpento patrio, toda la Santa Compaña de cofrades de la inanidad, de vividores hispanos pata negra. Ramírez Carrillo les regala una de cal y otra de cal. Las consecuencias, obviamente, las ha sufrido en sus carnes. A ningún espantapájaros le gusta que revelen la paja que rellena sus disfraces.



Pero no sólo la nefasta fauna institucional tiene su sitio en estas páginas. Siempre hay un lugar para recordar alguna tradición rural, una fiesta local como los Carnavales, un acto cultural (de tantos en los que participa) o un saludo a los amigos ¿Por qué no? De bien nacidos es ser agradecido.

El artículo de opinión solicita brevedad en su estructura y concentrar la enjundia en escasas líneas. Se trata de un ejercicio de condensación literaria nada sencillo. Sobre todo cuando la variedad y cantidad de los temas invitan al literato a la expansión y la desmesura sobre la cuartilla. A través del espejo de Plaza Alta, el lector podrá recorrer casi un diario de la actividad cultural pacense, un dietario de las mamandurrias políticas y sus aledaños. Un ejercicio lírico que recorre instantes de la cotidianeidad urbana, que navega por calles, arcadas y recovecos mostrando personajes y curiosidades. De repente, un quiebro, una dedicatoria irónica y diestra al zascandil de turno, al cenutrio mediático, al títere con sueldo público o al chisgarabís que se contempla en el espejo como un moderno Narciso. Y lo hace con ese lenguaje sencillo, cotidiano, a pie de ciudadano que ha desarrollado en sus obras anteriores. Ese halo poético, de querencia urbana, con matices y pinceladas del verbo particular de localidades extremeñas. Palabras al uso en ámbitos rurales que se perderían de no ser recogidas en estos textos. De ese modo, el poeta-articulista, huyendo del viciado sacaplanas, del lisonjero lambiscón, del acrídio que salta de poltrona en poltrona, sin abandonar nunca las prebendas, construye un imaginario donde todos estos personajes cobran efímera vida. Un paisaje donde se convierten en blanco certero de la crítica inteligente y lírica que nace de su pluma. 

La capacidad de condensación literaria permite al autor dar breves pinceladas de los temas más diversos dentro del espacio opresivo y efímero del artículo de opinión. La riqueza léxica abarca vocablos de escaso uso como “apestajicosa, barajusteando, ciringuncia, culebreando, chufleteo, cusculejos, gigonas y abaldragarlos, estrapalucios". Pero no huye el autor del neologismo, desgranando palabras de nuevo cuño como “cardosiano” o recuperando expresiones como “chufletas” de escaso uso.

Plácido Ramírez nos regala un volumen donde continúa enhebrando palabras y atardeceres “acanelados”. Una lectura imprescindible para seguir el día a día cultural de la Región, donde desfilan botarates, señoras de otoño tardío, adalides vocacionales de lo cultural, calles y callejones, exploradores perdidos buscando su Livinsgtone, gacetilleros de la realidad, chiquilicuatros con sueldo a nuestra costa, misturados con el “apúntamelo pá cuando cobre” o las colas del hambre que “crecen y doblan las esquinas en carrefilera”. En inaudita capacidad de simbiosis, todos los elementos de la arquitectura literaria carrilliana se entrelazan, formando un todo de certera cohesión dentro de su diversidad. La riqueza léxica sublima de negatividad de los hechos denunciados, la lírica disfraza la toxicidad de los personajes nefastos y “reideros” que conforman nuestra realidad social. De los perniciosos adictos a la negatividad.

Mientras tanto, el escritor nos despide desde abril (con su caligrafía rota). 

domingo, 27 de agosto de 2023

El regalo de Zeus. Luminosa paleta del Olimpo

 

                                

 




En el mito matriz, los actos de Pandora condenaban a la humanidad a las mayores miserias al abrir la caja (en el original, una vasija o ánfora llamada pithos), enviada por Zeus como venganza por el hurto del fuego, realizado por Prometeo. Tan solo la esperanza (elpis) quedaba en el fondo de la caja antes de ser cerrada, como narraba Hesiodo en Trabajos y días. Pandora, al modo de la bíblica Eva, era la encargada de verter la desgracia sobre la humanidad. 

