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martes, 4 de abril de 2017

Ángeles e Insectos (Morpho Eugenia)

                   



A S Byat es hermana de la novelista Margaret Drabble y su nombre real es Antonia Susan Drabble. Llegó al mundo literario desde el académico, siendo su novela “La Posesión, un romance”, que consiguió el premio Man Broker 1990, la más divulgada junto al tomo que contiene las dos historias “Morpho Eugenia y El Ángel Conyugal”. Apasionada por el mundo del darwinismo y la zoología, vierte sus obsesiones sobre el texto seminal de esta película donde el acercamiento entomológico a una familia de entorno victoriano, disecciona sus conductas como si de insectos se tratara. Análisis cínico y corrosivo sobre las sociedades humanas y su “presunta” superioridad, todo el  film es una comparación entre las conductas de las comunidades de insectos y la nuestra que sirve para cuestionar algunos de nuestras certezas, siguiendo la estela de las teorías darwinianas. El determinismo a que somos sometidos por nuestra biología, la herencia, la genética es desarrollado en un entorno eduardiano donde las apariencias ocultan termitas entre las paredes. Donde la división entre sentimiento e intelecto se diluye, entre arte y cultura, poniendo sobre la mesa el verdadero concepto de humanidad. 



La percepción de creencia como algo legado a través del aprendizaje histórico, del instinto frente a la inteligencia, o la predeterminación como especie, gravitan sobre la obra de Byat. Adaptada para la pantalla por Philip Haas (El Misterio de la Villa), que escribió el guión junto a su esposa. El director opta por una estética de época alejada del formalismo ivoryano, pero también lejana a las incongruencias estéticas y conceptuales de Greenaway. Philip Haas opta por la elegancia externa para mostrar las corrientes subterráneas, los tormentos soterrados que fluyen bajo esa sociedad bienpensante. Las referencias a las similitudes entre las sociedades de insectos y la humana son reforzadas con insertos de comportamientos de hormigas junto a las actividades humanas. Toda la mansión Alabaster de hecho funciona como una colmena gigantesca. 
La madre es una especie de abeja reina constantemente sobrealimentada por los sirvientes, el hijo Edgar Alabaster (Douglas Henshall) es un gañan que hace las veces de zángano de colmena y dedica sus ocios a sembrar de bastardos la campiña. La hermosa Eugenia Alabaster (Patsy Kensit) parece más preocupada por el color de sus extravagantes ropajes ¿alas?, y su apariencia, en una clara referencia al apareamiento. El diseño de vestuario recalca el concepto larvario del entorno. Los trajes de Eugenia pasan desde el rayado de una abeja hasta esos collares y cenefas florales imposibles que lucen en las fiestas. Las niñas utilizan extraños vestidos similares a caparazones, elitros o una especie de exoesqueleto que refuerza la construcción visual de esta microsociedad, donde los criados ni siquiera hablan (insectos obreros), o se vuelven cara a la pared cuando se cruzan con sus amos. A este mundo endogámico llega el naturalista William (un solvente Mark Rylance) para romper la estructura de la colmena enrarecida. La relación de William con la institutriz Matty ( Kristin Scott Thomas), que fue nominada al premio “Chlotrudis” por su interpretación, les lleva a comprender que son distintos al resto de habitantes de la casa, de piel lechosa y espíritu aún mas delicuescente. El original literario contiene Cuadernos de Campo y la transcripción de un cuento que escribe Matty sobre insectos y animales, que obviamente la versión fílmica ha de evitar, centrándose en largas charlas entre William y el patriarca del clan sobre temas teológicos o culturales. Todo muy “british”. El autor abusa de la simbología para los subrayados y solventa la difícil adaptación de un texto eminentemente literario, sembrado de detalles, excesivos elementos, pero mantiene la sutileza y carencia de morbo del texto de A S Byat.

