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jueves, 12 de julio de 2018

Viriato de Verbo Producciones. Noches de Verano.El poder del símbolo


                            





Una estética conaniana es la opción de Maite Álvarez para introducir al espectador en un mundo bárbaro, tan sólo primitivo en lo externo, donde las falcatas íberas hacían temblar a los romanos portadores de gladius. Nura (Paca Velardiez)  y el corifeo ( Jose F. Ramos), se encargan de secuenciar en canon las lamentaciones que nos hablan de los horrores (y errores) que los humanos siguen cometiendo por ambición e ignorancia. La Música, compuesta por “La Octava”, es incidental y apoya en todo momento la intensidad del verbo, ya sea en forma de obsesiva percusión tribal, en atonales acordes o en notas largas y sostenidas que potencian la sensación del fatum inexorable que acecha al protagonista.
 El texto de Florián Recio es un alegato contra la estulticia humana. Contra los repetidos errores del hombre, la ambición y la codicia que sustentan todas las guerras. Viriato (Fernando Ramos) no es un arquetipo. Se mueve en el terreno de la duda, comete errores y sabe que éstos tienen consecuencias. Se agota, se rinde. En definitiva es terriblemente humano, y el actor lo levanta presentándonos un antihéroe atrapado entre las intrigas y telarañas del poder. La petición de Viriato es admirable y digna de encomio <<El tiempo de la sangre debe concluir>>, pero al mismo tiempo peca de inocencia y desconocimiento de la especie humana. La dirección de Paco Carrillo otorga un aire clásico, con referencias al teatro helénico en lo contextual. Las vivencias humanas son similares, ya sean los arquetipos servidores de dioses elaborados, animales sagrados o del bondadoso Endovellico. La minimalista escenografía se apoya en un juego de elementos que se articulan y se utilizan plásticamente, unos maderos que forman parte de la fisícidad de los personajes y son reflejo de sus emociones. Emociones extremas como el bélico y mágico Olíndico (excelente Pedro Montero), un líder religioso panceltibérico del que apenas se sabe nada, salvo que murió a manos de un legionario cuando intentaba matar al cónsul con su lanza de plata. Apreciable el resignado y valiente Astolpas de Jesús Manchón. Brioso el alegato reivindicativo de Tóngina (Ana García). Exactos los altibajos que produce la traición en el espíritu, solventados por los actores Manuel Menárquez (Minuro) y su compinche Audax (David Gutiérrez), ambos con correcta y nítida proyección vocal. El Cepión de Juan Carlos Tirado es un artero y taimado imperialista al que el actor dota de un cierto toque histriónico, irónico y cínico. Si hay algo que destacar de este Viriato es su cercanía, su humanidad, llena de dudas y contradicciones. 
También su alejamiento del mito, escindido del héroe homérico, ajeno del testimonio de virtudes guerreras descrito por Diodoro Sículo, que lo transforman en alguien cercano y casi cotidiano. Se echa de menos el extraordinario coro de la ESAD (Premio Ceres) que debutara en las piedras milenarias de Mérida. También es discutible que este Auditorio sea el más apropiado para una obra de estas características, con textos profundos y meditativos. Estos son acompañados de ruidos de motocicletas, voces y diversas molestias procedentes el exterior, situación que no se produce en un concierto por la potencia de los equipos. “Roma no paga traidores” Esa es la condena para los dos felones que le quitan la vida (en realidad tres). Pero el mundo real es distinto. Roma sigue pagando traidores, la mayoría de ellos con fondos del erario público.

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