Concha Rodríguez ha elegido un sendero diferente para conducir a su paleta de personajes del Olimpo y cerrar con un señero broche el 69 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Propuestas como la de la autora extremeña (Almendralejo) vuelven a poner sobre el tapete el eterno dilema. Lo clásico (entendido como lo ya escrito y venerado como intocable) frente a la nueva creación, basada en el cosmos greco-latino, pero con las características del mundo actual. En principio no es más que una cuestión de perspectiva, ya que el drama clásico es universal y atemporal. En aquel ya se daban todas las estructuras, vivencias, problemas y reivindicaciones que se reflejan en los textos creados específicamente para este Festival, que van aportando nuevas perspectivas y enriqueciendo el mundo teatral. Cuando lo nuevo nace con el respeto y la calidad necesarias, las propuestas son tan respetables (y disfrutables) como sus referentes genésicos.



De la mano de La Estampa Teatro (Almendralejo) y Entrearte Al-badulaque (Cuacos de Yuste), nace una propuesta de raigambre extremeña que sobrepasa fronteras y expectativas en coproducción con el Festival.

Aquí, la femme fatal, el contrapunto de Eva edénica, elimina su negatividad, portando un mensaje de positividad y regocijo (no en vano, la autora navega con soltura en el terreno de la comedia). Es una Pandora “deconstruida” que renueva el mito antiguo.

Para llegar aquí, el mito ha recorrido un largo camino. Para Hesiodo, Pandora es el instrumento que supone el nivel de degradación de la humanidad. Es la Pandora áurea, coronada de ímpetu y brío, obra directa del mismo Zeus (encargado a Hefesto y Atenea) y que comparte con Eva la búsqueda del conocimiento.

La reconversión de Pandora en Gaia surge de la recreación escultórica del mito sosteniendo la peligrosa jarra, en la que Pandora se transmuta. Pandora, como Gaia, es la fuente de todos los dones que ofrece la tierra. La recuperación del mito por parte del pensador Ivan Illich, la presenta como la guardiana de la esperanza. Enfrente, se encuentra el pensamiento nietzscheano que nos invita a aceptar los males como algo entremezclado y aceptarlos para aprender a convivir con la tragedia.

Fotografía: Francisco Collado


A partir de estas premisas, la obra desarrolla una panoplia de personajes que van reelaborando los textos clásicos, utilizando la comedia como vía para habitar el mito de Pandora de luminosidad y cierta esperanza. Un territorio donde la referencia clásica puede convivir con la “morcilla” contemporánea, el optimismo diáfano y el homenaje al mito más arraigado.  

La maquinaria humorística, plena de sátira, funciona como un mecanismo de relojería, algo que agradece el público. El añadido de elementos procedentes del ámbito circense y lo acrobático potencian el material alegórico de los diferentes cuadros, que los actores desarrollan con una celebrada vis cómica, poniendo patas arriba todo el monolítico esquema de lo mitológico. El espacio está aprovechado en todas sus márgenes, incluyendo unas escaleras que descienden desde proscenio a la orchestra y que sirven de asiento a dos de los personajes.  La narrativa y la dirección consiguen evitar el conjunto de sketches animados en que pueden devenir este tipo de propuestas poliédricas, como la reiteración de chascarrillos sobre Dora la exploradora o el difícil equilibrio en el acercamiento a lo discursivo.

Lo visual también tiene su rincón. De este modo, modernas técnicas de video mapping (Carlos Lucas) se proyectan sobre las piedras milenarias del frons scaenae, mostrando animales, historias o El Olimpo, en un trabajo admirable con las columnas ejerciendo a modo de tapiz. Soberbio el instante de la creación de la tierra, particular en el que no anda ajeno “en el salón del rey de la montaña” (Peer Gynt. Opus 23).



Las distintas atmósferas creadas por acróbatas y las coreografías enlazan con los sucesos y diálogos, sirviendo de refuerzo y apoyo en las transiciones, enriqueciendo el ritmo y agilizando el tempo, incluso en las situaciones estáticas. Las deidades de esta fábula son terriblemente humanas, (incluso el propio Zeus comienza a padecer el azote del Alzheimer), sus diálogos; chispeantes y acerados al tiempo; navegan por un océano de humanidad latente. Enriquece, sin duda, la correcta iluminación (Rubén Camacho) y el bello diseño de vestuario (Ángeles Vázquez).

