viernes, 18 de noviembre de 2022

Festen. La celebración. 1998. Thomas Vinterberg.

            

La Celebración (Festen. Thomas Vinterberg. 1998) supone el inicio del movimiento denominado Dogma, cofundado por el director, junto al controvertido Lars Von Trier. El guion golpea como un mazo las relaciones sociales, la hipocresía en el entorno de una clase social determinada. Un juego psicológico que se cuece a fuego lento, donde se va mostrando la llegada de numerosos parientes a un convite que se celebra en honor de un patriarca, cuyo sexagésimo aniversario van a celebrar con una disfuncionalidad, mezclada con intrigantes conexiones con el servicio doméstico, que dejan una sensación de extrañeidad que eclosiona con la noticia que el primogénito reserva para la anómala familia. La mezcla de tragedia y drama es modélica. El autor juega con el espectador cortando en seco la posible carcajada, ahogando la previsible escena divertida. La mezcla de Buñuel con Woody Allen y Eugene O´Neill está servida.



La llegada de los hijos supervivientes de Helge (Henning Moritzen) y Elga (Birthine Neuman) a la posada rural, reúne una fauna variopinta, una paleta humana diversa, polícroma de parientes, cónyuges o amigos. A lo largo de la noche se suceden terribles acusaciones (y revelaciones), donde la xenofobia, el alcoholismo, la violación es el material manejado por Vinterberg con astucia misturando modélicamente la farsa con el drama. Obligando al espectador a participar en la busca del tono deseado. El caos y la oscuridad se van apoderando del ambiente a medida que los acontecimientos se desarrollan, obligando a participar al espectador. A esto contribuye la utilización del “estilo Dogma”, que produce la sensación de ser un invitado más a la inhóspita celebración. La elección de calidad “tipo casero” o la iluminación en baja fidelidad añaden realismo cotidiano, con la apariencia de que el espectador realiza una filmación casera. Lo metacinematográfico llega con la escena del baile de los invitados por la casa (tomada de Fanny y Alexander). A su vez, Bergman (que alabó Festen) la había tomado de” El Gatopardo” de Lucino Visconti. Este baile es un intento de participar en una tradición familiar para ignorar las confesiones de Christian. Su desarrollo es oscuramente cómico, caótico e inquietante. La violencia psicológica se apodera del texto, aderezado de inclusión sociopolítica. Es destacable el equilibrio en la estructura narrativa, estructurada en inteligentes interludios y un eterno retorno que bebe directamente del Buñuel de “El ángel exterminador” (1962) y en su revulsivo hacia una determinada clase social. Filmada en video y luego ampliada a 35 mm en el castillo de Skjoldenaesholm, consigue un equilibrio entre el modo y el contenido. La narración y el estilo no se solapan y el guion tiene un plan férreo tras la apariencia caótica del Dogma. Después de ese lago viaje hacia la noche, el epílogo no deja de ser sorprendente y descoloca totalmente al espectador. Las interpretaciones son notables y el empleo de la cámara en mano les otorga una sorprendente ceremonia. Es la combinación que se obtiene con la aplicación “dogmática” (resolución baja, conexión directa con los actores, sentido poderoso de la teatralidad y realidad inmediata) lo que otorga a esta obra su patina de crudeza y drama emocional. La inmediatez juega una gran baza en el desarrollo de la historia con un guion claramente potente (coescrito con Mogens Rikov) y, sobre todo, el trabajo con el elenco con la potente energía de la cámara de Anthony Dod Mantle. Trazado alrededor del trauma masculino, deconstruyendo los estados emocionales tradicionales del melodrama, se aproxima a la exploración de una vulnerabilidad que, generalmente, se oculta. 



Vinterberg saca adelante asuntos espinosos como concentrar la “actio” en un periodo muy breve. Para mantenerlos a todos en el mismo lugar y que no escapen después de la revelación añade la artimaña realizada por el personal del hotel (algo inverosímil). Pero aquí también aparece elemento de clase. Los trabajadores quieren que el patriarca rinda cuentas. Que no escape debido a su situación social y económica. Las conexiones emocionales de los personajes van evolucionando en un “tour de force” de sensaciones y emociones. Los acompaña la fotografía que va adquiriendo grano digital, volviéndose turbia. Los lazos sociales que mantenían esta familia se van desintegrando al mismo tiempo que la imagen. No hay catarsis en sentido estricto. Aquí el melodrama clásico se acerca más al desorden de la psicología humana. No se borra el trauma, aunque puede existir un avance en la invitación que Christian hace a la camarera Pia (Trine Dyrholm) para que se vaya con él.  El director consigue llevar al límite su deseo de sacar la verdad de los personajes, aun a costa del buen gusto y de cualquier consideración estética. No cabe duda de que lo consigue con una narrativa certeramente definida que extrae detalles psicológicos profundos de los personajes al modo de una fiesta casera de cumpleaños. Por el camino va dejando cargas de profundidad sobre lo patriarcal, el dilema de clase, el racismo danés, el tabú del incesto y la pedofilia, arrancando las múltiples capas como una cebolla anímica impía y sin contemplaciones. El uso de las reglas Dogma es bastante intuitivo en el film. Para que las reglas guíen la historia unifica la técnica y la narrativa, alcanzando el espíritu lúdico a través de la limitación. La espontaneidad nace de dejar libertad a los actores para ese estilo improvisado donde dictan los gestos en alguna escena. De difícil clasificación, a caballo entre el humor negro y el drama vanguardista, plena de capas interpretativas cuyo valor no reside en contextos intelectuales, sino en la experiencia agotadora emocionalmente que origina. Lo cierto es que después de verla ninguna celebración volverá a ser igual…


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