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lunes, 12 de junio de 2017

CÓMICO, DE RAFAEL ÁLVAREZ “EL BRUJO”. TEATRO SIERRA DE ARACENA

CÓMICO, DE RAFAEL ÁLVAREZ “EL BRUJO”. TEATRO SIERRA DE ARACENA

                            


A estas alturas de la fiesta no es aventurado asegurar que Rafael Álvarez “El Brujo” es casi un subgénero teatral. Una variedad de teatro que conlleva fervientes seguidores que acuden para ver como el actor oficia de sí mismo, para degustar su “modus vivendi” sobre las tablas, sus desnudas escenografías, que solicitan complicidad y conocimiento previo del mundo particular en que nos introduce el cordobés. Y es que “El Brujo” sabe como arrebatar al respetable, conoce como se alquimiza la palabra hasta destilarla, en un mágico sonido que va desde un místico verso de San Juan de la Cruz a la pastosa verbosidad de un padre achispado con vena flamenca: Se me va la víaaaaa! Para después transitar por las vivencias de una pensión de posguerra, o realizar una autopsia (jocosa y respetuosa) del poema que Alberti dedicó a Federico:

Sal tú, bebiendo campos y ciudades,
en largo ciervo de agua convertido…

Con el Teatro Sierra de Aracena a reventar, Rafael Álvarez reinventa el concepto de espacio escénico. La solitaria silla y el libro que habitan el escenario, no son sino excusas para las transiciones. Porque toda la escenografía habita en su dominio del timing, en su particular verborrea, en su vena satírica que recorre todo el martirológico nacional sin dejar títere con cabeza. Desde su particular mirador satiriza la realidad política y social, desmenuza la terrible destrucción del lenguaje de la juventud actual o rememora la “Oda al ojo del culo” del conceptista Quevedo. "Cómico" deviene autopsia del oficio de farandulero, mixturada con la realidad vital (o imaginada) de Rafael Álvarez).

Teatro de la desnudez, teatro de lo teatral. Teatro que demuestra que tan sólo con el verbo y lo gestual se compone un instante mágico. No se debe olvidar la complicidad de este público fiel, que sigue al actor en sus giras y sabe lo que debe esperar de este formato; casi corral de comedias unipersonal, en que el malagueño ha sentado cátedra.
El actor juega con su particular dominio de lo gestual (entre el clow y la screwball comedy). Utiliza su potente instrumento para declamar con voz académica versos de la santa abulense, para retornar al mimo y a un concepto, casi naif, de la interpretación con referencias a Darío Fo, al que homenajea en el epílogo con su particular: “San Francisco, Juglar de Dios”.
El cómico da un repaso,utilizando el humor como arma arrojadiza; a toda la panoplia de fatuidades, zascandiles, cejijuntos y cenutrios que parasitan la política y la sociedad, Y “El Brujo” tiene estopa para tirios y troyanos, destila afilado verbo para toda inutilidad mundana, independientemente del color en que habiten.
Si hubiera que precisar alguna característica del teatro de Rafael Álvarez es su inmediatez. Es una dramaturgia viva, palpitante. Pero tras esta aparente improvisación hay una larga faena de fondo, tras esa sobreactuación hay una reposada (y estudiada) técnica actoral, una lucidez de siglos sobre las tablas. Nacida de la clara vocación de sembrar teatro en lo popular (no en lo populachero), de expandir el áureo verbo clásico (no la pedantería)
“Cómico” es la magia de la palabra, el señorío del instante, la arrebatada lucidez del vértigo, edificados únicamente con la voz. Una voz flexible, dúctil, un timbre de juglar que juega con lo evanescente del instante, con lo inasible y lo efímero del lenguaje.
El actor es capaz de tallar con el cincel de su voz un intramundo donde todo vale. Desde recitar a Teresa de Ávila, mezclada con el político más candente, bromear con la vanguardia albertiana y la progresía de la transición, hasta narrarnos costumbristas escenas familiares en la mesa-camilla del hogar paternal. Es el trabajo de un alfarero de la voz, de un arquitecto de la palabra. Es Rafael  Álvarez. Un brujo que destila en sus tubos de ensayo y probetas la magia de la palabra. Véanlo en “Cómico”. No se arrepentirán.


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