Todo el elenco aporta y enriquece cada instante el texto, aporta tonalidades e impregna de un humor inteligente (y gamberro) las piedras milenarias. El aspecto plástico y coreográfico deviene armonía visual, plena de elegancia y saber hacer. Ángeles Vázquez, Concha Rodríguez y Juan Antonio Moreno han conseguido hibridar y conjugar las distintas disciplinas con fluidez en una textura de matices poliédricos, que nos dejan un mensaje pleno de positividad y humanidad.

Un mensaje donde se agradece la ausencia de genuflexión; tan al uso en la actualidad; ante la propaganda ideológica. El peaje a pagar ante las moralinas políticamente correctas que castigan al espectador en otras propuestas.

 El regalo de Zeus es un celebrado colofón para cerrar esta edición del Festival. Un festival poliédrico de alegría y esperanza. Por algo se quedó dentro de la Vasija (IPhone) de Pandora. Para que Concha Rodríguez y todos los participantes en esta luminosa obra, nos invitaran al goce y al regocijo.


REPARTO

Emma Ozores

Juan Meseguer

Pablo Mejías

Raquel Bravo

Rubén Torres

Sandro Cordero

María José Mangas Durán

Mike Dosperillas

Cira Cabases

Sandra Susana Carrasco

Jorge Safer

Daniel “Sifer”

Daniel Barros

 

CUADRO ARTÍSTICO TÉCNICO

Texto: Concha Rodríguez

Dirección: Ángeles Vázquez, Concha Rodríguez y Juan Antonio Moreno

Ayudante de dirección y regiduría: Pilar Contreras

Coreografía: Ángeles Vázquez y Sifer

Circo: Juan Antonio Moreno y Ángeles Vázquez

Efectos Especiales y Magia: Alfred Cobami

Escenografía: Juan Antonio Moreno

Diseño de vestuario: Ángeles Vázquez

Técnico de sonido: Luis Cotallo

Diseño de iluminación: Rubén Camacho

Videomapping: Carlos Lucas

Taller de costura: Victor Manuel López

Maquillaje, peluquería y caracterización: Juanjo Grajera

Fotografía y comunicación: Jorge Armestar

Producción ejecutiva: Raquel Anaya

Distribución: Arrasa Producción & Distribución

 

Una coproducción del Festival de Mérida, Entrearte Al-Badulaque y La Estampa Teatro

domingo, 20 de agosto de 2023

 

TOCANDO FONDO (SMASHED)


                                           


Año: 2012
Duración: 78 min.
País: Estados Unidos Estados Unidos
Director: James Ponsoldt
Guión: Susan Burke, James Ponsoldt
Música: Andy Cabic, Eric Schuman
Fotografía: Tobias Datum
Reparto: Mary Elizabeth Winstead, Aaron Paul, Octavia Spencer, Mary Kay Place, Nick Offerman, Megan Mullally
Género: Drama | Cine independiente USA.

Cuando se enfrenta a una película como Tocando Fondo, el primer temor del espectador es encontrarse frente a lugares comunes, o rancios discursos sobre temas una y mil veces vistos en pantalla. El alcoholismo ha sido visitado por el cine en obras notables como Días de Vino y Rosas de Blake Edwards o Días sin huella (1945) de Billy Wilder. Leaving las Vegas mostró la vertiente más cruda de la mano de Mike Figgis y su descenso a los infiernos, sin concesiones comerciales, que sí estaban presentes en 28 días, con la Bullock intentando desencasillarse de su imagen de comedia banal. Cuando un hombre ama a una mujer (1994) de Luis Mandoki,  mostró a una Meg Ryan con aspiraciones a Oscar. Nada de esto es Tocando Fondo. Las intenciones del director de desmarcarse del drama desgarrado, o de la comercialidad de productos como los referidos, quedan patentes en el fondo (y en la forma). Sus vestiduras claramente Indies, su premio en el Festival de Sundance o la nominación a mejor actriz para Mary Elisabeth Winstead para el galardón Independent Spirit Awards, nos indican por dónde van los tiros. El guion es arriesgado.  Las posibilidades de patinazo en este espinoso foro, son saldadas por el director sin entrar a matar al toro. El matrimonio formado por Mary  Elisabeth Winstead y Aaron Paul (Breaking Bad) pasas los días envueltos en la alegría de los vapores etílicos, hasta que ella comienza el descenso y despierta en un descampado; entre vagabundos; después de haber fumado crack. El director opta por una puesta en escena que evita síndromes de abstinencia, escenas excesivamente abruptas, huyendo de lo escabroso y carga las tintas sobre las relaciones humanas y sus consecuencias. El marido de la protagonista es un inmaduro con el Síndrome de Peter Pan, que pasa sus días entre juergas, videoconsolas y alcohol, sin apoyar para nada a su esposa. 