A medida que avanza el metraje, el aparente paseo por esta metáfora victoriana, se ensombrece y va aproximándose a la oscuridad hasta el convulsivo epílogo. La impresión de encorsetado y empolvado drama de época, deja paso a un sinsabor donde los ángeles no son nada seráficos, y los insectos les superan en dignidad y humanidad. Donde el puritanismo oculta soterradamente la realidad de la colmena. Alegoría del bien y del mal en clave de abeja reina. Sir Harald Alabaster únicamente vive para clasificar su colección y le ofrece al recién llegado William, que le ayude con sus conocimientos de naturalista. Durante el primer encuentro con Eugenia, ella baila con sus hermanas como un trío de mariposas. William la bautiza como “Morpho Eugenia”, debido a su belleza. La compara con la mariposa neotropical de la Guayana Francesa. Esa belleza externa es refutada en el epílogo donde Eugenia Alabaster dice que “para que le ha servido ser tan hermosa”. El director recalca esta idea de belleza/transformación insertando un plano donde una polilla hembra surge del capullo y abre las alas para transformarse en el hermoso vestido de Eugenia. En la primera secuencia, el baile febril, casi orgiástico de los nativos del Amazonas, sus pinturas corporales, contempladas por turbado William, se funden con los colores de los vestidos en el salón de baile en una analogía atávica de ritual de apareamiento. O metáfora de la función de hormiga macho que William va a cumplir, sirviendo y fecundando a la reina.

Durante sus constantes embarazos, Eugenia comienza a seguir los rituales de su madre. Siempre tumbada, atendida por el servicio que la sobrealimenta y una actividad incesante alrededor de criados mudos, lacayos cuya existencia únicamente tiene sentido para su bienestar. El bucle se cierra con la infertilidad de la hermana (Saskia Wickham/ Rowena Alabaster). Tan solo puede existir una reina en este microcosmos.
No está exenta la obra de una ácida crítica al papel de la mujer en este entorno encorsetado victoriano. Matty, la institutriz es una mujer culta, refinada, científica, que incluso recita extractos del “Paraíso Perdido” de Milton, sometida al rígido sistema de clases de la época. Pero el mismo William se siente abochornado cuando le dice: Piensas mucho…para…
-Estabas a punto de añadir para “una mujer”…

 William comienza a sentirse oprimido, esclavizado en un mundo al que no pertenece y sobre el que no tiene ningún control. Eso lo acerca a Matty, que rechaza los roles impuestos por el entorno, las jerarquías sexuales y el clasismo. Ambos luchan por escapar de una  sociedad de insectos que impone sus normas y estructuras, luchan por un mundo donde la sociedad no imponga funciones a las personas y aplaste sus libertades. El texto de A S Byat es capaz de mezclar posmodernidad con corsés victorianos, contiene hermosos diálogos sobre ciencia o religión, con uso de la hipertextualidad y la reflexión moderna. La sombra de Jung aletea sobre este guión. El pensamiento analógico y la metáfora (mucho más densa y conceptual en la obra escrita, más perceptiva en la visual) forman parte del colectivo social de la Mansión Alabaster.

El reverendo Alabaster combate las implicaciones teológicas que conlleva el nacimiento del darwinismo y encarga seguir los principios de Linneo para la clasificación de sus especies. El patriarca trata de escribir una obra filosófica que le apague la angustia existencial. William clava una aguja (nada sutil metáfora) después de su boda, sobre una mariposa capturada. ¿O es acaso al contrario?  “Ángeles e Insectos” deviene analogía con el imaginario artrópodo, sin huir de una aproximación a la sociobiología o la crítica social de la colmena como superorganismo, orden establecido y metáfora de las propias células. ¿Está el comportamiento condicionado genéticamente? ¿Son estos códigos los que organizan las sociedades?  Una vez más el enfrentamiento entre el “relojero” que defiente Harald Alabaster, incluso citando a Pangloss, el maestro del “Candido” de Voltaire; que tiene la firme creencia de vivir en el mejor de los mundos posibles; frente al relojero ciego, indiferente, determinista, con la selección natural funcionando para el bien de cada ser. “Morpho Eugenia” bucea entre motivos mitológicos (mariposa esfinge, ave fénix) camuflado bajo la apariencia  de cuento de hadas donde la eugenesia conduce los aconteceres de ese “huis clos”, ese mundo sellado que conforman los límites de las posesiones de los Alabaster.


 Como en la mayor parte de la cinematografía británica, el diseño de producción es excelente, las interpretaciones correctas (¡Ese delicadisimo ingles en v.o.!) a pesar de la aridez del argumento y las propuestas “destroyer” que dinamitan cualquier parecido con la estética de otros autores visualmente “british”. Destacar las sobrias y contenidas (la pasión en el interior) interpretaciones de Jack Rylance y Kristin Scott Thomas, y el controvertido personaje de Eugenia, tan bien perfilado por Patsy Kensit. Una obra no apta para todos los estómagos.





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