En la visita a la madre (también alcohólica) para contarle su superación y buscar apoyo, esta les ofrece como respuesta unas copas y una falta de empatía que causa pasmo. Incluso las posibles nefastas consecuencias de conducir una bicicleta borracho, se saldan con un pequeño susto. No descendemos a los abismos de la destrucción moral y física, a la sordidez de la enfermedad, como en algunas de las referidas cintas. El peso de toda esta arquitectura descansa sobre a interpretación convincente, fresca y natural de Winstead. Los elementos dramáticos están dosificados y ese aire independiente y espontáneo, beneficia a una narración que basa la fuerza en su propia modestia. La valentía y sinceridad del director para abordar sin adornos, sin efectismos falsos de cara a la comercialidad, esgrimiendo interpretaciones histriónicas o pasadas de rosca. 
Otra obra más para añadir a esa interesante corriente del Cine Indie  que se refiere al desamor, abanderada por filmes como Blue Valentine (2010), Rabbit Hole (2010) o Like Crazy (2011). En el lado positivo la magia que destila la sensible interpretación de Mary Elizabeth Winstead, una actriz a tener en cuenta, y que ya destacó en el papel de Ramona V. Flowers en Scott Pilgrim contra el mundo (2010), o el claro progreso del director hacia ese renovador y fascinante fresco de infancia y adolescencia que resultó en Aquí y Ahora (2013). El balance menos positivo nace de esa creencia, común, de que los movimientos de cámara al hombro (steadycam) facilitan un lenguaje de aproximación cotidiana, o dan pátina de independencia, cuando en la vida real nuestro cerebro equilibra para que no se mueva todo alrededor. Los partidarios del DOGMA, que cabalguen sobre una montaña rusa, si ello les place. Para completar el aroma Indie de la cinta, el soundtrack abarca desde Andy Cabic y Eric Schuma:, autores de una composición musical con tinturas folk; junto a temas de Dark Meat o Sonny and the Sunsets. Bill Callahan firma los créditos finales con su hermosa canción: Our Anniversary

miércoles, 9 de agosto de 2023

LA CARNE Y EL DEMONIO. THE FLESH AND THE FIENDS.1960

 

LA CARNE Y EL DEMONIO. THE FLESH AND THE FIENDS.1960






The Flesh and the Fiend
Año
1960
Duración
97 min.
País
 Reino Unido
Director
John Gilling
Guión
John Gilling, Leon Griffiths
Música
Stanley Black
Fotografía
Monty Berman (B&W)
Reparto
Peter CushingJune LaverickDonald PleasenceGeorge RoseRenee Houston,Dermot WalshBillie WhitelawJohn CairneyMelvyn HayesJune Powell
Productora
Triad Productions

No es demasiado atrevimiento afirmar que nos encontramos ante la mejor película de un director que dedico la mayor parte de su tiempo a la productora Hammer, especializándose en cintas de terror, acordes con la estética manierista y el cromatismo barroco de esta industria londinense. Curiosamente esta joya olvidada no fue desarrollada por la anterior. La productora Triad se hizo cargo del proyecto, rodando en los estudios Shepperton, contando con uno de los actores fetiches de Hammer: el versátil Peter Cushing. Las diferencias estéticas y conceptuales viajan desde en ese blanco y negro con vida propia; pleno de claroscuros; que nos regala Monty Berman, hasta la explicitud de la violencia. En esos mismos años Hammer desarrollaba sus películas de vampiros con Christopher Lee, donde la crueldad era ejercida por seres sobrenaturales o contra ellos. Pero este estilo; con abundancia de hemoglobina y estética decadente; no llega a ser más que una tímida y titubéante aproximación a la barbarie, frente a la visceral (y brutal) violencia efectiva, ejercitada por los dos sociópatas. Esta constituye la segunda aparición de estos personajes en el cine. El doctor Knox ya había protagonizado El Ladrón de Cadáveres, basada en una obra de Robert Louis Stevenson. En esta memorable película el profanador de tumbas era Boris Karloff, aunque estaba remotamente inspirada en los hechos reales, no se ajustaba con fidelidad a la historia Cushing; protagonizando sobriamente a un científico imperturbable; volcado en la medicina por encima de todo, aparece como el personaje sobre el que gira la trama, pero  los verdaderos protagonistas son los profanadores  de tumbas. Donald Pleasance; otro habitual de la escena hammeriana; y el teatral George Rose, componen dos magníficos truhanes. El primero es la personalidad dominante; con ramalazo sicópata y sádico; el segundo, desgrana un oligofrénico de naturaleza dependiente y sumisa. La perversión de Burke y Hare; los tristemente famosos ladrones de cadáveres; se presenta ligeramente asociada al miserabilismo de su entorno, como resultado de un modo de vida. 

En las primeras escenas, los compinches aparecen como unos pícaros con aires de grandeza, que hasta ese momento malviven a base de engaños y fullerías, pero sin traspasar ciertos límites. Es durante el asesinato inicíatico, cuando tras la mirada febril y enfermiza de Hare, (formidable Pleasance) surge el sicópata que se agazapaba en sus entrañas.  En estas calles ponzoñosas, magistralmente tratadas como un personaje más, todo es insania y ausencia de ética. La posadera (esposa de Burke), tras superar los escrúpulos iniciales, se vuelve cómplice de los asesinatos, preocupándose únicamente por la mala imagen que puede dar su establecimiento, si  alguien ha visto entrar a la mujer, cuyo cuerpo caliente yace sobre la cama. La verdadera historia de estos asesinos decimonónicos, que vendían los cadáveres frescos para los estudiantes de anatomía, causo verdadera psicosis en la época, llegando los parientes a dormir encima de las tumbas durante días. Aunque el profesor Knox no deja de sospechar acerca del origen de los cadáveres, no hace preguntas y muestra un profundo desprecio ante la frialdad y amoralidad de los carroñeros. El argumento paralelo corre a cargo del alumno del profesor  (John Cairney) y su relación con la díscola y alcohólica prostituta interpretada por Billie Whithelaw, unos  años antes de aparecer en La Profecía. Las siniestras callejuelas, manejadas con bajo presupuesto; pero con genialidad visual; adquieren vida propia. Regalando un ambiente de opresión y sordidez, donde la nocturnidad, los adoquines, las tabernas, crean seres inhumanos que habitan en la noche, en un claroscuro magistral y feérico. En esta fábula pervertida nada es lo que parece, el epílogo apenas nos deja atisbar la responsabilidad del médico (a pesar de su predecible redención) como mecenas e instigador de los sociópatas. En el  otro borde del abismo se nos hace comprender que  las  ciencias y la salud humana se han beneficiado de la existencia de personajes como éste catedrático, que sitúa la ciencia por encima de otras consideraciones. 

Dotada de un montaje clásico, un desarrollo de ritmo trepidante, una  fotografía certera y guiada por interpretaciones notables de todos los intérpretes, La Carne y el Demonio es una reivindicable obra de las que ya no se hacen. Sorprenden las licencias, teniendo en cuenta la época en que se rueda el film. En las escenas del burdel, el director consigue colocar estratégicamente desnudos integrales, que la censura sólo podría detectar con los modernos reproductores y sus funciones de adelante/atrás/paro. Por aquellos años la Hammer comenzaba tímidos atisbos de sexualidad, sublimándola con insinuantes vampiresas. 
La violencia mostrada en pantalla es terrible, y explícita. 

Recordando; la secuencia en que Burke trata de matar a un deficiente mental; observado por los ojos febriles de Hare, a la película de Hitchcoch Cortina Rasgada, donde se alarga la dificultad del asesinato para desasosiego del espectador. Coincide en el  tiempo esta obra con “La sangre del vampiro” (1958), de Henry Cass, y “Jack the Ripper” (1959), de Robert S. Baker y Monty Norman, para dejar a la posteridad tres notables producciones del thriller y el terror. La historia de los dieciséis asesinatos cometidos por la dualidad de tarados, ha tenido otras revisitaciones cinematográficas: El Doctor y los Diablos de Freddie Francis, o Burke & Hare (2010), de John Landis, aunque nunca se ha conseguido recoger tan magistralmente el pútrido entorno (moral y físico) como en las nebulosa fotografía de ese Edimburgo sobrenatural, en la película de John Gilling, que dedicó sus últimos ocios, a practicar la pesca en España.